La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 73 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 72

 

Nunca creí que volvería a Salusa Secundus; los soberbios salones de asambleas de la Liga, los inmensos monumentos de Zimia. Ay, que no son tan extraordinarios como los recordaba.

YOREK THURR, diarios secretos de Corrin

 

Una vez salió de Corrin, Yorek Thurr pasó casi dos meses en tránsito antes de llegar

al vulnerable corazón de la Liga de Nobles.

En ese intervalo, se las arregló para robar una nave en uno de los planetas

arrasados por la epidemia, en los límites del territorio espacial de la Liga. Y, puesto

que él era inmune al virus, le alegró comprobar la desolación que había provocado y

la gran cantidad de ciudades y poblaciones que habían sucumbido durante la terrible

epidemia. Estaba exultante.

En un planeta tras otro, la civilización había quedado reducida a la simple

supervivencia. Después de dos décadas sin apenas comercio exterior, el puñado de

supervivientes eran como aves carroñeras que se peleaban por las provisiones, las

casas, las herramientas. En algunos sistemas afectados por una sucesión de desastres,

un ochenta por ciento de la población había muerto a causa de la epidemia o sus

consecuencias. Pasarían generaciones antes de que la humanidad pudiera recuperarse.

«Y todo gracias a una idea mía».

Por el camino, se detuvo en otros dos planetas, para enterarse de las noticias,

robar dinero y modificar su historia y su disfraz. Estaba hambriento por saber cómo

habían cambiado las cosas desde su muerte fingida y su exilio entre las máquinas

pensantes.

Entre los cambios, el más destacado era el aumento del fanatismo religioso, del

afán del Culto a Serena por destrozar estúpidamente materiales y equipamientos

útiles. Thurr no pudo evitar sonreír al ver aquella devastación absurda. Un desarrollo

que no había sabido anticipar, aunque no tenía ninguna objeción. Los humanos solo

se estaban perjudicando a sí mismos.

Cuando llegara a Zimia esperaba descubrir que otra de sus perversas ideas —la de

los pequeños devoradores mecánicos— había acarreado grandes horrores a la

población. Contrariamente a lo que Erasmo creía, él no se regodeaba en la muerte

porque sí. Sencillamente, le gustaba tener logros en su vida…

Cuando al fin llegó a Salusa Secundus, Thurr estaba totalmente metido en su

papel de refugiado de Balut, uno de los planetas arrasados por la epidemia. Salusa se

había convertido en el centro de distribución de refugiados, la repoblación de planetas

y la mejora de las líneas genéticas gracias al material que las hechiceras de Rossak

habían reunido hacía años. Thurr sonrió. En cierto modo, él había ayudado a mejorar la especie.

Se maravilló al ver la energía y la insistencia de la Liga por volver a dejar las

cosas como antes, en lugar de aceptar los cambios y seguir adelante. En cuanto

recuperara el poder, tendría que arreglar eso. Y, viendo lo debilitada y confusa que

estaba la Liga, no tardaría mucho en lograr su objetivo. Sin la guía y el eje de la

Yihad, los supervivientes iban a la deriva. Le necesitaban.

Thurr estudió bases de datos históricas, versiones de la Yihad adornadas por la

propaganda, y le molestó descubrir que apenas le mencionaban. ¡Después de todo lo

que había logrado, de todo el trabajo que había hecho durante sus años de servicio! Él

había creado la policía de la Yihad, había ayudado al Gran Patriarca Ginjo a convertir

su cargo en una posición de vital importancia. Él mismo tendría que haber sido Gran

Patriarca, pero su gran error fue confiar en esa arpía de Camie Boro-Ginjo. Y ahora,

después de una larga ausencia, parece que la Liga le había desechado, que le había

dejado al margen.

En cuanto comprobaron que no era portador de ninguna enfermedad ni virus

contagioso y le dieron el visto bueno, Thurr puso pie en Zimia por primera vez desde

hacía décadas. La ciudad había cambiado muchísimo. Había estandartes con las

imágenes de Serena, Manion el Inocente e Iblis Ginjo en todos los edificios altos.

Altares llenos de caléndulas adornaban cada esquina y cada callejón.

Para su sorpresa y disgusto, Thurr se enteró de que la Yipol había sido

desmantelada. Desde que la guerra terminó hacía dos décadas, en la Liga la seguridad

se había descuidado de forma risible. Tras reconocer los alrededores y pensar un plan,

Thurr superó sin problemas varios controles y llegó al centro de la ciudad.

Xander Boro-Ginjo, sobrino y sucesor de Tambir, era el Gran Patriarca. Y ni

siquiera había nacido hasta un año después de su falsa muerte. Todo parecía indicar

que Xander no era más que un títere, una mascota regordeta y blanda con un amo que

le decía lo que tenía que hacer.

Thurr sintió un fuego que le quemaba en el pecho. Ahora merecía más que nunca

ser Gran Patriarca. Podía ser un hombre muy persuasivo, y esperaba que la transición

se hiciera sin contratiempos. Cuando llegara el momento, confesaría su verdadera

identidad y su milagroso regreso, arropados por una historia ficticia de valentía y

torturas a manos de Omnius. Entonces podría reclamar lo que era suyo y la gente se

daría cuenta de que le necesitaba.

Subrepticiamente Thurr estudió la mansión administrativa del Gran Patriarca, sus

hábitos, sus movimientos. Averiguó la distribución de los centros de investigación,

edificios de oficinas, y la sede central del ejército de la Humanidad. También

determinó las responsabilidades de los diferentes cuerpos políticos. El aumento

visible de la burocracia demostraba que la Liga ya se había estancado, que iba por un

camino equivocado que impediría que lograran nada importante.

