La batalla de Corrin
Capítulo 101
Hay muchas similitudes entre los hombres y las máquinas que crearon, y muchas diferencias. La lista de diferencias es relativamente pequeña… pero los aspectos que aparecen en ella son de una tremenda trascendencia. Y son la esencia de mi frustración.
Diálogos de Erasmo, una de
sus últimas entradas conocidas
Tras enviar su ultimátum a la Flota de Venganza de la Liga, Erasmo emprendió una
tarea aún más difícil. Pero al menos Gilbertus estaba a salvo.
Dando un rodeo, el robot autónomo entró a toda prisa en una red de túneles
situada bajo la plaza y llegó a la cámara donde habían colocado al Omnius Primero,
bajo el lugar donde anteriormente estuvo la ciudadela central. Las paredes de la
cámara, al igual que el mecanismo de la ciudadela en sí, estaban hechas del más
exquisito metal líquido, pero el brillo de antaño había degenerado en negro. La
supermente bifurcada no tenía la «vena artística» del Omnius Primero depuesto…
solo sus perturbadores defectos.
El robot no sabía cuánto tiempo tenía. Suponía que Vorian Atreides y sus
seguidores fanáticos y supersticiosos decidirían que los términos eran inaceptables y
el ejército de la Humanidad se retiraría sin causar mayores daños. El hecho de pensar
que habían visto a la auténtica Serena Butler sería un factor decisivo.
Rekur Van se había recuperado de las heridas que sufrió cuando ThurrOm y
SeurOm neutralizaron al Omnius Primero, y había seguido trabajando en los robots
biológicos, como Erasmo le pidió. Esperaba poder utilizarlos para engañar a los
humanos. El nuevo metal líquido permitía a los robots variar el aspecto de sus caras,
pero estos innovadores biometales tenían frecuentes fallos, y a menudo los robots de
prueba sufrían inquietantes derrames faciales. Algunos habían logrado imitar las
expresiones y movimientos de Serena, pero un solo error lo habría echado todo a
perder.
Eso significaba que tenía que confiar su plan a la figura del clon de Serena. A
Gilbertus no le iba a gustar, pero era necesario. Seguramente los hrethgir tratarían de
encontrar otra forma de destruir el último de los Planetas Sincronizados. Y él no
confiaba en que las dos supermentes encontraran una solución flexible. Así que
decidió aumentar sus posibilidades.
Mediante códigos de acceso, Erasmo logró abrir la cubierta de la antigua
ciudadela central, y dentro encontró lo que buscaba: una diminuta pieza de metalglaz
dentro de una bola de cristal. El Omnius-Corrin derribado había sufrido graves daños,
pero quizá lograra salvar parte de sus contenidos.
Con mucho cuidado, cogió la bola de cristal. Y se arriesgó, hizo lo que hasta entonces se había negado a hacer: cargó la bola en un puerto de acceso de su torso de
metal líquido, se la «tragó». Quizá podría asimilar parte de lo que quedara de la
inmensa supermente. Tenía que intentarlo. Todo dependía de aquello… el futuro de
las máquinas, del imperio.
Los sistemas del robot se ajustaron al tamaño y la forma del objeto que había
insertado y vibraron mientras trataba de activar a la supermente. Era evidente que las
versiones ThurrOm y SeurOm estaban corrompidas, y aunque Erasmo y el Omnius
Primero habían tenido muchas desavenencias peligrosas, decidió volver a conectar la
copia original.
La supermente tenía importantes programas de recuperación, sistemas de
seguridad que probablemente la habrían conservado intacta a pesar de los graves
daños. Esperaba poder hacerla reaccionar lo suficiente para que ella misma reparara
el daño.
—Si esto funciona ya no tendrás excusas para seguir llamándome «mártir» —dijo
en voz alta, y se dio cuenta de que estaba imitando el extraño hábito humano de la
suficiencia.
Su intento no tuvo éxito.
Decepcionado, el robot inició los sistemas de recuperación de su propio
procesador, pero no pasó nada. La supermente debía de estar demasiado dañada y no
podía reiniciarse y transferir su contenido al complejo sistema de circuitos gelificados
de Erasmo. Estaba muerta.
