La batalla de Corrin
Capítulo 94
No os engañéis, hasta que los últimos vestigios de Omnius sean eliminados, nuestra guerra contra las máquinas pensantes seguirá viva… y también mi determinación.
BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES
Tras la muerte de Quentin Butler y la destrucción de Dante, Vor se encontraba solo a
bordo del Viajero Onírico, perplejo, aturdido. Su mente estaba perdida en un sinfín de
recuerdos sofocantes, y dejó que la nave fuera a la deriva.
Admiraba a Quentin lo suficiente para no lamentar el sacrificio que había hecho.
Porque, una vez le arrebataron su cuerpo, ¿qué otra cosa podía esperar un gran líder
militar? Pero al menos Vor había intentado hacer que el primero comprendiera a su
hijo Abulurd, y ahora tenía un mensaje para él y podría contarle lo que su padre había
hecho.
Vor volvió a Hessra y aterrizó en las llanuras heladas que había a los pies de la
ciudadela oscura y medio enterrada de los pensadores, donde los últimos titanes
habían establecido su base. Bajó de la nave, solo; era el único humano en todo el
planeta. A pesar de llevar puesto el traje de vuelo, Vor notaba el frío penetrante. El
viento ártico silbaba a su alrededor y, allá en lo alto, el cielo estrellado bañaba el
paisaje accidentado con un resplandor lechoso.
Cuando se dirigía hacia la ciudadela, vio que lo que Quentin le había explicado
sobre el mecanismo de seguridad de Agamenón era cierto. En su recorrido sobre el
hielo, encontró siete formas mecánicas que se habían desplomado y yacían como
insectos muertos, con sus brazos y sus patas metálicos extendidos en ángulos
extraños. Algunos todavía se sacudían. Los contenedores cerebrales se veían de un
rojo fangoso, porque en el interior el electrolíquido se había mezclado con el tejido
cerebral reventado y la sangre.
Uno de los neos, aferrándose todavía a un hilo de vida, salió de la oscura entrada
que había bajo la ciudadela. Iba dando tumbos, y caminaba en círculos, porque solo le
funcionaba bien un grupo de patas. Vor permaneció en silencio, observando cómo la
máquina avanzaba. Finalmente se desplomó.
—Si supiera cómo prolongar tu agonía, lo haría —dijo y, tras dejar atrás a aquella
carcasa que aún se sacudía, entró en la ciudadela.
Allí dentro Vor encontró a dos neos-subordinados, desorientados. Su voluntad de
aferrarse a la vida era increíble. Él no apreciaba precisamente a los pensadores, cuya
ingenuidad y torpeza habían incitado a Serena a convertirse en mártir, pero aquellos
subordinados a los que los cimek habían esclavizado en la forma de neos le daban
pena.
—Aún estáis vivos.
—A duras penas —le contestó uno de los monjes neos. Los sonidos que llegaban
a través del simulador de voz parecían distorsionados—. Parece… los
subordinados… tenemos… un umbral del dolor… más alto.
Vor se quedó con ellos durante horas, hasta que los dos murieron.
Algo parecido sucedería con el puñado de planetas cimek que quedaban en el
transcurso del siguiente año, cuando los neos no recibieran la señal que necesitaban
para seguir con vida. Vor se preguntó si descubrirían lo que les había pasado a los
titanes y serían capaces de encontrar una salida. Seguramente no… el general
Agamenón siempre había sido muy concienzudo con esas cosas.
Vor meneó la cabeza con pesar.
—Es increíble los delirios que podemos llegar a tener…
Después de ver lo que necesitaba, sabiendo que todos los cimek iban a morir,
volvió al Viajero Onírico. Se sentía perdido, como un barco a la deriva en los mares
de Caladan. La Yihad había sido su vida y su objetivo durante tanto tiempo… ¿Qué
era él sin la Yihad? Se había perdido tanto, tantas vidas… y ahora había matado a su
propio padre. Parricidio. Una palabra terrible para un acto terrible. Detestaba haber
tenido que hacerlo… aquello, y tantas otras cosas…
A lo largo de su vida, Vorian Atreides había ido dejando una estela de sangre,
pero cada tragedia y cada victoria habían sido necesarias por el bien de la humanidad.
Su participación había sido fundamental en la caída de las máquinas pensantes…
desde la Gran Purga de los Planetas Sincronizados hasta la destrucción de los titanes.
Pero aún no había acabado. Aún quedaba un objetivo.
A su regreso a Salusa Secundus, Vor no envió ningún mensaje celebratorio. No quería
ningún reconocimiento ni atenciones, aunque desde luego se aseguraría de que
Quentin Butler recibía los honores que merecía.
Aunque había dejado el ejército de la Humanidad y había partido hacía más de
dos meses, no tuvo ningún problema para concertar una reunión con el virrey. Solo
Abulurd conocía el verdadero motivo de su dimisión, pero ahora todos sabrían que
había ido en busca de los cimek. Y que había logrado su objetivo.
En Zimia, cuando se dirigía al edificio del Parlamento, vio los efectos de los
disturbios recientes: ventanas tapiadas, los árboles ornamentales de las avenidas
ennegrecidos y retorcidos por el fuego, el alabastro de los edificios gubernamentales
manchado de hollín. Los incendios se habían apagado, la chusma se había dispersado,
pero el daño estaba ahí. Cuando ya llegaba al Parlamento, miró a su alrededor lleno
de asombro.
«Yo no he sido el único que ha librado una batalla».
