La batalla de Corrin
Capítulo 14
Hay cierta arrogancia en la ciencia, la idea de que cuanto más aprendamos sobre la tecnología y más la desarrollemos, mejores serán nuestras vidas.
TIO HOLTZMAN, discurso de aceptación
de la Medalla al Valor de Poritrin
Cada vez que resolvía una parte del problema de la navegación por el espacio
plegado, la solución parecía alejarse, jugando con ella como míticas luces en un
antiguo bosque de leyenda. Norma Cenva ya había avanzado más allá de la capacidad
de ningún otro genio en su intento por comprender, pero no dejaría que aquello la
superara.
Estaba tan embebida en su trabajo que a veces se olvidaba de comer, o incluso de
moverse, salvo por los ojos y el punzón de escritura. Durante días, trabajaba y
trabajaba sin descanso, sin otro alimento que la melange. Su cuerpo reconfigurado
parecía sacar la energía de otro lado, y su mente le pedía la melange para poder
pensar en los niveles estratosféricos donde moraban sus pensamientos.
Tiempo atrás, en la época más humana de su vida, ella y Aurelius habían pasado
horas juntos, comiendo, hablando, experimentando los placeres más sencillos de la
vida. A pesar de la transformación, Aurelius siempre había sido su punto de unión
con su parte humana. Pero después de años sin él, sus pensamientos ya nunca tocaban
tierra, y su concentración era más intensa.
Su cuerpo manipulado trataba de amoldarse a su exhaustiva agenda. Los sistemas
internos se ralentizaban para ahorrar energía y dirigirla a donde hiciera más falta,
compensando el excesivo consumo de sus pensamientos. Ella ni siquiera se
molestaba en supervisar directamente las interacciones celulares. Tenía cosas más
importantes en la cabeza.
En Kolhar a Norma no le interesaba el tiempo, ni las estaciones, y rara vez se
paraba a mirar por las ventanas de su despacho. Si levantó la vista al bullicio de los
astilleros fue solo para asegurarse de que los trabajos de construcción proseguían,
bajo la supervisión de Adrien, que ya había regresado de Arrakis.
Las salas de cálculos estaban a la sombra de una inmensa nave de carga en dique
seco. Según el programa, en aquella nave pronto se conectarían todos los sistemas, en
preparación al lanzamiento definitivo y el viaje de prueba. El sol destellaba sobre su
carcasa casi completa.
Hombres ataviados con monos blancos de trabajo realizaban las últimas
inspecciones, repartidos por el casco, sujetos mediante cinturones suspensores. Tres
técnicos trabajaban cabeza abajo, haciendo ajustes en la parte inferior. La nave
utilizaría la tecnología espacial convencional, más segura, pero había sido diseñada para llevar motores Holtzman. Desde hacía décadas, Norma insistía en que todas las
naves de VenKee estuvieran preparadas para un futuro inevitable, que llegaría cuando
consiguiera resolver el problema de navegación.
De pronto se le ocurrió una nueva forma de manipular una ecuación y volvió a su
trabajo. Utilizó una combinación de números primos y fórmulas empíricas, y las
introdujo en dos columnas paralelas en su panel electrónico. Dado que el problema
tenía relación con el hecho de plegar el espacio y que las matemáticas trataban de
reproducir la realidad, Norma dobló físicamente las columnas en su panel una o más
veces, con lo que consiguió verlas desde diferentes ángulos y con alineaciones
interesantes. Pero no lograba reproducir con simples palabras y números lo que
buscaba. Necesitaba visualizar el universo y resolver el enigma haciendo que sus
pensamientos se plegaran literalmente sobre sí mismos.
Durante un buen rato, la melange que acababa de tomar resonó por su mente,
aguzando sus pensamientos y su perspicacia. Miraba los cálculos que tenía ante ella,
tan inmóvil como una de las antiguas estatuas encargadas por los titanes en la Tierra,
antes de que el levantamiento de los humanos las destruyera.
Apenas oía el familiar zumbido de los pesados motores espaciales y las
variaciones de sonido de los ciclos de prueba. Poco a poco, mientras en el exterior
aumentaba el ruido, Norma se fue retrayendo, cada vez más concentrada en su
galaxia mental. Una de sus grandes habilidades y necesidades había sido siempre la
de dejar fuera todas las distracciones.
Para potenciar su esfuerzo, inconscientemente su mano se deslizó hasta la bandeja
y cogió tres cápsulas de melange, que ingirió una detrás de otra. El olor de la canela
impregnaba el aire que respiraba, y en su interior sintió una brisa reconfortante, como
si su cuerpo fuera el desierto de donde procedía la especia y se hubiera desatado una
purificadora tormenta de arena. Sus pensamientos eran más brillantes, más claros; las
molestias de fondo desaparecieron.
