La batalla de Corrin
Capítulo 102
Solo las máquinas pensantes ven las decisiones en términos absolutos de blanco o negro. Cualquiera que tenga un corazón alberga dudas. Es algo que va con la naturaleza humana.
BASHAR ABULURD HARKONNEN,
diarios privados
No dejaban de llegar informes de las naves de la flota de vigilancia y de las cubiertas
de la nave insignia. Los soldados del ejército de la Humanidad se sentían
profundamente inquietos.
Y entonces la raza humana perdería la guerra.
Vor, que estaba junto a él en el puente, totalmente concentrado en su trabajo, dijo:
—Si Omnius cree que nos vamos a echar atrás está muy equivocado. Esta táctica
no hace más que demostrar una vez más lo mucho que las máquinas subestiman la
determinación del humano.
Utilizando un canal de alta seguridad para comunicarse con el Serena Victory, el
virrey habló nuevamente, con tono conciliador.
—Quizá me he precipitado, campeón Atreides. Tenía usted razón. Aunque
durante la Yihad los dos luchamos lado a lado en muchas batallas, ahora soy el virrey
de la Liga. Ya no soy un militar, así que me lavo las manos en lo referente a las
decisiones que haya que tomar aquí. Usted está al frente de la operación. La autoridad
militar y la responsabilidad son suyas, con mi bendición.
Tras desvincularse de la inminente tragedia, el virrey ordenó a su nave
diplomática que se alejara del campo de batalla en las proximidades de Corrin, y se
llevó a su sobrina y el contingente de representantes a una distancia segura.
—Solo se está cubriendo las espaldas —musitó Abulurd con desprecio—. Todo lo
que mi hermano hace tiene un fin político, incluso aquí.
Vorian miraba al frente con expresión pétrea. Abulurd sabía que su comandante
estaba dando ejemplo a los soldados del puente, obedientes pero inquietos. Su línea
de comunicación estaba conectada a todas las naves que habían acudido allí para la
última batalla.
—Seguiremos adelante, a pesar de las amenazas. No pienso detenerme ahora.
Malditas sean las máquinas y su carácter traicionero.
—¡Pero, señor, el coste…! —exclamó Abulurd—. Se perderán muchas vidas
inocentes. Las circunstancias han cambiado; deberíamos reconsiderarlo… buscar otro
camino.
—No hay otro camino. Si esperamos, el riesgo es demasiado alto.
Abulurd aspiró con fuerza. Nunca había visto a su mentor tan decidido e
implacable.
—Omnius es lógico. No hará lo que dice si sabe que llevará a su exterminación.
—Su exterminación no es negociable —dijo Vor—. Ya hemos derramado tanta
sangre que estoy dispuesto a perder unas gotas más para asegurar la victoria.
—¡Unas gotas!
—Es necesario. Cuando vinimos aquí esa gente ya estaba condenada.
—No estoy de acuerdo, señor. Puede que las otras víctimas de la Yihad fueran
bajas necesarias, pero estas no lo son. La situación es lo bastante estable para que
podamos meditar bien nuestras opciones. Deberíamos reunimos con el resto de
oficiales y ver si alguno tiene…
Vor se volvió hacia el oficial.
—¿Más cháchara? ¡Llevo veinte años escuchando debates interminables e inútiles
en la Liga! Oh, sí, la cosa empezará como un pequeño retraso y entonces el virrey
reconsiderará su postura y nos pedirá que enviemos mensajeros a Salusa. Y todos los
nobles meterán las narices. —Cerró la mano en un puño, contra el costado—. Hemos
cometido demasiados errores en el pasado, Abulurd, y hemos pagado un precio muy
alto por nuestra indecisión. Hoy eso va a cambiar, y para siempre.
El comandante clavó la vista en la pantalla, en el tumor canceroso de Corrin, que
había que extirpar del universo.
—Todas las armas preparadas, que las naves empiecen a avanzar.
—¡Pero, bashar supremo! —Abulurd insistía—. Sabe que Omnius no miente. Si
pasamos la barrera, las secuencias de destrucción se activarán automáticamente.
Estará condenando a toda esa gente… incluidos Serena y su hijo.
Vor parecía distante.
—He hecho esto otras veces. Si he de convertir a un puñado de humanos en
corderos para el sacrificio por la libertad futura de nuestra especie, que así sea.
