La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 15 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 14

 

Hay cierta arrogancia en la ciencia, la idea de que cuanto más aprendamos sobre la tecnología y más la desarrollemos, mejores serán nuestras vidas.

TIO HOLTZMAN, discurso de aceptación

de la Medalla al Valor de Poritrin

 

Cada vez que resolvía una parte del problema de la navegación por el espacio

plegado, la solución parecía alejarse, jugando con ella como míticas luces en un

antiguo bosque de leyenda. Norma Cenva ya había avanzado más allá de la capacidad

de ningún otro genio en su intento por comprender, pero no dejaría que aquello la

superara.

Estaba tan embebida en su trabajo que a veces se olvidaba de comer, o incluso de

moverse, salvo por los ojos y el punzón de escritura. Durante días, trabajaba y

trabajaba sin descanso, sin otro alimento que la melange. Su cuerpo reconfigurado

parecía sacar la energía de otro lado, y su mente le pedía la melange para poder

pensar en los niveles estratosféricos donde moraban sus pensamientos.

Tiempo atrás, en la época más humana de su vida, ella y Aurelius habían pasado

horas juntos, comiendo, hablando, experimentando los placeres más sencillos de la

vida. A pesar de la transformación, Aurelius siempre había sido su punto de unión

con su parte humana. Pero después de años sin él, sus pensamientos ya nunca tocaban

tierra, y su concentración era más intensa.

Su cuerpo manipulado trataba de amoldarse a su exhaustiva agenda. Los sistemas

internos se ralentizaban para ahorrar energía y dirigirla a donde hiciera más falta,

compensando el excesivo consumo de sus pensamientos. Ella ni siquiera se

molestaba en supervisar directamente las interacciones celulares. Tenía cosas más

importantes en la cabeza.

En Kolhar a Norma no le interesaba el tiempo, ni las estaciones, y rara vez se

paraba a mirar por las ventanas de su despacho. Si levantó la vista al bullicio de los

astilleros fue solo para asegurarse de que los trabajos de construcción proseguían,

bajo la supervisión de Adrien, que ya había regresado de Arrakis.

Las salas de cálculos estaban a la sombra de una inmensa nave de carga en dique

seco. Según el programa, en aquella nave pronto se conectarían todos los sistemas, en

preparación al lanzamiento definitivo y el viaje de prueba. El sol destellaba sobre su

carcasa casi completa.

Hombres ataviados con monos blancos de trabajo realizaban las últimas

inspecciones, repartidos por el casco, sujetos mediante cinturones suspensores. Tres

técnicos trabajaban cabeza abajo, haciendo ajustes en la parte inferior. La nave

utilizaría la tecnología espacial convencional, más segura, pero había sido diseñada para llevar motores Holtzman. Desde hacía décadas, Norma insistía en que todas las

naves de VenKee estuvieran preparadas para un futuro inevitable, que llegaría cuando

consiguiera resolver el problema de navegación.

De pronto se le ocurrió una nueva forma de manipular una ecuación y volvió a su

trabajo. Utilizó una combinación de números primos y fórmulas empíricas, y las

introdujo en dos columnas paralelas en su panel electrónico. Dado que el problema

tenía relación con el hecho de plegar el espacio y que las matemáticas trataban de

reproducir la realidad, Norma dobló físicamente las columnas en su panel una o más

veces, con lo que consiguió verlas desde diferentes ángulos y con alineaciones

interesantes. Pero no lograba reproducir con simples palabras y números lo que

buscaba. Necesitaba visualizar el universo y resolver el enigma haciendo que sus

pensamientos se plegaran literalmente sobre sí mismos.

Durante un buen rato, la melange que acababa de tomar resonó por su mente,

aguzando sus pensamientos y su perspicacia. Miraba los cálculos que tenía ante ella,

tan inmóvil como una de las antiguas estatuas encargadas por los titanes en la Tierra,

antes de que el levantamiento de los humanos las destruyera.

Apenas oía el familiar zumbido de los pesados motores espaciales y las

variaciones de sonido de los ciclos de prueba. Poco a poco, mientras en el exterior

aumentaba el ruido, Norma se fue retrayendo, cada vez más concentrada en su

galaxia mental. Una de sus grandes habilidades y necesidades había sido siempre la

de dejar fuera todas las distracciones.

Para potenciar su esfuerzo, inconscientemente su mano se deslizó hasta la bandeja

y cogió tres cápsulas de melange, que ingirió una detrás de otra. El olor de la canela

impregnaba el aire que respiraba, y en su interior sintió una brisa reconfortante, como

si su cuerpo fuera el desierto de donde procedía la especia y se hubiera desatado una

purificadora tormenta de arena. Sus pensamientos eran más brillantes, más claros; las

molestias de fondo desaparecieron.

