La batalla de Corrin
Capítulo 48
Mientras la Tierra, nuestra madre y lugar de nacimiento, permanezca en la memoria del humano, no habrá sido totalmente destruida. Al menos intentaremos convencernos de ello.
PORCE BLUDD, El mapa de las cicatrices
La larga sucesión de ataques atómicos le había costado muy cara a Quentin Butler.
Casi dos décadas después, el antiguo comandante no podía dormir sin soñar con los
miles y miles de millones de humanos aniquilados, y todo para poder derrotar a las
máquinas pensantes.
No era el único que se preguntaba si no serían afortunados los yihadíes que
habían muerto rápida y limpiamente en el misterioso laberinto del espacio plegado.
Para Quentin, era mucho peor tener que vivir con la conciencia de lo que habían
hecho, saber que tenían las manos manchadas de sangre.
Era el precio que tenía que pagar. Tendría que aguantarlo en honor a todas sus
víctimas. Y no olvidar jamás.
La gente seguía viéndolo como un héroe, pero a él eso ya no le enorgullecía. Los
historiadores recordaban y embellecían prácticamente todo lo que había hecho en su
carrera militar.
Pero el verdadero Quentin Butler era poco más que una carcasa vacía, una estatua
hueca y endurecida formada por recuerdos, expectativas y espantosas pérdidas.
Después de lo que había tenido que hacer, había perdido su corazón y su alma. Sus
hijos seguían con sus vidas. Faykan se había casado y tenía familia. Abulurd
permanecía soltero. Quizá después de todo Abulurd no tendría descendencia a la que
legar el apellido Harkonnen.
Quentin se sentía tan vacío como su mujer, Wandra, que veía pasar un año tras
otro en la Ciudad de la Introspección, sola y enajenada. Al menos ella estaba en paz.
A veces, cuando la visitaba, Quentin miraba su rostro inexpresivo y hermoso y la
envidiaba.
Después de vivir tantas cosas, de tomar tantas decisiones difíciles, el ejército se
había acabado para él. Había dirigido demasiados ataques y enviado a demasiados
soldados a su muerte, además de todos aquellos cautivos inocentes a los que tendría
que haber liberado del yugo de las máquinas. Aunque la muerte también era una
forma de liberarse.
Quentin no podía seguir viviendo con aquello. Durante años, después de la Gran
Purga, estuvo sirviendo en destinos poco importantes y luego le dio un disgusto a su
hijo cuando quiso dimitir de su cargo.
Faykan, que deseaba seguir teniendo a su padre a su lado, le propuso que aceptara un cargo de embajador o representante en el Parlamento.
—No, eso no es para mí —le había dicho Quentin—. A mi edad no me interesa
iniciar una nueva carrera.
Pero el Gran Patriarca —que seguía siendo Xander Boro-Ginjo— leyó una
declaración que sin duda alguien había escrito por él en la que se negaba a aceptar la
dimisión del primero. En vez de eso, se le concedió un merecido permiso, con
carácter indefinido. A Quentin no le interesaban las sutilezas lingüísticas; el resultado
sería el mismo. Había encontrado una nueva llamada.
Su amigo Porce Bludd, un buen compañero de los felices días en que Quentin era
un soldado de bajo rango y trabajaba en la creación de Nueva Starda, le ofreció
llevarlo con él en una expedición, un peregrinaje.
En los años transcurridos desde la plaga de Omnius y la Gran Purga, aquel noble
filántropo se había obsesionado con la idea de ayudar a otros planetas. En Walgis y
Alpha Corvus, dos antiguos planetas de las máquinas, había descubierto a un puñado
de supervivientes que vivían en la miseria. Aquella gente estaba desesperadamente
necesitada, padecían enfermedades, morían de hambre, y manifestaban diferentes
formas de cáncer provocadas por la radiación. Su civilización, la tecnología, las
infraestructuras… todo había desaparecido, pero los más fuertes seguían aferrándose
a la vida y formando como podían redes de apoyo.
Bludd volvió a la Liga buscando voluntarios, y organizó inmensos transportes
aéreos y convoyes de rescate para llevar provisiones a los supervivientes. En los
casos más graves, trasladaron a poblaciones enteras a zonas menos contaminadas o a
mundos de la Liga más acogedores. Con una población dispersa y mermada a causa
de la epidemia, cualquier aporte de nuevos caracteres genéticos era recibido con los
brazos abiertos, sobre todo por las hechiceras de Rossak.
Algunos severos políticos insistían en decir que la liberación del yugo de las
máquinas era la mejor recompensa para los supervivientes. Quentin lo veía cada vez
más claro, los que hacían aquellas declaraciones tan radicales no habían tenido que
sacrificar nada.
Bludd, que no tenía ningún interés en la política, se limitó a volver la espalda al
Parlamento de la Liga cuando éste se negó a ofrecer compensaciones.
