La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 95 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 94

 

No os engañéis, hasta que los últimos vestigios de Omnius sean eliminados, nuestra guerra contra las máquinas pensantes seguirá viva… y también mi determinación.

BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES

 

Tras la muerte de Quentin Butler y la destrucción de Dante, Vor se encontraba solo a

bordo del Viajero Onírico, perplejo, aturdido. Su mente estaba perdida en un sinfín de

recuerdos sofocantes, y dejó que la nave fuera a la deriva.

Admiraba a Quentin lo suficiente para no lamentar el sacrificio que había hecho.

Porque, una vez le arrebataron su cuerpo, ¿qué otra cosa podía esperar un gran líder

militar? Pero al menos Vor había intentado hacer que el primero comprendiera a su

hijo Abulurd, y ahora tenía un mensaje para él y podría contarle lo que su padre había

hecho.

Vor volvió a Hessra y aterrizó en las llanuras heladas que había a los pies de la

ciudadela oscura y medio enterrada de los pensadores, donde los últimos titanes

habían establecido su base. Bajó de la nave, solo; era el único humano en todo el

planeta. A pesar de llevar puesto el traje de vuelo, Vor notaba el frío penetrante. El

viento ártico silbaba a su alrededor y, allá en lo alto, el cielo estrellado bañaba el

paisaje accidentado con un resplandor lechoso.

Cuando se dirigía hacia la ciudadela, vio que lo que Quentin le había explicado

sobre el mecanismo de seguridad de Agamenón era cierto. En su recorrido sobre el

hielo, encontró siete formas mecánicas que se habían desplomado y yacían como

insectos muertos, con sus brazos y sus patas metálicos extendidos en ángulos

extraños. Algunos todavía se sacudían. Los contenedores cerebrales se veían de un

rojo fangoso, porque en el interior el electrolíquido se había mezclado con el tejido

cerebral reventado y la sangre.

Uno de los neos, aferrándose todavía a un hilo de vida, salió de la oscura entrada

que había bajo la ciudadela. Iba dando tumbos, y caminaba en círculos, porque solo le

funcionaba bien un grupo de patas. Vor permaneció en silencio, observando cómo la

máquina avanzaba. Finalmente se desplomó.

—Si supiera cómo prolongar tu agonía, lo haría —dijo y, tras dejar atrás a aquella

carcasa que aún se sacudía, entró en la ciudadela.

Allí dentro Vor encontró a dos neos-subordinados, desorientados. Su voluntad de

aferrarse a la vida era increíble. Él no apreciaba precisamente a los pensadores, cuya

ingenuidad y torpeza habían incitado a Serena a convertirse en mártir, pero aquellos

subordinados a los que los cimek habían esclavizado en la forma de neos le daban

pena.

—Aún estáis vivos.

—A duras penas —le contestó uno de los monjes neos. Los sonidos que llegaban

a través del simulador de voz parecían distorsionados—. Parece… los

subordinados… tenemos… un umbral del dolor… más alto.

Vor se quedó con ellos durante horas, hasta que los dos murieron.

Algo parecido sucedería con el puñado de planetas cimek que quedaban en el

transcurso del siguiente año, cuando los neos no recibieran la señal que necesitaban

para seguir con vida. Vor se preguntó si descubrirían lo que les había pasado a los

titanes y serían capaces de encontrar una salida. Seguramente no… el general

Agamenón siempre había sido muy concienzudo con esas cosas.

Vor meneó la cabeza con pesar.

—Es increíble los delirios que podemos llegar a tener…

Después de ver lo que necesitaba, sabiendo que todos los cimek iban a morir,

volvió al Viajero Onírico. Se sentía perdido, como un barco a la deriva en los mares

de Caladan. La Yihad había sido su vida y su objetivo durante tanto tiempo… ¿Qué

era él sin la Yihad? Se había perdido tanto, tantas vidas… y ahora había matado a su

propio padre. Parricidio. Una palabra terrible para un acto terrible. Detestaba haber

tenido que hacerlo… aquello, y tantas otras cosas…

A lo largo de su vida, Vorian Atreides había ido dejando una estela de sangre,

pero cada tragedia y cada victoria habían sido necesarias por el bien de la humanidad.

Su participación había sido fundamental en la caída de las máquinas pensantes…

desde la Gran Purga de los Planetas Sincronizados hasta la destrucción de los titanes.

Pero aún no había acabado. Aún quedaba un objetivo.

 

A su regreso a Salusa Secundus, Vor no envió ningún mensaje celebratorio. No quería

ningún reconocimiento ni atenciones, aunque desde luego se aseguraría de que

Quentin Butler recibía los honores que merecía.

Aunque había dejado el ejército de la Humanidad y había partido hacía más de

dos meses, no tuvo ningún problema para concertar una reunión con el virrey. Solo

Abulurd conocía el verdadero motivo de su dimisión, pero ahora todos sabrían que

había ido en busca de los cimek. Y que había logrado su objetivo.

En Zimia, cuando se dirigía al edificio del Parlamento, vio los efectos de los

disturbios recientes: ventanas tapiadas, los árboles ornamentales de las avenidas

ennegrecidos y retorcidos por el fuego, el alabastro de los edificios gubernamentales

manchado de hollín. Los incendios se habían apagado, la chusma se había dispersado,

pero el daño estaba ahí. Cuando ya llegaba al Parlamento, miró a su alrededor lleno

de asombro.

«Yo no he sido el único que ha librado una batalla».

