La batalla de Corrin
Capítulo 99
En la guerra, siempre hay acontecimientos que no pueden preverse en los planes militares, sorpresas que acaban convirtiéndose en los momentos decisivos de la historia.
PRIMERO XAVIER HARKONNEN
Mientras se preparaba para enfrentarse a las máquinas pensantes por última vez,
Vorian Atreides pensó en todas las situaciones desesperadas que había vivido a lo
largo de su carrera. Durante más de cien años, sus triunfos habían sido legendarios,
pero, por las tragedias grogipcias, sabía que un único error podía borrarlo todo y
hundir su nombre en un montón de escoria.
Así pues, cuando llegó a Corrin con la Flota de Venganza, procedió con cautela.
Las fuerzas que tenía a su cargo contaban con una potencia de fuego abrumadora, sí,
pero en la guerra nunca hay garantías. Con cada nueva derrota a manos de los
humanos, las máquinas pensantes aprendían cosas nuevas y desarrollaban
contramedidas para evitar repetir los mismos errores. Siempre había más y más
naves. La historia de la Yihad —y todas las guerras anteriores— estaba llena de
ejemplos que demostraban la ingenuidad del humano, y de las decisiones creativas de
los líderes militares para sorprender y superar a sus oponentes. Sin embargo, aunque
las máquinas tenían acceso a vastos archivos con todas esas informaciones, Vor
dudaba que Omnius pudiera entender el proceso mediante el que los humanos
tomaban sus decisiones.
Como bashar supremo y recién nombrado campeón de Serena, Vor había ideado
varias posibles estrategias de ataque y, durante el trayecto a Corrin, las expuso a los
capitanes de las diferentes naves de la flota.
Dado que los cimek habían descubierto la vulnerabilidad de los escudos
Holtzman frente a las armas láser, algunos de sus oficiales temían que los espías de
Omnius también hubieran tenido acceso a esa información. Sí, lo cierto es que
Omnius podía destruir la flota entera con una sola descarga de rayos láser. Aquella
idea por sí sola, bastaba para asustar a más de un capitán. Sin embargo, Vor no lo veía
muy claro. Los cimek eran enemigos de Corrin desde hacía mucho y no era probable
que hubieran compartido con las máquinas aquella información. Además, la
supermente llevaba décadas atrapada y, de haber conocido el secreto, seguramente
habría tratado de utilizar el láser contra ellos enseguida.
Si ordenaba que las naves de su ejército entraran en combate sin activar los
escudos, un gran número resultaría destruido de forma inmediata. Un sacrificio
innecesario de valiosas naves y guerreros. En lugar de eso, él y Abulurd decidieron
organizar la ofensiva final en diferentes oleadas. Al frente de cada una iría una línea de naves con los escudos activados, mientras que los de la retaguardia no los
activarían hasta que el enemigo lanzara sus proyectiles.
Había sido un viaje increíblemente largo. Y Omnius no sabía que iban hacia allí,
ni que el fin de las máquinas estaba cerca.
Al llegar al sistema de Corrin, Vor se reunió con los comandantes de las naves de
la flota de vigilancia. Gracias al aviso de las naves que habían enviado por delante,
habían realizado los preparativos y los ejercicios de instrucción necesarios mientras
esperaban la llegada de la Flota de Venganza, que viajaba con motores
convencionales, más seguros. Todo estaba a punto.
Desde el puente de mando del viejo Serena Victory, Vor contempló el planeta
bañado en la luz sanguinolenta del gigante rojo. Después de destruir a los titanes y
ganarse el apoyo del Culto a Serena, por fin tenía su oportunidad. Él sabía que la Liga
jamás volvería a reunir la suficiente determinación para hacer algo así. Y por eso
había que destruir a Omnius al precio que fuera. Ese día aparecerían nuevos héroes y
mártires. El fin de una era larga y oscura se acercaba.
Abulurd, su segundo oficial, siempre tan meticuloso y fiable, supervisó la
consolidación de todas las naves y los comandantes. Y solicitó un inventario
completo de armas, personal de combate y naves. Hasta el más mínimo detalle tenía
que estar perfecto.
Entretanto, desde su nave diplomática, situada en el extremo más alejado de la
zona donde se estaba preparando la batalla, el virrey Faykan Butler pronunciaba
discursos inspiradores. Transmitiendo por una línea de comunicación, Rayna guiaba a
los soldados en sus oraciones. Estaban impacientes, pero no había necesidad de
precipitarse. Omnius no podía ir a ningún sitio, aunque seguro que ya sabía lo que le
esperaba.
