La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 50 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 49

 

Algunos dicen que es mejor ser rey en el infierno que siervo en el cielo. Una actitud derrotista. Personalmente, mi intención es reinar en todas partes, no solo en el infierno.

GENERAL AGAMENÓN, Nuevas memorias

 

Había llegado la hora del cambio… en realidad, la hora ya se había pasado hacía

mucho. Quizá tenían toda la paciencia del universo, pero diecinueve años era más que

suficiente.

Agamenón subió con su enorme forma móvil a lo alto del glaciar azotado por el

viento. Una nieve y una brisa abrasivas barrían el terreno irregular, y la luz de las

estrellas se reflejaba bajo los cielos amoratados de Hessra. La luz del planetoide

helado era tan débil como las perspectivas de los cimek. Hasta la Gran Purga.

Juno subió con dificultad detrás de él, exudando poder y ambición por todo su

inmenso cuerpo. Sus patas articuladas subían y bajaban, impulsadas por motores. Los

titanes habían vivido tanto tiempo que tendían a olvidar sus objetivos, dejando que

los días pasaran. Y ya casi era demasiado tarde.

Él y su compañero amado permanecieron allá arriba, inmunes al frío inhóspito. A

su espalda, las torres medio hundidas de la fortaleza de los pensadores parecían un

monumento ruinoso a la gloria perdida… a Agamenón le recordaba los excéntricos

altares y estatuas que había obligado a sus esclavos a construirle en la Tierra.

—Eres el señor de todo cuanto te rodea —dijo Juno.

Agamenón no habría sabido decir si le estaba tomando el pelo o estaba admirando

su minúscula victoria.

—Es patético. Después de todo, parece que no había nada que temer. La Liga casi

no puede ni sonarse las narices, y han eliminado a Omnius en todos los Planetas

Sincronizados con la excepción de Corrin, donde se esconde parapetado detrás de

todo su armamento.

—¿Igual que nosotros nos escondemos aquí?

—¿Escondernos? Ya no hay razón para esconderse. —Con una pesada

extremidad metálica, Agamenón aporreó el suelo ante él, formando un cráter en el

hielo—. ¿Qué podría detenernos ahora?

Los pensamientos del titán retumbaban por su mente como un trueno lejano. Era

vergonzoso haber permitido que sus sueños se fueran apagando… quizá tendría que

haber muerto, como tantos otros de sus amigos conspiradores. Casi nueve décadas

después de su nueva rebelión contra Omnius, el general y el puñado de supervivientes

cimek que quedaban habían logrado bien poco, y se escondían como ratas.

—Me estoy cansando de esto —dijo—. De todo.

Juno y él se entendían muy bien. Y le sorprendía que la ambiciosa titán hubiera

permanecido a su lado durante más de mil años. Quizá solo era porque no tenía

ninguna alternativa viable… o porque de verdad le importaba.

—¿Qué estás esperando exactamente, mi amor? Tanta complacencia nos ha

convertido en apáticos soñadores, como la población del Imperio Antiguo que tanto

despreciábamos. Tantos años sentados, sin hacer nada, igual que… —su voz se tiñó

de autodesprecio— ¡que pensadores! La galaxia es un campo abierto para nosotros.

Sobre todo ahora.

Con sus fibras ópticas, Agamenón escaneó el paisaje montañoso y yermo, las

inexorables masas de hielo.

—Hubo un tiempo en que las máquinas pensantes nos servían. Ahora Omnius ha

sido destruido y los hrethgir están debilitados… tendríamos que aprovechar la

ocasión. Aunque sigue habiendo muchas posibilidades de que fracasemos.

La voz de Juno demostraba un profundo desprecio, y no dejaba de pincharle,

como siempre.

—¿Desde cuándo eres un niño caguica, Agamenón?

—Tienes razón. A mí mismo me desagrada mi actitud. Gobernar para poder

oprimir a un puñado de subordinados no es suficiente. Está bien tener esclavos a tu

disposición, pero incluso eso acaba cansando.

