La batalla de Corrin
Capítulo 73
He imaginado cómo sería de ser Omnius, las importantes decisiones que tomaría en su lugar.
Diálogos de Erasmo
El robot independiente estaba en una de las salas de exposición ampliadas de la
ciudadela central, esperando una audiencia. Aunque la supermente podía hablar con
él en cualquier sitio, parecía empeñada en asegurarse de que veía su nueva galería.
Todas aquellas cargantes pinturas electrónicas, esculturas y formas geométricas eran
espantosamente derivativas y poco inspiradas. Pero por lo visto Omnius creía que
cuanto más producía, mejor.
Y la cosa había ido a peor cuando las tres encarnaciones casi idénticas pero
separadas de la supermente habían empezado a «colaborar».
Trabajando en colaboración, los tres Omnius habían creado discordantes
yuxtaposiciones de brillantes colores y formas aleatorias, semblanzas estilizadas de
ingenios mecánicos acompañadas de una música sintetizada y disonante. Sin ningún
tipo de armonía estética.
Dejando aquellas exposiciones en cuanto pudo, el robot de platino cogió un cubo
negro de guía de una bandeja sujeta a una pared. El cubo se iluminó, verificó su
identidad y le indicó al robot hacia dónde tenía que ir. En la ciudadela central el
camino ya no era nunca el mismo, y el edificio cambiaba continuamente debido a
aquella vena creativa de Omnius.
Siguiendo las flechas rojas de la superficie del cubo, Erasmo entró en una gran
cámara y montó en un suelo transportador, que subió setenta pisos en espiral. Al
robot le cansaban tantas variaciones interminables e innecesarias.
Cuando entró en el piso más alto, Erasmo se encontró a las tres encarnaciones de
Omnius en mitad de un debate carente de emotividad pero muy intenso. En la
psicología humana la situación habría podido describirse como «desorden de
personalidad múltiple». El Omnius Primero trataba de seguir siendo el dominante,
mientras que las copias que Yorek Thurr y Seurat llevaron a Corrin habían
desarrollado perspectivas diferentes. Las tres supermentes trataban de colaborar como
si fueran una unidad electrónica, pero a aquellas alturas las diferencias entre ellas
eran demasiado grandes. Y aunque podían haberse conectado y haberse fundido,
seguían separadas, y solo se comunicaban a través de agujeros negros amplificadores
situados en la cámara de metal líquido.
—Vengo a la hora convenida —dijo Erasmo tratando de llamar la atención sobre
su llegada—. Omnius solicitó mi presencia. —«Al menos uno de ellos».
Las supermentes no le prestaron atención, ni siquiera cuando volvió a repetir sus palabras. Para divertirse, Erasmo había buscado apodos para las otras dos
supermentes, igual que había hecho al llamar «Mentat» a Gilbertus o que hacía con él
el Omnius Primero, que desde su supuesta resurrección lo llamaba despectivamente
«mártir». En su mente, la gelesfera de actualización de Seurat se había convertido en
«SeurOm», y la que Thurr trajo desde Wallach IX, en «ThurrOm». Solo
escuchándolas, el robot independiente podía distinguirlas por sutiles detalles en el
tono o la actitud, y por la información que utilizaban para apoyar sus argumentos.
A los Omnius les preocupaba el hecho de estar atrapados en Corrin, pero no se
ponían de acuerdo sobre lo que había que hacer. La fallida maniobra ofensiva que
ThurrOm había lanzado engañado por Yorek Thurr había llevado a la destrucción de
cuatrocientas grandes naves, y en cambio el daño a la flota de vigilancia de los
hrethgir había sido mínimo. En conjunto, aunque Thurr había escapado, todo aquel
revuelo no le había servido de nada a Omnius, y había hecho que los humanos
estuvieran más atentos.
Mientras escuchaba aquel debate neutro pero rápido, Erasmo vio que algunos de
los postulados eran ilógicos y demostraban una total falta de comprensión de las
respuestas y las prioridades de los humanos. Al parecer, el Omnius Primero no
consultaba la reserva de conocimientos y saber que tenía a su disposición con la copia
aislada de Erasmo. Los tres se habían vuelto más radicales en sus conclusiones,
menos flexibles. Al robot le habría gustado corregirlos, pero aquellas supermentes
diversificadas no le habrían escuchado.