—Donaré las ayudas que considere necesarias —dijo en un anuncio en Zimia—.
No me importa si gasto hasta el último centavo de mi fortuna. Esta es la misión para
la que he sido llamado.
Aunque buena parte de la increíble fortuna de la familia se había perdido en la
revuelta de esclavos que destruyó prácticamente la ciudad de Starda y acabó con la
vida del tío abuelo de Bludd, en las arcas de Poritrin seguían entrando enormes
cantidades de dinero gracias al floreciente mercado de los escudos personales. Por lo
visto en la Liga ahora todo el mundo tenía uno, aunque no existiera la amenaza de un enemigo mecánico.
Cuando se enteró del permiso de Quentin, el noble le buscó.
—No sé si te hará mucha gracia verlos con tus propios ojos —le dijo con una
expresión compasiva—, pero pienso ir a todos los planetas destruidos en la Gran
Purga. Antiguos Planetas Sincronizados. Las explosiones atómicas destruyeron
ecosistemas y acabaron con Omnius, pero hay una posibilidad —sus ojos se
iluminaron cuando levantó un dedo—, una pequeña posibilidad de que haya
supervivientes. Si es así, debemos encontrarles y ayudarles.
—Sí —dijo Quentin, sintiendo que le quitaban un peso de encima. Le aterraba la
idea de ir a aquellos pozos radiactivos donde él había lanzado personalmente las
ojivas. Pero si había alguna forma de reparar aunque fuera un poco el daño que había
hecho…
El lujoso yate espacial de Bludd tenía muchas más comodidades que las naves de
guerra de la Liga, habitaciones, una gran cubierta de carga llena de medicinas y
provisiones de emergencia, y un hangar con una nave de reconocimiento para una
persona. Quentin no se permitió gozar de las comodidades de la nave, porque no creía
merecerlas, pero al final decidió disfrutar del viaje. Había servido en suficientes
misiones a lo largo de su carrera, había dedicado cuarenta y dos años de su vida a la
Yihad de Serena Butler.
En su largo viaje, Quentin y Bludd se dirigieron a los puntos del mapa que en otro
tiempo fueron Planetas Sincronizados y ahora eran pozos de radiactividad.
Diecinueve años antes, Quentin había viajado a esos mismos planetas para arrojar una
carga mortífera sobre ellos. Esta vez su misión era humanitaria y conmemorativa.
Quentin miró al paisaje desolado de Ularda, la tierra carbonizada, los árboles y las
plantas atrofiados que crecían en aquel medio contaminado. La mayoría de los
edificios habían caído a causa de las explosiones, pero con los escombros, un puñado
de supervivientes había construido pequeñas chabolas y casitas para resguardarse de
las temibles tormentas posnucleares que castigaban los llanos.
—¿Crees que es posible acostumbrarse a escenas como esta? —Quentin se tragó
el nudo que se le había formado en la garganta.
En su asiento de piloto, Bludd lo miró con los ojos llenos de emoción.
—Esperemos que no. Por el bien de nuestra humanidad, no debemos
acostumbrarnos.
Mientras sobrevolaban el planeta, en la superficie vieron gente que trataba de
cultivar la tierra con palos y chatarra. Quentin no entendía cómo habían logrado
salvarse. La gente levantó la vista… Algunos se pusieron a agitar sus palos y lanzar
vítores, otros dejaron caer sus herramientas y corrieron a esconderse, temiendo que
aquella extraña nave fuera una avanzadilla de las fuerzas de las máquinas, que
volvían para acabar de aniquilarlos.
Las lágrimas empezaron a caer por el rostro del noble.
—Ojalá pudiera subir a todas esas personas a bordo y llevarlas a algún mundo de
la Liga. Al menos allí tendrían alguna posibilidad. Con tanta influencia y tanto
dinero, tendría que poder salvarlos. —Se enjugó los ojos con la mano—. ¿No te
parece, Quentin? ¿Por qué no puedo salvar a todo el mundo?
Quentin se sentía hondamente apenado, y el sentimiento de culpa era como un
cáncer que devoraba su cuerpo.
Aunque la radiación afectaba a los sistemas de escaneo de la nave, Bludd localizó
tres míseros asentamientos. En total, menos de quinientas personas habían
sobrevivido al bombardeo. Quinientas… ¿de cuántos millones?
Y entonces Quentin sintió que su mentalidad de general afloraba. Si quinientos
frágiles humanos podían aguantar un holocausto nuclear, ¿qué pasaría si una copia
protegida de la supermente había escapado también? Quentin meneó la cabeza.
Necesitaba creer que aquellos ataques habían culminado con éxito… porque si
quedaba aunque solo fuera una supermente que pudiera extender su presencia por
otros planetas, entonces tanta muerte y destrucción no habrían servido de nada.
