La batalla de Corrin
Capítulo 15
Los humanos fueron unos necios al construir a sus competidores… pero no pudieron evitarlo.
ERASMO, anotaciones filosóficas
Aunque había sido diseñado como nave de actualización por las máquinas pensantes,
el Viajero Onírico era una nave atemporal, con un diseño aerodinámico y hermoso, y
en la actualidad no era menos útil que cuando Vor estaba al servicio de Omnius. Casi
había pasado un siglo desde la primera vez que Vor subió a la nave negra y plateada
con Seurat. Escapó de la Tierra en el Viajero, llevando consigo a Serena Butler e Iblis
Ginjo, y aún seguía utilizándola cuando no se requería su presencia en una nave
militar. Curiosamente, le daba una profunda sensación de paz.
En aquellos momentos, Vor estaba cómodamente sentado ante los controles del
Viajero Onírico. Después de casi un siglo de servicio a la Yihad, llevaba sus misiones
con mucha más discreción que ningún otro oficial. Cuando Leronica supo que se iba,
se había limitado a sonreír estoicamente: estaba acostumbrada a su carácter inquieto.
En parte Vor se iba para evitar más encuentros desagradables con sus hijos durante su
larga visita a Zimia, pero también porque quería encontrar a su otra descendencia. En
el balance final, seguro que eso sería un punto a su favor.
Desde que tomó la decisión, Vor había estado recuperando datos de todos sus
viajes y sus años de servicio. Pero con frecuencia los registros estaban corrompidos o
eran incompletos, sobre todo en los mundos que habían sido castigados por las
máquinas. Muchas mujeres habían pasado por su vida, deseosas todas de contribuir
con su granito de arena para fortalecer a la castigada raza humana. Si en su momento
no le dijeron nada de ningún hijo, sería difícil encontrar pistas y seguirles el rastro
ahora.
Sin embargo, para empezar, sabía que Karida Julan, de Hagal, había tenido una
hija suya. Tiempo atrás, cuando Karida se lo dijo, Vor le había enviado gran cantidad
de créditos para mantenerlas a las dos. Pero después de conocer a Leronica no había
vuelto a contactar con ella.
Vor había descuidado sus obligaciones y relaciones alegremente en demasiadas
ocasiones. Empezaba a ver un patrón en su vida, el de las decisiones rápidas y
trascendentes sin tener en cuenta las consecuencias. Si al menos lograra encontrar a la
hija que tuvo con Karida —el último nombre que conocía era el de Helmina Berto-
Anirul—, podría hacer una cosa bien para variar.
Siguiendo las pistas, Vor descubrió con pesar que Helmina había muerto en un
accidente con un vehículo terrestre hacía siete años. Sin embargo, había tenido una
hija, ya de bastante mayor, que se llamaba Raquella. Su nieta. Según un informe bastante fiable, Raquella vivía en Parmentier, un Planeta Sincronizado que los
humanos habían recuperado y que ahora gobernaba Rikov Butler.
Vor decidió conocer a su nieta antes de que fuera demasiado tarde. El Consejo de
la Yihad y Quentin Butler aceptaron de buen grado que fuera personalmente a
Parmentier a entregar ciertos documentos políticos y escuchar las novedades de boca
de Rikov. Para él fue perfecto.
Viajó a la aceleración máxima que aquella vieja nave de actualizaciones toleraba.
El Viajero Onírico era dolorosamente lento en comparación con las naves militares y
mercantes que plegaban el espacio, pero durante aquel trayecto tan largo, tendría
tiempo de sobra para pensar en su primer encuentro con su nieta.
En sus últimos años de adolescencia, Raquella se había casado con un yihadí que
murió en la guerra menos de un año después. Más tarde estudió medicina y dedicó su
vida a ayudar a los heridos de guerra y a los afectados por las mortíferas
enfermedades que seguían afligiendo a la humanidad. Ahora, a sus veintinueve años,
llevaba años trabajando junto al reputado médico e investigador Mohandas Suk.
¿Serían amantes? Tal vez. Suk era nieto del gran cirujano de campaña Rajid Suk, que
sirvió junto a Serena Butler durante los primeros años de la Yihad. Vor sonrió. ¡Su
nieta no se conformaba con cualquier cosa, como él!
