La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 74 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 73

 

He imaginado cómo sería de ser Omnius, las importantes decisiones que tomaría en su lugar.

Diálogos de Erasmo

 

El robot independiente estaba en una de las salas de exposición ampliadas de la

ciudadela central, esperando una audiencia. Aunque la supermente podía hablar con

él en cualquier sitio, parecía empeñada en asegurarse de que veía su nueva galería.

Todas aquellas cargantes pinturas electrónicas, esculturas y formas geométricas eran

espantosamente derivativas y poco inspiradas. Pero por lo visto Omnius creía que

cuanto más producía, mejor.

Y la cosa había ido a peor cuando las tres encarnaciones casi idénticas pero

separadas de la supermente habían empezado a «colaborar».

Trabajando en colaboración, los tres Omnius habían creado discordantes

yuxtaposiciones de brillantes colores y formas aleatorias, semblanzas estilizadas de

ingenios mecánicos acompañadas de una música sintetizada y disonante. Sin ningún

tipo de armonía estética.

Dejando aquellas exposiciones en cuanto pudo, el robot de platino cogió un cubo

negro de guía de una bandeja sujeta a una pared. El cubo se iluminó, verificó su

identidad y le indicó al robot hacia dónde tenía que ir. En la ciudadela central el

camino ya no era nunca el mismo, y el edificio cambiaba continuamente debido a

aquella vena creativa de Omnius.

Siguiendo las flechas rojas de la superficie del cubo, Erasmo entró en una gran

cámara y montó en un suelo transportador, que subió setenta pisos en espiral. Al

robot le cansaban tantas variaciones interminables e innecesarias.

Cuando entró en el piso más alto, Erasmo se encontró a las tres encarnaciones de

Omnius en mitad de un debate carente de emotividad pero muy intenso. En la

psicología humana la situación habría podido describirse como «desorden de

personalidad múltiple». El Omnius Primero trataba de seguir siendo el dominante,

mientras que las copias que Yorek Thurr y Seurat llevaron a Corrin habían

desarrollado perspectivas diferentes. Las tres supermentes trataban de colaborar como

si fueran una unidad electrónica, pero a aquellas alturas las diferencias entre ellas

eran demasiado grandes. Y aunque podían haberse conectado y haberse fundido,

seguían separadas, y solo se comunicaban a través de agujeros negros amplificadores

situados en la cámara de metal líquido.

—Vengo a la hora convenida —dijo Erasmo tratando de llamar la atención sobre

su llegada—. Omnius solicitó mi presencia. —«Al menos uno de ellos».

Las supermentes no le prestaron atención, ni siquiera cuando volvió a repetir sus palabras. Para divertirse, Erasmo había buscado apodos para las otras dos

supermentes, igual que había hecho al llamar «Mentat» a Gilbertus o que hacía con él

el Omnius Primero, que desde su supuesta resurrección lo llamaba despectivamente

«mártir». En su mente, la gelesfera de actualización de Seurat se había convertido en

«SeurOm», y la que Thurr trajo desde Wallach IX, en «ThurrOm». Solo

escuchándolas, el robot independiente podía distinguirlas por sutiles detalles en el

tono o la actitud, y por la información que utilizaban para apoyar sus argumentos.

A los Omnius les preocupaba el hecho de estar atrapados en Corrin, pero no se

ponían de acuerdo sobre lo que había que hacer. La fallida maniobra ofensiva que

ThurrOm había lanzado engañado por Yorek Thurr había llevado a la destrucción de

cuatrocientas grandes naves, y en cambio el daño a la flota de vigilancia de los

hrethgir había sido mínimo. En conjunto, aunque Thurr había escapado, todo aquel

revuelo no le había servido de nada a Omnius, y había hecho que los humanos

estuvieran más atentos.

Mientras escuchaba aquel debate neutro pero rápido, Erasmo vio que algunos de

los postulados eran ilógicos y demostraban una total falta de comprensión de las

respuestas y las prioridades de los humanos. Al parecer, el Omnius Primero no

consultaba la reserva de conocimientos y saber que tenía a su disposición con la copia

aislada de Erasmo. Los tres se habían vuelto más radicales en sus conclusiones,

menos flexibles. Al robot le habría gustado corregirlos, pero aquellas supermentes

diversificadas no le habrían escuchado.