En las proximidades del planeta, desde el interior de la mortífera red
descodificadora, las máquinas estaban enzarzadas en una actividad frenética. Naves
exploradoras iban y venían como abejorros enloquecidos, y las naves de guerra
aterrizaban sobre el planeta y volvían a despegar unas horas después. Pusieron en
órbita cantidades inmensas de naves, contenedores de chatarra y satélites gigantescos.
—¿Qué están haciendo, bashar supremo? —preguntó Abulurd—. Todo eso no es
más que chatarra. ¿Pretenden llenarnos el camino de obstáculos? ¿Es una barricada?
—¿Quién entiende a esas máquinas? —gruñó uno de los oficiales tácticos del
puente.
Pesadas y voluminosas estructuras que parecían contenedores de carga se situaron
en órbita, un extenso y apretado montón, como una isla de… ¿de puestos de
suministros? Vor meneó la cabeza.
—Creo que están actuando a la desesperada. Solo que no sé lo que significa.
La voz de Rayna seguía sonando de fondo por el puente de la nave insignia. Vor habría querido poder desconectar aquellos interminables sermones, pero entre su
tripulación eran muchos los que habían quedado cautivados por aquella visionaria
autoproclamada. Aquel acicate les daba la fe suicida que iban a necesitar para llevar
la batalla de Corrin a su fin.
—Quiero un informe de los escáneres, Abulurd —dijo Vor—. A ver qué podemos
averiguar. Esto no me gusta.
Mientras las cuadras de esclavos y los poblados humanos se vaciaban, Gilbertus
Albans utilizó sus conocimientos de programación para agregar receptores a la
miríada de contenedores que formarían el puente de hrethgir. Ahora, las señales que
emitían de forma continua los satélites descodificadores serían como el cable de una
trampa, y harían saltar las secuencias de autodestrucción instaladas en todas las naves
y los contenedores de carga con escudos humanos. Si las señales de los satélites se
interrumpían, la secuencia de auto-destrucción se iniciaría. Así de sencillo. Sí, la
misma red que tenía atrapadas a las máquinas serviría también como aviso y, en
última instancia, sería el mecanismo que haría saltar la trampa.
Gilbertus no había visto al clon de Serena desde hacía dos días, pero al menos no
se había desconcentrado.
—No te preocupes —le dijo Erasmo—. Si logramos detener al ejército de la
Humanidad, estaremos salvados, todos.
—Yo he cumplido con mi parte, padre.
—Y ahora yo debo cumplir con la mía, para asegurarme de que estás a salvo. —
Aunque los ojos espía de Omnius revoloteaban por allí, el robot independiente había
diseñado sistemas especiales de programación para distraerlos. Desde que el Omnius-
Corrin lo había destruido (aunque luego «resucitó»), Erasmo no confiaba en él, y las
dos copias rebeldes parecían incluso más inestables. Él necesitaba mucho más que un
plan para asegurar su supervivencia y la de Gilbertus.
En el interior de su villa, Erasmo llevó a escondidas al hombre por un pasaje que
los sensores no podían detectar y, por unas escaleras, bajaron hasta una estructura
protegida mediante un escudo electrónico que ni SeurOm ni ThurrOm sabían que
existía. En un primer momento había pensado utilizarlo para realizar experimentos
que no quería que la supermente conociera… Yorek Thurr se lo había sugerido en una
ocasión. Esperaba que Gilbertus estuviera seguro allí hasta que la crisis pasara.
—Quédate aquí —dijo—. Tienes provisiones para bastante tiempo. Cuando todo
esté arreglado vendré para llevarte a un lugar seguro.
—¿Por qué Serena no puede estar conmigo?
—Sería peligroso trasladarla ahora. Las supermentes se darían cuenta. Te
aconsejo que utilices este tiempo para tus ejercicios mentales.
Gilbertus lo miró con ojos grandes y expresivos.
—No se olvide de mí, padre.
—Eso es imposible, hijo mío. —Gilbertus lo abrazó, y el robot imitó su gesto
antes de irse apresuradamente. No quería que el Omnius bipartito sospechara nada.
Ahora que Gilbertus Albans estaba a salvo, tenía otros planes. Fue en busca del
investigador tlulaxa, Rekur Van.