La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 4 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 3

 

Un nacimiento en este suelo significa el nacimiento de un guerrero.

MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS a sus alumnos

 

El ejército de la Yihad prometió recuperar Honru de manos de las máquinas

pensantes, por muy alto que fuera el coste en vidas humanas. Tras un siglo de guerra

santa butleriana, los humanos se habían acostumbrado al sacrificio extremo.

Quentin Butler, el primero del batallón, estaba en el puente de su nave insignia y

contemplaba el planeta que tenían ante ellos, esclavizado por Omnius. Se enfrentaban

a un enemigo sin alma. Sus labios pronunciaron una plegaria silenciosa. Era el típico

héroe de guerra infatigable, y aparentaba mucho más que sus sesenta y cinco años;

tenía el cabello ondulado, muy claro, y sus facciones —mentón firme, labios finos,

ojos penetrantes— parecían cinceladas a imagen de un busto clásico. Quentin

encabezaría la ofensiva, y llevaría a sus yihadíes a la victoria en el escenario de una

de las primeras y más devastadoras derrotas de la Yihad.

Cuatrocientas ballestas y más de mil destructores jabalina convergerían para

formar una soga asfixiante sobre aquel planeta donde, antes de la matanza de Honru,

vivían humanos libres. Esta vez, las máquinas pensantes no tenían ninguna

posibilidad frente a Quentin y su causa, por no mencionar su abrumadora

superioridad militar.

Durante los largos años de Yihad, los valientes humanos habían infligido

constantes y significativos daños a los Planetas Sincronizados, destrozando flotas

robóticas y destruyendo avanzadillas. Sin embargo, el enemigo seguía reponiendo sus

efectivos.

El primero, un adicto a la adrenalina que acompañaba siempre a la victoria, había

protagonizado numerosos actos heroicos en su larga carrera militar. No eran pocas las

ocasiones en que se había alzado victorioso sobre las ruinas humeantes del campo de

batalla. Era algo que nunca le cansaba.

—Omnius debería calcular las probabilidades y desactivar sus sistemas —dijo

Faykan, el hijo mayor de Quentin—. Nos ahorraría mucho tiempo y esfuerzo. —Era

más alto que su padre, y tenía el mismo pelo ondulado, pero los pómulos altos y el

rostro delgado eran de la madre, Wandra. Ya había cumplido los treinta y siete años, y

tenía aspiraciones tanto militares como políticas.

Su hermano Rikov, que también estaba en el puente con ellos, resopló.

—Si conseguimos una victoria tan sencilla, será difícil justificar una gran

celebración. Prefiero que haya más peligro. —Rikov, siete años más joven que su

hermano, era una cabeza más bajo, tenía hombros anchos y la mandíbula más

angulosa. Los labios generosos le venían de la familia Harkonnen, aunque nadie con un poco de sentido común lo habría avergonzado recordándoselo.

—Me contentaré con la victoria que sea, siempre que nos acerque un paso más a

la aniquilación de esas máquinas diabólicas. —Quentin se volvió para mirar a los dos

jóvenes impacientes—. Habrá gloria suficiente para mis dos hijos… y un poquito

para mí también.

Inconscientemente, con frecuencia Quentin evitaba mencionar a su hijo menor

por lo que le había pasado a Wandra durante el parto. Antes de la batalla, siempre

pensaba en su preciosa esposa. Wandra había quedado embarazada accidentalmente

ya de bastante mayor, pero el parto fue muy difícil, y la perdió. Lamentándose, sin

pararse ni a mirar al bebé recién nacido, Quentin se había llevado a su mujer

comatosa a la paz y la soledad de la Ciudad de la Introspección, donde tanto tiempo

había pasado entregada a la contemplación su venerada tía Serena. Una parte de él

seguía culpando a Abulurd por lo sucedido, y aunque su cabeza le decía que no era

justo con él, su corazón se negaba a aceptarlo.

—¿Vamos a quedarnos todo el día mirando Honru —preguntó Rikov con

insolencia, apostado ya cerca de la salida— o podemos empezar de una vez?

Los subcomandantes transmitieron señalando sus posiciones; estaban listos. La

versión de la supermente que había en el planeta ya habría comprendido su destino.

Los sistemas defensivos y los robots de combate habrían detectado a la flota enemiga,

pero no podrían hacer nada contra una fuerza tan abrumadora. Su suerte estaba

echada.

Quentin se levantó de su asiento en el puesto de mando y sonrió con paciencia a

sus hijos. Los detalles principales de la batalla se habían preparado en un centro de

mando en la lejana Zimia, pero en la guerra, hasta el último minuto no había nada

decidido.

