La batalla de Corrin
Capítulo 30
Estamos entrenados para luchar con espadas, con nuestra fuerza, nuestra sangre. Pero cuando las máquinas pensantes nos envían un enemigo invisible, ¿cómo podemos defendernos nosotros mismos o al resto de la humanidad?
MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS
Cuando Istian Goss y Nar Trig llegaron a Ix después de la epidemia, no encontraron
máquinas con las que combatir, y casi dos tercios de la población había muerto. Los
campos y los almacenes de alimentos habían ardido a causa de los disturbios
incontrolados; el cólera había contaminado el suministro de agua; una sucesión de
tormentas había destruido las casas, dejando a los supervivientes ya debilitados sin
refugio. Muchos de los que se habían recuperado habían quedado lisiados y apenas
podían caminar.
La raza humana estaba tocada, luchaba por su simple supervivencia, y pocas
energías o recursos le quedaban para hacer incursiones contra el verdadero enemigo.
En los meses que habían pasado desde que partieron de Honru, los dos maestros
de armas habían luchado contra robots de combate solo en dos batallas espaciales
poco importantes. Junto con soldados de la Yihad, rodearon y abordaron dos naves de
guerra que capturaron y transformaron para uso humano. Pero la plaga había matado
a tantos soldados y había obligado a cancelar tantas campañas militares que los dos
mercenarios pasaban la mayor parte del tiempo en tareas de rescate y reconstrucción.
Afortunadamente, el retrovirus consumía a sus víctimas con rapidez y luego se
extinguía. Un mes después del último caso registrado en Ix, Trig e Istian podían
ayudar sin riesgo a contagiarse. A ninguno de los dos les quedaba melange.
Al principio, equipos de ixianos habían utilizado material pesado para excavar
cuevas subterráneas donde depositar los numerosos cadáveres; luego sellaban las
aberturas con explosivos. Pero los fanáticos martiristas se habían opuesto al uso de
las excavadoras, y las habían atacado por considerarlas un doloroso recordatorio de la
destrucción que podían causar las máquinas pensantes.
Cuando Istian comentó que los martiristas eran irrazonables y cortos de vista,
Trig se limitó a mirarle con frialdad. La verdadera fuerza de la Yihad había estado
siempre en su carácter emocional, eso es lo que movía a la humanidad a seguir
adelante. El apasionamiento invadía la mente de los mandos militares y comprometía
los cuidadosos planes que trataban de establecer.
—Sus creencias son más fuertes que la necesidad de comodidades —dijo Trig—.
A su manera son fuertes.
—Son una chusma, y están furiosos. —Istian se puso las manos en las caderas y
levantó su rostro bronceado al cielo. Por todas partes se veían columnas de humo de los fuegos que los ixianos habían encendido para purgar refugios infestados por la
epidemia y destruir restos de maquinaria—. No habrá forma de controlarlos. Quizá lo
mejor sea dejar que se desfoguen, que su rabia se consuma por sí misma, como la
enfermedad.
Trig meneó la cabeza con desazón.
—Entiendo la necesidad de esta gente, pero no nos han entrenado para esto. No
somos niñeras…
Más tarde, aquel mismo día, toparon con un grupo de martiristas de ojos vidriosos
cargados con espadas de impulsos y armas de mano que en su mayoría parecían en
bastante mal estado. Algunas daba la impresión de que ni siquiera funcionaban, pero
aquella gente las cogía como si hubieran encontrado un tesoro.
—¿De dónde habéis sacado esas armas? —preguntó Istian—. Están pensadas para
que las usen solo maestros de armas entrenados en Ginaz.
—Nosotros somos tan maestros como tú —dijo el cabecilla del grupo—. Hemos
encontrado las armas entre nuestros muertos. La mano de santa Serena nos guió hasta
ellas.
—Pero ¿de dónde han salido? —insistió Istian, soslayando la cuestión religiosa.
Por lo visto, no les importaba utilizar la tecnología si podían volverla en contra de las
máquinas.
—Muchos mercenarios han muerto aquí —señaló Trig— desde la primera
conquista de Ix; cuando Jool Noret destruyó a Omnius en la segunda defensa del
planeta, cuando Quentin Butler hizo replegarse a las máquinas, o ahora, con la plaga.
Mucho material ha quedado abandonado sin que nadie lo reclame.
—Nosotros lo hemos reclamado —dijo el cabecilla—, y también somos maestros
de armas.
Istian frunció el ceño con desagrado al ver cómo aquella gente envilecía el
orgulloso nombre de los de su casta.
—¿Y quién os ha enseñado a ser maestros de armas según los elevados estándares
de Ginaz? ¿Quién ha sido vuestro sensei?
El hombre torció el gesto y miró a Istian con aire altanero.
—A nosotros no nos ha entrenado ninguna máquina domesticada, si es eso lo que
preguntas. Nuestras visiones nos guían, nos ayudan a destruir máquinas tan bien
como tú.
Istian se sorprendió al ver que Trig se tomaba en serio a aquella chusma.
—No cuestionamos vuestra determinación.
—Solo vuestra preparación —añadió Istian, con voz áspera.