Cuando el Viajero Onírico se acercaba a los límites orbitales de Parmentier, un
mensaje sorprendente le llegó por el comunicador: «Soy el gobernador Rikov Butler.
Por orden mía, Parmentier está bajo una estricta cuarentena. La mitad de la población
ha muerto a causa de una nueva epidemia, desarrollada seguramente por las máquinas
pensantes. La tasa de mortalidad es extraordinariamente alta, de entre el cuarenta y el
cincuenta por ciento… y es imposible cuantificar las muertes por las causas
colaterales y el caos. Aléjense antes de que se contagien. Lleven el aviso a toda la
Liga de Nobles».
Lleno de preocupación, Vor abrió el canal.
—Les habla el comandante supremo Vorian Atreides. Solicito más detalles de la
situación. —Esperó, nervioso.
Pero en lugar de responder, la voz de Rikov repitió las mismas palabras. Una
grabación. Vor volvió a transmitir, buscando una respuesta.
—¿Hay alguien ahí? ¿Queda alguien vivo?
Sus instrumentos localizaron un grupo de estaciones orbitales que bloqueaban el
paso. Estaban armadas hasta los dientes, con aspecto amenazador, pero silencioso. La
más cercana parecía un escarabajo, un aparato enorme y redondeado con puertos
iluminados por brillantes luces a todo lo largo de la línea de su ecuador. Por los
diferentes canales se emitían mensajes y advertencias en los idiomas más importantes
de la galaxia, amenazando con destruir a cualquiera que intentara salir del planeta.
Vor trató repetidas veces de establecer comunicación con la estación, pero nadie contestó. Siempre había sido muy obstinado cuando se le metía una cosa en la
cabeza. Ahora que sabía que allí abajo había una crisis, tenía que ver a Rikov Butler.
Y puesto que también sabía que Raquella estaba en el planeta, no se iría sin verla.
Finalmente, una de las estaciones respondió. Una mujer de aspecto macilento
apareció en pantalla.
—¡Aléjese! No tiene autorización para aterrizar en Parmentier. Estamos bajo una
estricta cuarentena por culpa de la plaga de Omnius.
—Omnius siempre ha sido una plaga para la existencia humana —dijo Vor—.
Háblame de la epidemia.
—Hace semanas que empezó. A nosotros nos enviaron a estas estaciones para
asegurar que se respeta la cuarentena. La mitad ya estamos enfermos. Algunas de las
estaciones han sido abandonadas.
—Me arriesgaré —dijo Vor. Siempre había sido muy impulsivo, para disgusto de
su amigo Xavier. El tratamiento que Agamenón le había aplicado hacía más de un
siglo para prolongar su vida también le protegía de la enfermedad. En todos aquellos
años, no había tenido ni un simple resfriado—. La cuarentena está pensada para evitar
que la gente salga, no que entre.
La mujer macilenta le insultó, le llamó loco, y luego cortó la comunicación.
Antes de bajar a tierra, Vor acopló su nave a la estación de bloqueo vacía. Podían
enviarle todos los avisos que quisieran, nunca se le había dado bien aceptar órdenes.
El Viajero Onírico acopló escotillas y activó las puertas de acceso de configuración
estándar. Volvió a identificarse, esperó una respuesta en vano y luego abrió las
puertas decidido a averiguar más cosas sobre la epidemia que asolaba Parmentier.
Cuando respiró la primera bocanada del aire supuestamente estéril de la nave, un
escalofrío le recorrió la columna. Después de décadas de guerra, había desarrollado
una capacidad casi extrasensorial para saber cuándo algo no iba bien. Activó su
escudo personal y se aseguró de que tenía su cuchillo de combate a mano. Reconoció
el olor inconfundible y familiar de la muerte.
Un mensaje de advertencia llegó por el sistema de megafonía del complejo:
«¡Código uno! ¡Alerta máxima! ¡Diríjase inmediatamente a zonas seguras!»..
