La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 42 de 119

Páginas del PDF

La batalla de Corrin

Capítulo 41

 

La imaginación del humano es infinita. Ni siquiera las máquinas más complejas pueden entender esto.

NORMA CENVA, pensamientos grabados

y descifrados por Adrien Cenva

 

Casi en trance pero sin acabar de caer, Norma mascó dos nuevas cápsulas de

melange. La esencia de especia impregnó su boca y sus fosas nasales, hizo que los

ojos se le llenaran de lágrimas. Luego, en su mente viajó muy lejos de Kolhar…

La Gran Purga seguía su camino por los Planetas Sincronizados. Norma sabía que

el ejército de la Yihad estaba eliminando a las encarnaciones de Omnius de las zonas

fronterizas con sus ataques relámpago. Los planetas controlados por las máquinas

caían, uno a uno, sin que el resto de las supermentes supiera nada.

Y su tecnología para plegar el espacio lo hacía posible.

Pero en lugar de estar orgullosa, Norma intuía una profunda turbación en su

psique. Extraños ecos de desastre resonaban por sus visiones inducidas por la especia,

y se sentía terriblemente culpable.

Dado que no había logrado resolver los problemas de la navegación a través del

espacio plegado, muchos soldados estaban muriendo. Cada vez que un grupo de

combate saltaba de un objetivo al siguiente, su número se reducía. Y volvía a

reducirse antes de que lograran llegar al siguiente. ¡Oh, un precio demasiado alto!

Con su cuerpo perfecto y hermoso, como un ángel vengador, Norma estaba sola

en lo alto de uno de los enormes tejados planos de la planta de montaje de sus naves.

Miraba al cielo de la noche, cuajado de estrellas titilantes y brillantes planetas.

Algunos eran mundos de la Liga, otros, planetas dominados por las máquinas

pensantes… y otros ya no serían más que pozos radiactivos, totalmente inertes.

La inmensidad del espacio la llamaba. Una brisa fresca agitaba sus largos

cabellos. Norma había encontrado una forma de unir la galaxia entera, plegando el

tejido del espacio. Todos los sistemas estelares que veía, y muchos más, ahora

estaban al alcance del humano. Los motores Holtzman funcionaban, como ella había

previsto. Pero seguía habiendo algo que se le escapaba.

«Mis motores siguen siendo defectuosos».

Su cuerpo estaba tan saturado de melange que ya casi nunca dormía. No como

cuando era pequeña y dormía en las cálidas cuevas de Rossak. En aquellos tiempos,

se acostaba con muy pocas preocupaciones en la cabeza, aunque su madre nunca le

prestaba atención. Y para compensar el desagrado de Zufa, Norma se replegaba a

otros territorios y jugueteaba con unas matemáticas tan esotéricas que casi entraban

en el campo de la física y la filosofía.

Con la ayuda y el apoyo de Aurelius, importantes ideas habían empezado a

insinuarse en la mente hambrienta y receptiva de Norma, como las primeras gotas de

lo que acabaría por ser un océano. A los siete años, la reserva de su intelecto seguía

aumentando y siempre se acostaba con la mente llena de problemas o ejercicios

mentales; en el estado de duermevela que se produce justo antes de caer en el sueño

profundo, muchas soluciones la tentaban, y rara vez se despertaba sin haberlas

considerado todas en detalle.

En aquel momento, a su espalda, oía el silbido de un motor Holtzman que unos

trabajadores estaban probando en el interior de uno de los edificios. Se concentró en

el sonido, pero este se hizo más distante. Palpitando en su interior, las dosis masivas

de melange la tranquilizaron, amortiguando sus percepciones sensoriales, al tiempo

que reforzaban otras capacidades. El sonido se desvaneció gradualmente y su cuerpo

dejó de notar la brisa. Era como si su pensamiento la estuviera elevando hacia el cielo

estrellado.

Allá fuera, las naves de la flota de la Yihad plegaban el espacio y saltaban entre

diferentes dimensiones para ir de un Planeta Sincronizado a otro. En su mente oyó a

la tripulación de una nave que se evaporaba y desaparecía, oyó sus almas

desgarradas… y todo porque no podía ayudarles a encontrar el camino. Deseó que el

comandante supremo hubiera podido instalar los sistemas informatizados prohibidos

en más que las doce naves principales. Si un ordenador estaba diseñado para ayudar a

la destrucción de Omnius, ¿seguía siendo inherentemente malo?

O quizá tendría que haber diseñado rutas para la flota, haber hecho los saltos más

cortos y a través de zonas espaciales más predecibles. Como en un sprint: haber

cubierto las rutas seguras en un instante y haber seguido con la tecnología normal por

las zonas sin cartografiar. Pero una precaución como aquella les habría costado

demasiado tiempo. ¡Tiempo! Y el ejército de la Yihad no tenía tiempo.

Su visión seguía siendo muy vívida y le permitió ver las tormentas nucleares

desatadas por las bombas de la Liga, huracanes de energía atómica de impulsos que

arrasaban los enclaves de Omnius… y a los humanos cautivos, que en un primer

momento lanzaban vítores y luego veían que ellos también estaban condenados.

Otro mundo de las máquinas que desaparecía, otro Omnius eliminado. Pero, con

cada trayecto a través del espacio plegado, el ejército cada vez tenía menos naves.

Norma salió de pronto de su aturdimiento y se dio cuenta de que el extenso tejado

estaba bañado por la luz de varios globos de luz. Adrien estaba muy cerca,

observándola con aire preocupado. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? El sonido de los

trabajos y las pruebas de los astilleros de pronto le llegó con una nitidez sorprendente.

—Hay tantas víctimas… —Notaba la garganta seca y carrasposa—. No pueden

ver adonde les llevan mis naves y por eso están perdidos. Demasiados valientes

soldados de la Yihad, demasiados prisioneros inocentes de los Planetas Sincronizados. Mis naves. Mi fracaso.

Los ojos oscuros de Adrien la miraron con resignación y estoicismo.

—Es uno de los precios que hay que pagar en esta guerra larga y sangrienta,

madre. Cuando la Yihad termine, podremos volver al trabajo.

Aun así, durante toda la noche, Norma estuvo oyendo los gritos de los que morían

resonando por y a través del espacio.