La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 103 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 102

 

Solo las máquinas pensantes ven las decisiones en términos absolutos de blanco o negro. Cualquiera que tenga un corazón alberga dudas. Es algo que va con la naturaleza humana.

BASHAR ABULURD HARKONNEN,

diarios privados

 

No dejaban de llegar informes de las naves de la flota de vigilancia y de las cubiertas

de la nave insignia. Los soldados del ejército de la Humanidad se sentían

profundamente inquietos.

Y entonces la raza humana perdería la guerra.

Vor, que estaba junto a él en el puente, totalmente concentrado en su trabajo, dijo:

—Si Omnius cree que nos vamos a echar atrás está muy equivocado. Esta táctica

no hace más que demostrar una vez más lo mucho que las máquinas subestiman la

determinación del humano.

Utilizando un canal de alta seguridad para comunicarse con el Serena Victory, el

virrey habló nuevamente, con tono conciliador.

—Quizá me he precipitado, campeón Atreides. Tenía usted razón. Aunque

durante la Yihad los dos luchamos lado a lado en muchas batallas, ahora soy el virrey

de la Liga. Ya no soy un militar, así que me lavo las manos en lo referente a las

decisiones que haya que tomar aquí. Usted está al frente de la operación. La autoridad

militar y la responsabilidad son suyas, con mi bendición.

Tras desvincularse de la inminente tragedia, el virrey ordenó a su nave

diplomática que se alejara del campo de batalla en las proximidades de Corrin, y se

llevó a su sobrina y el contingente de representantes a una distancia segura.

—Solo se está cubriendo las espaldas —musitó Abulurd con desprecio—. Todo lo

que mi hermano hace tiene un fin político, incluso aquí.

Vorian miraba al frente con expresión pétrea. Abulurd sabía que su comandante

estaba dando ejemplo a los soldados del puente, obedientes pero inquietos. Su línea

de comunicación estaba conectada a todas las naves que habían acudido allí para la

última batalla.

—Seguiremos adelante, a pesar de las amenazas. No pienso detenerme ahora.

Malditas sean las máquinas y su carácter traicionero.

—¡Pero, señor, el coste…! —exclamó Abulurd—. Se perderán muchas vidas

inocentes. Las circunstancias han cambiado; deberíamos reconsiderarlo… buscar otro

camino.

—No hay otro camino. Si esperamos, el riesgo es demasiado alto.

Abulurd aspiró con fuerza. Nunca había visto a su mentor tan decidido e

implacable.

—Omnius es lógico. No hará lo que dice si sabe que llevará a su exterminación.

—Su exterminación no es negociable —dijo Vor—. Ya hemos derramado tanta

sangre que estoy dispuesto a perder unas gotas más para asegurar la victoria.

—¡Unas gotas!

—Es necesario. Cuando vinimos aquí esa gente ya estaba condenada.

—No estoy de acuerdo, señor. Puede que las otras víctimas de la Yihad fueran

bajas necesarias, pero estas no lo son. La situación es lo bastante estable para que

podamos meditar bien nuestras opciones. Deberíamos reunimos con el resto de

oficiales y ver si alguno tiene…

Vor se volvió hacia el oficial.

—¿Más cháchara? ¡Llevo veinte años escuchando debates interminables e inútiles

en la Liga! Oh, sí, la cosa empezará como un pequeño retraso y entonces el virrey

reconsiderará su postura y nos pedirá que enviemos mensajeros a Salusa. Y todos los

nobles meterán las narices. —Cerró la mano en un puño, contra el costado—. Hemos

cometido demasiados errores en el pasado, Abulurd, y hemos pagado un precio muy

alto por nuestra indecisión. Hoy eso va a cambiar, y para siempre.

El comandante clavó la vista en la pantalla, en el tumor canceroso de Corrin, que

había que extirpar del universo.

—Todas las armas preparadas, que las naves empiecen a avanzar.

—¡Pero, bashar supremo! —Abulurd insistía—. Sabe que Omnius no miente. Si

pasamos la barrera, las secuencias de destrucción se activarán automáticamente.

Estará condenando a toda esa gente… incluidos Serena y su hijo.

Vor parecía distante.

—He hecho esto otras veces. Si he de convertir a un puñado de humanos en

corderos para el sacrificio por la libertad futura de nuestra especie, que así sea.