El mensaje se repitió, luego se oyó un chisporroteo y se detuvo. ¿Cuántos no
habían hecho caso de la orden o no habían actuado con la suficiente rapidez? Por lo
visto, el personal que estaba sano había huido de la nave en un intento por escapar de
la epidemia. Pero dudaba que ninguno de ellos hubiera tenido acceso a naves de largo
recorrido que pudieran llevarlos a otros mundos de la Liga. Afortunadamente.
Sus botas claqueteaban sobre la dura cubierta de polímero. Detrás de un
mostrador de un puesto de guardia encontró los cuerpos de un hombre y una mujer
con uniforme marrón y negro. La guardia nacional de Parmentier. Tenían la piel
cubierta por costras de fluidos secos; también había sangre y excrementos secos en la cubierta. Sin tocar a las víctimas, Vor calculó que llevarían muertos varios días,
puede que una semana.
Detrás del mostrador había una sala con las paredes cubiertas por monitores de
vigilancia. En cada pantalla veía básicamente lo mismo: pasillos y habitaciones
vacíos y unos cuantos cadáveres aquí y allá. Aunque en las otras estaciones aún
quedaba parte del personal con vida, aquella estaba vacía. Ya antes había supuesto
que los sistemas de comunicación de la superficie no funcionaban o que no había
quien los atendiera. Aquella escena lo confirmaba. Vor ya no podía hacer nada en la
nave orbital fantasma, así que volvió al Viajero Onírico.
Esperaba que su nieta hubiera encontrado un lugar seguro. Pero ¿cómo podía
preocuparse por una mujer a la que ni siquiera conocía cuando había millones de
vidas en juego? Si era doctora y trabajaba para Mohandas Suk, los servicios de
Raquella harían más falta que nunca allí abajo. Vor sonrió para sus adentros. Si de
verdad tenía la sangre de los Atreides, seguramente estaría en medio de la acción…
Cuando aterrizó en la ciudad de Niubbe, construida sobre los cimientos de un
antiguo complejo industrial de Omnius, a Vor le tranquilizó enormemente ver que aún
había gente con vida, aunque muchos parecían más muertos que vivos, como si de un
momento a otro se fueran a desplomar. Muchos iban musitando para sus adentros y
parecían desorientados o furiosos. Otros parecían impedidos, porque tenían los
tendones rotos y no podían caminar ni tenerse en pie. Había cuerpos amontonados
por las calles, como troncos de leña. Grupos municipales de limpieza con aspecto
lastimoso acudían con enormes furgones terrestres para retirarlos, pero era evidente
que estaban totalmente desbordados.
Primero Vor fue a la mansión del gobernador. Aquella gran casa estaba vacía,
pero no la habían saqueado. Gritó para ver si había alguien. Nadie contestó. En el
dormitorio principal encontró los cuerpos de un hombre y una mujer… seguramente
Rikov y Kohe Butler. Durante unos momentos se limitó a mirarlos, luego buscó por
las otras habitaciones, pero no encontró a nadie, ni a su hija Rayna ni a ninguno de
los criados. Sus pasos resonaban por la casa, junto con el zumbido de las moscas.
En un tugurio del centro de la ciudad localizó un edificio de ladrillo rosa con las
paredes cubiertas a tramos de hiedra. El Hospital de Enfermedades Incurables. Por lo
visto, cuando los humanos recuperaron Parmentier, Mohandas Suk y Raquella habían
creado un centro de atención e investigación; Vor había leído sobre eso en su breve
investigación.
Si Raquella seguía con vida, estaría allí.
Después de ponerse una mascarilla —no porque pensara que podía protegerle,
sino para evitar el hedor—, Vor entró en la atestada recepción del hospital. Aunque el
edificio era bastante nuevo, en las últimas semanas las hordas de pacientes
desesperados lo habían invadido como una plaga y había degenerado bastante.
Tras pasar ante un mostrador de admisiones vacío, Vor buscó en las diferentes
plantas. Las salas del hospital estaban tan abarrotadas y se veían tan míseras como las
cuadras de esclavos que el robot Erasmo tenía en la Tierra. Había gente afectada de
incomprensibles erupciones cutáneas a causa de la ruptura de los tendones, tumbada,
impedida, como muñecas rotas; incluso los que se habían recuperado de los síntomas
quedaban totalmente incapacitados para cuidar de sí mismos o ayudar a los otros
enfermos o moribundos.
