La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 37 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 36

 

Dejemos que los gordos humanos y las máquinas pensantes habiten en los mundos más cómodos de la galaxia. Nosotros preferimos lugares desolados y apartados, porque revigorizan nuestros cerebros orgánicos y nos hacen invencibles. Incluso cuando mis cimek lo hayan conquistado todo, estos lugares seguirán siendo nuestros preferidos.

GENERAL AGAMENÓN, Nuevas memorias

 

Los titanes se habían precipitado al eliminar a los cinco pensadores de la Torre de

Marfil, y ahora el general Agamenón se arrepentía de su impetuosa venganza.

«Después de sentirme acosado e impotente durante tantas décadas, tendría que haber

disfrutado más de mi conquista».

Ya era demasiado tarde, pero el general pensaba en lo satisfactorio que habría

sido diseccionar los cerebros antiguos, separando las diferentes capas de materia gris

una a una, borrando los fragmentos de pensamiento contenidos en los relieves y las

circunvoluciones del cerebro. Juno podría haber añadido interesantes contaminantes a

su electrolíquido y se habrían divertido viendo las reacciones.

Pero los pensadores ya no existían. ¡Qué estúpida falta de previsión!

Así que, mientras consolidaban su posición sobre Hessra, no tuvieron más

remedio que entretenerse torturando a los subordinados cautivos, humanos que

habían renunciado a sus vidas para dedicarse al cuidado de los pensadores. A todos

los subordinados les habían despojado de su carga física, les habían arrancado el

cerebro del cráneo como fruta madura y los habían instalado contra su voluntad en

contenedores cimek de conservación. Esclavos, mascotas, experimentos.

Dado que en un primer momento se habían negado a colaborar en la conquista, a

los híbridos neos-subordinados se les aplicaron una serie de agujas para inducir

sufrimiento, mentrodos modificados que se insertaron directamente en el tejido

cerebral.

Desde una elevada torre que se alzaba sobre las capas de hielo, el genera] titán

ajustó sus fibras ópticas e hizo girar la torreta de la cabeza, para contemplar el

desolador territorio que había conquistado. Allá donde asomaba algún afloramiento

gris o negro entre el hielo del glaciar, aparecían extrañas manchas azules. Los

líquenes y el resistente musgo encontraban su sustento en el interior de las grietas del

antiguo muro de hielo y extraían la suficiente energía para seguir con vida de la débil

luz del sol. Ocasionalmente, algún fragmento se desprendía del glaciar y los líquenes

azules se marchitaban rápidamente al quedar expuestos al aire helado.

Agamenón había estudiado superficialmente una parte de los registros y tratados

sobre el electrolíquido que los pensadores habían ido compilando con los milenios.

Por lo visto, en las corrientes subterráneas de Hessra, el agua se combinaba con minerales y otros elementos vestigiales de estos líquenes autóctonos. Los monjes

utilizaban esta agua para producir el electrolíquido rico en nutrientes en los

laboratorios y fábricas que tenían en los sótanos de las antiguas torres negras.

Durante mil años, Agamenón y sus cimek habían necesitado un suministro

constante de electrolíquido para mantener sus cerebros frescos y despiertos, y los

pensadores habían mantenido una relación neutral e incómoda con ellos, permitiendo

un comercio ilícito a pesar del aislamiento que se habían impuesto a sí mismos.

Pero a Agamenón no le gustaba tener que dar las gracias a nadie. Los titanes

habían conquistado las instalaciones donde se producía el electrolíquido y habían

«animado enérgicamente» a los neos-subordinados para que continuaran con la

producción.

Con pasos metálicos y regulares, otro titán ataviado con su forma móvil entró en

la elevada torre de observación. Agamenón lo identificó como Dante, que se detuvo y

esperó a que el general le saludara.

—Hemos terminado de estudiar las imágenes que nuestros neocimek

exploradores tomaron en Richese y Bela Tegeuse. —Hizo una pausa para asegurarse

de que su líder le dedicaba toda su atención—. Las noticias no son buenas.

—Últimamente las noticias nunca son buenas. ¿Qué pasa?

—Después de nuestra retirada, las fuerzas de Omnius regresaron y arrasaron los

dos planetas, destruyendo a toda la población de humanos que nos había servido. Los

neos ya habían escapado, y supongo que es algo, pero sin nuestros cautivos humanos,

ya no tenemos de donde sacar más cimek.

Agamenón se sintió enfurecido y sombrío.

—Ahora que los hrethgir están agonizando por culpa de esas dichosas epidemias

de Yorek Thurr, Omnius podría volver su atención hacia nosotros. Corren tiempos

oscuros, Dante. Las máquinas pensantes han destruido el último mundo importante

que nos quedaba y estamos atrapados aquí, sin seguidores, sin una población a la que

esclavizar. Solo tenemos un centenar de neos y algunos monjes subordinados

convertidos… y tres titanes.