—Sí, mira lo que le pasó a Yorek Thurr en Wallach IX. Tenía a su disposición un

planeta entero, pero no le parecía bastante.

—Wallach IX es un pozo radiactivo. Como los otros Planetas Sincronizados. Es

irrelevante.

—Todos los planetas que pertenecieron al Imperio Sincronizado ahora son

irrelevantes, mi amor. Debes buscar un paradigma distinto.

Juntos, siguieron contemplando el paisaje desolado de Hessra, tan muerto como

los Planetas Sincronizados que habían explorado y descartado después de la Gran

Purga. Al poco, Agamenón dijo:

—Debemos promover los cambios, en lugar de ser los receptores pasivos de lo

que la historia nos quiera dejar.

Los dos titanes giraron las torretas de sus cabezas y caminaron de vuelta a las

torres de los pensadores.

—Ha llegado el momento de que empecemos de nuevo.

 

Beowulf no sospechaba nada, aunque hacía ya tiempo que el general tenía planes

para él.

—Su cerebro dañado ya no tiene capacidad para percibir detalles o sacar

conclusiones —comentó Dante.

—El muy patán casi no anda recto ni por un pasillo —dijo Agamenón—. Ya le he aguantado suficiente.

—Quizá bastaría con dejar que salga ahí fuera y se despeñe por alguna fisura del

glaciar —propuso Juno—. Eso nos evitaría a todos muchos problemas.

—Ya cayó en una grieta cuando llegamos a Hessra. Fuimos unos necios al

rescatarlo.

Los tres titanes convocaron al indeciso neocimek en la cámara central donde en

otro tiempo estuvieron los pedestales de los pensadores. Las runas muadru de los

bloques de las paredes habían sido destrozadas con garabatos obscenos.

Desplazándose con rapidez con sus cuerpos móviles limitados, los neos-subordinados

esclavizados seguían con sus labores en el laboratorio, controlando el equipo de

procesamiento del electrolíquido para los gobernadores cimek.

Agamenón tenía todo lo que necesitaba. Pero ahora necesitaba más.

Beowulf entró pesadamente, porque los mentrodos que controlaban sus

extremidades eran algo inestables. Las señales se confundían y se superponían, de

modo que iba dando tumbos, como un borracho que trata de andar de un punto a otro.

—S-s-s-sí, Agamenón. ¿M-m-me ha llamado?

La voz del general era escrupulosamente neutra.

—Siempre te he estado muy agradecido por el servicio que nos prestaste al

ayudarnos a liberarnos de Omnius. Ahora estamos ante un momento decisivo.

Nuestras circunstancias están a punto de cambiar drásticamente a mejor, Beowulf.

Pero antes de que eso pase, tenemos que hacer un poco de limpieza.

Agamenón levantó su cuerpo móvil, alzándose con su forma imponente en la

cámara de piedra. Sacó una de las antiguas armas que tenía guardadas en el interior

de su cuerpo. Beowulf parecía intrigado.

Dante corrió a desactivar los motores y la fuente de alimentación que impulsaba

el cuerpo robótico del cimek.

—¿Q-q-q-qué…?

La voz de Juno sonaba dulce y razonable.

—Tenemos que deshacernos de algunos trastos viejos antes de seguir adelante,

Beowulf.

—Doy gracias a los dioses en todas sus encarnaciones porque Jerjes no esté aquí

con sus torpes intentos de ayudarnos. Pero tú, Beowulf… tú eres un desastre en

ciernes.

Los titanes rodearon a la forma móvil desactivada, extendiendo sus brazos

articulados, formando las herramientas necesarias para iniciar el proceso de

desmantelamiento. Agamenón esperaba poder probar alguna de las piezas de

anticuario que tenía en su colección.

—N-n-nooo…

—Incluso yo llevo tiempo esperando esto, general Agamenón —dijo Dante—.

