La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 89 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 88

 

La droga de Rossak es solo uno de los caminos al infinito. Hay otros… y uno, todavía no descubierto, que es el más grande de todos.

REVERENDA MADRE RAQUELLA BERTO-ANIRUL

 

Todas las hechiceras a las que se aplicó la vacuna de prueba del doctor Suk murieron.

Aquella tasa total de muertes sorprendió a Raquella. Con una voz cada vez más

estridente, la hechicera suprema lo calificó como una nueva demostración de la

incompetencia de los investigadores de la HuMed, que habían impuesto su ayuda a la

gente de Rossak.

Ticia Cenva atendió a las pacientes personalmente, y se negó a permitir que

Raquella siguiera «torturándolas». Hizo que una de sus hechiceras enviara muestras

al laboratorio del doctor Suk, pero incluso después de realizar los análisis Suk no

entendía por qué la vacuna había resultado tan mortífera. En el peor de los casos,

tenía que haber sido ineficaz, y punto.

Raquella empezaba a preguntarse si en aquello no habría intervenido algún otro

elemento —¿Ticia Cenva?— de forma decisiva.

La hechicera suprema, como un buitre con su túnica negra, miró con el ceño

fruncido a las seis fallecidas, como si le desagradara su expresión de agonía. Y dirigió

su ira contra Raquella.

—Tus esfuerzos son inútiles. Cualquier necio vería que no nos estáis ayudando.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Que me quede mirando cómo se mueren con los

brazos cruzados?

—Parece que es lo que mejor haces.

—Al menos lo hemos intentado.

Ticia no parecía interesada.

—Las más fuertes sobrevivirán, y las débiles tendrán el destino que merecen. Así

es como ha funcionado siempre el proceso de selección genética en Rossak. Y por

eso echamos a los Defectuosos a la selva. Los que no estén preparados para afrontar

los desafíos del universo perecerán. Con nuestro almacén de ADN podemos

conseguir sustitutas en cuanto escojamos las características más deseables.

Raquella miró a su alrededor, vio la cantidad apabullante de pacientes que había

allí, aspiró el hedor de la enfermedad. Era de noche, y la mayoría dormían, o puede

que hubieran muerto.

—Las muestras genéticas no pueden sustituir a las amigas que perderás si

rechazas nuestra ayuda.

Para ese entonces, la mayor parte de la población había quedado expuesta al

retrovirus. A bordo del Recovery, Mohandas seguía sin identificar el elemento clave de la muestra de agua del cenote, y por tanto no podía reproducirlo. Necesitaba más

muestras.

Dado que todas las vacunas de prueba habían resultado fatales, Raquella no tenía

elección. El pequeño localizador que le había puesto a Jimmak le había mostrado

dónde encontrar el cenote. Y cuando los técnicos y las hechiceras tuvieran acceso al

agua, podrían curar a todos los enfermos y salvar a la población.

Los Defectuosos lo pagarían caro. Hasta puede que los mataran. Pero había

muchas otras personas en Rossak, y no podía seguir justificando su silencio. Su deber

estaba muy claro.

Cansada y agotada por aquella terrible decisión, Raquella se acostó para dormir

un poco. Al día siguiente, dirigiría una expedición al cenote para coger aquello que

tan desesperadamente necesitaban.

Bajo el débil resplandor ámbar de los paneles de luz, una mujer ataviada con una

túnica negra avanzó entre los enfermos. Hacía semanas que se habían quedado sin

camas, y muchos dormían en el suelo, acurrucados con una manta.

La mujer trataba de luchar contra los efectos cada vez más acusados de la

enfermedad. Utilizaba cada fibra de sus poderes mentales para contener los síntomas,

y aun así podía sentirla en su interior, sabía que estaba ahí. Por más que lo negara, por

más especia que consumiera, cada músculo de su cuerpo lo proclamaba a gritos.

Pero Ticia Cenva tenía una misión, tenía algo que hacer.

Al entrar en una sala adyacente, se detuvo y trató de controlar su respiración

agitada para no hacer ruido. Aquella era la sala de los médicos, de las enfermeras y el

personal de la HuMed. Se detuvo junto a una cama en la sección de mujeres, una de

una larga hilera de camas. Raquella Berto-Anirul dormía el profundo sueño del

agotamiento, tumbada de costado, y respiraba rítmicamente. Ticia entrecerró los ojos

y sintió la energía aumentar en su mente, un poder destructivo que había contenido

durante mucho tiempo. Como hija de la gran Zufa Cenva, siempre había estado

preparada para sacrificar su vida en una llamarada final de gloria, pero hasta ese

momento no había tenido ocasión de hacerlo. Era débil, un fracaso… un arma sin

usar que ya no tenía ningún propósito. En su interior, unas voces insidiosas la

llamaban cobarde, y jugaban con el sentimiento de culpa que le producía seguir con

vida.