Pero, finalmente, consiguió provocar una leve respuesta, una chispa, un lentísimo
primer movimiento en los sistemas de recuperación de datos en el interior del núcleo
fundido de la supermente.
De pronto, Erasmo reparó en un ojo espía que flotaba cerca de su cabeza. Y,
aunque ThurrOm y SeurOm estaban demasiado ocupados con aquel impás militar,
sabía que el espía electrónico estaba conectado a ellos, tanto si le prestaban atención
como si no. Según sus cálculos, no le convenía que vieran e interpretaran sus actos.
Así que agarró el ojo espía con la intención de estrujarlo en su mano metálica.
Pero la voz que salió del diminuto altavoz no era la de Omnius.
—Padre, le he encontrado. —La señal llegaba débil, distorsionada, pero era
evidente ¡que se trataba de Gilbertus Albans!
Tras insertar una aguja sonda de su mano en los sistemas del aparato, Erasmo
utilizó su propia programación para amplificar el sonido y filtrar el ruido. El ojo espía
se iluminó y apareció una proyección holográfica llena de información. En un
instante, Erasmo revisó los exhaustivos registros, comprobando las diferentes
imágenes, miles y miles de imágenes en las que aparecían aquellas criaturas
racionales atrapadas, apretujadas, como si con la simple proximidad pudieran
protegerse de las explosiones inminentes. Entonces vio algo que sacudió sus circuitos internos hasta la raíz. No. Debía de haber un error.
Vio al clon de Serena Butler. Y, junto a ella… ¡Gilbertus! Estaba transmitiendo
desde uno de los contenedores trampa del puente de hrethgir.
Gilbertus tenía uno de los sensores mecánicos del contenedor.
—Está ahí, padre. He conectado este sistema a uno de los ojos espías.
—¿Qué haces ahí? Tendrías que estar en un lugar seguro. Yo me aseguré de que
así fuera.
—Pero Serena está aquí. Fue fácil seguir los registros. Los centinelas estaban
reuniendo a los últimos humanos que quedaban por embarcar, así que vine con ellos.
Aquello era lo peor que podía imaginar. Ni siquiera se le ocurrió plantearse que su
reacción iba mucho más allá de lo normal para una máquina pensante. Había
invertido tanto trabajo en Gilbertus, le había instruido, le había convertido en un
humano superior… y todo para descubrir que iba a morir junto con todos los otros.
Con aquel clon inepto por el que demostraba un amor y una entrega tan absurdos.
A pesar de todo lo que Erasmo había experimentado y sabía, ya nada le
importaba. Solo sabía una cosa: tenía que rescatar a su hijo.
En las pantallas de datos externas, vio que, aunque la Flota de Venganza había
vacilado momentáneamente ante la amenaza, parecía que seguían avanzando.
—Gilbertus, yo te salvaré. Estate preparado.
No podía perder el tiempo con el núcleo parcialmente recuperado del Omnius
Primero. Furioso, lo dejó a un lado y abandonó la cámara subterránea a toda prisa.
«Debo despertar».
Los datos empezaron a fluir, pero aún quedaba mucho por hacer antes de que la
memoria de circuitos gelificados quedara totalmente restituida. Los dos Omnius no
sincronizados habían infligido graves daños a sus sistemas, pero no se habían
molestado en terminar el trabajo. Habían desechado sus restos cibernéticos en su
ciudadela central y habían vuelto su atención a otros asuntos.
Corrin estaba a punto de caer por su culpa.
Antes de que las dos copias defectuosas lo derribaran, el Omnius Primero había
desarrollado una vía de escape que permitiría salvar su núcleo de memoria. Podía
codificar toda la información contenida en su interior en un pack de datos gigante. Y,
puesto que no habría circuitos gelificados, y no sería más que una señal, podría pasar
sin problemas por la red descodificadora. «Omnius» iría a la deriva por la galaxia
hasta que encontrara un receptor, cualquier cosa que le permitiera descargarse. Que le
permitiera vivir.
Las dos supermentes usurpadoras podían quedarse allí y tratar de cambiar las
apuestas. Ellas serían destruidas, pero el Omnius Primero no podía permitir que a él
le pasara lo mismo. Pero antes que nada tenía que regenerar sus sistemas.