La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 102 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 101

 

Hay muchas similitudes entre los hombres y las máquinas que crearon, y muchas diferencias. La lista de diferencias es relativamente pequeña… pero los aspectos que aparecen en ella son de una tremenda trascendencia. Y son la esencia de mi frustración.

Diálogos de Erasmo, una de

sus últimas entradas conocidas

 

Tras enviar su ultimátum a la Flota de Venganza de la Liga, Erasmo emprendió una

tarea aún más difícil. Pero al menos Gilbertus estaba a salvo.

Dando un rodeo, el robot autónomo entró a toda prisa en una red de túneles

situada bajo la plaza y llegó a la cámara donde habían colocado al Omnius Primero,

bajo el lugar donde anteriormente estuvo la ciudadela central. Las paredes de la

cámara, al igual que el mecanismo de la ciudadela en sí, estaban hechas del más

exquisito metal líquido, pero el brillo de antaño había degenerado en negro. La

supermente bifurcada no tenía la «vena artística» del Omnius Primero depuesto…

solo sus perturbadores defectos.

El robot no sabía cuánto tiempo tenía. Suponía que Vorian Atreides y sus

seguidores fanáticos y supersticiosos decidirían que los términos eran inaceptables y

el ejército de la Humanidad se retiraría sin causar mayores daños. El hecho de pensar

que habían visto a la auténtica Serena Butler sería un factor decisivo.

Rekur Van se había recuperado de las heridas que sufrió cuando ThurrOm y

SeurOm neutralizaron al Omnius Primero, y había seguido trabajando en los robots

biológicos, como Erasmo le pidió. Esperaba poder utilizarlos para engañar a los

humanos. El nuevo metal líquido permitía a los robots variar el aspecto de sus caras,

pero estos innovadores biometales tenían frecuentes fallos, y a menudo los robots de

prueba sufrían inquietantes derrames faciales. Algunos habían logrado imitar las

expresiones y movimientos de Serena, pero un solo error lo habría echado todo a

perder.

Eso significaba que tenía que confiar su plan a la figura del clon de Serena. A

Gilbertus no le iba a gustar, pero era necesario. Seguramente los hrethgir tratarían de

encontrar otra forma de destruir el último de los Planetas Sincronizados. Y él no

confiaba en que las dos supermentes encontraran una solución flexible. Así que

decidió aumentar sus posibilidades.

Mediante códigos de acceso, Erasmo logró abrir la cubierta de la antigua

ciudadela central, y dentro encontró lo que buscaba: una diminuta pieza de metalglaz

dentro de una bola de cristal. El Omnius-Corrin derribado había sufrido graves daños,

pero quizá lograra salvar parte de sus contenidos.

Con mucho cuidado, cogió la bola de cristal. Y se arriesgó, hizo lo que hasta entonces se había negado a hacer: cargó la bola en un puerto de acceso de su torso de

metal líquido, se la «tragó». Quizá podría asimilar parte de lo que quedara de la

inmensa supermente. Tenía que intentarlo. Todo dependía de aquello… el futuro de

las máquinas, del imperio.

Los sistemas del robot se ajustaron al tamaño y la forma del objeto que había

insertado y vibraron mientras trataba de activar a la supermente. Era evidente que las

versiones ThurrOm y SeurOm estaban corrompidas, y aunque Erasmo y el Omnius

Primero habían tenido muchas desavenencias peligrosas, decidió volver a conectar la

copia original.

La supermente tenía importantes programas de recuperación, sistemas de

seguridad que probablemente la habrían conservado intacta a pesar de los graves

daños. Esperaba poder hacerla reaccionar lo suficiente para que ella misma reparara

el daño.

—Si esto funciona ya no tendrás excusas para seguir llamándome «mártir» —dijo

en voz alta, y se dio cuenta de que estaba imitando el extraño hábito humano de la

suficiencia.

Su intento no tuvo éxito.

Decepcionado, el robot inició los sistemas de recuperación de su propio

procesador, pero no pasó nada. La supermente debía de estar demasiado dañada y no

podía reiniciarse y transferir su contenido al complejo sistema de circuitos gelificados

de Erasmo. Estaba muerta.