La plaga de Rossak estaba matando a su gente y ella no podía hacer nada. La ira y

la determinación eran lo único que la ayudaban a seguir adelante. Con el cuerpo

rígido, Ticia miró a la mujer que odiaba. Raquella creía que podía llegar sin más y

demostrar lo simples, débiles e inútiles que eran las hechiceras. Y eso no podía

permitirlo.

Los pacientes más débiles morirían, era el precio que había que pagar para que las

líneas genéticas de Rossak se conservaran fuertes. Todo estaba registrado, documentado, almacenado en ordenadores ocultos que llevaban un registro de ADN.

Incluso si la vacuna del doctor Suk hubiera funcionado, eso solo habría retrasado lo

inevitable y los supervivientes habrían quedado tocados para siempre. No soportaba

pensar que su gente era tan débil que no podían sobrevivir sin ayuda exterior. Mejor

morir y dejar que la historia culpara a aquellos médicos metomentodos que reconocer

que no era una líder perfecta.

Vagamente, la hechicera suprema reconocía que entre los síntomas de la primera

fase de la enfermedad estaban el pensamiento irracional, la paranoia y la agresividad.

Pero la enfermedad había dado sus primeros pasos por su cuerpo muy lentamente,

frenados por sus propios fuegos mentales, y en ningún momento se le ocurrió

cuestionarse sus motivos. La culpabilidad y el resentimiento que sentía le parecían

algo totalmente normal.

Cuando se inclinó sobre la figura de Raquella, Ticia supo que debía actuar con

rapidez. Nadie sabía que estaba allí, ni que había enfermado. Pero Ticia tenía una

cosa que hacer antes de que los fuegos de la plaga la consumieran. Se sentía la piel

caliente y sudada, por la fiebre y por el esfuerzo de caminar.

Se metió una mano en la túnica oscura, sacó un pequeño frasco con dosificador y

retiró el tapón. Raquella respiraba profundamente, con los labios ligeramente

entreabiertos. Con dedos temblorosos, Ticia manipuló el dosificador y cogió unas

gotas de aquel líquido aceitoso y viscoso. El olor era fuerte, amargo, nada que hiciera

sospechar sus efectos mortíferos.

Muchos años antes, Aurelius Venport y sus exploradores habían descubierto

aquella toxina increíblemente fuerte, una sustancia tan mortífera que la bautizaron

simplemente con el nombre de «droga de Rossak». Fuera del negocio de los asesinos,

no tenía ninguna aplicación legal. Ni existía ningún antídoto conocido. Una vez

administrada, resultaba siempre fatal, por muy pequeña que fuera la dosis.

Raquella se giró ligeramente, ladeó la cabeza y abrió los labios un poco más.

Como si quisiera cooperar.

Ticia no desaprovechó la ocasión y dejó caer unas gotas de líquido en la boca de

aquella detestable mujer. El veneno penetró con suavidad, sin trabas, igual que

cuando envenenó a las pacientes con las que el doctor Suk probó sus vacunas. Y

ahora todos creerían que les habían dado falsas esperanzas, que la inesperada

recuperación de Raquella solo había sido una ilusión y que al final una recaída la

había matado.

Le estaba bien empleado por alardear delante de las hechiceras. Nunca tendría

que haber ido allí.

Cuando ya estaba en la entrada, Ticia oyó que Raquella despertaba con un

sobresalto, tosiendo y escupiendo, tratando ya de combatir el efecto de la droga de

Rossak. No importaba. Ya nada podría cambiar su destino. La hechicera suprema desapareció entre las sombras.

 

La mente de Raquella enseguida dio un respingo por el sabor amargo que notó en la

boca. El sabor de la muerte. Su conciencia adormecida le habló de las gotas que

notaba en los labios, tan distintas del agua curativa del cenote donde Jimmak la había

llevado. Aquello había sido un bautismo de vida. En cambio esto era totalmente

distinto. Un bautismo de muerte.

Veneno.