¿Cómo anticiparse a un problema de navegación? ¿Cómo anticiparse a un
desastre que se producía en una insignificante fracción de segundo? A semejantes
velocidades, había que prepararse y reaccionar antes de que hubiera indicios de un
problema… pero eso era imposible, porque iba en contra del concepto mismo de
causalidad. No puede existir la reacción sin que antes se produzca la acción que la
desencadena…
En los astilleros se produjo una explosión atronadora, acompañada por el sonido
de láminas de plaz que se partían y el estrépito de las planchas de metal al caer.
Pesados componentes se estrellaban contra el suelo con un ruido sordo, destrozando
edificios de almacenamiento, chirriando sobre los suelos pavimentados, como si
Kolhar estuviera recibiendo un ataque masivo de los cimek. La onda de choque hizo
que el edificio del laboratorio se tambaleara y los muros exteriores se combaran hacia dentro. Los cristales de plaz de las ventanas del otro lado de la sala de cálculos se
agrietaron por la presión.
Pero Norma no oyó nada. Al suelo cayeron papeles, la taza, algunos instrumentos
de dibujo, pero no el panel electrónico, porque Norma lo agarró con las manos para
que permaneciera inmóvil ante sus ojos. Para ella, pocas cosas existían en el universo
aparte de aquellos números y fórmulas.
Empezaron a sonar las sirenas, y por los astilleros no dejaban de producirse
explosiones secundarias. Los hombres gritaban. Los equipos de emergencia
acudieron a toda velocidad al lugar del siniestro para rescatar a los heridos, mientras
los trabajadores trataban de escapar. Como un manto dotado de vida propia, las
llamas se extendieron por todo el edificio, formando una pantalla ante su ventana,
carbonizando y comiéndose las paredes… pero Norma había dejado de mirar hacia
allí. Aunque su cuerpo no se movía, su mente realizaba complejas acrobacias,
examinaba diferentes ángulos, diferentes posibilidades. Iba cogiendo velocidad,
impulso. Cada vez estaba más cerca.
«Hay tantas alternativas… Pero ¿cuál de ellas funcionará?».
Un humo acre se colaba entre las ranuras de las paredes, por las ventanas de plaz
agrietadas, y se deslizaba por el suelo hacia ella. Las llamas de origen químico
rugían. Fuera, los gritos eran más fuertes.
«¡Estoy tan cerca de la solución! ¡Por fin!».
Norma garabateó nuevas entradas en su panel, añadiendo una tercera columna
que incorporaba el factor del espacio/tiempo en relación con la distancia y el trayecto.
En un impulso, utilizó las coordenadas galácticas de Arrakis, como si aquel mundo
desértico fuera el centro del universo. Aquello le permitía una nueva perspectiva.
Entusiasmada, Norma alineó las tres columnas mientras pensamientos inesperados
asaltaban su mente.
«Tres es un número sagrado. La Trinidad. ¿Es esa la clave?».
Pensó en la proporción áurea, que ya conocían los grogipcios de la Vieja Tierra.
Mentalmente, colocó tres puntos en una línea. Para designar los de los extremos
utilizó las letras A y B, mientras que C estaba en un punto intermedio, de tal forma
que la distancia entre AC / CB = Φ. Este carácter representaba la letra grogipcia phi,
un número decimal que equivalía aproximadamente a 1,618. Todo el mundo sabía
que el segmento de una recta dividido por la razón de Φ podía plegarse sobre sí
mismo hasta el infinito. Una relación simple y evidente, pero básica. Elemental.
Esta verdad matemática le hizo pensar en una conexión religiosa. ¿Cuál era
realmente el origen de aquellas revelaciones que tenía? ¿Inspiración divina? Tanto la
ciencia como la religión trataban de explicar los misterios esotéricos del universo,
aunque enfocaban el asunto desde direcciones diametralmente opuestas.
«Arrakis. Se dice que los antiguos muadru vinieron de allí, o que en su continuo errar, estuvieron un tiempo asentados en la zona. Para ellos la espiral era el signo más
sagrado».
Sin poder apenas contenerse, sin reparar en el caos que reinaba en los astilleros y
en el mismo edificio donde ella estaba, formó una espiral con las tres columnas, con
el factor Arrakis en el centro, y de nuevo empezó a plegar y plegar las columnas. El
resultado eran ecuaciones cada vez más complejas. Norma intuía que estaba a punto
de dar un gran paso adelante.