¿Cómo anticiparse a un problema de navegación? ¿Cómo anticiparse a un

desastre que se producía en una insignificante fracción de segundo? A semejantes

velocidades, había que prepararse y reaccionar antes de que hubiera indicios de un

problema… pero eso era imposible, porque iba en contra del concepto mismo de

causalidad. No puede existir la reacción sin que antes se produzca la acción que la

desencadena…

En los astilleros se produjo una explosión atronadora, acompañada por el sonido

de láminas de plaz que se partían y el estrépito de las planchas de metal al caer.

Pesados componentes se estrellaban contra el suelo con un ruido sordo, destrozando

edificios de almacenamiento, chirriando sobre los suelos pavimentados, como si

Kolhar estuviera recibiendo un ataque masivo de los cimek. La onda de choque hizo

que el edificio del laboratorio se tambaleara y los muros exteriores se combaran hacia dentro. Los cristales de plaz de las ventanas del otro lado de la sala de cálculos se

agrietaron por la presión.

Pero Norma no oyó nada. Al suelo cayeron papeles, la taza, algunos instrumentos

de dibujo, pero no el panel electrónico, porque Norma lo agarró con las manos para

que permaneciera inmóvil ante sus ojos. Para ella, pocas cosas existían en el universo

aparte de aquellos números y fórmulas.

Empezaron a sonar las sirenas, y por los astilleros no dejaban de producirse

explosiones secundarias. Los hombres gritaban. Los equipos de emergencia

acudieron a toda velocidad al lugar del siniestro para rescatar a los heridos, mientras

los trabajadores trataban de escapar. Como un manto dotado de vida propia, las

llamas se extendieron por todo el edificio, formando una pantalla ante su ventana,

carbonizando y comiéndose las paredes… pero Norma había dejado de mirar hacia

allí. Aunque su cuerpo no se movía, su mente realizaba complejas acrobacias,

examinaba diferentes ángulos, diferentes posibilidades. Iba cogiendo velocidad,

impulso. Cada vez estaba más cerca.

«Hay tantas alternativas… Pero ¿cuál de ellas funcionará?».

Un humo acre se colaba entre las ranuras de las paredes, por las ventanas de plaz

agrietadas, y se deslizaba por el suelo hacia ella. Las llamas de origen químico

rugían. Fuera, los gritos eran más fuertes.

«¡Estoy tan cerca de la solución! ¡Por fin!».

Norma garabateó nuevas entradas en su panel, añadiendo una tercera columna

que incorporaba el factor del espacio/tiempo en relación con la distancia y el trayecto.

En un impulso, utilizó las coordenadas galácticas de Arrakis, como si aquel mundo

desértico fuera el centro del universo. Aquello le permitía una nueva perspectiva.

Entusiasmada, Norma alineó las tres columnas mientras pensamientos inesperados

asaltaban su mente.

«Tres es un número sagrado. La Trinidad. ¿Es esa la clave?».

Pensó en la proporción áurea, que ya conocían los grogipcios de la Vieja Tierra.

Mentalmente, colocó tres puntos en una línea. Para designar los de los extremos

utilizó las letras A y B, mientras que C estaba en un punto intermedio, de tal forma

que la distancia entre AC / CB = Φ. Este carácter representaba la letra grogipcia phi,

un número decimal que equivalía aproximadamente a 1,618. Todo el mundo sabía

que el segmento de una recta dividido por la razón de Φ podía plegarse sobre sí

mismo hasta el infinito. Una relación simple y evidente, pero básica. Elemental.

Esta verdad matemática le hizo pensar en una conexión religiosa. ¿Cuál era

realmente el origen de aquellas revelaciones que tenía? ¿Inspiración divina? Tanto la

ciencia como la religión trataban de explicar los misterios esotéricos del universo,

aunque enfocaban el asunto desde direcciones diametralmente opuestas.

«Arrakis. Se dice que los antiguos muadru vinieron de allí, o que en su continuo errar, estuvieron un tiempo asentados en la zona. Para ellos la espiral era el signo más

sagrado».

Sin poder apenas contenerse, sin reparar en el caos que reinaba en los astilleros y

en el mismo edificio donde ella estaba, formó una espiral con las tres columnas, con

el factor Arrakis en el centro, y de nuevo empezó a plegar y plegar las columnas. El

resultado eran ecuaciones cada vez más complejas. Norma intuía que estaba a punto

de dar un gran paso adelante.

