La batalla de Corrin
Capítulo 43
No hay dos cerebros humanos que sean iguales. Un concepto difícil de asimilar para una máquina pensante.
ERASMO, Reflexiones sobre los
seres biológicos racionales
Con los motores calientes y utilizando los últimos restos de combustible para una
brusca desaceleración, el primer grupo de naves de guerra robóticas regresó del asalto
frustrado a Salusa Secundus. La misión había sido abortada, y habían tenido que
cambiar sus prioridades por orden directa del Omnius Primero. El grupo de naves
robot serviría como primera defensa contra la Gran Purga de los hrethgir. Todas las
proyecciones mostraban un resultado similar: las naves humanas cargadas de
armamento atómico llegarían muy pronto.
Tras recibir aquella chocante noticia por boca de Vidad, Omnius había enviado
diez naves superveloces con potentes motores a buscar a la flota de exterminio y
traerla de vuelta a Corrin. Las naves de la Liga estaban en camino. ¿Era posible —
probable— que el resto del Imperio Sincronizado ya hubiera sido destruido?
Las naves superveloces consumieron todo el combustible por la aceleración
continua, y salieron del sistema a una velocidad cada vez más alta, sin reservar
energía para el viaje de vuelta o tan siquiera para la desaceleración. Los mensajeros
alcanzaron al grueso de la flota de
Omnius en cinco días, pero no pudieron reducir la velocidad para atracar en las
naves más grandes. Simplemente, transmitieron las órdenes de la supermente y
reprogramaron la flota mientras pasaban de largo en su precipitada carrera.
La flota robótica tuvo que dispersarse para que cada nave pudiera maniobrar y dar
la vuelta. Las naves que podían alcanzar una mayor velocidad tenían prioridad, y
partieron las primeras en un frenético viaje de vuelta para formar un cordón protector
alrededor del principal de los Planetas Sincronizados. Estas naves más veloces
forzaron tanto sus sistemas que muchas llegaron bastante maltrechas a Corrin, con los
sistemas sobrecargados o, directamente, inutilizados. Las naves más voluminosas y
lentas llegarían después, tan pronto como fuera posible.
Entretanto, Omnius modificó todas sus industrias de tierra para producir armas y
guerreros de combate. En unos pocos días, había establecido una defensa
rudimentaria. El segundo grupo de naves de guerra empezó a llegar con
cuentagotas… acompañado por el capitán de una nave de actualización que traía una
esfera completa del Omnius de uno de los planetas destruidos.
Meses atrás, cuando escapó de su largo cautiverio a manos de Agamenón, a
Seurat le habían reasignado a su antiguo trabajo, que realizaba con gran eficacia. Ahora llegaba tras escapar por muy poco de un Planeta Sincronizado cercano, uno de
los primeros objetivos de la Gran Purga. Traía la confirmación directa de que un
grupo de combate de la Yihad había aparecido como salido de la nada, atacó con un
abrumador despliegue de ojivas nucleares de impulsos y luego desapareció, como si
pudiera entrar y salir de un agujero en el tejido del espacio/tiempo.
Exactamente como había dicho el pensador de la Torre de Marfil. Tras darle esta
información, Vidad consideró que ya había cumplido con su deber. Mientras las
máquinas pensantes entraban en un torbellino de reacciones y preparativos, el
pensador y su único acompañante humano partieron de inmediato en un relajado viaje
de regreso a Salusa. Omnius no trató de detenerlos; ahora la figura del pensador era
totalmente irrelevante.
Cuando supo de la llegada de Seurat, Erasmo decidió visitar inmediatamente la
nave de actualización y entrevistarse con su capitán.
—Me gustaría acompañarle, padre —dijo Gilbertus, dejando al plácido clon de
Serena entre las flores del jardín.
—Tus opiniones siempre son valiosas.
Un levitatrén los llevó a través de la ciudad hasta el puerto espacial, donde una
estilizada nave de actualización blanca y negra descansaba sobre una nueva sección
de pistas, no muy lejos de la terminal de metal reluciente. Cuando se encontró con el
capitán, Erasmo estableció una interfaz con la unidad autónoma. Estudió los registros
mentales de Seurat y, conforme ahondaba en su análisis, vio que surgían detalles
interesantes.
El robot piloto había recibido una nueva copia de actualización y estaba listo para
salir del Sistema Sincronizado cuando de pronto una flota enemiga salió de la nada,
aniquiló la encarnación de Omnius y se desvaneció en el cosmos en un abrir y cerrar
de ojos, sin duda para lanzar nuevos ataques. Seurat regresó a Corrin tan deprisa
como pudo, llevando casi al límite la capacidad de los motores de su nave.
Erasmo interrumpió la conexión para analizar aquellas sorprendentes noticias. Se
volvió hacia Gilbertus.
—Las acciones de las fuerzas de la Yihad son de lo más inesperadas. Están
matando a millones y millones de humanos en los Planetas Sincronizados.
—No puedo creer que los humanos elijan voluntariamente aniquilar a tantos de
los suyos —dijo Gilbertus.
—Mentat mío, siempre lo han hecho así. Solo que esta vez también están
aniquilando a las máquinas pensantes.
—Me avergüenzo de pertenecer a esa especie.
—Están haciendo lo que haga falta para exterminarnos, al precio que sea.
—Usted y yo somos únicos, padre. Somos libres de la influencia no deseada de
humanos y máquinas.
—Nunca seremos libres de nuestro entorno ni de nuestra configuración interna.
En mi caso, es la programación y los datos adquiridos; en el tuyo, la genética y las
experiencias vitales. —Mientras hablaba, Erasmo reparó en un par de relucientes ojos
espía que flotaban en el aire, recopilando y transmitiendo datos—. El futuro de los
dos depende de los resultados de esta gran guerra. Muchas cosas influyen en nuestro
comportamiento y nuestras circunstancias, tanto si somos conscientes como si no.
—No deseo morir víctima del odio que los humanos sienten por las máquinas
pensantes —dijo Gilbertus—. Y tampoco quiero que muera usted, padre.
A Erasmo le pareció que su hijo adoptivo estaba auténticamente triste, y que era
del todo leal. Pero, décadas atrás, Vorian Atreides también se lo había parecido.
Apartó aquel pensamiento y pasó un pesado brazo de metal por los hombros de
Gilbertus, simulando un gesto de afecto.
—Volverán suficientes naves de nuestra flota para protegernos —dijo para
tranquilizar a su pupilo humano, aunque no tenía datos fidedignos para confirmar sus
palabras. Las máquinas tendrían que parapetarse en Corrin, establecer una base tras
una barrera tan impenetrable que ningún humano pudiera tocarla.
—Es totalmente necesario —intervino Omnius, que había estado escuchando—.
Es posible que yo sea la última encarnación de la supermente.