Todo el personal médico llevaba mascarillas y películas transparentes herméticas
sobre los ojos para evitar el contagio a través de las mucosas. Algunos de los médicos
parecían enfermos a pesar de las precauciones. Vor se preguntó cuánto duraría el
período de incubación, durante cuántos días podrían seguir atendiendo a los enfermos
aquellos médicos antes de convertirse también en enfermos terminales.
Una y otra vez preguntaba a enfermeras y médicos de aspecto agotado si conocían
a Raquella Berto-Anirul. Finalmente alguien le indicó que fuera a la sexta planta. Vor
entró en la sala, llena de ruido y desesperanza, y la observó de lejos. Trató de
encontrar algún eco de su abuela en sus facciones, aunque después de tanto tiempo no
recordaba con claridad a Karida Julan.
Raquella se movía con rapidez y profesionalidad entre las camas, con aspecto
fuerte. Su respirador de plaz y la protección ocular transparente le permitían verle la
cara. Tenía las mejillas hundidas y ojeras por la falta de sueño y la mala alimentación.
Nariz respingona, pelo castaño dorado recogido en un moño trenzado para que no le
estorbara mientras trabajaba. Era delgada y se movía con elegancia, casi como una
bailarina. Aunque su expresión era triste y sombría, no parecía desesperada.
Raquella trabajaba junto con un médico delgado en una sala con cien camas, cada
una ocupada por un paciente enfermo o moribundo. Los ayudantes retiraban los
cadáveres para dejar sitio a nuevas víctimas demacradas que habían caído en un coma
mortal de fiebre.
Hubo un momento en que Raquella miró en su dirección y Vor vio que tenía los
ojos de un sorprendente tono de azul. Siglos atrás, antes de transformarse en cimek,
cuando aún tenía forma humana, su padre, el célebre Agamenón, tenía los ojos azul
claro…
Sus miradas se cruzaron, y la joven pareció sorprendida al ver a un desconocido
con aspecto tan sano en la sala. Vor se adelantó y abrió la boca para hablar, pero de
pronto vio que ella lo miraba con expresión de alarma. Uno de los pacientes saltó
sobre Vor desde atrás y le clavó las uñas en la mascarilla, luego cayó sobre él y se
puso a golpearle y a escupirle en la cara. Defendiéndose instintivamente, Vor arrojó a
su atacante a un lado. Aquel despojo aferraba un trozo de un estandarte donde
aparecía la imagen del bebé de Serena, y aullaba plegarias, suplicando a los tres
mártires que lo salvaran, que los salvaran a todos.
Vor apartó a aquel individuo y los sanitarios se lo llevaron rápidamente a una
mesa de diagnóstico. En un intento por recuperar la compostura, Vor volvió colocarse
el respirador sobre la boca y la nariz, pero Raquella ya estaba allí, y se puso a rociarle
algo en la cara y los ojos.
—Antivirales —le dijo con voz nerviosa y profesional—. Solo son parcialmente
efectivos, pero no he encontrado nada mejor. No sé si le ha entrado algo en los ojos o
la boca. El riesgo de infección es grande.
Vor le dio las gracias, pero no dijo que seguramente era inmune. Se limitó a mirar
sus ojos tan azules y brillantes. No pudo contener la sonrisa.
Una forma curiosa de conocer a su nieta.
—Vorian Atreides —dijo el doctor Suk. Estaba en un pequeño despacho, haciéndole
un rápido chequeo poco después del ataque, aunque tenía a muchos pacientes en
bastante peor estado—. ¿El Vorian Atreides que creo? Ha sido una locura que viniera.
La piel de Suk era de un marrón tan oscuro que casi parecía negro. Aparentaba
unos cuarenta años, y tenía arrugas superficiales en la cara y ojos grandes y castaños.
Se le veía impaciente y acelerado. Sus facciones juveniles, que resaltaba la mata
rebelde de pelo negro sujeta con un pasador de plata, le daban el aire de un niño
grande.
Incluso en aquel despacho cerrado, el aire hedía a desinfectante. Vor prefirió no
hablar de su tratamiento de extensión vital.
—Puede que sobreviva… o no.