Aunque parece que sí coincidían en algunas cosas. Sabían que no era prudente

conservar las tres únicas copias de la supermente en Corrin. El Omnius Primero

abogaba por una huida electrónica, por lanzar una copia normalizada de la inmensa

mente informática al espacio a la búsqueda de un objetivo apropiado. ThurrOm

señaló que no había ningún receptor posible conocido y que con la distancia la señal

se volvería más difusa y acabaría perdida en el olvido. Un derroche inútil de energía

y esfuerzo.

El Omnius de Seurat insistía en una opción más tangible. Quería colonizar veinte

o más Planetas No Aliados. En cuanto las máquinas consolidaran su nueva

avanzadilla, los Omnius resucitados podrían extenderse a nuevos planetas y regenerar

de este modo el Imperio Sincronizado. Suponía alegremente que encontrarían la

forma de escapar a la mortífera red descodificadora, pero no dijo de qué manera.

Como si sus apetitos se hubieran visto espoleados tras su primera ofensiva

independiente, ThurrOm propuso que enviaran a toda su flota contra las naves de

vigilancia de los humanos. Estaba dispuesto a aceptar una cantidad abrumadora de

pérdidas si al menos una parte de la flota sobrevivía. Pero si fracasaban, los fanáticos

hrethgir podrían bombardear Corrin con sus cabezas nucleares de impulsos y

exterminar los últimos vestigios de la supermente, y eso podía ser un problema.

Todos los planes tenían una posibilidad mínima de éxito. A Erasmo le intrigó ver

las dificultades que el Omnius Primero tenía en aquellos extravagantes debates con

las encarnaciones subsidiarias.

Mes tras mes, las naves robóticas lanzaban ataques regulares contra la red

descodificadora y la barrera de naves de la Liga, con el consiguiente desgaste. Desde

hacía más de diecinueve años, Omnius no había dejado de abrir minas en el planeta,

de extraer metales y materias brutas de la corteza, de reciclar, reprocesar. Los

recursos del planeta se estaban agotando. Algunos de los elementos y las moléculas

más raros que necesitaban para crear complejas mentes de circuitos gelificados

habían empezado a escasear. La producción de naves para sustituir las bajas era más

lenta. Según los cálculos de Erasmo, solo por aquel continuo desgaste de fuerzas,

Corrin no tardaría en ser vulnerable.

Tenía que encontrar una solución antes de que eso ocurriera, aunque solo fuera

por sí mismo y por Gilbertus.

Hacía años que no dejaba de buscar posibles formas de huida. Lejos de Corrin, él

y Gilbertus podrían dedicarse a ocupaciones de carácter más intelectual sin la

interferencia y las distracciones de aquella supermente cada vez más excéntrica.

El robot independiente había dejado a su pupilo en su villa, donde seguía

explorando un complejo enigma intelectual en compañía del clon de Serena Butler.

Aquel hombre musculoso y bien adiestrado podía seguir caminos sinuosos en su

cerebro, extrapolando variables y consecuencias de quincuagésimo orden. Era capaz

de memorizar hasta el más mínimo detalle de sus experiencias cotidianas, y

conservarlo todo bien organizado en su mente.

En un intento de atraer la atención de las supermentes, que se empeñaban en no

hacerle caso, Erasmo empezó a golpear con su puño metálico la pared, un

comportamiento repetitivo que había aprendido de Gilbertus cuando era un jovencito

rebelde.

—Estoy aquí. ¿Qué querían discutir conmigo?

Pensó en arrojar su cubo direccional contra el suelo, pero en vez de eso lo apretó

con fuerza en su mano de metal líquido. Era un gesto simulado de ira, pero le pareció

una buena ocasión para explorar las emociones humanas que había aprendido.

Las tres voces armonizadas ordenaron a la vez.

—Deja de mostrarte impaciente, Erasmo. Estás actuando como un hrethgir.