Había llegado justo a tiempo. Él lo arreglaría todo.

No tardó mucho en idear un plan para colarse en las oficinas del Gran Patriarca.

Para deshacerse de su disfraz de refugiado de Balut, consiguió las ropas más

aceptables de un secretario de la Liga y, en cuanto se deshizo del cuerpo, echó a

andar por los salones y las oficinas de la mansión.

Thurr se imaginaba que, en cuanto revelara su identidad a Xander Boro-Ginjo,

este lo recibiría como un héroe perdido. Habría desfiles por las calles, y las

multitudes aplaudirían la historia épica de su vida y le darían la bienvenida a la Liga.

Sus ojos oscuros destellaban por la expectación.

Sin grandes precauciones, consiguió llegar a una habitación desde la que se podía

acceder a donde él quería; salió por una ventana y graciosamente caminó por el

endeble reborde hasta la ventana de la oficina que buscaba. Esperó a que Xander se

quedara solo en su despacho privado y entonces entró.

Thurr sacó pecho y sonrió, esperando que le diera la bienvenida. Desde detrás de

su mesa, el Gran Patriarca levantó la vista y lo miró, pero no asustado o enfadado,

sino confuso. La ornamentada cadena de su cargo colgaba pesadamente de su cuello

grueso.

—¿Quién es usted, qué hace aquí? —Consultó un pesado libro que tenía sobre la

mesa—. ¿Tenía cita?

Los labios finos de Thurr formaron una sonrisa.

—Soy Yorek Thurr, antiguo comandante de la policía de la Yihad. Fui la mano

derecha de tu abuelo y su consejero especial.

Su tratamiento de extensión vital le había permitido conservar la apariencia de

una persona de mediana edad, aunque en los pasados cinco años había empezado a

experimentar extraños tics y temblores, y se preguntaba si Omnius no le habría

engañado. Aquel zoquete gordinflón no se creería la edad que tenía.

—Sí, es muy interesante, pero tengo una reunión importante de aquí a unos

minutos.

—Entonces debes redefinir tu idea de lo que es importante, Xander Boro-Ginjo.

—Thurr se acercó con gesto amenazador—. Se suponía que yo tenía que ser el

sucesor de Iblis Ginjo, pero tu abuela se hizo con la cadena de mando, y luego tu tío

Tambir se convirtió en Gran Patriarca. Una y otra vez se me negó lo que me

pertenecía por derecho. Durante muchos años he dejado a un lado mis derechos, pero

ha llegado la hora de que lleve a la Liga en la dirección correcta. Exijo que dimitas y

me cedas tu puesto.

Xander parecía perplejo. Tenía la cara regordeta y papada por la buena vida, y los

ojos mortecinos, por las drogas, por la bebida, o quizá fuera solo por falta de

inteligencia.

—¿Por qué iba a hacer tal cosa? ¿Cómo ha dicho que se llama? ¿Cómo ha conseguido entrar en…?

Un ayudante abrió la puerta.

—Señor, su reunión está… —Pestañeó sorprendido al ver a Thurr, que se giró y

lo miró furioso. Ojalá hubiera cogido su daga—. ¡Oh, disculpe, no sabía que tuviera

visita! ¿Quién es, señor?

Xander se levantó enfadado.

—No lo sé, y no deberías haber dejado que entrara. Di a los guardias que lo

echen.

Thurr lo miró furioso.

—Cometes un grave error, Xander Boro-Ginjo.

El ayudante llamó a los guardias, que entraron enseguida y rodearon a Thurr.

Disgustado, el hombre vio que le superaban en número y que no le darían tiempo a

explicarse.

—Después de todo lo que he hecho por la Liga, esperaba un mejor recibimiento.

—La cabeza le martilleaba y, por un momento, le costó recordar dónde estaba.

¿Cómo es que aquella gente no lo entendía?

El Gran Patriarca meneó la cabeza.

—Este hombre tiene delirios, y temo que pueda ser violento. —Volvió a mirar a

Thurr—. Nadie le conoce, señor.

Aquellas palabras le llenaron de ira, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para

controlarse, porque no deseaba sacrificar su vida de una forma tan absurda. Cuando

los guardias se lo llevaron del despacho, Boro-Ginjo y su ayudante se quedaron

estudiando el programa de la reunión. Thurr fingió cooperar con los guardias, que lo

escoltaron al exterior de la mansión.

Decepcionado por su propia estupidez, Thurr comprendió que había pasado

demasiado tiempo entre máquinas. Había gobernado como monarca absoluto en

Wallach IX. Y había olvidado lo estúpidos e intratables que podían llegar a ser los

hrethgir. Se reprendió a sí mismo por aquel error y se prometió que no volvería a

pasar. Un plan… necesitaba un buen plan.

Los guardias eran soldados incompetentes, no acostumbrados a tratar con

asesinos entrenados y diestros como Yorek Thurr. Pero decidió no matarlos, porque

habría atraído demasiada atención sobre su persona. Tenía que hacer muchos planes,

y no podía arriesgarse a tener que hacerlo mientras huía de una caza al hombre.

Cuando tuvieron un descuido, Thurr se escabulló y se perdió por las calles de

Zimia. Los guardias gritaron y le persiguieron, pero fue fácil despistarlos. Aunque

pidieron refuerzos y lo estuvieron buscando durante horas, el antiguo comandante de

la Yipol no tardó en encontrar un escondite y se concentró en buscar un enfoque más

efectivo.

Solo era cuestión de tiempo. Y cuando tuviera un plan cuidadoso, conseguiría todo lo que merecía.