La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 79 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 78

 

Ten siempre presente que el fin es inevitable. Solo cuando aceptes que debes morir podrás alcanzar la verdadera gloria y aspirar a los honores más altos.

MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS

 

Abulurd Harkonnen estaba sentado en primera fila, en los asientos reservados para

invitados en el imponente edificio del Parlamento, mostrando con orgullo la insignia

de bashar en los hombros y el pecho. El resto de asistentes a la ceremonia, una

combinación de líderes políticos y militares, murmuraban entre ellos con poco

entusiasmo.

El bashar supremo Vorian Atreides había solicitado dirigirse a la asamblea para

hacer un importante anuncio… como tantas otras veces. Sin embargo, dado que a lo

largo de los años había pronunciado advertencias y pronósticos tan pesimistas, los

dignatarios ya no demostraban mucho interés por sus discursos. Estaban al corriente

de los nuevos ataques de los cimek, y las pirañas mecánicas les habían recordado que

Omnius seguía siendo una amenaza; evidentemente, esperaban que el viejo veterano

les reprochara su falta de previsión.

Sin embargo, Abulurd conocía el verdadero motivo del discurso. Permanecía

sentado, respirando agitadamente, manteniendo la calma, como un modelo de decoro.

Durante la mayor parte de la mañana, había estado ocupado con su trabajo en los

laboratorios cercanos a la mansión administrativa del Gran Patriarca. Siguiendo

órdenes del bashar supremo, su equipo de ingenieros seguía desmantelando y

analizando las pirañas mecánicas, y habían activado algunas en condiciones

cuidadosamente controladas. Los investigadores creían haber encontrado varias

posibles formas de defensa si Omnius se decidía a utilizar aquellas feroces

maquinitas otra vez. Y dos de ellos incluso habían construido el prototipo de un

aparato de interferencias, no como el de los generadores de impulsos de Holtzman,

sino algo más sencillo, una baliza que sobrecargaría y confundiría el programa de

base de los bichitos.

Abulurd se había quitado su bata de laboratorio y se había puesto su uniforme

militar para la ocasión. No era necesario el uniforme de gala, pero se lo puso por

respeto al bashar supremo.

En aquel momento, en cuanto las altas puertas se abrieron y se anunció la llegada

de Vorian Atreides, Abulurd se puso en pie y dedicó el saludo militar. Al ver esto,

otros oficiales del ejército siguieron su ejemplo. El resto de los asistentes empezaron

a levantarse, tímidamente al principio, y luego todos en masa.

Con expresión totalmente inescrutable, Vorian bajó con aire orgulloso por el

pasillo. Había decidido mostrar su aspecto más imponente y llevaba un surtido extravagante de medallas, condecoraciones e insignias que había conseguido durante

décadas de servicio militar. Mientras iba de camino al estrado, no dejó de oírse el

tintineo de todas aquellas condecoraciones, tantas que daba la impresión que la tela

del traje se le iba a desgarrar por el peso. Aunque estaba recién planchado, el

uniforme parecía conservar una sombra de manchas y sangre, como si la tela, al igual

que el hombre, nunca pudiera quedar completamente limpio.

Miró hacia donde sabía que estaría Abulurd y sus ojos se encontraron. El corazón

del oficial más joven se llenó de orgullo.

Con la cabeza bien alta, cuadrando bien los hombros, el bashar supremo subió los

escalones del estrado, donde el virrey Faykan Butler presidiría la asamblea junto al

Gran Patriarca. El uniforme de diario de Xander Boro-Ginjo era chillón y estaba

cubierto de adornos innecesarios.

—Bashar supremo Vorian Atreides, le damos la bienvenida a nuestra asamblea —

dijo Faykan—. Nos ha convocado para hacer un anuncio importante. Todos estamos

deseando escuchar sus palabras.

—Y todos estarán agradecidos al saber que pienso ser breve —repuso Vor. Varios

representantes de la primera fila rieron con disimulo—. Contando con este mes, llevo

ciento trece años como soldado de la humanidad. —Hizo una pausa para que el

número hiciera efecto—. Eso es más de un siglo luchando contra el enemigo y

ayudando a proteger la Liga de Nobles. Aunque tal vez sigo pareciendo joven y

fuerte, y aunque conservo mi salud y mis capacidades, dudo que nadie de esta sala me

pueda discutir que he servido a la humanidad un tiempo más que suficiente.

Lentamente, paseó la mirada por la audiencia, y finalmente sus ojos se detuvieron

en el virrey.

—Deseo dimitir con efecto inmediato de mi cargo en el ejército de la Humanidad.

Hace diecinueve años se dio por terminada la Yihad. Mi tiempo para luchar ha

terminado. Me tomaré un descanso y después volveré al trabajo con el objetivo de

limpiar el nombre de Xavier Harkonnen.

Faykan respondió con presteza y suavidad, como si hubiera sabido en todo

momento lo que Vor pretendía decir.

—Hablo en nombre de todos los aquí reunidos. Sabemos que ha dedicado mucho

más que una vida al servicio en el ejército. Ante nosotros tenemos nuevos desafíos,

los cimek, Omnius, pero es una labor que nunca termina. Parece que los enemigos de

la humanidad siempre van a estar ahí. Un hombre solo no puede resolver todos los

problemas, por mucho que quiera. Vorian Atreides, puede relajarse, retirarse y hacer

lo que le plazca, y dejar que los demás sigamos con la lucha. Gracias por su

dedicación ejemplar. Merece todo el honor y el respeto por nuestra parte.

El virrey empezó a aplaudir, y el Gran Patriarca lo imitó obedientemente. Pronto,

todos en la sala se pusieron en pie para unirse a la ovación. Abulurd se dejó llevar por los aplausos, miró a su mentor lleno de emoción, de orgullo y tristeza a la vez. El

Gran Patriarca ofreció su bendición oficial a Vor.

El bashar supremo miró a cada uno de los presentes asintiendo con el gesto. Solo

Abulurd sabía que pensaba seguir con la lucha, aunque de una forma que la Liga

jamás habría permitido. Cuando Vor salía del edificio cavernoso del Parlamento,

acompañado por los vítores, felicitaciones y aplausos, Abulurd le siguió, con la

esperanza de poder decir adiós a aquel hombre que tanto había hecho por él. Todo en

el anuncio y la forma en que fue recibido había sido apropiadamente respetuoso, y sin

embargo, Abulurd sentía cierta amargura. A pesar de todas las cosas buenas que Vor

había hecho por la Liga, a pesar de que sus capacidades no se habían visto ni

ligeramente mermadas, ni una sola persona en toda la sala hizo el más mínimo

esfuerzo por evitar su marcha. Se alegraban de que se fuera.