La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 44 de 119

Páginas del PDF

La batalla de Corrin

Capítulo 43

 

No hay dos cerebros humanos que sean iguales. Un concepto difícil de asimilar para una máquina pensante.

ERASMO, Reflexiones sobre los

seres biológicos racionales

 

Con los motores calientes y utilizando los últimos restos de combustible para una

brusca desaceleración, el primer grupo de naves de guerra robóticas regresó del asalto

frustrado a Salusa Secundus. La misión había sido abortada, y habían tenido que

cambiar sus prioridades por orden directa del Omnius Primero. El grupo de naves

robot serviría como primera defensa contra la Gran Purga de los hrethgir. Todas las

proyecciones mostraban un resultado similar: las naves humanas cargadas de

armamento atómico llegarían muy pronto.

Tras recibir aquella chocante noticia por boca de Vidad, Omnius había enviado

diez naves superveloces con potentes motores a buscar a la flota de exterminio y

traerla de vuelta a Corrin. Las naves de la Liga estaban en camino. ¿Era posible —

probable— que el resto del Imperio Sincronizado ya hubiera sido destruido?

Las naves superveloces consumieron todo el combustible por la aceleración

continua, y salieron del sistema a una velocidad cada vez más alta, sin reservar

energía para el viaje de vuelta o tan siquiera para la desaceleración. Los mensajeros

alcanzaron al grueso de la flota de

Omnius en cinco días, pero no pudieron reducir la velocidad para atracar en las

naves más grandes. Simplemente, transmitieron las órdenes de la supermente y

reprogramaron la flota mientras pasaban de largo en su precipitada carrera.

La flota robótica tuvo que dispersarse para que cada nave pudiera maniobrar y dar

la vuelta. Las naves que podían alcanzar una mayor velocidad tenían prioridad, y

partieron las primeras en un frenético viaje de vuelta para formar un cordón protector

alrededor del principal de los Planetas Sincronizados. Estas naves más veloces

forzaron tanto sus sistemas que muchas llegaron bastante maltrechas a Corrin, con los

sistemas sobrecargados o, directamente, inutilizados. Las naves más voluminosas y

lentas llegarían después, tan pronto como fuera posible.

Entretanto, Omnius modificó todas sus industrias de tierra para producir armas y

guerreros de combate. En unos pocos días, había establecido una defensa

rudimentaria. El segundo grupo de naves de guerra empezó a llegar con

cuentagotas… acompañado por el capitán de una nave de actualización que traía una

esfera completa del Omnius de uno de los planetas destruidos.

Meses atrás, cuando escapó de su largo cautiverio a manos de Agamenón, a

Seurat le habían reasignado a su antiguo trabajo, que realizaba con gran eficacia. Ahora llegaba tras escapar por muy poco de un Planeta Sincronizado cercano, uno de

los primeros objetivos de la Gran Purga. Traía la confirmación directa de que un

grupo de combate de la Yihad había aparecido como salido de la nada, atacó con un

abrumador despliegue de ojivas nucleares de impulsos y luego desapareció, como si

pudiera entrar y salir de un agujero en el tejido del espacio/tiempo.

Exactamente como había dicho el pensador de la Torre de Marfil. Tras darle esta

información, Vidad consideró que ya había cumplido con su deber. Mientras las

máquinas pensantes entraban en un torbellino de reacciones y preparativos, el

pensador y su único acompañante humano partieron de inmediato en un relajado viaje

de regreso a Salusa. Omnius no trató de detenerlos; ahora la figura del pensador era

totalmente irrelevante.

Cuando supo de la llegada de Seurat, Erasmo decidió visitar inmediatamente la

nave de actualización y entrevistarse con su capitán.

—Me gustaría acompañarle, padre —dijo Gilbertus, dejando al plácido clon de

Serena entre las flores del jardín.

—Tus opiniones siempre son valiosas.

Un levitatrén los llevó a través de la ciudad hasta el puerto espacial, donde una

estilizada nave de actualización blanca y negra descansaba sobre una nueva sección

de pistas, no muy lejos de la terminal de metal reluciente. Cuando se encontró con el

capitán, Erasmo estableció una interfaz con la unidad autónoma. Estudió los registros

mentales de Seurat y, conforme ahondaba en su análisis, vio que surgían detalles

interesantes.

El robot piloto había recibido una nueva copia de actualización y estaba listo para

salir del Sistema Sincronizado cuando de pronto una flota enemiga salió de la nada,

aniquiló la encarnación de Omnius y se desvaneció en el cosmos en un abrir y cerrar

de ojos, sin duda para lanzar nuevos ataques. Seurat regresó a Corrin tan deprisa

como pudo, llevando casi al límite la capacidad de los motores de su nave.

Erasmo interrumpió la conexión para analizar aquellas sorprendentes noticias. Se

volvió hacia Gilbertus.

—Las acciones de las fuerzas de la Yihad son de lo más inesperadas. Están

matando a millones y millones de humanos en los Planetas Sincronizados.

—No puedo creer que los humanos elijan voluntariamente aniquilar a tantos de

los suyos —dijo Gilbertus.

—Mentat mío, siempre lo han hecho así. Solo que esta vez también están

aniquilando a las máquinas pensantes.

—Me avergüenzo de pertenecer a esa especie.

—Están haciendo lo que haga falta para exterminarnos, al precio que sea.

—Usted y yo somos únicos, padre. Somos libres de la influencia no deseada de

humanos y máquinas.

—Nunca seremos libres de nuestro entorno ni de nuestra configuración interna.

En mi caso, es la programación y los datos adquiridos; en el tuyo, la genética y las

experiencias vitales. —Mientras hablaba, Erasmo reparó en un par de relucientes ojos

espía que flotaban en el aire, recopilando y transmitiendo datos—. El futuro de los

dos depende de los resultados de esta gran guerra. Muchas cosas influyen en nuestro

comportamiento y nuestras circunstancias, tanto si somos conscientes como si no.

—No deseo morir víctima del odio que los humanos sienten por las máquinas

pensantes —dijo Gilbertus—. Y tampoco quiero que muera usted, padre.

A Erasmo le pareció que su hijo adoptivo estaba auténticamente triste, y que era

del todo leal. Pero, décadas atrás, Vorian Atreides también se lo había parecido.

Apartó aquel pensamiento y pasó un pesado brazo de metal por los hombros de

Gilbertus, simulando un gesto de afecto.

—Volverán suficientes naves de nuestra flota para protegernos —dijo para

tranquilizar a su pupilo humano, aunque no tenía datos fidedignos para confirmar sus

palabras. Las máquinas tendrían que parapetarse en Corrin, establecer una base tras

una barrera tan impenetrable que ningún humano pudiera tocarla.

—Es totalmente necesario —intervino Omnius, que había estado escuchando—.

Es posible que yo sea la última encarnación de la supermente.