En sus manos cubiertas de ampollas el panel electrónico había empezado a

consumirse sin llegar a arder, pero con un pensamiento Norma hizo desaparecer el

daño de sus manos y del aparato. Las llamas danzaban a su alrededor, quemándole la

ropa y el pelo, la piel. A cada momento, Norma reconstruía sus células casi sin

pensarlo para mantener su entorno estable y poder continuar. Estaba a un paso…

De pronto, un movimiento furioso y estridente se coló en el universo de sus

cálculos. Un hombre la llamaba con voz profunda y la cogió por los hombros, apartó

de un golpe el panel electrónico de sus manos y la cogió en brazos, arrancándola

bruscamente de su lugar privilegiado en su mente.

—¿Qué haces? ¡Déjame en paz!

Pero el hombre no le hacía caso. Iba ataviado con una ropa extraña, de un

material grueso y rojo que cubría totalmente su cuerpo; un casco brillante pero

manchado de hollín le protegía la cabeza. Con ella en brazos, atravesó un muro de

fuego y humo, espeso, negro y rojo. Finalmente, Norma cobró conciencia de su

cuerpo, su piel, y vio que estaba desnuda. Su ropa se había quemado, como si en su

viaje mental al corazón del cosmos hubiera pasado por equivocación a través de un

sol.

Con un esfuerzo, Norma centró su pensamiento en su química interna y restauró

sus células dañadas órgano a órgano, sección a sección. Su mente estaba intacta, y no

tuvo ningún problema para reparar su cuerpo, puesto que no era más que un

contenedor orgánico para sus pensamientos, cada vez más abstrusos. Sin embargo, no

pudo recrear su ropa… aunque tampoco le importaba.

Fuera de la sala de cálculos, que seguía ardiendo, los sanitarios la pusieron en una

camilla y la envolvieron en una manta térmica. Comprobaron sus constantes vitales.

—No me pasa nada. —Norma trató de liberarse, pero dos hombres fuertes la

sujetaron.

Adrien llegó corriendo, con aire alterado.

—Tranquila, madre. Te has quemado, deja que esta gente te cure. Dos hombres

han muerto tratando de sacarte de ese infierno.

—Eso era innecesario. Un derroche absurdo. ¿Por qué arriesgar sus vidas si saben

que puedo regenerar mi cuerpo? —Se miró—. No estoy quemada… solo aturdida. —

Su temperatura corporal empezó a bajar conforme reparaba las estructuras epidérmicas de su cuerpo, acelerando de forma exponencial el proceso catalizador de

la manta térmica—. Ya lo estáis viendo.

Un médico gritó algo a los sanitarios. Norma sintió un pinchazo en el brazo, una

inyección; realizó un análisis químico del líquido que acababa de penetrar en sus

venas —un sedante de acción inmediata— y utilizó sus poderes para contrarrestar el

efecto. Se sentó, se quitó de encima la manta. Los sanitarios trataron de detenerla,

pero ella extendió los brazos.

—No tengo quemaduras por ningún lado. Estoy bien.

El personal médico retrocedió perplejo y dejó que terminara. Norma se concentró

en su cara y su cuello, que aún no habían recibido los efectos curativos de sus

poderes, y eliminó profundas quemaduras y ampollas superficiales. Se tocó la piel

áspera del rostro, y la sintió suave y fresca.

—Mi cuerpo está bajo mi control. Lo he reconstruido otras veces… como bien

sabes, Adrien.

Norma se puso de pie, dejando que la manta térmica cayera al suelo. Todos la

miraban con incredulidad. Aparte del pelo, que aún no había reparado, su piel lechosa

se veía casi perfecta, salvo por un sarpullido rojo y grande que tenía en un hombro.

Norma lo vio, concentró sus poderes y la herida persistente desapareció.

«Curioso», pensó. Desde hacía semanas, aquella mancha roja no había dejado de

aumentar de tamaño y, periódicamente, tenía que hacer un esfuerzo consciente para

eliminarla. Hasta entonces, desde aquella metamorfosis inicial, todo en su apariencia

se había conservado de forma automática, sin necesidad de hacer nada.

Adrien corrió a cubrir la desnudez de su madre con una manta, mientras los

equipos de emergencia seguían luchando por controlar el fuego en los astilleros.

—Tengo que volver al trabajo inmediatamente —dijo Norma—. Por favor,

encárgate de que nadie me interrumpa. Y, Adrien… la próxima vez, confía en mí. A

veces mis decisiones pueden parecer extrañas, pero son una parte necesaria de mi

trabajo. No puedo darte más detalles.

«Hay demasiado alboroto aquí», pensó. Como ya no tenía despacho, Norma se

dirigió a una colina rocosa que había cerca de los astilleros, un promontorio donde

podría sentarse y pensar tranquila.