Aunque parece que sí coincidían en algunas cosas. Sabían que no era prudente
conservar las tres únicas copias de la supermente en Corrin. El Omnius Primero
abogaba por una huida electrónica, por lanzar una copia normalizada de la inmensa
mente informática al espacio a la búsqueda de un objetivo apropiado. ThurrOm
señaló que no había ningún receptor posible conocido y que con la distancia la señal
se volvería más difusa y acabaría perdida en el olvido. Un derroche inútil de energía
y esfuerzo.
El Omnius de Seurat insistía en una opción más tangible. Quería colonizar veinte
o más Planetas No Aliados. En cuanto las máquinas consolidaran su nueva
avanzadilla, los Omnius resucitados podrían extenderse a nuevos planetas y regenerar
de este modo el Imperio Sincronizado. Suponía alegremente que encontrarían la
forma de escapar a la mortífera red descodificadora, pero no dijo de qué manera.
Como si sus apetitos se hubieran visto espoleados tras su primera ofensiva
independiente, ThurrOm propuso que enviaran a toda su flota contra las naves de
vigilancia de los humanos. Estaba dispuesto a aceptar una cantidad abrumadora de
pérdidas si al menos una parte de la flota sobrevivía. Pero si fracasaban, los fanáticos
hrethgir podrían bombardear Corrin con sus cabezas nucleares de impulsos y
exterminar los últimos vestigios de la supermente, y eso podía ser un problema.
Todos los planes tenían una posibilidad mínima de éxito. A Erasmo le intrigó ver
las dificultades que el Omnius Primero tenía en aquellos extravagantes debates con
las encarnaciones subsidiarias.
Mes tras mes, las naves robóticas lanzaban ataques regulares contra la red
descodificadora y la barrera de naves de la Liga, con el consiguiente desgaste. Desde
hacía más de diecinueve años, Omnius no había dejado de abrir minas en el planeta,
de extraer metales y materias brutas de la corteza, de reciclar, reprocesar. Los
recursos del planeta se estaban agotando. Algunos de los elementos y las moléculas
más raros que necesitaban para crear complejas mentes de circuitos gelificados
habían empezado a escasear. La producción de naves para sustituir las bajas era más
lenta. Según los cálculos de Erasmo, solo por aquel continuo desgaste de fuerzas,
Corrin no tardaría en ser vulnerable.
Tenía que encontrar una solución antes de que eso ocurriera, aunque solo fuera
por sí mismo y por Gilbertus.
Hacía años que no dejaba de buscar posibles formas de huida. Lejos de Corrin, él
y Gilbertus podrían dedicarse a ocupaciones de carácter más intelectual sin la
interferencia y las distracciones de aquella supermente cada vez más excéntrica.
El robot independiente había dejado a su pupilo en su villa, donde seguía
explorando un complejo enigma intelectual en compañía del clon de Serena Butler.
Aquel hombre musculoso y bien adiestrado podía seguir caminos sinuosos en su
cerebro, extrapolando variables y consecuencias de quincuagésimo orden. Era capaz
de memorizar hasta el más mínimo detalle de sus experiencias cotidianas, y
conservarlo todo bien organizado en su mente.
En un intento de atraer la atención de las supermentes, que se empeñaban en no
hacerle caso, Erasmo empezó a golpear con su puño metálico la pared, un
comportamiento repetitivo que había aprendido de Gilbertus cuando era un jovencito
rebelde.
—Estoy aquí. ¿Qué querían discutir conmigo?
Pensó en arrojar su cubo direccional contra el suelo, pero en vez de eso lo apretó
con fuerza en su mano de metal líquido. Era un gesto simulado de ira, pero le pareció
una buena ocasión para explorar las emociones humanas que había aprendido.
Las tres voces armonizadas ordenaron a la vez.
—Deja de mostrarte impaciente, Erasmo. Estás actuando como un hrethgir.
