La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 48 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 47

 

De Yorek Thurr se ha dicho que, si los humanos tuvieran engranajes y tornillos, los suyos estarían flojos y salidos de rosca.

Crónicas de la Yihad, atribuidas a Erasmo

 

Aunque Yorek Thurr salvó la vida al huir a Corrin cuando el ejército de la Yihad

destruyó Wallach IX, ahora se arrepentía de haber ido allí. Después de diecinueve

años interminables y deprimentes, estaba atrapado sin poder hacer nada en el único

Planeta Sincronizado que quedaba.

Omnius había convertido el planeta en una fortaleza, un campamento

fantásticamente armado. En teoría, Thurr estaba a salvo, pero ¿de qué le servía?

¿Cómo podía dejar su huella en la historia con las manos atadas de aquella forma?

Protegiéndose del sol rojo con unas gafas, en aquellos momentos aquel hombre

calvo y curtido andaba arriba y abajo, más allá de las cuadras de los patéticos

esclavos humanos, mirando a la ciudadela central ocupada por la supermente.

En cuanto las naves de la Gran Purga llegaron a Wallach IX, Thurr supo lo que

iba a pasar. Antes de que el primer kindjal tuviera tiempo de lanzar sus bombas

atómicas de impulsos, Thurr subió a una nave y escapó a toda prisa, llevando consigo

una copia de la supermente con la que poder negociar. Podía haber ido a cualquier

sitio. ¿Por qué tuvo que ir precisamente a Corrin? ¡Una decisión estúpida, estúpida!

Con su inmunidad al retrovirus y el tratamiento de extensión vital, habría sido

invencible. Pero el instinto le hizo dirigirse al centro de los Planetas Sincronizados.

Por supuesto, su nave solo tenía motores espaciales estándar y, cuando llegó a Corrin,

el holocausto ya había terminado y los humanos habían cerrado el cerco alrededor del

último Omnius. Su nave tenía la configuración de las naves de la Liga, así que Thurr

transmitió órdenes contradictorias a los pilotos estresados y cansados que trataban de

situarse para establecer el bloqueo. No esperaban que nadie tratara de entrar en

Corrin. Mientras Omnius se atrincheraba y reunía a todas sus defensas en la

superficie y en diferentes círculos concéntricos en una órbita baja, Thurr transmitió

sus propias órdenes y códigos de identificación, que le abrieron el camino al planeta.

¡Y ahora nunca saldría de allí! ¿En qué estaba pensando? Erróneamente había

imaginado que las máquinas ganarían. Omnius llevaba más de un milenio al frente de

los Planetas Sincronizados… ¿Cómo es posible que su imperio hubiera caído en un

mes?

«Tendría que haberme ido a otro sitio… a donde fuera».

Ahora, con la flota guardiana del ejército de la Humanidad controlando todo el

sistema, ni Thurr ni ninguna nave podrían escapar. Era una forma tan absurda de

desperdiciar su tiempo y su talento, más deprimente incluso que vivir en la patética Liga. Pero Thurr ya estaba cansado de fustigarse y llevaba un tiempo deseando poder

hacer daño a alguien. Aquel punto muerto ya duraba demasiado, y se había

convertido en algo tedioso.

Si al menos pudiera subir allá arriba, ver cara a cara a los militares de la Liga y

salir airoso con sus astucias… Había pasado mucho tiempo, sí, pero con sus famosas

misiones para la Yipol y sus logros, sin duda su cara y su nombre aún eran conocidos.

Camie Boro-Ginjo se había llevado buena parte del mérito, aunque fue él quien hizo

el trabajo de difamar a Xavier Harkonnen y convertir a Ginjo en un santo. Pero

Camie fue más lista y lo obligó a abandonar la Liga. Quizá no tendría que haber

fingido su muerte tan bien…

A cada paso del camino, tomaba una decisión equivocada.

En los laboratorios de Erasmo había encontrado un alma gemela en la persona de

Rekur Van. Él y el investigador tlulaxa habían combinado sus conocimientos y su sed

de destrucción para crear planes horriblemente imaginativos contra los débiles

humanos… y, oh, desde luego que se merecían su destino. Una vez que Erasmo

decretó que los experimentos de regeneración de extremidades habían fracasado,

Rekur Van ya no tenía esperanza de escapar. Pero Thurr sí era libre de pasearse por

los planetas habitables y dejar su huella en la historia… si conseguía escapar.

Levantó la vista al cielo. No era probable que eso pasara en un futuro próximo.

El inquietantemente impredecible robot Erasmo lo visitó, acompañado por

Gilbertus Albans. El robot parecía entender su desilusión, pero no podía darle

ninguna esperanza.

—Quizá puedas desarrollar alguna idea innovadora para engañar a la flota de

vigilancia de la Liga.

—¿Cómo hice con la epidemia? ¿Cómo he hecho recientemente con las fábricas

de proyectiles teledirigidos? He oído que lograron atravesar el cerco. —Esbozó una

débil sonrisa—. No creo que sea yo quien tenga que resolver siempre vuestros

problemas… pero si puedo lo haré. Deseo salir de aquí más que ninguna máquina.

Erasmo no parecía convencido.

—Por desgracia, ahora el ejército de la Humanidad estará más alerta que nunca.

—Sobre todo cuando los devoradores mecánicos alcancen su objetivo y empiecen

a actuar. —A Thurr le habría gustado poder estar allí para ver aquel caos.

Erasmo se volvió hacia su compañero, un humano musculoso y con el pelo rojizo.

Thurr estaba resentido con la «mascota» del robot, porque había recibido su

tratamiento de inmortalidad cuando aún era lo bastante joven para aprovecharlo.

—¿Tú qué opinas, Gilbertus? —preguntó el robot.

El hombre se volvió hacia Thurr con expresión afable, como si no fuera más que

un experimento fallido.

—Creo que Yorek Thurr actúa demasiado en el límite de lo que entra dentro del comportamiento humano.

—Estoy de acuerdo —dijo Erasmo, visiblemente complacido con el comentario.

—Incluso si es cierto —espetó Thurr con desdén—, sigo siendo humano, y eso es

algo que tú nunca entenderás, robot. —Cuando vio que Erasmo reaccionaba con

perplejidad, Thurr sintió una gran satisfacción.

No era lo mismo que la libertad, por supuesto, pero al menos había conseguido

una pequeña victoria.