—Enviaremos quinientas kindjal en dos grupos separados, cada uno con su carga

de bombas de impulsos descodificadores. No utilizaremos las bombas atómicas de

gran alcance a menos que todo se tuerza irremediablemente. Debemos asestar un

golpe preciso en el núcleo de la supermente, luego enviaremos equipos de tierra para

que desconecten las subestaciones. Tenemos numerosos comandos de mercenarios de

Ginaz con nosotros.

—Sí, señor —contestaron los dos.

—Faykan, tú dirigirás el primer grupo, y Rikov el segundo. Con la detonación de

unas cuantas bombas atómicas de impulsos los circuitos gelificados de las máquinas

quedarán inoperativos, no hay necesidad de aniquilar a la población humana. Las

máquinas quedarán lo bastante tocadas para que podamos hacer descender grupos de

tropas de asalto que eliminen posibles reductos. Antes de la noche, Honru será libre.

—Si es que queda alguien —señaló Rikov—. Ya hace casi noventa años que las

máquinas tomaron el control ahí abajo.

El rostro de Faykan adoptó una expresión sombría y glacial.

—Si Omnius los ha matado a todos, razón de más para vengarnos. Entonces yo sí

que no tendría reservas en lanzar una lluvia de bombas atómicas que lo destruyeran

todo, como hizo la Armada en la Tierra.

—Sea como fuere —terció Quentin—, vamos allá.

El primero juntó las palmas de las manos ante el rostro en un gesto que era mitad

saludo mitad oración y que los comandantes de la Yihad habían adoptado después del

asesinato de Serena Butler hacía más de medio siglo. Aunque parecía hablar para sus

hijos, sus palabras se transmitieron al resto de naves… y no era una simple arenga

antes de la batalla, creía sinceramente en lo que decía.

—La matanza de Honru fue uno de los momentos más oscuros en la historia

reciente de la Yihad. Hoy vamos a equilibrar la balanza y pondremos el punto y final

a esta historia.

Faykan y Rikov se dirigieron hacia la cubierta principal de lanzamiento de la nave

insignia, desde donde saldrían al frente de los dos grupos de kindjal. Quentin se

quedó en el puente de mando para presenciar el desarrollo del ataque, confiando

plenamente en sus hijos. Y siguió contemplando por la pantalla aquel planeta de

aspecto tan exuberante: continentes marrones y verdes, penachos blancos de nubes,

manchas de un azul intenso de los mares.

Sin duda la presencia de Omnius en el planeta durante nueve décadas habría

destrozado el paisaje, convirtiendo los bellos bosques y praderas de Honru en una

pesadilla industrial. Los supervivientes habrían sido esclavizados y obligados a servir

a las máquinas. Quentin cerró los puños con fuerza, musitando para sus adentros otra

plegaria, pidiendo fuerza. Con el tiempo, el planeta se recuperaría. Pero primero

había que restablecer el mandato más benevolente de los humanos, vengar la primera

matanza…

Cinco años antes de que Serena Butler lanzara su gran Yihad, una armada de

naves de la Liga había tratado de liberar el planeta sincronizado de Honru. La armada

se lanzó con entusiasmo sobre aquel mundo, animada por el Gran Patriarca Ginjo.

Pero los espías de Omnius les habían dado informaciones falsas sobre el número de

efectivos enemigos que les esperaban.

Diez mil naves robóticas esperaban emboscadas y rodearon completamente a la

armada. Los humanos respondieron con medidas de combate desesperadas, pero

naves robóticas suicidas eliminaron a las naves de los yihadíes en órbita. Entretanto,

en la superficie, una marea de robots de combate aniquiló poblaciones enteras de

humanos que esperaban ser rescatados.

La liberación de Honru se convirtió en una desbandada, una matanza que se

prolongó hasta que la última de las naves humanas quedó destruida. Además del

incontable número de bajas en tierra, más de quinientos mil soldados de la humanidad libre murieron en un único enfrentamiento.

«Ya hace mucho tiempo que tendríamos que habernos vengado», pensó Quentin.

—Los escuadrones de kindjal han salido, primero —dijo su lugarteniente.

—Que las tropas para la invasión terrestre que asegurará nuestros avances estén

preparadas. Quiero que todo se haga ordenadamente. Que aterricen los transportes de

personal mientras las jabalinas los cubren desde el aire. —Y se permitió esbozar una

sonrisa discreta pero confiada.

Quinientos kindjal partieron desde las ballestas nodriza. En Honru, la flota

robótica se estaba organizando, ya habían empezado a enviar naves a órbita; otras

regresaban de los puestos de observación en los límites del sistema.

—Preparados para el combate —dijo Quentin—. Que los escudos Holtzman se

activen en cuanto las naves robóticas aparezcan en nuestros radares, pero no antes.