Sus brazos de artillería retrocedieron, como si inconscientemente quisiera abrir un

agujero en el muro de la torre.

—Yo quería iniciar una nueva Era de los Titanes, pero hemos sido perseguidos

por las máquinas pensantes y acosados por los humanos y esas condenadas

hechiceras. ¡Mira lo que queda de nosotros! ¿Quién dirigirá ahora nuestra gran

revuelta?

—Hay numerosos candidatos neos entre los que elegir.

—Pueden seguir órdenes, pero no pensar una estrategia que nos dé la victoria. Ni

uno solo de ellos ha demostrado potencial para el mando militar. Crecieron en la

esclavitud y aprovecharon la ocasión que les dimos de retirar los cerebros de sus cráneos. ¿Para qué nos sirven? Yo necesito un luchador, un comandante.

—Por el momento estamos a salvo, general. Omnius no sabe dónde encontrarnos.

Quizá tendríamos que conformarnos con vivir aquí en Hessra.

Agamenón hizo girar la torreta de la cabeza, con las fibras ópticas llameando.

—A la historia no le interesan los que se conforman.

Mientras los dos titanes miraban al océano de estrellas, la red de Agamenón se

conectó con sensores externos y detectó la señal de una nave desconocida que se

acercaba. Con curiosidad, se concentró en aquello y esperó confirmación.

Juno estaba en el centro de control cimek, en la cámara principal, donde habían

escabechinado a los cinco pensadores. Tal como esperaba, su dulce voz sintetizada no

tardó en llegar por el canal que conectaba directamente con su contenedor cerebral.

—Agamenón, amor, tengo una sorpresa para ti… una visita.

Dante, que estaba en la misma frecuencia, respondió con reserva.

—¿Es posible que Omnius nos haya encontrado tan pronto? ¿Tenemos que huir y

escondernos?

—Estoy harto de esconderme —dijo Agamenón—. ¿Quién es, Juno?

La voz era juguetona y alegre.

—Pues mira, es el último de los pensadores… Vidad, que vuelve a casa. Envía

saludos a sus cinco compañeros. Pero claro, ellos no le pueden contestar.

Agamenón sintió que una oleada de emoción se extendía por su reluciente

electrolíquido.

—Esto es algo totalmente inesperado. ¡Vidad no sabe que los otros pensadores

han muerto!

—Dice que trae noticias urgentes y solicita una reunión inmediata —dijo Juno.

—Quizá ha descubierto por fin la prueba de algún antiguo teorema matemático —

sugirió Dante con sarcasmo—. Estoy impaciente por oírle.

—Preparad una emboscada —ordenó Agamenón—. Quiero que capturemos al

último de los pensadores. Luego… nos tomaremos nuestro tiempo.

 

Durante el largo trayecto desde Salusa Secundus, Vidad estuvo sumido en

pensamientos perturbadores. La existencia de los pensadores de la Torre de Marfil se

basaba en el aislamiento, en la no interferencia. Tanto la supermente como los

humanos eran seres racionales, formas de vida inteligente, aunque se regían por

principios totalmente distintos. Los pensadores no podían tomar partido en este

conflicto. En el pasado habían permitido que Serena Butler los moviera de aquella

postura suya y fue un desastre. Y como resultado el fervor de la Yihad se redobló.

Sin embargo, Vidad sabía que ahora los humanos pretendían eliminar todas las

encarnaciones de Omnius. ¿Exigía la neutralidad la no participación absoluta cuando

estaba en juego la extinción de un ser racional? ¿O debían velar por el mantenimiento de un cuidadoso equilibrio de poderes?

No podía resolver el dilema por sí solo. Los seis pensadores formaban una

unidad, un grupo de debate que abarcaba prácticamente todo el saber de los humanos.

Por eso partió de inmediato hacia Hessra. Tras un debate apropiado, llegarían a una

solución de consenso.

Sí, Vidad había partido en cuanto el Consejo de la Yihad tomó su decisión. No

sabía cuánto tiempo tenía.

Pilotando la veloz nave iban dos de sus leales subordinados. Rodane, un nuevo

monje a quien había entrenado en Zimia. Y Keats, que ya estaba muy mayor, aunque

seguía siendo funcional. El Gran Patriarca Ginjo lo había reclutado hacía mucho

tiempo, y había servido a los pensadores de la Torre de Marfil durante casi setenta

años; el hombre parecía estar al final de su vida productiva, y ciertamente el viaje de

vuelta a Hessra sería el último para él. Muchos de los subordinados que escogió

Ginjo ya habían muerto y estaban enterrados en diferentes grietas de los glaciares.

Vidad y los suyos pronto necesitarían nuevos voluntarios.