Apretó los ojos con fuerza mientras Bludd hacía aterrizar la nave en uno de los
tres asentamientos. Los dos hombres se pusieron trajes especiales y salieron al
encuentro de aquellos despojos humanos que trataban de arañar algo a la tierra en lo
que antaño fue un Planeta Sincronizado. Allí solo sobrevivían los más fuertes; la
mayoría morían muy jóvenes, y de una forma horrible.
Sorprendentemente, Quentin y Bludd descubrieron que no eran los primeros que
llegaban a Ularda después de la Gran Purga. Tras reunirse con los ancianos del
poblado —¿ancianos?, ¡el mayor no tendría ni cuarenta años!—, Quentin descubrió
que el Culto a Serena había arraigado allí gracias a dos misioneros adiestrados por su
nieta Rayna. A pesar de sus dificultades, aquella gente evitaba la tecnología, y veía
los ataques atómicos como un castigo para las máquinas pensantes.
En lugares como aquel, donde una población escasísima vivía en durísimas
condiciones y ya no tenía nada que sacrificar, era donde más fácilmente arraigaba el
fanatismo religioso. El Culto a Serena, que se formó a partir de los martiristas, daba a
aquella pobre gente un cabeza de turco tangible, algo en lo que concentrar su ira y su
desesperación. El mensaje difundido por los misioneros de Rayna los animaba a
destruir todas las máquinas y a no permitir que se volvieran a desarrollar mentes
informáticas ni que la humanidad volviera a utilizarlas.
Quentin respetaba su filosofía de enseñar a la gente a vivir mediante su propio
esfuerzo y sus recursos. Pero la dureza y la inflexibilidad del mensaje le preocupaba.
En veinte años, la cruzada antitecnológica había sido aceptada con fervor incluso en
planetas de la Liga que habían sufrido los efectos de la epidemia pero no los ataques
nucleares. La gente evitaba a las máquinas en todas sus formas. Pero por lo visto, las naves que estaban al servicio de esta cruzada quedaban exentas.
En aquel pequeño asentamiento de Ularda, los nativos vestían con harapos; el
pelo se les caía a mechones de la cabeza. Llagas y excrecencias les marcaban la cara
y los brazos.
—Os traemos comida y medicinas, provisiones y herramientas que os harán la
vida más fácil —dijo Bludd. Su traje antirradiación crujía cuando se movía. La gente
lo miraba, hambrienta, como si de un momento a otro se fueran a abalanzar sobre él
—. Volveremos a traer más cosas cuando podamos. Traeremos ayuda de la Liga. Ya
habéis demostrado vuestro valor y fortaleza al sobrevivir. A partir de ahora, todo irá
mejor, os lo prometo.
Él y Quentin descargaron contenedores de alimentos concentrados, vitaminas,
medicinas. Luego bajaron sacos con semillas de alto rendimiento, junto con
herramientas para el cultivo de la tierra y fertilizantes.
—Os prometo que las cosas irán mejor —repitió Bludd.
—¿De verdad lo piensas? —le preguntó Quentin cuando volvieron a la nave,
cansados y afectados por los horrores que habían visto.
Bludd vaciló, y de nuevo evitó la respuesta más fácil.
—No… no lo creo. Pero ellos tienen que creerlo.
Quizá fuera un viaje simbólico, pero necesitaba ver con sus propios ojos el primer
gran campo de batalla contra las máquinas, la cuna de la humanidad. Bludd anunció
que quería ir a la Tierra.
—No creo que allí haya supervivientes —dijo Quentin—. Ha pasado demasiado
tiempo.
—Lo sé —dijo el lord de Poritrin—. Los dos éramos demasiado jóvenes para esa
primera victoria… el inicio de la agotadora Yihad. Aun así, como ser humano,
necesito verlo por mí mismo.
Quentin miró a su amigo a los ojos y vio en ellos una profunda necesidad. La
misma que él sentía en su corazón.
—Sí, creo que debemos ir al mundo donde se originó el hombre. Quizá podamos
aprender algo. O quizá al mirar sus cicatrices encontremos la forma de seguir con
nuestra misión.
Pero en la Tierra no había vida.
Mientras navegaban en el yate espacial sobre el paisaje silencioso y cubierto de
ampollas, Bludd y Quentin buscaron algún enclave que de alguna forma hubiera
logrado escapar al bombardeo. Allí, donde los cimek y Omnius habían eliminado
metódicamente todo vestigio de humanidad, la Armada de la Liga dejó caer las
suficientes bombas nucleares para destruir totalmente la superficie: no quedaba nadie
con vida. Recorrieron varias veces la órbita terrestre, con la esperanza de encontrar
algo que contradijera los informes iniciales, pero la Tierra no era más que una enorme cicatriz carbonizada.
Finalmente, Quentin se apartó del puente.
—Vamos a algún otro sitio donde podamos encontrar un rayo de esperanza.