—Sí, primero. Nos mantendremos firmes.

Quentin estaba convencido de que su flota podía evitar sin problema a las naves

enemigas, así que se concentró en sus hijos. Faykan y Rikov dividieron los

escuadrones de kindjal y cada uno siguió una táctica acorde con su propio estilo;

aquella combinación de estrategias ya había demostrado su eficacia en anteriores

enfrentamientos. Ese día, los famosos hermanos Butler añadirían una nueva victoria a

su historial.

Con un profundo pesar en el corazón, Quentin deseó que Wandra hubiera podido

verlos en aquellos momentos, pero en su estado no se enteraba de nada de lo que

sucedía a su alrededor.

El día que dejaron a Wandra en la Ciudad de la Introspección, hacía dieciocho

años, sus dos hijos mayores le habían visto llorar. Fue una de las pocas veces que el

héroe se permitió mostrarse tan vulnerable.

—Vayamos donde vayamos, hay tanto dolor, padre… —le dijo Faykan en aquella

ocasión.

Pero Quentin meneó la cabeza.

—No son lágrimas de angustia o de pesar las que derramo, hijo mío. —Y

extendió los brazos para abrazarlos a los dos—. Lloro de alegría por todo lo que

vuestra madre me ha dado.

Quentin no había abandonado a Wandra. Cada vez que volvía a Salusa la visitaba,

porque en el fondo de su corazón estaba convencido de que su esposa le recordaba.

Cuando sentía su pulso y el latido de su corazón, intuía que era su amor lo que la

mantenía con vida. Él seguía luchando por la Yihad, y le dedicaba en silencio cada

victoria.

Quentin miraba los continuos informes que llegaban desde Honru, escuchaba las

transmisiones entusiastas de las kindjal de sus hijos. Las naves se lanzaban en picado

sobre las posiciones de las máquinas, dejando caer montones de explosivos de impulsos que emitían descargas de energía Holtzman destructiva.

—Todos los descodificadores desplegados, primero —anunció Faykan—. La

ciudad principal está lista para la segunda fase.

Quentin sonrió. En órbita, el primer grupo de naves robóticas atacó inútilmente a

las naves de la Yihad. Mientras los escudos Holtzman no se sobrecalentaran, más que

una amenaza eran un incordio.

Quentin desplegó sus fuerzas.

—Que las jabalinas desciendan a la atmósfera. Todas las baterías preparadas para

un bombardeo desde arriba. Que las tropas de choque de Ginaz cojan sus espadas de

impulsos y se preparen para una batida por la ciudad. Espero que acaben con

cualquier vestigio de resistencia robótica que quede allí abajo.

Sus subcomandantes recibieron la orden y el primero se recostó en su asiento

mientras sus inmensas naves cerraban el cerco para asegurar la conquista.

 

El vehículo blindado de Quentin Butler avanzaba entre las ruinas de la principal

ciudad de las máquinas. El comandante victorioso contempló toda aquella

devastación, y sintió un gran pesar al pensar que un planeta tan hermoso se había

echado a perder de aquella forma. Fábricas y líneas de producción ocupaban un

paisaje que antaño cubrían los campos de cultivo.

Los humanos corrían por las calles, perplejos, buscando refugio, liberándose de

las celdas donde los retenían, abandonando cadenas de montaje donde los robots

guardianes ahora colgaban aturdidos e inútiles tras el bombardeo de impulsos.

Quentin recordó la liberación de Parmentier, en sus primeros años de carrera

militar. En Parmentier, la gente no acababa de creerse que las máquinas pensantes

habían sido derrotadas. Ahora, después de años de prosperidad en los que había

cedido temporalmente el gobierno del planeta a Rikov, aquella gente los adoraba, los

veía como salvadores.

Pero los supervivientes de Honru no gritaban ni lanzaban vítores como Quentin

esperaba. Parecían demasiado sorprendidos para saber cómo reaccionar…

Grupos de avezados mercenarios y maestros de armas se adentraron en las zonas

donde quedaban bolsas de resistencia mecánica. Eran demasiado independientes para

formar una buena unidad organizada de combate, pero como luchadores y tropas de

demolición eran muy eficaces. Buscaban robots que siguieran funcionando.

Durante el primer bombardeo de impulsos, las máquinas de trabajo y los

centinelas que la supermente consideraba prescindibles habían quedado destruidos.

Ahora empezaron a salir los meks de combate, que seguían luchando, a pesar de estar

algo desorientados. Con sus espadas de impulsos, los rápidos y mortíferos

mercenarios eliminaron a sus enemigos uno a uno.