—Lo mismo podemos decir de todos nosotros. La plaga nos deja las mismas
posibilidades de vivir que de morir. —Suk le estrechó la mano con su mano
enguantada, y luego cogió la mano de Raquella y la oprimió, un gesto que indicaba
que estaban muy unidos. Seguramente la epidemia había llevado a muchas personas a
unirse en su desesperación, pero Suk y Raquella ya eran un equipo mucho antes.
Cuando Suk salió a toda prisa, pensando ya en sus otras responsabilidades,
Raquella se volvió hacia Vor y lo miró con gesto apreciativo.
—¿Qué hace el comandante supremo de la Yihad en Parmentier sin siquiera un
guardaespaldas?
—Me había tomado un permiso para atender ciertos asuntos personales… para
conocerte.
Después de semanas luchando contra la epidemia, la capacidad de Raquella para
experimentar emociones estaba bastante limitada.
—¿Y eso por qué?
—Fui amigo de tu abuela Karida —confesó Vor—. Muy buen amigo, pero la
dejé. La perdí. Hace mucho tiempo descubrí que había tenido una hija, pero hasta
hace poco le había perdido la pista. Una hija llamada Helmina, tu madre.
Raquella lo miró con los ojos muy abiertos, y entonces pareció comprender.
—¿No será ese soldado, el que mi abuela amaba? Pero…
Él le dedicó una sonrisa débil y abochornada.
—Karida era una mujer hermosa, y lamento profundamente que ya no esté. Me
hubiera gustado hacer muchas cosas de otro modo, pero ya no soy la misma persona.
Por eso he querido venir a conocerte.
—Mi abuela pensaba que habías muerto en la Yihad. —Sus cejas se unieron por
encima de sus claros ojos azules—. Y el nombre que nos dijo no era Vorian Atreides.
—Siempre utilizaba nombres falsos por razones de seguridad. A causa de mi
rango.
—¿Y no habría otras razones? ¿Como que nunca tuviste intención de volver?
—La Yihad es algo incierto. No podía hacer promesas. Yo… —Su voz se perdió.
No quería decir mentiras, ni dar una versión distorsionada de la verdad.
Un pensamiento curioso para tratarse de él. Durante la mayor parte de su dilatada
existencia, había sido un espíritu libre; la idea de formar una familia siempre le había
asustado porque le hacía pensar en límites, constricciones. Pero, a pesar del
distanciamiento de Estes y Kagin, había acabado por comprender que la familia
significa la posibilidad de un amor ilimitado.
—Mi abuelo parece tan joven como yo. —Raquella parecía intrigada, pero estaba
tan abrumada por la epidemia que sus reacciones eran bastante lentas—. Me gustaría
estudiarte, tomar muestras y comprobar nuestro parentesco… pero en estos
momentos no puedo. No con todo esto. Y la verdad, durante una crisis como esta,
hacer una visita para conocer a una nieta ilegítima es algo bastante… egoísta.
Vor le dedicó una sonrisa forzada.
—He vivido ocho décadas de Yihad, y siempre hay alguna «crisis como esta».
Ahora que veo lo que está pasando aquí, me alegro de no haber esperado. —Le cogió
una mano entre las suyas—. Vuelve conmigo a Salusa Secundus. Puedes entregar tus
análisis y tu mensaje en persona al Parlamento. Conseguiremos los mejores equipos
médicos de la Liga para que busquen una cura, y enviaremos toda la ayuda que
podamos.
Ella le interrumpió.
—Si de verdad crees que soy la nieta del gran Vorian Atreides, entonces, ¿no
pensarás que voy a marcharme de aquí cuando hay tanto que hacer y tanta gente a la
que ayudar? —Arqueó las cejas, y Vor sintió que su corazón se llenaba de orgullo.
Por supuesto, no esperaba menos de su nieta.
Raquella se volvió y lo miró fijamente con sus ojos brillantes e inteligentes.
—Y no me arriesgaría a extender la epidemia. Sin embargo, comandante
supremo, si insistes en regresar a Salusa, advierte a la Liga de lo que está pasando.
Necesitamos médicos, material, investigadores.
Él asintió.