—¡Un puñado! Señor, son más de dos millones…

—Y tú, piensa en los miles de millones de soldados que han muerto. Incluso

Serena aceptaba que a veces los espectadores inocentes se conviertan en víctimas de

la guerra. —Sus ojos grises miraron a Abulurd, y al oficial más joven le parecieron

los de un extraño—. No te confundas, es Omnius quien los eliminará, no yo. Yo no he

provocado esta situación, y me niego a aceptar la responsabilidad. Ya tengo bastantes

muertes sobre mi conciencia.

A Abulurd el corazón le latía con violencia, respiraba agitadamente. No le

importaba que el resto de la tripulación estuviera escuchando.

—Podemos permitirnos considerar esto con calma, señor. Las máquinas llevan

dos décadas atrapadas en Corrin. ¿Por qué tiene que atacar justamente ahora…

sabiendo que hay más de dos millones de vidas en juego? ¿Solo porque nuestras

fuerzas ya están aquí? Omnius no es más peligroso hoy que ayer, o antes de ayer.

El rostro juvenil de Vor adoptó un aire frío y duro, la única manera en que se permitió manifestar su disgusto.

—Dejé que Omnius viviera al final de la Gran Purga. Sufrimos una terrible falta

de decisión, aunque nuestros yihadíes estaban dispuestos a ir hasta el final y pagar

con su vida. No tendríamos que haber vacilado, y no pienso vacilar ahora.

—Pero al menos, ¿por qué no tratar de buscar una solución intermedia que

permita salvar a parte de esa gente? Podemos lanzar un ataque localizado, como

hicieron mi padre y mis hermanos cuando liberaron Honru. Nuestras naves están

llenas de veloces kindjal y bombarderos dotados de ojivas nucleares de impulsos, y

tenemos a muchos mercenarios de Ginaz con nosotros. Quizá puedan colarse los

suficientes para lanzar las ojivas contra esos objetivos localizados y destruir a

Omnius.

—Para hacer eso también hay que cruzar la línea descodificadora. —Su mirada se

había vuelto glacial—. No quiero que se hable más, bashar. Avanzaremos y

utilizaremos todas las armas que tengamos a nuestra disposición. En la historia este

día se conocerá como el último para las máquinas pensantes. —Y se inclinó hacia

delante en su asiento, concentrado en las pantallas tácticas.

Abulurd habría querido gritar. «¡Esto no es necesario!». Se sentía como si le

estuvieran arrancando el corazón del pecho. Y aun así, habló con voz neutra.

—No puedo permitir que renuncie a su humanidad de esta forma, bashar

supremo. Podemos mantener las naves aquí. Nuestra Flota de Venganza está en

posición. Podemos tener a las máquinas atrapadas otros veinte años en Corrin, hasta

que se nos ocurra otra cosa. Por favor, señor, ayúdeme a encontrar una alternativa.

Vorian se levantó de su asiento de mando y se volvió hacia su oficial con ira y

desprecio. La tripulación del puente se sentía visiblemente inquieta ante la

perspectiva de provocar todas aquellas muertes innecesarias, y las palabras de

Abulurd reforzaron sus dudas.

Vor cuadró los hombros y lo miró furibundo.

—Bashar Harkonnen, he tomado una decisión y he dado la orden. Esto no es un

grupo de debate. —Y, levantando la voz, gritó al resto del personal—: Activad las

armas y preparaos para el asalto final.

—Vorian, si hace esto —dijo Abulurd, sin preocuparse por las consecuencias—,

entonces no es mejor que su padre. Este es el tipo de actuación que esperaría del

general Agamenón.

Como un globo de luz agotado, la emoción desapareció del rostro de Vor. Una

máscara de rigidez cubrió sus bellas facciones, y la voz brotó de sus labios tan helada

y neutra como las llanuras de Hessra.

—Bashar Harkonnen, le relego de su cargo aquí y ahora. Quedará recluido en su

camarote en la nave hasta el final de la batalla.

Abulurd lo miró, perplejo, sintiendo que una profunda desdicha crecía en su interior, y sus ojos se llenaron de lágrimas ardientes. No podía creerlo.

Vor le dio la espalda y habló de nuevo.

—¿Necesita una escolta armada?

—No será necesario, señor. —Abulurd abandonó el puente… junto con sus

esperanzas y su carrera.