Estaba perdida, y su mente empezaba a caer en la inconsciencia. De pronto, una

intensa luz apareció en su mente, y le mostró una nueva forma de contraatacar, un

arma que no sabía que tenía. Al pasar por la plaga, su cuerpo se había transformado,

tras asimilar la incomprensible mezcla de sustancias químicas del entorno. Ahora

Raquella tenía unas capacidades inesperadas y nuevos recursos en sus propias

células.

Una profunda sensación de calma la invadió, y en el ojo de su mente Raquella vio

las conexiones que salían de su cerebro, conexiones neurológicas que se extendían

hacia venas, tendones, músculos… y controlaban cada función de su cuerpo, tanto si

era de forma voluntaria como si no. Era todo tan claro, como un detallado plano del

humano. El insidioso veneno invadía su sangre, sus órganos, su sistema inmunitario.

La droga de Rossak casi parecía un ser vivo, maligno, totalmente consciente de su

perverso propósito.

No, el veneno no era maligno… la persona que la había envenenado sí.

—No me rendiré —murmuró—. Lucharé. Solo el miedo puede matarme.

Y, adentrándose cada vez más en sí misma, Raquella libró un combate en su

organismo.

Preparó las defensas de su cuerpo y levantó una muralla bioquímica frente al

ataque del veneno. Entonces se enfrentó al enemigo. Tras analizar la estructura

molecular de la droga, varió el orden de sus elementos, reconectando los radicales

libres, cortando cadenas de proteínas sueltas. Despojándola de sus armas.

En el proceso, Raquella transformó pacientemente el veneno y lo descompuso,

hasta reducirlo a la impotencia. Ya no podría hacerle daño. Dado que era la primera

vez que hacía aquello, Raquella quiso explorar y se dio cuenta de que podía controlar

cada célula y cada molécula extraña de su cuerpo. Su mentalidad de médico se

maravilló ante aquella idea. Ella controlaba incluso las funciones más complejas de

aquella complicada máquina biológica.

«Como la supermente».

Este pensamiento la inquietó, la intrigó. ¿Hasta qué punto se parecían los

humanos a las máquinas pensantes que habían creado? Puede que más de lo que

ninguno de los dos bandos reconocería jamás.

Allí dentro vio algo más, como un asombroso libro de relatos escrito en su código

genético. Al principio le llegó gota a gota, dosificado, como el agua que goteaba de

forma ininterrumpida en el estanque de la cueva de Jimmak; luego los datos llegaron

en una avalancha, en la forma de recuerdos hereditarios de sus antepasadas. Raquella

sabía que aquel pozo de saber siempre había estado ahí, que había pasado de

generación en generación, sellado allí dentro, intocable… y ahora, gracias al efecto

catalizador del veneno, ella tenía la llave para abrir esa puerta.

Se sentía como si tratara de beber un sorbito de un torrente. La mayor parte de la

información fue a su cerebro e inundó su conciencia, aunque siempre había estado

ahí… acechando, escondiéndose, esperando. Curiosamente, solo podía acceder a sus

antepasadas femeninas.

Y entonces, en medio de la euforia, los recuerdos se esfumaron, quedaron fuera

de su alcance. Al principio, cuando todas aquellas maravillosas antepasadas la

abandonaron, Raquella se sintió como una huérfana. Poco a poco, comprendió que

solo irían a ella ocasionalmente, para ayudarla, y luego volverían a replegarse al

pasado reverberante.

En el vacío cavernoso que quedó cuando los recuerdos cesaron, Raquella notó

que el retrovirus ya no estaba activo en su organismo. Lo había neutralizado, creando

anticuerpos invencibles. Raquella podía seguir el rastro de cualquier enfermedad a

través de sus estructuras celulares, seguirla como una fuerza vengadora y expulsarla.

Ya nunca más tendría que temer a la enfermedad.

En las regiones más profundas de sus células, Raquella trabajaba con lo que tenía,

y lograba unos resultados con los que Mohandas Suk ni siquiera habría soñado en su

laboratorio orbital. Ahora tenía su propio laboratorio dentro de su cuerpo, y en

aquellos momentos creó exactamente lo que quería: los anticuerpos necesarios para

sintetizar una vacuna lo bastante potente para erradicar la epidemia de Rossak.

Ya no necesitaba el agua del cenote. Sus propias células y su sistema inmunitario

eran una fábrica mucho más compleja y eficaz que todo el material médico que

Mohandas pudiera utilizar en el Recovery. Podía fabricar tanto antídoto como hiciera

falta.

El veneno no la había matado; en realidad, la había liberado.

Y salvaría a todo el planeta. Justo lo contrario de lo que Ticia Cenva buscaba.