Pero, finalmente, consiguió provocar una leve respuesta, una chispa, un lentísimo

primer movimiento en los sistemas de recuperación de datos en el interior del núcleo

fundido de la supermente.

De pronto, Erasmo reparó en un ojo espía que flotaba cerca de su cabeza. Y,

aunque ThurrOm y SeurOm estaban demasiado ocupados con aquel impás militar,

sabía que el espía electrónico estaba conectado a ellos, tanto si le prestaban atención

como si no. Según sus cálculos, no le convenía que vieran e interpretaran sus actos.

Así que agarró el ojo espía con la intención de estrujarlo en su mano metálica.

Pero la voz que salió del diminuto altavoz no era la de Omnius.

—Padre, le he encontrado. —La señal llegaba débil, distorsionada, pero era

evidente ¡que se trataba de Gilbertus Albans!

Tras insertar una aguja sonda de su mano en los sistemas del aparato, Erasmo

utilizó su propia programación para amplificar el sonido y filtrar el ruido. El ojo espía

se iluminó y apareció una proyección holográfica llena de información. En un

instante, Erasmo revisó los exhaustivos registros, comprobando las diferentes

imágenes, miles y miles de imágenes en las que aparecían aquellas criaturas

racionales atrapadas, apretujadas, como si con la simple proximidad pudieran

protegerse de las explosiones inminentes. Entonces vio algo que sacudió sus circuitos internos hasta la raíz. No. Debía de haber un error.

Vio al clon de Serena Butler. Y, junto a ella… ¡Gilbertus! Estaba transmitiendo

desde uno de los contenedores trampa del puente de hrethgir.

Gilbertus tenía uno de los sensores mecánicos del contenedor.

—Está ahí, padre. He conectado este sistema a uno de los ojos espías.

—¿Qué haces ahí? Tendrías que estar en un lugar seguro. Yo me aseguré de que

así fuera.

—Pero Serena está aquí. Fue fácil seguir los registros. Los centinelas estaban

reuniendo a los últimos humanos que quedaban por embarcar, así que vine con ellos.

Aquello era lo peor que podía imaginar. Ni siquiera se le ocurrió plantearse que su

reacción iba mucho más allá de lo normal para una máquina pensante. Había

invertido tanto trabajo en Gilbertus, le había instruido, le había convertido en un

humano superior… y todo para descubrir que iba a morir junto con todos los otros.

Con aquel clon inepto por el que demostraba un amor y una entrega tan absurdos.

A pesar de todo lo que Erasmo había experimentado y sabía, ya nada le

importaba. Solo sabía una cosa: tenía que rescatar a su hijo.

En las pantallas de datos externas, vio que, aunque la Flota de Venganza había

vacilado momentáneamente ante la amenaza, parecía que seguían avanzando.

—Gilbertus, yo te salvaré. Estate preparado.

No podía perder el tiempo con el núcleo parcialmente recuperado del Omnius

Primero. Furioso, lo dejó a un lado y abandonó la cámara subterránea a toda prisa.

 

«Debo despertar».

Los datos empezaron a fluir, pero aún quedaba mucho por hacer antes de que la

memoria de circuitos gelificados quedara totalmente restituida. Los dos Omnius no

sincronizados habían infligido graves daños a sus sistemas, pero no se habían

molestado en terminar el trabajo. Habían desechado sus restos cibernéticos en su

ciudadela central y habían vuelto su atención a otros asuntos.

Corrin estaba a punto de caer por su culpa.

Antes de que las dos copias defectuosas lo derribaran, el Omnius Primero había

desarrollado una vía de escape que permitiría salvar su núcleo de memoria. Podía

codificar toda la información contenida en su interior en un pack de datos gigante. Y,

puesto que no habría circuitos gelificados, y no sería más que una señal, podría pasar

sin problemas por la red descodificadora. «Omnius» iría a la deriva por la galaxia

hasta que encontrara un receptor, cualquier cosa que le permitiera descargarse. Que le

permitiera vivir.

Las dos supermentes usurpadoras podían quedarse allí y tratar de cambiar las

apuestas. Ellas serían destruidas, pero el Omnius Primero no podía permitir que a él

le pasara lo mismo. Pero antes que nada tenía que regenerar sus sistemas.