—Si realmente esta epidemia es obra de las máquinas pensantes, no me cabe duda
de que Omnius habrá lanzado esas cápsulas contra otros mundos. Hay que alertar a
todos.
Raquella se apartó de Vor y, algo inquieta, se puso en pie.
—Te entregaré todos nuestros registros y los resultados de las pruebas. Aquí la
epidemia está fuera de control, un retrovirus. Cientos de miles de personas han
muerto en muy poco tiempo. La tasa de mortalidad directa es de más del cuarenta por
ciento, por no hablar de las muertes por causas derivadas, como infecciones,
deshidratación, fallo de distintos órganos, etcétera. Podemos tratar los síntomas,
intentar aliviar un poco a los pacientes, pero hasta el momento no tenemos nada que
erradique el virus.
—¿Hay alguna posibilidad de cura?
Ella levantó la vista, porque llegaban gritos desde una de las salas, luego suspiró.
—No con los recursos que tenemos. No contamos ni con suministros ni con
personal para atender a todo el mundo. Siempre que tenemos un momento, Mohandas
se dedica al trabajo de laboratorio, e investiga la evolución del virus. No vemos que
siga el patrón habitual de un proceso viral. Lo hemos descubierto hace apenas unos
días. Una cura no es… —Se refrenó—. Nunca hay que perder la esperanza.
Vor pensó en su juventud, cuando era un humano de confianza de las máquinas y
no veía todo el daño que causaban.
—Tendría que haber adivinado hace tiempo que las máquinas intentarían algo así.
Omnius… o más probablemente Erasmo. —Tras vacilar un momento, se quitó la
mascarilla—. Lo que habéis hecho aquí, que luchéis como lo estáis haciendo contra
un imposible… es algo muy loable.
Los ojos azules de Raquella brillaron con una nueva intensidad.
—Gracias… abuelo.
Vor respiró hondo.
—Estoy muy orgulloso de ti, Raquella, más de lo que puedo expresar con
palabras.
—No estoy acostumbrada a oír eso. —La joven parecía sentir un placer contenido
—. Sobre todo cuando lo único que veo a mi alrededor son pacientes a los que no he
conseguido salvar, o que nunca se recuperarán del todo. E incluso si esto termina
algún día, buena parte de la población quedará tullida de por vida.
Vor la sujetó por los hombros, la miró con intensidad.
—Aun así, estoy muy orgulloso de ti. Tendría que haberte buscado mucho antes.
—Gracias por preocuparte lo bastante para hacerlo ahora. —La joven se sentía
visiblemente incómoda y le habló con tono apremiante—. Y ahora, si realmente
puedes salir de Parmentier, vete. Rezaré para que no hayas contraído la enfermedad y llegues sano y salvo a Salusa. Ten cuidado. Si… si estás contagiado, el período de
incubación es lo bastante breve para que manifiestes los síntomas antes de llegar al
mundo de la Liga más cercano. Si eso sucede, no te arriesgues a…
—Lo sé, Raquella, pero incluso si habéis declarado la cuarentena aquí a tiempo y
no ha salido nadie, es posible que Omnius haya lanzado esos misiles con la epidemia
contra otros objetivos. Las máquinas confían en la repetición. —Vio que Raquella
pestañeaba, porque comprendió que tenía razón—. Si es así, me temo que todos
vuestros esfuerzos para mantener la cuarentena no servirán para salvar a la
humanidad. Advertirles y compartir con ellos lo que tú y el doctor Suk habéis
averiguado hasta el momento puede ser mucho más útil que ninguna cuarentena.
—Entonces, corre. Los dos lucharemos contra esta plaga como podamos.
Vor volvió al Viajero Onírico y marcó las coordenadas para regresar a casa.
Superó sin problemas la barrera de estaciones casi abandonada y temió que otros
también lo hubieran hecho. Una profunda sensación de tristeza lo invadió cuando se
alejaba de Parmentier. Esperaba volver a ver a Raquella.
En su cabeza, evocó la momentánea expresión de placer que había visto en su
cara cuando le dijo que estaba orgulloso. Sólo por ese momento, tan efímero y tan
hermoso, valía la pena haber hecho el viaje.
Pero ahora tenía un deber que cumplir para con la humanidad.