La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 61 de 119

Páginas del PDF

La batalla de Corrin

Capítulo 60

 

La unión del hombre y la máquina sobrepasa los límites de lo que significa ser humano.

GENERAL AGAMENÓN, Nuevas memorias

 

En su mente tenía flashes de recuerdo, impulsos eléctricos que caían gota a gota.

Quentin Butler pensó que se estaba muriendo. Los cimek lo habían agarrado con sus

patas articuladas de metal y lo arrastraron. Podían haberlo despedazado fácilmente,

igual que hicieron con su vehículo aéreo. Él trataba de huir a rastras en aquella

atmósfera contaminada, sintiendo cómo la radiactividad le quemaba los pulmones, la

piel… y entonces las gigantescas formas móviles lo aplastaron.

Su último recuerdo era una imagen de esperanza y desazón a la vez. Porce Bludd

volando hacia él, tratando de rescatarle, y luego alejándose, fuera del alcance de los

cimek, hacia su hogar. Cuando Porce escapó, Quentin supo que podía morirse

medianamente tranquilo.

La explosión de dolor, los pinchazos, los cortes, las quemaduras… Y ahora sus

pensamientos estaban atrapados en aquel bucle interminable, que le hacía ver sus

últimas imágenes una y otra vez. Pesadillas, recuerdos, su vida que se escapaba.

De vez en cuando, como las burbujas que aparecen en la superficie de una olla de

agua hirviendo, veía a Wandra cuando era una mujer joven y hermosa, una mujer

inteligente y llena de vida. Wandra riéndose de sus chistes, paseando cogida de su

brazo por los parques de Zimia. Una vez, fueron a ver el inmenso monumento hecho

con el cuerpo de un titán destruido. Ah, qué claridad de percepción, qué recuerdos tan

nítidos…

Él y Wandra habían disfrutado tanto… pero duró muy poco. Eran la pareja

perfecta: el héroe de guerra y la heredera de los Butler. Antes de que todo cambiara,

antes de la apoplejía, antes del nacimiento de Abulurd.

En un flash recurrente (¿una explosión química de datos almacenados en su

cerebro, liberados en sus últimos momentos antes de morir?), volvió a ver a Porce

huyendo de los cimek. Quentin se aferraba a esa pequeña alegría de saber que al

menos había hecho algo bueno al final.

Pero la oscuridad y el olvido lo sofocaban. Y el miedo que sentía por dentro lo

hacía mucho peor; era como revivir las horribles e interminables horas que pasó

durante la defensa de Ix, luchando contra los robots en los pasadizos subterráneos. En

aquella ocasión, una explosión hizo que el techo y las paredes se vinieran abajo.

Quentin quedó atrapado, y le dieron por muerto, como a sus siete compañeros. Pero

al final algunas rocas se desplazaron, y él arañó y empujó y consiguió abrir un hueco

por donde respirar. Gritó y escarbó hasta que la garganta le dolía y los dedos le sangraban. Y, finalmente, finalmente, consiguió abrirse camino a la luz y el aire del

exterior… donde fue recibido entre gritos de sorpresa y asombro por los otros

yihadíes, que no esperaban encontrarle con vida.

Y allí estaba otra vez, la misma oscuridad opresiva, por dentro y por fuera. Él

gritaba y gritaba, pero no servía de nada, y la oscuridad no desaparecía…

Al cabo de un rato, el dolor cambió, y se sintió totalmente desorientado. No podía

abrir los ojos. No podía oír. Era como si le hubieran arrancado los sentidos y

estuviera flotando en una especie de limbo. Aquello no se parecía en nada a las

descripciones que había leído sobre la muerte o el cielo en los tratados y las escrituras

religiosas. Pero claro, ¿qué iban a saber los profetas?

No se sentía ninguna parte del cuerpo, no veía ni un leve destello de luz real,

aunque ocasionalmente, en la oscuridad de su inconsciente, percibía el destello de

algún impulso neuronal residual.

De pronto, hubo una sacudida y fue como si tropezara en una atmósfera

ingrávida, como si flotara… como si cayera. Le llegó un sonido distorsionado,

resonando con una fuerza atronadora. Quería taparse los oídos con las manos, pero no

se encontraba las manos. No podía moverse.

Una poderosa voz femenina hablaba a su alrededor, como la de una diosa.

—Creo que es parte del proceso, mi amor. Ya debe de estar consciente.

Quentin trató de preguntar, de gritar pidiendo ayuda… pero descubrió que no

podía proferir ningún sonido. Mentalmente, gritó tan fuerte como pudo, pero tampoco

encontraba sus cuerdas vocales, ni los pulmones. Trató de respirar hondo, pero no

sentía los latidos de su corazón, ni su respiración. Sí, debía de estar muerto, o casi.

