La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 34 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 33

 

Cuando no queda ninguna esperanza de supervivencia, ¿qué es mejor, saber que estás condenado o vivir en la ignorancia hasta el final?

PRIMERO QUENTIN BUTLER, cuadernos militares

 

La información revelada por la nave espía capturada era innegable.

En cuanto llegaron a Zimia, sin pararse ni a cambiarse el uniforme, Quentin y

Faykan solicitaron una audiencia inmediata con los miembros del Consejo de la

Yihad disponibles. Una vez en la sala, detrás de las puertas de seguridad, Quentin les

mostró la base de datos de la nave, con toda la perturbadora información sobre los

puntos débiles de la Liga. Faykan guardó silencio, dejó que hablara su padre. Los

miembros del Consejo sacarían las conclusiones evidentes.

—Omnius está planeando atacarnos. Debemos averiguar cómo y cuándo. —

Mientras su audiencia lo miraba con perplejidad, Quentin hizo su temeraria propuesta

—. Por tanto, propongo enviar una expedición de reconocimiento al corazón del

Territorio Sincronizado… a Corrin si es necesario.

—Pero con la plaga y la cuarentena…

—Quizá deberíamos esperar a que regrese el comandante supremo Atreides. Debe

de estar a punto de volver de Parmentier…

Quentin los atajó a todos.

—Y, dada la gravedad de la situación, propongo que utilicemos naves con

tecnología para plegar el espacio. —Y enfatizó sus palabras con un poderoso gesto

del puño—. ¡Debemos averiguar qué está tramando Omnius!

El virrey interino O'Kukovich permanecía en silencio con expresión de profunda

concentración. Incluso en las reuniones del Consejo, O'Kukovich escuchaba a todas

las partes y esperaba a que llegaran a una decisión consensuada antes de

pronunciarse, como si él hubiera tenido algo que ver en el debate. A Quentin le

desagradaba, porque lo consideraba un hombre pasivo.

El Gran Patriarca Xander Boro-Ginjo tenía una expresión agradable y atractiva,

pero no parecía consciente de la gravedad de la amenaza que pesaba sobre la

humanidad. Se había rodeado de aduladores y bellas posesiones, y parecía más

impresionado por el collar de mando que llevaba al cuello que por las

responsabilidades y el poder que lo acompañaban.

—Pensaba que las naves que pliegan el espacio eran peligrosas.

Faykan le contestó con calma y exactitud.

—Aun así, se pueden utilizar si la situación lo justifica. La tasa de pérdidas es de

aproximadamente el diez por ciento, y a los pilotos que las dirigen se les paga muy

bien. VenKee ha llevado diversos cargamentos de emergencia de melange a mundos afectados por la epidemia utilizando cargueros equipados con motores Holtzman. Las

naves de reconocimiento con estos motores son la única forma de enviar mensajes en

un tiempo aceptable.

—En este caso, es absolutamente necesario —insistió Quentin—. Hace años que

no enviamos un observador a las entrañas del Espacio Sincronizado. Ahora tenemos

pruebas directas de que las máquinas planean atacar. ¿Cómo sabremos qué planean

exactamente si no lo vemos por nosotros mismos?

—Hemos interceptado una de sus naves de reconocimiento —dijo Faykan—, pero

sabemos que Omnius ha enviado muchas más a espiar otros mundos de la Liga. Las

máquinas ya saben que estamos heridos de muerte por su condenada plaga. La

supermente debe de estar preparando un ataque final contra la humanidad.

—Es lo que yo haría si mi enemigo estuviera debilitado, desorientado y

totalmente pendiente de otras cosas —comentó Quentin con un gruñido—. Debemos

saber lo que está pasando en Corrin. Una o dos naves de reconocimiento pueden

viajar allí con sigilo, conseguir imágenes detalladas y escapar antes de que las

máquinas nos intercepten.

—Parece muy arriesgado —musitó el virrey interino mirando a los otros

miembros del Consejo para que confirmaran sus palabras—. ¿No?

Quentin cruzó los brazos sobre el pecho.

—Por eso he decidido ir personalmente.

Uno de los burócratas de alto rango del Consejo frunció el ceño.

—¡Eso es ridículo! No podemos arriesgarnos a perder a un oficial con su

experiencia y su rango, primero Butler. Incluso si sobrevive al viaje, semejante

expedición podría acabar con su captura e interrogatorio.

Quentin desdeñó con ira todas aquellas preocupaciones.

