La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 60 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 59

 

Existe un equilibrio enloquecedor en el universo. Cada momento de alegría queda compensado por un momento igual de tragedia.

ABULURD HARKONNEN, diarios privados

 

Para cuando su ascenso a bashar hubo superado los trámites burocráticos del ejército

de la Humanidad, Abulurd Harkonnen ya había elegido un equipo de soldados para

analizar las mortíferas pirañas mecánicas. Había estudiado personalmente los

historiales de servicio y las hazañas de científicos, mecánicos, ingenieros, y eligió

solo a los mejores. Y, en nombre del bashar supremo Vorian Atreides, requisó unos

laboratorios que recientemente habían quedado vacíos, no muy lejos de la mansión

administrativa del Gran Patriarca.

Se habían encontrado miles de aquellos bichitos agotados por toda Zimia, como

un mortífero granizo. El equipo de investigación de Abulurd desmontó más de un

centenar, y descubrió así los circuitos con la rígida programación y la minúscula pero

eficaz fuente de energía que permitía a cada uno moverse… y matar.

Aunque Abulurd no era científico, comprobaba periódicamente los avances que

se hacían en los laboratorios.

—¿Tienen ya alguna idea sobre cómo defendernos? —preguntaba a cada hombre

y cada mujer cuando pasaba por sus mesas de análisis—. ¿Qué hemos de hacer para

detenerlos la próxima vez? Omnius es muy persistente.

—Tenemos muchas ideas, señor —dijo una ingeniera sin levantar la vista de un

potente microscopio con el que estaba estudiando los diminutos mecanismos—. Pero

antes de hacer nada definitivo, necesitamos entender mejor estas pequeñas armas.

—¿Funcionarían contra ellos los impulsos Holtzman?

Otro de los ingenieros meneó la cabeza.

—No es probable. Estos artefactos son muy primitivos. No tienen tecnología de

circuitos gelificados, así que los impulsos descodificadores no les afectan. Sin

embargo, en cuanto comprendamos lo que impulsa su programación, seguramente

podremos desarrollar un arma igual de efectiva.

—Continúen —dijo Abulurd. Cuando consultó el reloj, se excusó y se fue a toda

prisa a sus alojamientos provisionales para prepararse para la ceremonia. Ese día le

iban a colocar su insignia con el nuevo rango durante una ceremonia oficial.

La pequeña habitación de Abulurd era austera. Había regresado hacía muy poco a

Salusa después de un año con la flota de vigilancia de Corrin, así que tenía muy pocas

posesiones. Y no escuchaba música para relajarse. Su vida era el ejército, y poco

tiempo le quedaba para pasatiempos, compras, lujos… para nada.

Aunque tenía treinta y ocho años y alguna vez había tenido algún amorío, no estaba casado ni tenía hijos. Todavía no le apetecía sentar cabeza y concentrarse en

otras prioridades. Sonriendo, se puso su uniforme cuidadosamente planchado.

Durante un largo momento, se estuvo mirando en el espejo. Ensayó una expresión

adecuadamente solemne, pero se sentía muy agitado y el corazón le latía con fuerza.

Ojalá hubiera estado allí su padre. Se habría sentido orgulloso.

Pero hacía ya tiempo que el primero había partido en compañía de Porce Bludd

en un viaje de reconocimiento por los Planetas Sincronizados afectados por los

ataques radiactivos. Faykan accedió a ocupar el lugar de su padre y colocarle a

Abulurd su nueva insignia.

Abulurd comprobó su aspecto una vez más y decidió que su pelo, su uniforme y

su expresión eran perfectos, así que salió.

 

En aquella ceremonia, setenta y ocho soldados iban a recibir ascensos y

recomendaciones. Abulurd esperó pacientemente en su sitio mientras los que

ocupaban los rangos más bajos y los más jóvenes recibían sus condecoraciones.

Observaba a los oficiales de mayor edad, a los veteranos de guerra, los políticos

consumados y los brillantes especialistas tácticos que habían actuado de forma

determinante durante la Yihad y los años de recuperación. Parecían orgullosos de

impulsar las carreras de aquella nueva hornada de oficiales.

Fue una decepción que Faykan cambiara de opinión en el último momento,

aunque no le sorprendió. El virrey interino mandó una nota de disculpa por no poder

ofrecer a su hermano menor la insignia con su nuevo rango. No dio detalles, pero

Abulurd sabía que sus razones eran políticas. Al menos no se había molestado en

mentir.

En el interior de la sala cavernosa del auditorio, el oficial permaneció sentado en

silencio. Aunque sentía un peso en el corazón, no quería que se notara. Una

demostración semejante le habría avergonzado. El hecho de que hubiera recuperado

el apellido Harkonnen no significaba que ya no honrara el de los Butler.

Cerca del palco, sobre un pedestal, estaba el contenedor transparente con el

cerebro vivo de Vidad, el último de los pensadores de la Torre de Marfil. Vidad había

regresado a Salusa poco después de la Gran Purga con la noticia de que los otros

pensadores habían muerto a manos de los cimek. Y poco más dijo sobre lo que había

hecho durante su largo viaje; Abulurd le había oído murmurar a Vorian Atreides que

seguramente el pensador se había ido porque no quería estar en Salusa cuando la flota

robótica atacara los mundos de la Liga. Ahora, Vidad estaba allí de nuevo, con

curiosidad, deseando ayudar o estorbar, dependiendo de su humor esotérico.