Durante el camino, Vidad pasó cada hora de cada día meditando en el problema

del ataque con bombas atómicas de impulsos. Cuando llegaron al planetoide helado,

no había llegado a ninguna conclusión sostenible. Envió transmisiones directas a los

otros cinco pensadores que esperaban en la ciudadela pero, extrañamente, no hubo

respuesta.

Mientras Rodane hacía descender la nave hacia el glaciar correcto, Keats echó un

vistazo por las ventanillas de la cabina.

—Aquí ha pasado algo —dijo con voz carrasposa—. El hielo que rodea las torres

está excavado. Veo cráteres que parecen provocados por… explosiones. Recomiendo

que procedamos con precaución.

—Debemos determinar qué ha sucedido —dijo Vidad.

El joven piloto dio un rodeo acercándose a la ciudadela donde normalmente

habrían aterrizado. Aunque sus ojos eran viejos y estaban llorosos, Keats fue el

primero en detectar a los emboscados.

—¡Máquinas, artillería… cimek! ¡Sácanos de aquí!

Confuso, Rodane miró al contenedor cerebral del pensador esperando órdenes.

Maniobró con los controles, pero no lo bastante deprisa.

En cuanto la pequeña nave trató de modificar el rumbo, los cimek salieron de sus

escondites en el hielo y bajo la ciudadela. Los cuerpos volantes dispararon, y otras

formas móviles de combate salieron elevando sus brazos de artillería y abrieron

fuego.

Los proyectiles estallaban a su alrededor, enviando cegadoras ondas de choque

contra la nave. El joven piloto trataba de evitar los proyectiles con vacilación, pero

Keats lo apartó de los controles y se puso a realizar maniobras más extremadas.

—Tu cautela hará que nos maten, Rodane.

Finalmente, por la misma línea por la que Vidad esperaba oír a sus compañeros

pensadores, le llegó una transmisión frenética. La voz no era más que una señal

electrónica que los sistemas de comunicación descifraron. El antiguo filósofo no

reconoció el tono ni la inflexión, pero las palabras eran sorprendentes. Venían de uno

de los monjes subordinados.

—¡Los titanes han tomado Hessra! Han matado a los cinco pensadores y a

muchos de los subordinados… solo quedamos unos pocos, y no estamos vivos. Nos

han convertido en cimek y nos obligan a servirles. Pensador Vidad, eres el último.

¡Huye! Debes permanecer con vida por encima de todo… —Y entonces llegó sonido

de lucha, chillidos, sonidos agónicos que fueron transmitidos al universo abierto y

despreocupado.

Tres formas cimek voladoras se dirigían a toda velocidad hacia ellos, disparando

sus proyectiles, tratando de derribarlos. Nuevas formas móviles más grandes salieron

al hielo. Una de aquellas monstruosas formas de combate era tan inmensa que

seguramente se trataba de uno de los titanes. A su alrededor se producían continuas

detonaciones.

Keats forzó los pequeños motores de la nave, sin reparar en el consumo de

combustible, llevándolos a su máxima aceleración para poder escapar de Hessra.

Aunque Vidad estaba protegido en su contenedor cerebral, sabía que aquella

aceleración despiadada era demasiado para el cuerpo frágil y viejo de Keats.

—Morirás.

—Y tú… vivirás —consiguió jadear Keats antes de perder el conocimiento. No

tenía fuerzas para seguir respirando con una aceleración constante tan grande. Varios

de sus huesos quebradizos se partieron.

En cambio, Rodane era fuerte y flexible. Sobreviviría. Vidad solo necesitaba un

ayudante. Volando con un vector de huida automático, se alejaron de Hessra en

dirección a los límites del sistema y el espacio abierto. Las formas cimek de corto

alcance renunciaron a la persecución, y se pusieron a renegar de rabia por los canales

de transmisión.

En el asiento de la cabina, el viejo cuerpo de Keats yacía con la quietud peculiar

de la muerte, pero el joven subordinado respiraba, aunque fuera trabajosamente.

Cuando llegaron a los límites del sistema, la aceleración descendió automáticamente

y Rodane recuperó la conciencia. Con los ojos muy abiertos, miró con sorpresa y

pesar a su viejo compañero, que había dado su vida para que el pensador pudiera

escapar.

—¿Dónde iremos ahora, Vidad? —preguntó el subordinado con una voz que

rayaba el pánico.

El pensador pensó en sus cinco compañeros, todos muertos a manos de los cimek, que al parecer habían tomado Hessra en un intento por esconderse de Omnius. Vidad

era el único filósofo que podía decidir qué hacer con el inminente holocausto nuclear

que Vorian Atreides quería desatar. Era objetivo, neutral, inteligente… en otro tiempo

él también había sido humano. Sabiendo lo que los cimek habían hecho a sus

compañeros, ¿cómo habría podido no sentir al menos un eco de emociones

largamente olvidadas? ¿De… deseo de venganza? Razón de más para hablar con la

supermente.

—Pon rumbo a Corrin —ordenó Vidad.