—Me remito al precedente del comandante supremo Atreides, que con frecuencia

ha viajado en naves que pliegan el espacio para sorprender al enemigo. Como

demuestra mi historial, caballeros, no soy un general de sillón, citando una frase

histórica de la Antigüedad. No ejerzo mi autoridad mediante el uso de paneles

tácticos ni juegos de guerra. No, yo voy siempre al frente de mis hombres y me

enfrento al peligro personalmente. En esta misión, no llevaré otros soldados. Solo

necesito un acompañante… mi hijo Faykan.

Esto provocó un revuelo aún mayor.

—¿Nos está pidiendo que arriesguemos la vida de dos oficiales? ¿Por qué no

llevar mercenarios?

Faykan, que estaba a su lado, también reaccionó con sorpresa.

—Señor, no temo a esta misión, pero ¿es prudente?

—La parte de la inteligencia es fundamental. —Miró a su hijo—. Hemos de

asegurarnos de que alguno sobrevive.

Antes de que Faykan pudiera contestar, Quentin hizo una serie de movimientos

sutiles y rápidos con los dedos, utilizando un complejo código que los oficiales de la

Yihad aprendían como parte de su instrucción. El y Faykan lo habían utilizado con

frecuencia en campañas militares, pero nunca ante políticos. Los miembros del

Consejo comprendieron que se estaban perdiendo algo, pero no sabían el qué.

Esto es lo que Quentin le dijo a su hijo: «Somos Butler, los dos últimos Butler…

¡puesto que Abulurd insiste en hacernos tragar su ascendencia Harkonnen! Debemos

hacerlo, tú y yo».

Faykan permaneció sentado con rigidez, como si estuviera sorprendido, luego

asintió.

—Sí, señor, por supuesto.

No importaba lo arriesgado que pudiera parecer, siempre seguiría al primero. Él y

su padre se entendían, entendían lo que estaba en juego. Quentin Butler jamás habría

encomendado aquella misión a otro.

Quentin se volvió hacia los miembros del Consejo.

—La Liga no ha lanzado ninguna ofensiva contra el enemigo desde que empezó

la epidemia. Todos nuestros mundos han sucumbido, y somos alarmantemente

vulnerables a cualquier ataque exterior. Ya han muerto millones y millones de

personas, que se pudren bajo numerosos soles. ¿Esperaban que las máquinas se

limitaran a mirar cómo la epidemia seguía su curso sin tener preparada una segunda

fase en sus planes?

El Gran Patriarca palideció, como si nunca se le hubiera ocurrido la posibilidad

de que las máquinas causaran más daño. Aferró su cadena de mando como si fuera

una cuerda salvavidas. Mientras escudriñaba los rostros de los miembros del Consejo,

Quentin comprendió que habían estado demasiado ocupados con la epidemia para

pensar en nada más.

Después de las objeciones, cuando todos aceptaron a regañadientes el plan, el

virrey interino sonrió y anunció su decisión.

—Partid con nuestra bendición, primero. Averiguad qué está haciendo Omnius,

pero volved lo antes posible, sanos y salvos.

 

Ambos estaban capacitados para pilotar las naves que plegaban el espacio, aunque el

ejército de la Yihad rara vez utilizaba aquellos aparatos extraños y peligrosos.

Quentin decidió que volaran por separado para que tuvieran más posibilidades. Si

durante el trayecto alguno de los dos sufría un percance, al menos el otro podría

volver a Salusa.

El primero partió sin las acostumbradas despedidas. Tras pasar brevemente por la

Ciudad de la Introspección para ver a Wandra, ya no quedaba nadie a quien visitar.

Incluso Abulurd estaba todavía en el camino de vuelta de Parmentier.

Las dos naves viajaron a través de la distorsión incomprensible del espacio

plegado, sin poder establecer contacto. Pasaron de una dimensión a otra, acortando el

camino a través del tejido galáctico. En cualquier momento podían reaparecer en

medio de un sol o colisionar contra un planeta o una luna que casualmente se

encontrara en su camino. Una vez introdujeron las coordenadas y encendieron los

motores con efecto Holtzman, solo tenían que esperar unos instantes para salir por el

otro extremo… o desaparecer para siempre.

Si Quentin o Faykan morían en aquella misión, ¿repararía realmente la historia de

la Yihad en su pérdida? Incluso dos héroes de guerra eran insignificantes comparados

con la epidemia que Omnius había desatado. Habían muerto más personas a causa de

la epidemia que en la Era de los Titanes y toda la Yihad de Serena Butler juntas.