—Continúa e instala el resto de los componentes sensoriales, Dante —dijo una

voz ronca y masculina.

—Aún falta un buen rato para que podamos comunicarnos con él —dijo una

segunda voz masculina. «¿Dante? ¡Yo conozco ese nombre!».

Quentin sentía curiosidad, confusión, miedo. No tenía forma de cuantificar el

tiempo que pasaba, solo aquellos sonidos indescifrables que le llegaban de vez en

cuando, aquellas palabras ominosas.

Finalmente, con un chisporroteo de estática y un destello de luz, recuperó la vista.

En medio del resplandor y una maraña de imágenes incomprensibles, enfocó la vista,

hasta que reconoció a aquellas criaturas espantosas. ¡Cimek!

—En principio ya tendría que verte, Agamenón.

¡Agamenón! ¡El general titán!

A su alrededor veía formas móviles pequeñas. No parecían diseñadas para el

combate o la intimidación, pero seguían siendo monstruosas. Los contenedores

cerebrales estaban en unos receptáculos protectores, bajo los sistemas de control de

los cuerpos.

Quentin y los cimek estaban en una especie de cámara… no a cielo abierto, que

era lo último que recordaba de Wallach IX. ¿Adónde le habían llevado? Uno de los

cimek seguía trabajando dentro de su campo de visión, levantando unos brazos

delgados y afilados, cada uno de ellos terminado en un instrumento quirúrgico

extraño. Quentin trató de mover las piernas, de escapar, pero seguía tan inútil y

paralizado como antes.

—Y esto permitirá establecer conexión con todas las terminaciones nerviosas que

sigan intactas.

—¿También los receptores del dolor?

—Por supuesto.

Quentin chilló. Jamás había experimentado una agonía igual. Era peor que la

oscuridad sofocante. Ahora, notaba los pinchazos hasta en el fondo del alma, como si

le estuvieran arrancando cada centímetro de su cuerpo con cuchillos candentes y

embotados. Un grito agudo y estridente desgarró el aire y Quentin se preguntó si, de

alguna forma, sería él quien había gritado.

—Apaga el simulador de voz —dijo la voz ronca de hombre—. No tengo por qué

oír tanto jaleo. —Agamenón.

La máquina con voz femenina entró en su campo visual, moviéndose con

suavidad, como si tratara de ser seductora, aunque parecía una araña siniestra.

—Solo es un dolor inducido neurológicamente, cachorrito mío. No es real. Te

acostumbrarás, y entonces no será más que una distracción.

Quentin se sentía como si le estuvieran estallando ojivas nucleares dentro de la

cabeza. Trató de formar palabras, pero su voz no le obedecía.

—No sé si sabes dónde estás —dijo la cimek—. Soy la titán Juno. Seguro que has

oído hablar de mí.

Quentin se sintió apocado, pero no pudo responder. Años atrás, había intentado

rescatar a algunos miembros de la población esclavizada de Bela Tegeuse, pero en

vez de ayudarle estos se volvieron en su contra y lo llevaron prisionero ante Juno. No

querían ser libres, querían la «recompensa» de ser convertidos en neocimek.

Recordaba perfectamente aquella voz sintetizada, como metal arañando el cristal.

—Te hemos tomado como objeto de estudio y te hemos traído con nosotros a

Hessra, una de nuestras bases de operaciones. Estamos construyendo nuevas bases en

Planetas Sincronizados abandonados, como Wallach IX, que es donde te

encontramos, cachorrito mío. Pero de momento nuestra base central está aquí, donde

antes vivían los pensadores de la Torre de Marfil. —Emitió un sonido cantarín que tal

vez fuera una risa—. La parte difícil ya está hecha. Hemos separado y tirado la carne

y los huesos rotos de tu cuerpo, y hemos dejado el cerebro intacto.

Quentin tardó un largo momento en comprender dónde estaba… lo que era. Era

evidente, pero no había querido creerlo hasta que el cimek masculino más discreto — ¿Dante?— ajustó sus sensores ópticos.

—Con el tiempo aprenderás a manipular las cosas por ti mismo mediante los

mentrodos, y según las formas mecánicas que escojas. Pero ahora quizá querrás ver

esto por última vez.

En la mesa Quentin reconoció el cuerpo flácido y ensangrentado que había tenido

toda su vida. Estaba destrozado, cubierto de hematomas, desgarrado… lo que

demostraba que había opuesto resistencia hasta el último momento. Estaba allí tirado,

como un vestido vacío, como una marioneta desechada. Habían cortado la parte

superior de la cabeza.

—Pronto serás uno de los nuestros —dijo Juno—. Muchos de nuestros elegidos

lo consideran una gran recompensa. Tu experiencia militar nos será muy útil…

primero Quentin Butler.

Aunque el simulador de voz no estaba conectado, Quentin aulló de desesperación.