La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 91 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 90

 

Apoya siempre a tu hermano, tanto si tiene razón como si no.

Dicho zensuní

 

Tras el éxito del ataque kanla, Ishmael se dirigió a su gente en el interior de la cámara

más grande de su poblado en las cuevas. Se sentía vivo por primera vez desde hacía

mucho tiempo, y la sangre bullía en el interior de su viejo cuerpo. Él y sus hombres,

demasiado civilizados, habían matado a sus enemigos y se habían repartido los

despojos. Se habían quedado el agua, la comida, el material y el dinero de los

extraplanetarios. Pero para Ishmael aquello no bastaba… nada podría compensar lo

que los comerciantes de carne habían hecho en los otros poblados atacados.

Ahora que aquella prueba había pasado y estaban en casa, El’hiim se sentía

profundamente turbado por lo que había visto, sobre todo por el acto de desangrar a

un enemigo para aprovechar el líquido de su cuerpo.

—Hemos tirado por la borda siglos de civilización —le dijo con voz serena a

Ishmael—. Nos hemos convertido en animales, y ahora ninguna ley de Arrakis nos

apoyará. Hemos perdido más de lo que hemos ganado.

—Te equivocas. Hemos recuperado nuestro bagaje —repuso Ishmael—. Siempre

hemos seguido las leyes del desierto, la ley de la supervivencia… la ley de Budalá.

¿Qué me importan las leyes que dictan los hombres civilizados en sus bonitas casas?

El’hiim frunció el ceño.

—A mí sí me importan.

Pero Ishmael no quería dejar que el asunto se enfriara. Cuando los ancianos se

reunieron, habló con vehemencia, y muchos hombres y mujeres jóvenes le

escucharon.

—Los esclavistas atacaron nuestro poblado, pero les hemos echado. Y hemos

vengado a los que murieron en el otro poblado… ¡pero nuestros enemigos seguirán

viniendo, una vez y otra vez! Les hemos abierto la puerta. Hemos dejado que los

chacales descubran nuestra guarida. —Y alzó un puño retorcido—. Nuestra única

esperanza es volver a las costumbres de Selim Montagusanos. Debemos coger solo lo

necesario para sobrevivir y replegarnos a lo más profundo del desierto, donde los

esclavistas no puedan encontrarnos.

Algunos de los presentes lanzaron vítores con entusiasmo, otros parecieron

inquietos. Después de su sanguinaria aventura, algunos jóvenes querían más ataques

de venganza, como cuando eran una banda de forajidos.

El naib El’hiim, con aire preocupado, se puso en pie y trató de calmar los ánimos.

—No hay necesidad de ser tan reaccionario, Ishmael. Los que atacaron el poblado

eran criminales, y han sufrido el castigo más definitivo. Problema resuelto.

—El problema está en la base de nuestra sociedad —dijo Ishmael—. Por eso

debemos partir y reencontrar nuestra esencia. Debemos recordar la profecía de Selim

Montagusanos y hacer lo que nos dijo.

—Soy el naib, y el Montagusanos era mi padre. No demos más importancia de la

que tienen a los sueños que tenía después de consumir altas dosis de melange. ¿Acaso

no tenemos todos extrañas visiones cuando bebemos demasiada cerveza de especia?

—Algunos de los Free Men rieron por lo bajo, en cambio Ishmael frunció el ceño—.

Huir de nuestros problemas no nos ayudará a resolverlos, Ishmael. La solución que

propones es… simplista.

—Y la tuya es ciega y cómoda, naib —espetó Ishmael—. Has visto a los

extraplanetarios esclavizar y matar a nuestra gente, y sin embargo quieres hacer

negocios con ellos y actuar como si nada hubiera pasado. Crees que podemos

coexistir pacíficamente.

El’hiim dio una palmada.

—¡Sí, lo creo! Debemos coexistir.

—No me interesa ser un buen vecino de esa escoria. —Hasta ese momento,

Ishmael había pensado que si obtenía el apoyo de los demás podría hacer que su

hijastro cambiara de opinión. Pero vio que solo había una solución posible, una

solución que llevaba años preparándose. Él había criado a El’hiim, había dado su

palabra a Marha, y por eso no había querido emprender la acción más obvia, más

necesaria. Pero, por el bien de su gente y el futuro de Arrakis, no podía seguir

evitándolo.

Se volvió hacia su hijastro, al que había salvado de los escorpiones, al que había

enseñado y protegido. Pero ahora debía proteger a su pueblo. Aquella decisión le

desgarraba, y quizá el fantasma de Marha volvería para perseguirle por haber roto su

promesa. Pero tenía que hacerlo. Debía ayudar a los zensuníes a conservar su libertad

y su vida. Y en el fondo de su alma sabía que El’hiim los llevaría a la debilidad y la

destrucción.

—Ishmael, hay muchos factores que considerar —dijo El’hiim tratando de

aplacarlo—. Todos entendemos que los acontecimientos recientes resultan

inquietantes. Pero si volvemos a convertirnos en forajidos, perderemos todo lo que

hemos logrado en el pasado medio siglo. Quizá juntos podríamos…

—Un desafío —dijo Ishmael interrumpiéndolo con voz atronadora.

El’hiim lo miró.

—¿Qué…?

Ishmael levantó la mano y golpeó al naib en la cara, para que todos lo vieran.

—Un desafío, según la tradición zensuní. Has dado la espalda a buena parte de tu

pasado, El’hiim, pero nuestra gente no dejará que pases esto por alto.

El acto colectivo de contener la respiración resonó por la cámara. El’hiim retrocedió, sin acabar de creerse lo que el anciano había hecho.

Levantó las manos.

—Ishmael, detén esta locura. Soy tu…

—No eres mi hijo, no eres el hijo de Selim Montagusanos. Eres un insecto

miserable que se está comiendo el corazón de nuestro pueblo.

Ishmael no pudo controlarse y volvió a abofetearle en la otra mejilla, esta vez más

fuerte. Un insulto mortal.

—Te desafío por el título de naib. Nos has traicionado, nos has vendido a cambio

de beneficios y comodidades. Te desafío a duelo por el control de todos los

zensuníes, por nuestro futuro.

El’hiim parecía asustado.

—No lucharé… no puedo luchar contigo. Eres mi padrastro.

—He tratado de educarte en los caminos de Selim Montagusanos. Te enseñé las

leyes del desierto, los sagrados sutras zensuníes. Pero me has avergonzado, y eres una

vergüenza para la memoria de tu verdadero padre. —Levantó la voz—. Ante todos

los presentes, renuncio a ti como hijo adoptivo… y que mi amada Marha me perdone.

La gente no podía creerlo. Pero Ishmael no vaciló, aunque veía la expresión

perpleja y asustada de El’hiim.

—La ley zensuní es muy clara, El’hiim: si no quieres enfrentarte a mí, como

exige la tradición, entonces dejaremos que decida Shai-Hulud.

Al oírle el naib pareció horrorizado. Los otros Free Men de la cámara observaban.

Sabían exactamente lo que eso significaba.

Su futuro se decidiría en un duelo entre gusanos de arena.