Desde su vehículo de mando, que avanzaba dando tumbos, Quentin podía ver la ciudadela blindada a través de la que la supermente estaba conectada a la ciudad. Los

mercenarios avanzaban con rapidez en dirección a este objetivo, sin preocuparse por

el riesgo que corrían.

Quentin dio un suspiro. Ojalá hubiera tenido más hombres como aquellos quince

años antes, durante la segunda defensa de Ix. No se habrían perdido las vidas de

tantos soldados ni tantos civiles. En aquella ocasión, juró que Omnius no les

arrebataría ninguno de los planetas que hubieran liberado, y repelió la incursión de

las máquinas a un altísimo precio, por bien que necesario. Él mismo quedó atrapado

en una cueva subterránea y, de no haber sido rescatado, habría muerto, enterrado

vivo… La batalla había reforzado su reputación de héroe y le hizo ganar más

partidarios de los que quería.

Mientras los mercenarios registraban la ciudad de Honru, Quentin vio otro grupo

de humanos harapientos que se acercaban. Aquella gente llevaba estandartes

improvisados hechos con trapos viejos, pintura, con todo lo que encontraban. Iban

cantando, coreando, gritando el nombre de la mártir Serena Butler. Aunque no tenían

armas válidas, se arrojaron al combate.

Quentin los observaba desde su vehículo de mando. Ya había visto martiristas

otras veces.

Por lo visto incluso en el mundo oprimido de Honru, los humanos cautivos

hablaban de la sacerdotisa de la Yihad, su hijo asesinado y el primer Gran Patriarca.

Seguramente habían ido recibiendo noticias a través de los prisioneros de los mundos

que Omnius conquistaba. En su cautiverio, habían rezado en secreto por los tres

mártires, con la esperanza de que sus ángeles bajaran del cielo y acabaran con

Omnius. En los Planetas No Aliados, los mundos de la Liga e incluso allí, bajo el

yugo opresor de Omnius, la gente juraba sacrificarse por la causa de la humanidad,

igual que habían hecho Serena, Manion el Inocente e Iblis Ginjo.

En aquellos momentos, los martiristas corrían enfervorecidos. Se arrojaban contra

las máquinas que aún quedaban en activo, destrozando artefactos aturdidos o

abalanzándose sobre meks de combate. Según cálculos de Quentin, por cada robot

que conseguían desactivar, morían cinco fanáticos, pero eso no les disuadía. La única

forma de salvar a aquella gente era poner fin definitivamente al combate… y eso

significaba aniquilar a Omnius en la ciudadela central.

Si todo lo demás fallaba, Quentin siempre podía lanzar bombas atómicas de

impulsos enriquecidas sobre la ciudad. Las ojivas desintegrarían de forma instantánea

a Omnius y acabarían con el dominio de las máquinas sobre Honru… y con la vida de

todas aquellas personas. Quentin no quería la victoria a ese precio. No mientras

tuviera otras opciones.

Tras finalizar las incursiones aéreas con sus kindjal, Rikov y Faykan buscaron el

vehículo de mando de su padre y le informaron personalmente. Cuando vieron a los martiristas, los hermanos Butler llegaron a la misma conclusión.

—Tenemos que lanzar un ataque localizado de comandos —dijo Rikov—. Ahora.

—En el campo de batalla soy vuestro primero, no vuestro padre —le recordó

Quentin—. Y tenéis que dirigiros a mí como tal.

—Sí, señor.

—Pero eso no quita que tenga razón —agregó Faykan—. Deje que me ponga al

frente de un grupo de mercenarios y vayamos directamente a la ciudadela.

Colocaremos explosivos y destruiremos a la supermente.

—No, Faykan. Ahora eres un oficial de alto rango, no un soldado temerario.

Semejantes aventuras corresponden a otros.

Rikov habló de nuevo.

—Señor, entonces déjeme escoger a los mercenarios. En menos de una hora

habremos destruido a Omnius… yo mismo los dirigiré.

Quentin volvió a menear la cabeza.

—Los mercenarios ya saben lo que tienen que hacer.

Apenas acababa de pronunciar aquellas palabras cuando una fuerte explosión

sacudió las zonas más alejadas de la ciudad. La ciudadela de Omnius estalló y se

desintegró con un resplandor cegador, y la onda expansiva empezó a derribar otros

edificios en un radio cada vez más extenso. Cuando el resplandor empezó a remitir,

apareció el polvo. No quedaba absolutamente nada de la fortaleza de Omnius.

Momentos más tarde, el líder del comando de mercenarios se presentó ante el

vehículo de mando.

—El problema ha sido resuelto, primero.

Quentin sonrió.

—Eso es. —Cogió las manos de sus hijos y las levantó en un gesto triunfal de

salutación—. Un buen día de trabajo. Y otra importantísima victoria sobre Omnius.