La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 31 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 30

 

Estamos entrenados para luchar con espadas, con nuestra fuerza, nuestra sangre. Pero cuando las máquinas pensantes nos envían un enemigo invisible, ¿cómo podemos defendernos nosotros mismos o al resto de la humanidad?

MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS

 

Cuando Istian Goss y Nar Trig llegaron a Ix después de la epidemia, no encontraron

máquinas con las que combatir, y casi dos tercios de la población había muerto. Los

campos y los almacenes de alimentos habían ardido a causa de los disturbios

incontrolados; el cólera había contaminado el suministro de agua; una sucesión de

tormentas había destruido las casas, dejando a los supervivientes ya debilitados sin

refugio. Muchos de los que se habían recuperado habían quedado lisiados y apenas

podían caminar.

La raza humana estaba tocada, luchaba por su simple supervivencia, y pocas

energías o recursos le quedaban para hacer incursiones contra el verdadero enemigo.

En los meses que habían pasado desde que partieron de Honru, los dos maestros

de armas habían luchado contra robots de combate solo en dos batallas espaciales

poco importantes. Junto con soldados de la Yihad, rodearon y abordaron dos naves de

guerra que capturaron y transformaron para uso humano. Pero la plaga había matado

a tantos soldados y había obligado a cancelar tantas campañas militares que los dos

mercenarios pasaban la mayor parte del tiempo en tareas de rescate y reconstrucción.

Afortunadamente, el retrovirus consumía a sus víctimas con rapidez y luego se

extinguía. Un mes después del último caso registrado en Ix, Trig e Istian podían

ayudar sin riesgo a contagiarse. A ninguno de los dos les quedaba melange.

Al principio, equipos de ixianos habían utilizado material pesado para excavar

cuevas subterráneas donde depositar los numerosos cadáveres; luego sellaban las

aberturas con explosivos. Pero los fanáticos martiristas se habían opuesto al uso de

las excavadoras, y las habían atacado por considerarlas un doloroso recordatorio de la

destrucción que podían causar las máquinas pensantes.

Cuando Istian comentó que los martiristas eran irrazonables y cortos de vista,

Trig se limitó a mirarle con frialdad. La verdadera fuerza de la Yihad había estado

siempre en su carácter emocional, eso es lo que movía a la humanidad a seguir

adelante. El apasionamiento invadía la mente de los mandos militares y comprometía

los cuidadosos planes que trataban de establecer.

—Sus creencias son más fuertes que la necesidad de comodidades —dijo Trig—.

A su manera son fuertes.

—Son una chusma, y están furiosos. —Istian se puso las manos en las caderas y

levantó su rostro bronceado al cielo. Por todas partes se veían columnas de humo de los fuegos que los ixianos habían encendido para purgar refugios infestados por la

epidemia y destruir restos de maquinaria—. No habrá forma de controlarlos. Quizá lo

mejor sea dejar que se desfoguen, que su rabia se consuma por sí misma, como la

enfermedad.

Trig meneó la cabeza con desazón.

—Entiendo la necesidad de esta gente, pero no nos han entrenado para esto. No

somos niñeras…

Más tarde, aquel mismo día, toparon con un grupo de martiristas de ojos vidriosos

cargados con espadas de impulsos y armas de mano que en su mayoría parecían en

bastante mal estado. Algunas daba la impresión de que ni siquiera funcionaban, pero

aquella gente las cogía como si hubieran encontrado un tesoro.

—¿De dónde habéis sacado esas armas? —preguntó Istian—. Están pensadas para

que las usen solo maestros de armas entrenados en Ginaz.

—Nosotros somos tan maestros como tú —dijo el cabecilla del grupo—. Hemos

encontrado las armas entre nuestros muertos. La mano de santa Serena nos guió hasta

ellas.

—Pero ¿de dónde han salido? —insistió Istian, soslayando la cuestión religiosa.

Por lo visto, no les importaba utilizar la tecnología si podían volverla en contra de las

máquinas.

—Muchos mercenarios han muerto aquí —señaló Trig— desde la primera

conquista de Ix; cuando Jool Noret destruyó a Omnius en la segunda defensa del

planeta, cuando Quentin Butler hizo replegarse a las máquinas, o ahora, con la plaga.

Mucho material ha quedado abandonado sin que nadie lo reclame.

—Nosotros lo hemos reclamado —dijo el cabecilla—, y también somos maestros

de armas.

Istian frunció el ceño con desagrado al ver cómo aquella gente envilecía el

orgulloso nombre de los de su casta.

—¿Y quién os ha enseñado a ser maestros de armas según los elevados estándares

de Ginaz? ¿Quién ha sido vuestro sensei?

El hombre torció el gesto y miró a Istian con aire altanero.

—A nosotros no nos ha entrenado ninguna máquina domesticada, si es eso lo que

preguntas. Nuestras visiones nos guían, nos ayudan a destruir máquinas tan bien

como tú.

Istian se sorprendió al ver que Trig se tomaba en serio a aquella chusma.

—No cuestionamos vuestra determinación.

—Solo vuestra preparación —añadió Istian, con voz áspera.