En sus manos cubiertas de ampollas el panel electrónico había empezado a
consumirse sin llegar a arder, pero con un pensamiento Norma hizo desaparecer el
daño de sus manos y del aparato. Las llamas danzaban a su alrededor, quemándole la
ropa y el pelo, la piel. A cada momento, Norma reconstruía sus células casi sin
pensarlo para mantener su entorno estable y poder continuar. Estaba a un paso…
De pronto, un movimiento furioso y estridente se coló en el universo de sus
cálculos. Un hombre la llamaba con voz profunda y la cogió por los hombros, apartó
de un golpe el panel electrónico de sus manos y la cogió en brazos, arrancándola
bruscamente de su lugar privilegiado en su mente.
—¿Qué haces? ¡Déjame en paz!
Pero el hombre no le hacía caso. Iba ataviado con una ropa extraña, de un
material grueso y rojo que cubría totalmente su cuerpo; un casco brillante pero
manchado de hollín le protegía la cabeza. Con ella en brazos, atravesó un muro de
fuego y humo, espeso, negro y rojo. Finalmente, Norma cobró conciencia de su
cuerpo, su piel, y vio que estaba desnuda. Su ropa se había quemado, como si en su
viaje mental al corazón del cosmos hubiera pasado por equivocación a través de un
sol.
Con un esfuerzo, Norma centró su pensamiento en su química interna y restauró
sus células dañadas órgano a órgano, sección a sección. Su mente estaba intacta, y no
tuvo ningún problema para reparar su cuerpo, puesto que no era más que un
contenedor orgánico para sus pensamientos, cada vez más abstrusos. Sin embargo, no
pudo recrear su ropa… aunque tampoco le importaba.
Fuera de la sala de cálculos, que seguía ardiendo, los sanitarios la pusieron en una
camilla y la envolvieron en una manta térmica. Comprobaron sus constantes vitales.
—No me pasa nada. —Norma trató de liberarse, pero dos hombres fuertes la
sujetaron.
Adrien llegó corriendo, con aire alterado.
—Tranquila, madre. Te has quemado, deja que esta gente te cure. Dos hombres
han muerto tratando de sacarte de ese infierno.
—Eso era innecesario. Un derroche absurdo. ¿Por qué arriesgar sus vidas si saben
que puedo regenerar mi cuerpo? —Se miró—. No estoy quemada… solo aturdida. —
Su temperatura corporal empezó a bajar conforme reparaba las estructuras epidérmicas de su cuerpo, acelerando de forma exponencial el proceso catalizador de
la manta térmica—. Ya lo estáis viendo.
Un médico gritó algo a los sanitarios. Norma sintió un pinchazo en el brazo, una
inyección; realizó un análisis químico del líquido que acababa de penetrar en sus
venas —un sedante de acción inmediata— y utilizó sus poderes para contrarrestar el
efecto. Se sentó, se quitó de encima la manta. Los sanitarios trataron de detenerla,
pero ella extendió los brazos.
—No tengo quemaduras por ningún lado. Estoy bien.
El personal médico retrocedió perplejo y dejó que terminara. Norma se concentró
en su cara y su cuello, que aún no habían recibido los efectos curativos de sus
poderes, y eliminó profundas quemaduras y ampollas superficiales. Se tocó la piel
áspera del rostro, y la sintió suave y fresca.
—Mi cuerpo está bajo mi control. Lo he reconstruido otras veces… como bien
sabes, Adrien.
Norma se puso de pie, dejando que la manta térmica cayera al suelo. Todos la
miraban con incredulidad. Aparte del pelo, que aún no había reparado, su piel lechosa
se veía casi perfecta, salvo por un sarpullido rojo y grande que tenía en un hombro.
Norma lo vio, concentró sus poderes y la herida persistente desapareció.
«Curioso», pensó. Desde hacía semanas, aquella mancha roja no había dejado de
aumentar de tamaño y, periódicamente, tenía que hacer un esfuerzo consciente para
eliminarla. Hasta entonces, desde aquella metamorfosis inicial, todo en su apariencia
se había conservado de forma automática, sin necesidad de hacer nada.
Adrien corrió a cubrir la desnudez de su madre con una manta, mientras los
equipos de emergencia seguían luchando por controlar el fuego en los astilleros.
—Tengo que volver al trabajo inmediatamente —dijo Norma—. Por favor,
encárgate de que nadie me interrumpa. Y, Adrien… la próxima vez, confía en mí. A
veces mis decisiones pueden parecer extrañas, pero son una parte necesaria de mi
trabajo. No puedo darte más detalles.
«Hay demasiado alboroto aquí», pensó. Como ya no tenía despacho, Norma se
dirigió a una colina rocosa que había cerca de los astilleros, un promontorio donde
podría sentarse y pensar tranquila.