Dentro, muy ocupado recogiendo los pedazos, tranquilizando al populacho
convulso y haciendo las suficientes concesiones al movimiento de Rayna para tenerlo mínimamente controlado, el virrey Faykan Butler hizo un descanso entre las
aceleradas reuniones del comité para entrevistarse con el bashar supremo.
—Tengo que hablarte sobre tu padre.
Faykan escuchó con sorpresa y alegría la noticia de la muerte de los titanes, y le
apenó saber del trágico pero heroico final de su padre.
—Durante años, estuve muy unido a él —dijo, sentado en una postura rígida y
formal ante su despacho. Era un político, y había aprendido a controlar sus emociones
—. Confieso que cuando me enteré de que seguía con vida pero se había convertido
en cimek deseé que hubiera muerto… y por lo visto él también lo deseaba.
Puso rectos un grupo de documentos que esperaban su firma.
—Después de oír lo que me ha dicho… bueno, supongo que es lo mejor que
podía pasar. Mi padre vivió y murió guiándose por un mismo lema: los Butler no
somos criados de nadie. —Respiró hondo, y su aliento pareció temblar solo un
instante. Luego, habló en voz alta, como si quisiera convencerse a sí mismo—. Mi
padre jamás habría permitido que los cimek lo convirtieran en su esclavo.
El virrey se aclaró la garganta y volvió a ponerse su máscara de político.
—Gracias, bashar supremo Atreides. Anunciaremos oficialmente la gran noticia
del fin de los titanes. Y me complace restituirle formalmente a su rango en el ejército
de la Humanidad.
Aunque Abulurd no estaba muy unido a su padre, pareció mucho más afectado por la
noticia. Era una persona sensible, y sentía el dolor y las tragedias con todo su
corazón. En cambio Faykan había aprendido a protegerse de cualquier respuesta
indeseable a los horrores de la guerra o los aspectos más desagradables de la vida.
Abulurd sonrió, y por un momento el dolor desapareció de su rostro.
—Siento un gran pesar por mi padre, señor… pero la verdad es que estaba mucho
más preocupado por el riesgo que corría usted.
Vor se tragó el nudo que se le formó en la garganta cuando pensó en lo curiosas
que eran las circunstancias: aquel oficial de talento era hijo de Quentin, que jamás lo
había valorado… y sus hijos, los hijos de Vor, estaban en Caladan y no querían saber
nada de él. Al mirar a Abulurd vio que él era la verdadera razón por la que seguía
siendo parte de la Liga.
—Tu padre siempre fue un héroe. La historia lo recordará como merece. Yo me
ocuparé de eso.
Abulurd vaciló, inclinó la cabeza.
—Ojalá Xavier hubiera tenido esa oportunidad. Me temo que la comisión no ha
hecho ningún avance en su tarea de limpiar su nombre. Y ahora muchos registros
históricos han sido destruidos… ¿cómo vamos a demostrar la verdad? ¿O cree que así
será más fácil?
Vor se puso derecho.
—Hemos dejado pasar demasiado tiempo sin limpiar la mancha que ensucia
injustamente el nombre de Harkonnen. Ahora que he derrotado a los titanes, creo que
podré obligarles a emitir una resolución.
Abulurd pareció flaquear por el alivio.
—Pero primero —dijo Vor con voz férrea—, aún me queda una cosa que hacer.
En nuestro historial sigue quedando una gran mancha estratégica. Creo que, si pone el
suficiente empeño, el ejército de la Humanidad podría triunfar allí donde en el pasado
fracasó. Y si no aprovechamos la oportunidad ahora, me temo que la Liga nunca lo
hará.
Abulurd le miró pestañeando.
—¿Qué quiere hacer, bashar supremo?
—Quiero ir a Corrin… y destruirlo.
Abulurd echó la cabeza hacia atrás con sorpresa.
—Pero ya sabe la cantidad de naves defensivas que las máquinas tienen en órbita.
Jamás lograremos pasar.
—Sí que podemos… siempre y cuando llevemos un ejército bastante grande y
golpeemos con la suficiente fuerza. El sacrificio será grande, en naves y en vidas.
Pero quizá esta sea nuestra última oportunidad. Si las máquinas logran escapar y
proliferan, volveríamos al mismo sitio donde estábamos hace un siglo. Y no podemos
permitirlo.
Abulurd hizo una mueca.
—¿Y cómo piensa convencer al Parlamento? ¿Cree que habrá soldados que
todavía quieran morir ante una amenaza tan poco clara? Nadie parece considerarlo un
peligro, ni siquiera después de lo de las pirañas mecánicas. Han perdido la decisión.
—Llevo años escuchando sus excusas, pero esta vez haré que lo entiendan —dijo
Vor—. He eliminado a los titanes y los cimek, y comprendo la amenaza de las
máquinas mejor que ningún hombre vivo. No descansaré hasta que la humanidad
libre esté a salvo. Nuestra mejor baza sería lanzar un ataque a gran escala. Tengo que
terminar el trabajo. No subestimes mi capacidad de persuasión en algo que para mí es
tan importante.
Durante un buen rato los dos caminaron en silencio, y entonces Abulurd dijo:
—¿Cuándo se ha convertido en un halcón, bashar supremo? Antes basaba sus
acciones en trucos y engaños, ¡y ahora propone un golpe militar en toda regla! Me
recuerda…
—¿Te recuerda a Xavier? —Vor sonrió—. Aunque tal vez nunca estuvimos de
acuerdo cuando él vivía, he visto que mi viejo amigo tenía razón. Sí, me he
convertido en un halcón. —Apoyó la mano en el hombro de Abulurd—. A partir de
ahora el halcón será mi símbolo. Y siempre me recordará cuál es mi deber.