El robot pensó vanas excelentes contestaciones, pero decidió no pronunciarlas en
voz alta. Dejó el cubo direccional inactivo en el suelo. La superficie de metal líquido
de la base se abrió para tragárselo y enseguida recuperó su forma lisa, como el agua
de un charco cuando se cierra alrededor de una piedra.
Los Omnius siguieron con su debate.
De pronto, Rekur Van entró en la sala, empujado por un guarda armado que también sujetaba un cubo direccional.
—Es la hora de mi cita —dijo el hombre sin extremidades levantando la voz para
hacerse oír en medio del debate.
—Yo tengo prioridad, Muñón —replicó Erasmo sin rencor, amplificando sus
palabras a un nivel apropiado.
Las voces de las tres supermentes seguían sonando de fondo, pero las señales
sintetizadas que pasaban entre ellas eran cada vez más altas, y reverberaban por la
sala con tanta fuerza que el suelo vibraba y se sacudía. Los tres Omnius se acusaban
entre ellos de ineficacia y fracaso, pasándose la culpa como una pelota. El debate era
cada vez más rápido y mientras, Erasmo y Rekur Van escuchaban con una creciente
curiosidad y sensación de alarma. Finalmente, quedó claro que el Omnius Primero se
había convencido a sí mismo de que era el único Dios verdadero del universo: de
acuerdo con sus análisis y las proyecciones de Erasmo, decidió que encajaba en la
definición. Él ostentaba el conocimiento último, el poder último.
—Declaro que los dos sois falsos dioses —dijo el Omnius Primero con voz
atronadora.
—Yo no soy un dios falso —refutó SeurOm.
—Ni yo —insistió ThurrOm.
«Una curiosa trinidad». Parecía irónico que Omnius, que tanto había criticado el
carácter emocional de las religiones humanas, ahora abrazara un sistema religioso
propio, con una máquina pensante en lo alto.
Sin previo aviso, el trío de supermentes llegó al punto de deflagración. La sala se
llenó de destellos electrónicos multicolores, que volaban de pared a pared y del techo
al suelo. Erasmo consiguió quitarse discretamente de en medio y se quedó en la
rampa de entrada, desde donde observó cómo la sala se iluminaba.
Una brillante explosión excorió al robot guardia de Rekur Van y el tlulaxa gritó,
porque unas afiladas piezas de metal se le clavaron en la carne. Su carro de soporte
vital topó contra algo y cayó sobre su humeante compañero robot.
Profundamente decepcionado, Erasmo recordó que Rekur Van estaba trabajando
en el proyecto de adaptación física para las máquinas. Lástima, tenía tanto
potencial…
De pronto en la cámara se hizo el silencio. Luego, sucedió algo inquietante: solo
una de las supermentes habló.
—Ahora somos dos los que mandamos.
—Como debe ser —dijo la otra—. Y ninguno de los dos es un falso dios.
Vaya, así que el Omnius Primero había sido eliminado en la batalla electrónica…
La supermente principal que Erasmo conocía desde hacía tantos años ya no existía.
Las paredes empezaron a ondularse y a temblar, y Erasmo temió que la ciudadela
entera se desmoronara o cambiara de forma con él dentro.
Para su sorpresa, Rekur Van gimió y se puso a retorcerse con impotencia. Erasmo,
movido únicamente por el deseo de conservar un valioso recurso, corrió en su ayuda
y cogió al tlulaxa y su carro de soporte vital en los brazos, y acto seguido salió
corriendo de la tortuosa ciudadela. Acababan de salir a la seguridad de la plaza
cuando la estructura cambió drásticamente de forma, siguiendo la voluntad
combinada de las nuevas supermentes dominantes. La torre se hizo más alta y
estilizada.
—Algo totalmente inesperado e interesante —dijo Erasmo—. Parece que las
supermentes han perdido la razón.
El tlulaxa indefenso volvió su rostro quemado para contemplar las estrambóticas
convulsiones de la estructura principal de Omnius.
—Creo que estaríamos más seguros si nos arriesgamos con los hrethgir.