La ceremonia seguía su camino, y Abulurd permanecía sentado con rigidez,

recordando todo lo que había logrado, cómo había seguido las órdenes sin vacilar,

honrando a sus oficiales de mando. Siempre se había sentido obligado a hacer lo que le mandaban, y no por los honores ni las medallas que pudieran darle. Sin embargo,

mientras veía a los otros oficiales recibiendo sus insignias entre los aplausos de sus

amigos y familiares, comprendió lo maravilloso que sería. Contuvo un suspiro.

El nombramiento de Abulurd como bashar era la última actividad de aquella

ceremonia larga y tediosa. Cuando finalmente llegó su turno, Abulurd se acercó con

rigidez al estrado, solo. El maestro de ceremonias pronunció su nombre, y empezaron

a oírse murmullos por toda la sala, junto con algunos aplausos educados.

Y entonces hubo cierto revuelo. El maestro de ceremonias anunció:

—Ha habido un cambio en la persona que ofrecerá la insignia con el nuevo rango

a Abulurd Harkonnen.

Abulurd se volvió al oír que las puertas se abrían. Su rostro se iluminó, su boca se

distendió en una sonrisa; sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. El bashar

supremo Vorian Atreides acababa de entrar.

Vor subió al podio sonriente, y se colocó junto a Abulurd.

—Alguien tenía que hacerlo. —El guerrero veterano cogió la insignia como si

fuera un tesoro. Abulurd se puso muy derecho. Vor se adelantó. Aunque aparentaba

casi la mitad de años que Abulurd, se conducía con total seguridad y respeto.

—Abulurd Harkonnen, en reconocimiento a tu valor, tu iniciativa y la valentía

que demostraste durante el reciente ataque contra Zimia… por no mencionar las

incontables muestras de valor que has dado a lo largo de tu carrera en el ejército de la

Yihad… me complace ascenderte de tu actual rango de bator al de bashar, en grado

de cuarto. No conozco a ningún soldado que merezca este nombramiento más que tú.

Y dicho esto, le colocó la insignia en el pecho y luego le hizo darse la vuelta para

que pudiera mirar a los allí presentes.

—Mirad bien a vuestro nuevo bashar —dijo, aún con una mano en su hombro—.

Aún le quedan muchas hazañas por conseguir para la Liga de Nobles.

El aplauso fue algo apagado y disperso, pero el joven no tenía ojos para nada que

no fuera la expresión de satisfacción paternal de Vorian. La opinión de los demás no

le importaba, ni siquiera la de su padre o su hermano.

Vor se volvió a mirar a los otros mandos militares, a los oficiales de la Liga,

incluso a Vidad.

—La valentía demostrada por el bashar Harkonnen en la crisis reciente me ha

traído a la memoria acciones similares llevadas a cabo por su abuelo Xavier

Harkonnen. —Hizo una pausa, como si los estuviera desafiando a que se quejaran—.

Yo fui un buen amigo de Xavier, y sé que en su corazón solo había lealtad. De hecho,

también sé que su nombre ha sido calumniado injustamente y que la verdad se ha

ocultado por motivos políticos. Ahora que la Yihad ha terminado, no hay razón para

seguir perpetuando esas mentiras y proteger a personas que hace mucho que

murieron. Propongo que la Liga nombre una comisión para limpiar el nombre de los Harkonnen. —Cruzó los brazos sobre el pecho. Abulurd habría querido abrazarlo,

pero siguió escuchando atentamente.

—Pero, bashar supremo… eso pasó hace ochenta años —dijo el Gran Patriarca

Boro-Ginjo.

—Setenta y seis años. ¿Cambia eso algo? —Vor lo miró con dureza. Sin duda a

Xander Boro-Ginjo no le gustaría lo que la comisión iba a descubrir—. Ya he

esperado demasiado.

Entonces, como una ventana que se rompe inesperadamente en mitad de la noche,

la felicidad de Abulurd quedó hecha añicos. Un hombre despeinado y con rostro

coloradote se abrió paso hasta el auditorio.

—¿Dónde está el bashar supremo? Debo encontrar a Vorian Atreides. —Abulurd

reconoció al noble de Poritrin, Porce Bludd—. Traigo terribles noticias.

Abulurd vio que Vor pasaba automáticamente a modo emergencia, igual que le

había visto hacer ante la crisis de los bichitos mecánicos.

—En Wallach IX nos atacaron —exclamó Bludd—. Mi yate espacial está

averiado…

El bashar supremo le interrumpió, tratando de hacer que ordenara sus

pensamientos.

—¿Quién les atacó? ¿Las máquinas pensantes? ¿Sigue Omnius aún en alguno de

los mundos atacados?

—No, Omnius no, fueron los cimek. ¡Titanes! Estaban construyendo

monumentos, estableciendo una nueva base entre las ruinas. Quentin y yo bajamos a

echar un vistazo y los titanes nos atacaron. Derribaron el vehículo aéreo de Quentin.

Lo despedazaron. Quería rescatarle, pero los cimek atacaron y tuve que huir con la

nave bastante tocada. Y vi cómo se abalanzaban sobre él.

—¡Los cimek! —dijo Vorian con incredulidad.

—Por muchos enemigos que derrotemos —dijo Abulurd con voz trémula,

imaginando a su padre tratando de hacer frente a las máquinas—, siempre hay otros

que ocupan su lugar.