El robot pensó vanas excelentes contestaciones, pero decidió no pronunciarlas en

voz alta. Dejó el cubo direccional inactivo en el suelo. La superficie de metal líquido

de la base se abrió para tragárselo y enseguida recuperó su forma lisa, como el agua

de un charco cuando se cierra alrededor de una piedra.

Los Omnius siguieron con su debate.

De pronto, Rekur Van entró en la sala, empujado por un guarda armado que también sujetaba un cubo direccional.

—Es la hora de mi cita —dijo el hombre sin extremidades levantando la voz para

hacerse oír en medio del debate.

—Yo tengo prioridad, Muñón —replicó Erasmo sin rencor, amplificando sus

palabras a un nivel apropiado.

Las voces de las tres supermentes seguían sonando de fondo, pero las señales

sintetizadas que pasaban entre ellas eran cada vez más altas, y reverberaban por la

sala con tanta fuerza que el suelo vibraba y se sacudía. Los tres Omnius se acusaban

entre ellos de ineficacia y fracaso, pasándose la culpa como una pelota. El debate era

cada vez más rápido y mientras, Erasmo y Rekur Van escuchaban con una creciente

curiosidad y sensación de alarma. Finalmente, quedó claro que el Omnius Primero se

había convencido a sí mismo de que era el único Dios verdadero del universo: de

acuerdo con sus análisis y las proyecciones de Erasmo, decidió que encajaba en la

definición. Él ostentaba el conocimiento último, el poder último.

—Declaro que los dos sois falsos dioses —dijo el Omnius Primero con voz

atronadora.

—Yo no soy un dios falso —refutó SeurOm.

—Ni yo —insistió ThurrOm.

«Una curiosa trinidad». Parecía irónico que Omnius, que tanto había criticado el

carácter emocional de las religiones humanas, ahora abrazara un sistema religioso

propio, con una máquina pensante en lo alto.

Sin previo aviso, el trío de supermentes llegó al punto de deflagración. La sala se

llenó de destellos electrónicos multicolores, que volaban de pared a pared y del techo

al suelo. Erasmo consiguió quitarse discretamente de en medio y se quedó en la

rampa de entrada, desde donde observó cómo la sala se iluminaba.

Una brillante explosión excorió al robot guardia de Rekur Van y el tlulaxa gritó,

porque unas afiladas piezas de metal se le clavaron en la carne. Su carro de soporte

vital topó contra algo y cayó sobre su humeante compañero robot.

Profundamente decepcionado, Erasmo recordó que Rekur Van estaba trabajando

en el proyecto de adaptación física para las máquinas. Lástima, tenía tanto

potencial…

De pronto en la cámara se hizo el silencio. Luego, sucedió algo inquietante: solo

una de las supermentes habló.

—Ahora somos dos los que mandamos.

—Como debe ser —dijo la otra—. Y ninguno de los dos es un falso dios.

Vaya, así que el Omnius Primero había sido eliminado en la batalla electrónica…

La supermente principal que Erasmo conocía desde hacía tantos años ya no existía.

Las paredes empezaron a ondularse y a temblar, y Erasmo temió que la ciudadela

entera se desmoronara o cambiara de forma con él dentro.

Para su sorpresa, Rekur Van gimió y se puso a retorcerse con impotencia. Erasmo,

movido únicamente por el deseo de conservar un valioso recurso, corrió en su ayuda

y cogió al tlulaxa y su carro de soporte vital en los brazos, y acto seguido salió

corriendo de la tortuosa ciudadela. Acababan de salir a la seguridad de la plaza

cuando la estructura cambió drásticamente de forma, siguiendo la voluntad

combinada de las nuevas supermentes dominantes. La torre se hizo más alta y

estilizada.

—Algo totalmente inesperado e interesante —dijo Erasmo—. Parece que las

supermentes han perdido la razón.

El tlulaxa indefenso volvió su rostro quemado para contemplar las estrambóticas

convulsiones de la estructura principal de Omnius.

—Creo que estaríamos más seguros si nos arriesgamos con los hrethgir.