—¡Un puñado! Señor, son más de dos millones…
—Y tú, piensa en los miles de millones de soldados que han muerto. Incluso
Serena aceptaba que a veces los espectadores inocentes se conviertan en víctimas de
la guerra. —Sus ojos grises miraron a Abulurd, y al oficial más joven le parecieron
los de un extraño—. No te confundas, es Omnius quien los eliminará, no yo. Yo no he
provocado esta situación, y me niego a aceptar la responsabilidad. Ya tengo bastantes
muertes sobre mi conciencia.
A Abulurd el corazón le latía con violencia, respiraba agitadamente. No le
importaba que el resto de la tripulación estuviera escuchando.
—Podemos permitirnos considerar esto con calma, señor. Las máquinas llevan
dos décadas atrapadas en Corrin. ¿Por qué tiene que atacar justamente ahora…
sabiendo que hay más de dos millones de vidas en juego? ¿Solo porque nuestras
fuerzas ya están aquí? Omnius no es más peligroso hoy que ayer, o antes de ayer.
El rostro juvenil de Vor adoptó un aire frío y duro, la única manera en que se permitió manifestar su disgusto.
—Dejé que Omnius viviera al final de la Gran Purga. Sufrimos una terrible falta
de decisión, aunque nuestros yihadíes estaban dispuestos a ir hasta el final y pagar
con su vida. No tendríamos que haber vacilado, y no pienso vacilar ahora.
—Pero al menos, ¿por qué no tratar de buscar una solución intermedia que
permita salvar a parte de esa gente? Podemos lanzar un ataque localizado, como
hicieron mi padre y mis hermanos cuando liberaron Honru. Nuestras naves están
llenas de veloces kindjal y bombarderos dotados de ojivas nucleares de impulsos, y
tenemos a muchos mercenarios de Ginaz con nosotros. Quizá puedan colarse los
suficientes para lanzar las ojivas contra esos objetivos localizados y destruir a
Omnius.
—Para hacer eso también hay que cruzar la línea descodificadora. —Su mirada se
había vuelto glacial—. No quiero que se hable más, bashar. Avanzaremos y
utilizaremos todas las armas que tengamos a nuestra disposición. En la historia este
día se conocerá como el último para las máquinas pensantes. —Y se inclinó hacia
delante en su asiento, concentrado en las pantallas tácticas.
Abulurd habría querido gritar. «¡Esto no es necesario!». Se sentía como si le
estuvieran arrancando el corazón del pecho. Y aun así, habló con voz neutra.
—No puedo permitir que renuncie a su humanidad de esta forma, bashar
supremo. Podemos mantener las naves aquí. Nuestra Flota de Venganza está en
posición. Podemos tener a las máquinas atrapadas otros veinte años en Corrin, hasta
que se nos ocurra otra cosa. Por favor, señor, ayúdeme a encontrar una alternativa.
Vorian se levantó de su asiento de mando y se volvió hacia su oficial con ira y
desprecio. La tripulación del puente se sentía visiblemente inquieta ante la
perspectiva de provocar todas aquellas muertes innecesarias, y las palabras de
Abulurd reforzaron sus dudas.
Vor cuadró los hombros y lo miró furibundo.
—Bashar Harkonnen, he tomado una decisión y he dado la orden. Esto no es un
grupo de debate. —Y, levantando la voz, gritó al resto del personal—: Activad las
armas y preparaos para el asalto final.
—Vorian, si hace esto —dijo Abulurd, sin preocuparse por las consecuencias—,
entonces no es mejor que su padre. Este es el tipo de actuación que esperaría del
general Agamenón.
Como un globo de luz agotado, la emoción desapareció del rostro de Vor. Una
máscara de rigidez cubrió sus bellas facciones, y la voz brotó de sus labios tan helada
y neutra como las llanuras de Hessra.
—Bashar Harkonnen, le relego de su cargo aquí y ahora. Quedará recluido en su
camarote en la nave hasta el final de la batalla.
Abulurd lo miró, perplejo, sintiendo que una profunda desdicha crecía en su interior, y sus ojos se llenaron de lágrimas ardientes. No podía creerlo.
Vor le dio la espalda y habló de nuevo.
—¿Necesita una escolta armada?
—No será necesario, señor. —Abulurd abandonó el puente… junto con sus
esperanzas y su carrera.