Aquella gente empuñaría las espadas de impulsos con tanta pericia como una

cachiporra o una herramienta de jardín.

—Los tres mártires nos inspiran y nos guían —gruñó el cabecilla—. Sabemos adónde hemos de ir. En Ix ya no queda ninguna de esas máquinas demoníacas, pero

con nuestra nave iremos directamente a Corrin y nos enfrentaremos al Omnius

principal y sus perversos siervos robóticos.

—¡Imposible! Corrin es la sede central del imperio de las máquinas. Os

destruirán, y todo para nada. —Istian recordó lo que había sucedido después del

primer ataque de las máquinas a la colonia Peridot, el planeta natal de la familia de

Trig. Desobedeciendo las órdenes, un grupo de impetuosos yihadíes decidió atacar

Corrin por su cuenta. Y todos murieron a manos de las defensas robóticas.

—Seréis bienvenidos si os unís a nosotros —dijo el cabecilla, y eso le sobresaltó.

Antes de que pudiera lanzar una risa de incredulidad, reparó en la gravedad de la

expresión de su amigo.

—Nar, ni se te ocurra.

—Un verdadero maestro de armas debería aprovechar cualquier ocasión para

enfrentarse al enemigo.

—Te matarán.

Trig parecía furioso con él.

—Todos sabemos que vamos a morir. Estoy preparado, puesto que he entrenado

en Ginaz, igual que tú. Si realmente llevas el espíritu de Jool Noret en tu interior,

¿por qué temes enfrentarte a una situación de peligro?

—No se trata del peligro, Nar… es un suicidio. Aunque tampoco es eso. No

tendría ningún propósito. Sí, quizá destruiréis a un puñado de robots de combate

antes de que os maten, pero ¿de qué servirá? No lograréis ningún avance para la

causa de la humanidad, y Omnius reconstruirá sus máquinas. En una semana será

como si nunca hubierais estado en Corrin.

—Será un golpe dado en favor de la Yihad —insistió Trig—. Mejor eso que

quedarnos aquí viendo cómo los supervivientes se retuercen en su miseria. Aquí no

puedo ayudarles, pero sí puedo luchar contra Omnius.

Istian meneó la cabeza. El cabecilla de los martiristas parecía tan decidido y

ardiente como antes.

—Estaremos encantados de tener a un maestro de armas entre nosotros, si no a los

dos. Tenemos una nave. Muchas han quedado abandonadas después de que se

impusiera la cuarentena en el planeta y los pilotos murieran. Se nos prohibió viajar a

planetas no contaminados, pero ahora eso es irrelevante.

Istian no pudo contenerse.

—Entonces, ¿queréis destruir todas las máquinas, pero no las espadas de impulsos

y las naves espaciales porque os son útiles? Es un disparate…

—¿Tienes miedo de venir, Istian? —Trig parecía decepcionado.

—Miedo no, pero soy demasiado sensato para hacer algo así. —Con el espíritu de

Jool Noret no solo había adquirido una gran habilidad en el combate y un valor indomable, sino también sentido común—. Esa no es mi misión.

—Pues la mía sí —insistió Trig—, y si muero combatiendo a esas máquinas, mi

espíritu se hará más grande y renaceré en la siguiente generación de luchadores de

Ginaz. Quizá no estemos de acuerdo con esta gente, Istian, pero ellos han visto una

verdad y un camino que no estás dispuesto a aceptar.

Istian asintió con un profundo pesar.

—Los mercenarios de Ginaz somos independientes. Siempre lo hemos sido, y no

me corresponde a mí decirte lo que debes hacer. —Mirando a aquel grupo de

fanáticos, aferrados a su colección de armas, hizo una sugerencia algo frívola—.

Quizá de camino a Corrin podrías enseñarles cómo utilizarlas.

—Lo haré, sí. —Trig le ofreció la mano a su amigo.

—Si es la voluntad de santa Serena, volveremos a encontrarnos.

—La voluntad de santa Serena. —Pero en su corazón sabía que no había

esperanza—. Lucha bien, y que tus enemigos caigan a tus pies. —Tras un momento

de incomodidad, le dio a su amigo de tantos años un breve abrazo, porque sabía que

no volvería a verle.

Cuando su compañero ya se alejaba con la cabeza muy alta, al frente del grupo de

guerreros autoproclamados, Istian lo llamó una última vez.

—¡Espera, tengo una pregunta! —Trig se volvió y lo miró como si fuera un

extraño—. Nunca te lo había preguntado pero… ¿cuál es el nombre que había en el

disco de coral que sacaste de la canasta en Ginaz? ¿Cuál es el espíritu que se agita en

tu interior?

Trig vaciló como si no pensara en aquello desde hacía tiempo, luego echó mano

de una bolsita que llevaba al cinto y extrajo el disco. Lo volvió para que Istian viera

su superficie pulida… y completamente vacía, sin ningún nombre. Como si fuera una

moneda, le arrojó el disco a su amigo y este lo atrapó al vuelo.

—No tengo ningún espíritu rector —dijo Trig—. Soy un nuevo maestro de armas.

Yo tomo mis propias decisiones y me labraré mi propio nombre.