Dentro, muy ocupado recogiendo los pedazos, tranquilizando al populacho

convulso y haciendo las suficientes concesiones al movimiento de Rayna para tenerlo mínimamente controlado, el virrey Faykan Butler hizo un descanso entre las

aceleradas reuniones del comité para entrevistarse con el bashar supremo.

—Tengo que hablarte sobre tu padre.

Faykan escuchó con sorpresa y alegría la noticia de la muerte de los titanes, y le

apenó saber del trágico pero heroico final de su padre.

—Durante años, estuve muy unido a él —dijo, sentado en una postura rígida y

formal ante su despacho. Era un político, y había aprendido a controlar sus emociones

—. Confieso que cuando me enteré de que seguía con vida pero se había convertido

en cimek deseé que hubiera muerto… y por lo visto él también lo deseaba.

Puso rectos un grupo de documentos que esperaban su firma.

—Después de oír lo que me ha dicho… bueno, supongo que es lo mejor que

podía pasar. Mi padre vivió y murió guiándose por un mismo lema: los Butler no

somos criados de nadie. —Respiró hondo, y su aliento pareció temblar solo un

instante. Luego, habló en voz alta, como si quisiera convencerse a sí mismo—. Mi

padre jamás habría permitido que los cimek lo convirtieran en su esclavo.

El virrey se aclaró la garganta y volvió a ponerse su máscara de político.

—Gracias, bashar supremo Atreides. Anunciaremos oficialmente la gran noticia

del fin de los titanes. Y me complace restituirle formalmente a su rango en el ejército

de la Humanidad.

 

Aunque Abulurd no estaba muy unido a su padre, pareció mucho más afectado por la

noticia. Era una persona sensible, y sentía el dolor y las tragedias con todo su

corazón. En cambio Faykan había aprendido a protegerse de cualquier respuesta

indeseable a los horrores de la guerra o los aspectos más desagradables de la vida.

Abulurd sonrió, y por un momento el dolor desapareció de su rostro.

—Siento un gran pesar por mi padre, señor… pero la verdad es que estaba mucho

más preocupado por el riesgo que corría usted.

Vor se tragó el nudo que se le formó en la garganta cuando pensó en lo curiosas

que eran las circunstancias: aquel oficial de talento era hijo de Quentin, que jamás lo

había valorado… y sus hijos, los hijos de Vor, estaban en Caladan y no querían saber

nada de él. Al mirar a Abulurd vio que él era la verdadera razón por la que seguía

siendo parte de la Liga.

—Tu padre siempre fue un héroe. La historia lo recordará como merece. Yo me

ocuparé de eso.

Abulurd vaciló, inclinó la cabeza.

—Ojalá Xavier hubiera tenido esa oportunidad. Me temo que la comisión no ha

hecho ningún avance en su tarea de limpiar su nombre. Y ahora muchos registros

históricos han sido destruidos… ¿cómo vamos a demostrar la verdad? ¿O cree que así

será más fácil?

Vor se puso derecho.

—Hemos dejado pasar demasiado tiempo sin limpiar la mancha que ensucia

injustamente el nombre de Harkonnen. Ahora que he derrotado a los titanes, creo que

podré obligarles a emitir una resolución.

Abulurd pareció flaquear por el alivio.

—Pero primero —dijo Vor con voz férrea—, aún me queda una cosa que hacer.

En nuestro historial sigue quedando una gran mancha estratégica. Creo que, si pone el

suficiente empeño, el ejército de la Humanidad podría triunfar allí donde en el pasado

fracasó. Y si no aprovechamos la oportunidad ahora, me temo que la Liga nunca lo

hará.

Abulurd le miró pestañeando.

—¿Qué quiere hacer, bashar supremo?

—Quiero ir a Corrin… y destruirlo.

Abulurd echó la cabeza hacia atrás con sorpresa.

—Pero ya sabe la cantidad de naves defensivas que las máquinas tienen en órbita.

Jamás lograremos pasar.

—Sí que podemos… siempre y cuando llevemos un ejército bastante grande y

golpeemos con la suficiente fuerza. El sacrificio será grande, en naves y en vidas.

Pero quizá esta sea nuestra última oportunidad. Si las máquinas logran escapar y

proliferan, volveríamos al mismo sitio donde estábamos hace un siglo. Y no podemos

permitirlo.

Abulurd hizo una mueca.

—¿Y cómo piensa convencer al Parlamento? ¿Cree que habrá soldados que

todavía quieran morir ante una amenaza tan poco clara? Nadie parece considerarlo un

peligro, ni siquiera después de lo de las pirañas mecánicas. Han perdido la decisión.

—Llevo años escuchando sus excusas, pero esta vez haré que lo entiendan —dijo

Vor—. He eliminado a los titanes y los cimek, y comprendo la amenaza de las

máquinas mejor que ningún hombre vivo. No descansaré hasta que la humanidad

libre esté a salvo. Nuestra mejor baza sería lanzar un ataque a gran escala. Tengo que

terminar el trabajo. No subestimes mi capacidad de persuasión en algo que para mí es

tan importante.

Durante un buen rato los dos caminaron en silencio, y entonces Abulurd dijo:

—¿Cuándo se ha convertido en un halcón, bashar supremo? Antes basaba sus

acciones en trucos y engaños, ¡y ahora propone un golpe militar en toda regla! Me

recuerda…

—¿Te recuerda a Xavier? —Vor sonrió—. Aunque tal vez nunca estuvimos de

acuerdo cuando él vivía, he visto que mi viejo amigo tenía razón. Sí, me he

convertido en un halcón. —Apoyó la mano en el hombro de Abulurd—. A partir de

ahora el halcón será mi símbolo. Y siempre me recordará cuál es mi deber.