Los titanes están listos para su gran resurgimiento, por fin.

—Lo que importa realmente es que extendamos nuestra base de poder, tomando

nuevos territorios y controlándolos con mano de hierro. Durante mucho tiempo me ha

torturado el deseo de tomar los planetas habitados por los hrethgir, pero desde la Gran

Purga, hay innumerables bastiones para conquistar. Será un placer construir nuestro

nuevo imperio sobre la tumba de Omnius. Antes, cuando descarté esta posibilidad, no

pensé lo irónico y satisfactorio que podía ser. La radiactividad no supone ninguna

amenaza para nuestras armaduras protectoras y nuestros contenedores cerebrales. El

Infierno será solo el primer paso. A partir de ahí, recuperaremos nuestra fuerza y

atacaremos los mundos de la Liga.

—No hay nada malo en iniciar un nuevo imperio entre ruinas, mi amor. —Como

si estuviera partiendo un cangrejo gigante, Juno desmontó el primer grupo de patas de

la forma móvil de Beowulf—. Siempre y cuando sea solo el principio.

El neocimek siguió gimoteando y suplicando, cada vez con menos articulaciones

y una mayor sensación de urgencia. Finalmente, con desagrado, Agamenón desactivó

el simulador de voz conectado a su contenedor cerebral.

—Bueno. Ahora es mejor que nos concentremos y finalicemos esta eutanasia.

—Por desgracia —siguió diciendo Dante—, solo quedamos tres titanes. Muchos

de nuestros neos son muy leales a su manera, pero siempre han sido pasivos. Los

sacamos de poblaciones oprimidas.

Agamenón arrancó un grupito de mentrodos de la forma móvil de Beowulf.

—Debemos crear una nueva jerarquía de titanes, pero nunca encontraremos el

material que necesitamos entre nuestros menguantes recursos. Los neos son como un

rebaño.

—Pues busquemos en otro sitio —señaló Juno—. Aunque Omnius ha hecho lo

posible por exterminarlos, siguen quedando muchos hrethgir. Y los supervivientes

son los más fuertes.

—Incluido mi hijo, Vorian. —Mientras seguía desmantelando los diferentes

componentes que mantenían a Beowulf con vida, el general titán recordó los tiempos

en que su leal Vor limpiaba, pulía y restauraba meticulosa y amorosamente los

delicados componentes cimek de su padre, en un gesto que se remontaba a los albores

de la historia, el de lavar los pies de un líder amado. Oh, aquellos momentos tan

íntimos entre padre e hijo eran tan especiales…

Agamenón añoraba aquellos tiempos y deseó que las cosas no hubieran ido tan

mal con Vorian. Con él estuvo más cerca que nunca del éxito, pero los humanos se lo

corrompieron.

Juno no se dio cuenta de que estaba perdido en sus ensoñaciones.

—Tendríamos que buscar candidatos entre ellos, candidatos con talento a los que

podamos convertir a nuestra causa. Estoy segura de que tenemos la astucia y la técnica para lograr algo tan simple. Una vez que extraigamos el cerebro de una

persona, no hay nada que no podamos hacer para manipularlo.

El general pensó en aquello.

—Primero exploraremos los planetas con radiación y decidiremos dónde

establecernos.

—Wallach IX sería una buena opción —dijo Dante—, está cerca de Hessra.

—Estoy de acuerdo —dijo Agamenón—. Y destrozaremos lo que quede del trono

de ese chiflado de Yorek Thurr.

El cuerpo mecánico de Beowulf ya estaba desmantelado, y sus componentes se

habían ido separando para su reciclaje y reacondicionamiento. Los neos-subordinados

se acercaron en silencio para llevarse las piezas.

Mientras Agamenón pensaba en todos aquellos Planetas Sincronizados echados a

perder, se le ocurrió que Vorian había sido el verdadero cerebro de aquello. Después

de todo, quizá sería un sucesor apropiado para los titanes.