Omnius había cambiado totalmente los términos de la guerra, igual que había hecho

Serena al inicio de la Yihad.

El conflicto ya no era solamente una lucha que pudiera resolverse en un sentido o

en otro. Se había convertido en una lucha a muerte, y la supervivencia solo se lograría

con la total extinción del enemigo. El número de los caídos a causa de la epidemia era

incalculable. Ningún historiador podría jamás dar una idea de la magnitud del

desastre, ningún monumento bastaría para recordar tantas pérdidas. En lo sucesivo,

ningún arma inventada por ningún científico humano podría ser tan temible como

aquello. No había fuerza lo bastante destructiva para volverla en contra de las

máquinas.

Si la raza humana sobrevivía, no volvería a ser la misma.

El viaje a Corrin fue tan breve como aterrador. Al salir del espacio plegado, la

nave de reconocimiento de Quentin se encontró rodeada de brillantes estrellas, como

una gasa de terciopelo negro salpicada de diamantes. Una panorámica tranquila y

serena que no habría hecho sospechar que aquella parte de la galaxia estaba bajo el

control de las máquinas.

Mientras esperaba en silencio, estuvo repasando cartas de navegación

comparativas donde aparecían los contornos espaciales y patrones de las

constelaciones que rodeaban Corrin. Las naves que plegaban el espacio no eran

particularmente exactas, y el margen de error podía ser de hasta cien mil kilómetros

aproximadamente. Pero al menos había llegado al sistema estelar correcto. Quentin

utilizó sus conocimientos para triangular y verificar su posición. Evidentemente, el

gigante rojo de aquel sistema era el sol hinchado de Corrin.

Cuando Faykan se unió a él en el espacio, se dirigieron con rapidez y sigilo al

planeta desde el cual la principal encarnación de Omnius dirigía su imperio

mecánico. Sin duda, habría naves vigilando los límites del sistema, y otras que

controlaban el tráfico espacial. Pero, dado que ninguna incursión de los humanos

había logrado adentrarse nunca tanto en el Espacio Sincronizado, seguramente los robots no estarían muy alerta.

La idea era llegar, hacer un reconocimiento y partir antes de que ninguna nave

enemiga pudiera interceptarlos. Era la única forma de que pudieran regresar a la Liga

con aquella información tan importante. Si las máquinas los descubrían y se

acercaban demasiado, él y su hijo podían activar los motores Holtzman y saltar

directamente de vuelta a territorio de la Liga. Con su tecnología de propulsión

espacial estándar, las máquinas jamás les alcanzarían.

Pero ninguno de los dos estaba preparado para lo que vieron.

Alrededor de Corrin, el espacio estaba totalmente lleno de pesadas naves de

guerra de todas las formas y tamaños. Omnius había reunido una armada

impresionante de cruceros pesados, destructores, bombarderos automatizados.

Cientos de miles.

—¿Esto es… todo? ¿Es la suma total de las fuerzas de Omnius? —transmitió

Faykan con voz seca y temblorosa—. ¿Cómo es posible que haya tantos?

Quentin tuvo que tomarse un momento para que le saliera la voz.

—Si Omnius lanza este ejército contra la Liga estamos perdidos. No podremos

hacerles frente. —Y miraba con tanta intensidad que los ojos empezaron a escocerle.

Finalmente, se acordó de parpadear.

—Es imposible que hayan construido todo esto aquí. Omnius debe de haberlas

hecho venir desde todos los Planetas Sincronizados —dijo Faykan.

—¿Y por qué no? No hemos sido capaces de lanzar ningún ataque contra ellos

desde que se inició la epidemia.

La conclusion era evidente. Sin ninguna duda, Omnius enviaría todas aquellas

naves a Salusa Secundus para aplastarla, para destrozar el corazón de la humanidad.

Luego arrasarían los otros planetas de la Liga, donde los supervivientes de la

epidemia casi no podían ni alimentarse, y mucho menos defenderse de un ejército

como aquel.

—Por Dios y santa Serena —dijo Faykan—. Sabía que las máquinas estaban al

corriente de la fragilidad de la Liga, pero no me imaginaba que Omnius se estaría

preparando para atacar.

Corrin era como un avispero lleno de furiosos insectos a punto de atacar. Tras el

paso de la plaga por los mundos de la Liga, la población humana estaba en su peor

momento. Las fuerzas que podían defenderlos contra las máquinas pensantes nunca

habían estado tan debilitadas.

Y la armada de Omnius parecía lista para atacar.