 

Gracias a los tests concienzudos y aquel nuevo saber intuitivo de Raquella, se

demostró que las vacunas de Mohandas habrían reforzado los sistemas inmunitarios

de las afectadas. Raquella comprendió que no habían muerto por culpa del

medicamento. Las habían asesinado.

Ticia Cenva.

Con aquella nueva conciencia, Raquella no centró sus pensamientos en la venganza, sino en la curación. A través de catalizadores producidos por las

biofábricas de su cuerpo, pudo transmutar las vacunas disponibles, enriqueciéndolas

con anticuerpos de su sangre. Ya no necesitaba el agua del cenote, no había por qué

perturbar la miserable existencia de los Defectuosos. Tenía todo lo que necesitaba en

su cuerpo.

Raquella iba arriba y abajo administrando la cura a los pacientes moribundos que

se amontonaban en las salas y las enfermerías de la ciudad de cuevas, con la ayuda de

los médicos y ayudantes que quedaban de la HuMed. Cada vez eran más los que se

curaban y podían ayudarles en sus esfuerzos, y la epidemia empezó a aflojar, se

estancó y finalmente remitió.

Parecía una ironía que Raquella hubiera conseguido el agua que la curó gracias a

los parias, una gente que las hechiceras consideraban indigna. Ahora, gracias a la

transformación de su química interna, Raquella salvaría a esas mismas mujeres que

habían estado tratando a los Defectuosos como poco más que animales, como errores.

Lejos de celebrar la salvación de su gente, Ticia Cenva no se veía por ningún

lado. A Raquella, que milagrosamente había evitado la muerte una vez más, no le

sorprendió que permaneciera en un estricto aislamiento. Ella y su red cada vez más

extensa de ayudantes sanos distribuían viales con la vacuna y cuidaban de los

enfermos.

Cuando se aseguró de que prácticamente todo el mundo había sido vacunado,

Raquella quiso saber qué había pasado con la hechicera suprema. ¿Había evitado

Ticia el virus, había muerto? Las otras mujeres trataban de eludir sus preguntas, y en

sus palabras Raquella intuía mentiras, directas e indirectas. Las mujeres de Rossak

ocultaban algo importante.

Por propia iniciativa, sin sentir ningún temor a pesar de que la hechicera suprema

había tratado de envenenarla, Raquella fue a los alojamientos privados de Ticia

Cenva. Ella no había querido en ningún momento usurpar su autoridad, solo quería

combatir la epidemia y marcharse de allí. Pero ahora Ticia seguramente la vería como

un conquistador satisfecho regodeándose sobre los vencidos.

Cuando llegó a la abertura de la cámara, Raquella la encontró bloqueada por una

barrera de energía, un muro de fuerza proyectada por una mente furiosa y delirante,

no por un generador Holtzman de escudo. Del otro lado de la barrera, vio a una joven

Karee Marques con aire turbado. A su izquierda, la imagen de Ticia Cenva,

distorsionada por las ondas de energía, resplandeciente como un arma psíquica a

punto de desatarse.

«Solo el miedo puede matarme», se dijo Raquella a sí misma, y buscó la

serenidad de su yo espiritual, algo que nadie podría arrebatarle. Desde esa plaza

fuerte, la ciudadela de su alma, Raquella contempló la barrera de energía, utilizando

unos poderes que ninguna hechicera conocía.

La barrera desapareció, se desmoronó tras parpadear brevemente, como una

fuente moribunda de electricidad. Ticia trató de rehacer la barrera, pero cada nuevo

intento fracasaba, la barrera no aguantaba. La hechicera suprema perdió el resplandor

psíquico, como si las ondas de la desesperación se lo hubieran llevado. Y se quedó

temblando, totalmente derrotada, con su bello rostro marcado por la angustia y la

enfermedad.

Raquella entró y se enfrentó a su verdugo, que permanecía en pie, tambaleante,

con el rostro sofocado, sudando. Ahora en su cara y sus brazos se veían claramente

las lesiones provocadas por la epidemia; su piel y sus ojos tenían un tono amarillento.

Karee Marques se quitó de en medio y se acurrucó, asustada por el juego de poderes

que acababa de presenciar. Otras cinco hechiceras salieron de la parte de atrás de la

cámara, impresionadas ante el visible fracaso —y enfermedad— de su líder.

—Dime qué estáis ocultando —preguntó Raquella con tono autoritario, con una

voz que no era del todo la suya. Las antepasadas que llevaba en su interior, un

auténtico ejército, hablaban con ella, desde el pasado, el presente, el futuro. Las

palabras resonaron por el espacio y el tiempo y volvieron a replegarse sobre sí

mismas.