Aquella gente empuñaría las espadas de impulsos con tanta pericia como una
cachiporra o una herramienta de jardín.
—Los tres mártires nos inspiran y nos guían —gruñó el cabecilla—. Sabemos adónde hemos de ir. En Ix ya no queda ninguna de esas máquinas demoníacas, pero
con nuestra nave iremos directamente a Corrin y nos enfrentaremos al Omnius
principal y sus perversos siervos robóticos.
—¡Imposible! Corrin es la sede central del imperio de las máquinas. Os
destruirán, y todo para nada. —Istian recordó lo que había sucedido después del
primer ataque de las máquinas a la colonia Peridot, el planeta natal de la familia de
Trig. Desobedeciendo las órdenes, un grupo de impetuosos yihadíes decidió atacar
Corrin por su cuenta. Y todos murieron a manos de las defensas robóticas.
—Seréis bienvenidos si os unís a nosotros —dijo el cabecilla, y eso le sobresaltó.
Antes de que pudiera lanzar una risa de incredulidad, reparó en la gravedad de la
expresión de su amigo.
—Nar, ni se te ocurra.
—Un verdadero maestro de armas debería aprovechar cualquier ocasión para
enfrentarse al enemigo.
—Te matarán.
Trig parecía furioso con él.
—Todos sabemos que vamos a morir. Estoy preparado, puesto que he entrenado
en Ginaz, igual que tú. Si realmente llevas el espíritu de Jool Noret en tu interior,
¿por qué temes enfrentarte a una situación de peligro?
—No se trata del peligro, Nar… es un suicidio. Aunque tampoco es eso. No
tendría ningún propósito. Sí, quizá destruiréis a un puñado de robots de combate
antes de que os maten, pero ¿de qué servirá? No lograréis ningún avance para la
causa de la humanidad, y Omnius reconstruirá sus máquinas. En una semana será
como si nunca hubierais estado en Corrin.
—Será un golpe dado en favor de la Yihad —insistió Trig—. Mejor eso que
quedarnos aquí viendo cómo los supervivientes se retuercen en su miseria. Aquí no
puedo ayudarles, pero sí puedo luchar contra Omnius.
Istian meneó la cabeza. El cabecilla de los martiristas parecía tan decidido y
ardiente como antes.
—Estaremos encantados de tener a un maestro de armas entre nosotros, si no a los
dos. Tenemos una nave. Muchas han quedado abandonadas después de que se
impusiera la cuarentena en el planeta y los pilotos murieran. Se nos prohibió viajar a
planetas no contaminados, pero ahora eso es irrelevante.
Istian no pudo contenerse.
—Entonces, ¿queréis destruir todas las máquinas, pero no las espadas de impulsos
y las naves espaciales porque os son útiles? Es un disparate…
—¿Tienes miedo de venir, Istian? —Trig parecía decepcionado.
—Miedo no, pero soy demasiado sensato para hacer algo así. —Con el espíritu de
Jool Noret no solo había adquirido una gran habilidad en el combate y un valor indomable, sino también sentido común—. Esa no es mi misión.
—Pues la mía sí —insistió Trig—, y si muero combatiendo a esas máquinas, mi
espíritu se hará más grande y renaceré en la siguiente generación de luchadores de
Ginaz. Quizá no estemos de acuerdo con esta gente, Istian, pero ellos han visto una
verdad y un camino que no estás dispuesto a aceptar.
Istian asintió con un profundo pesar.
—Los mercenarios de Ginaz somos independientes. Siempre lo hemos sido, y no
me corresponde a mí decirte lo que debes hacer. —Mirando a aquel grupo de
fanáticos, aferrados a su colección de armas, hizo una sugerencia algo frívola—.
Quizá de camino a Corrin podrías enseñarles cómo utilizarlas.
—Lo haré, sí. —Trig le ofreció la mano a su amigo.
—Si es la voluntad de santa Serena, volveremos a encontrarnos.
—La voluntad de santa Serena. —Pero en su corazón sabía que no había
esperanza—. Lucha bien, y que tus enemigos caigan a tus pies. —Tras un momento
de incomodidad, le dio a su amigo de tantos años un breve abrazo, porque sabía que
no volvería a verle.
Cuando su compañero ya se alejaba con la cabeza muy alta, al frente del grupo de
guerreros autoproclamados, Istian lo llamó una última vez.
—¡Espera, tengo una pregunta! —Trig se volvió y lo miró como si fuera un
extraño—. Nunca te lo había preguntado pero… ¿cuál es el nombre que había en el
disco de coral que sacaste de la canasta en Ginaz? ¿Cuál es el espíritu que se agita en
tu interior?
Trig vaciló como si no pensara en aquello desde hacía tiempo, luego echó mano
de una bolsita que llevaba al cinto y extrajo el disco. Lo volvió para que Istian viera
su superficie pulida… y completamente vacía, sin ningún nombre. Como si fuera una
moneda, le arrojó el disco a su amigo y este lo atrapó al vuelo.
—No tengo ningún espíritu rector —dijo Trig—. Soy un nuevo maestro de armas.
Yo tomo mis propias decisiones y me labraré mi propio nombre.