—No puedo —dijo Ticia—. No p-puedo…

—¡Dímelo! Habla a nuestras antepasadas de tu culpa, de las vidas que te has

llevado. —De nuevo la Voz salió de la garganta de Raquella, pero mucho más fuerte,

mucho más insistente, con tono imperioso. Era imposible desafiarla.

De pronto Ticia empezó a hablar y confesó, explicó cómo había frustrado todos

los intentos de Raquella por salvar al pueblo de Rossak, cómo había matado a las

pacientes en las que se probó la vacuna y había tratado de asesinar a Raquella. Estaba

en los estadios iniciales de la enfermedad, y la paranoia y la desorientación hicieron

que le pareciera lo más lógico.

Pero Raquella sabía que Ticia Cenva escondía mucho más, que su secreto iba

mucho más allá de una absurda rivalidad.

—Y ahora dime qué protegéis ahí dentro. —La Voz afloraba, como un ser

primario, y era innegable.

Ticia no podía oponerse. Moviéndose a sacudidas, como una marioneta mal

utilizada, acompañó a Raquella a una inmensa cámara llena de ordenadores y

material electrónico, una ingente reserva de información. Los ordenadores vibraban

suavemente mientras hacían su trabajo de procesamiento, intercambiaban

información entre ellos y la elaboraban, llevándola a un nivel cada vez más elevado:

las secuencias de ADN de millones de personas de diferentes razas, el almacén más

detallado de registros genéticos jamás reunido, no solo de la época de la plaga

original, sino de generaciones de selección reproductiva en Rossak.

En algún lugar de su inconsciente, Raquella ya conocía la existencia de aquel lugar. Mientras la hechicera enferma seguía contestando a instancias de la Voz,

Raquella intuyó que sus antepasadas la habían llevado hasta aquello, como si

hubieran previsto lo que pasaría y hubieran movido a la gente que la rodeaba como

piezas en una partida. «¿Qué estoy destinada a hacer aquí?».

Ella misma contestó su pregunta, y aquello le produjo una sensación extraña,

incómoda y tranquilizadora a la vez. Mujeres que habían vuelto al polvo tiempo ha la

estaban observando, la guiaban y le daban consejo en las importantes decisiones que

tenía por delante.

De pronto, Ticia tosió y trastabilló. Se dejó caer de rodillas sobre el duro suelo de

piedra.

Raquella corrió a su lado. Mientras Karee Marques la sujetaba y trataba de

consolarla, Raquella se sacó un vial con una vacuna del bolsillo.

—La enfermedad está muy avanzada, pero esto la expulsará de tu cuerpo y

neutralizará el virus.

Ticia se retorcía de dolor en el suelo, y tuvo un ataque de tos. Sus ojos azules se

veían legañosos, surcados de venillas rojas, como una ventana a su alma que le hacía

parecer mucho mayor. Desde hacía un tiempo, se había visto obligada a consumir

grandes cantidades de melange, que le habían proporcionado un aspecto más juvenil

y habían dado a sus ojos el azul de los adictos a la especia. Pero eso estaba

cambiando porque la epidemia estaba haciendo estragos en su sistema inmunitario.

Con sus últimas fuerzas, Ticia apartó a Raquella de un empujón.

—¡No quiero tu ayuda! Ahora ya conoces la existencia de nuestra base de datos.

De los ordenadores. Traerás aquí al Culto a Serena para que destruyan todo nuestro

trabajo.

—Yo no quiero destruir vuestro trabajo —dijo Raquella—. Quiero colaborar con

vosotras. Esos fanáticos destruyeron el Hospital de Enfermedades Incurables en

Parmentier. No les tengo ningún aprecio.

Ticia se calmó, pero en sus ojos el odio ardía con más fuerza. Cuando se sacó la

mano de un pliegue de su túnica negra y empapada de sudor, en ella sujetaba un

frasquito con una sustancia acre y acida. Se había manchado los dedos con ella.

Raquella enseguida lo reconoció: era la sustancia que había estado a punto de

matarla, la droga de Rossak.

Raquella quiso coger a la hechicera, pero con un último golpe de poder mental,

Ticia la derribó. El frasco cayó al suelo y se rompió. Antes de que nadie pudiera

detenerla, la hechicera se llevó los dedos manchados de veneno a los labios. Con una

gota bastaba.

La vida se apagó rápidamente en los ojos de Ticia y se perdió en el infinito.