La batalla de Corrin
Capítulo 16
Si nos permitimos ser demasiado humanos y nos dejamos llevar por el amor y la compasión cuando es más peligroso, nos pondremos en una posición vulnerable que permitirá que las máquinas pensantes nos destruyan. Sí, los humanos tenemos un corazón y un alma que no tienen las máquinas, pero no podemos permitir que se conviertan en la causa de nuestra extinción.
QUENTIN BUTLER, carta a su hijo Faykan
Cuando regresó a casa después de la liberación de Honru, Quentin Butler fue a la
Ciudad de la Introspección a ver a Wandra. Su esposa estuvo tan indiferente y callada
como siempre, pero al ajado primero le gustaba sentarse junto a ella, reconfortarla
con su presencia y sentirse reconfortado con la de ella. Cuando miraba el rostro de
Wandra, aún veía su belleza, veía una sombra de la mujer que fue. Hablando en voz
alta, le contó lo que había hecho en su última misión, y le habló de su visita a la
familia de Rikov en Parmentier. Por desgracia, apenas llevaba una hora con Wandra
cuando un joven quinto llegó en su busca. El oficial llegó con grandes prisas a los
bellos terrenos ajardinados de aquel retiro religioso. Un viejo metafísico y erudito
ataviado con una voluminosa camisa púrpura acompañó al visitante, moviéndose con
demasiada lentitud dada la urgencia del mensaje que lo llevaba allí.
—¡Primero Butler! Acabamos de recibir un comunicado de Parmentier. El
gobernador envió una nave con un mensaje urgente hace semanas. ¡Es un aviso!
Quentin oprimió la mano flácida de Wandra y se puso en pie, enderezando la
espalda y volviendo su atención a su deber.
—¿Un aviso de Rikov? Quiero ver al mensajero.
—No puede, primero. No ha bajado a la superficie. El mensajero sigue en órbita,
transmitiendo, pero se niega a abandonar su nave. Tiene miedo de contagiarnos a
todos.
—¿Contagiarnos? ¿Qué está pasando?
—Y eso no es todo, señor… han empezado a llegar noticias de otros mundos de la
Liga.
Mientras el quinto le explicaba la situación atropelladamente, Quentin lo cogió
del brazo y lo alejó de allí. A su espalda, el erudito miraba con expresión plácida.
Luego, el anciano se sujetó unos pliegues de su camisa púrpura y le habló a la
silenciosa Wandra, como si pensara que podía ser una audiencia receptiva a sus ideas
esotéricas.
Con una expresión de inquietud en el rostro, Quentin observó mientras en el Consejo
de la Yihad veían el mensaje grabado por Rikov. Las imágenes que había transmitido el apresurado mensajero desde su nave en órbita mostraban la epidemia
extendiéndose por Niubbe y las zonas rurales de Parmentier, gente muerta o
moribunda por las calles, salas de hospitales desbordadas… y eso había sido hacía
semanas, al inicio de la epidemia.
—La noticia ya está desfasada —dijo el Gran Patriarca Xander Boro-Ginjo—.
Quizá a estas alturas ya han encontrado una cura. ¿Quién sabe lo que habrá pasado en
este tiempo?
—Yo estaba allí cuando los primeros proyectiles estallaron en la atmósfera —dijo
Quentin—. En aquel momento no entendimos lo que Omnius estaba tramando. Y
ahora Rikov está atrapado.
—¿Quién puede saber nunca lo que Omnius pretende? —preguntó el virrey
interino. Con frecuencia Brevin O'Kukovich hacía comentarios que no significaban
absolutamente nada.
Quentin no hizo caso.
—Si las máquinas pensantes han desarrollado un arma biológica, debemos estar
alerta. Podemos destruir los proyectiles que lancen contra nosotros en el espacio, pero
una vez que la enfermedad entre en la atmósfera, ni las rigurosas cuarentenas ni los
tratamientos médicos serán completamente efectivos. No hay ninguna garantía.
Aunque había tenido poco tiempo antes de aquella sesión de emergencia, Quentin
había reunido informes de naves llegadas recientemente. También había encargado a
Faykan que ampliara las patrullas en el perímetro espacial de Salusa Secundus y
extendiera la red de sensores para detectar la llegada de posibles proyectiles.
Normalmente habría sido casi imposible diferenciar objetos tan pequeños entre la
maraña de basura espacial que flotaba por el sistema, pero el ejército conservaba
grabaciones muy precisas de los primeros torpedos lanzados en Parmentier, así que
tenían con que comparar, y eso les permitiría descartar falsas señales.
—Tenemos que verificar esta noticia —dijo el virrey interino—. Tendremos que
meditar bien qué tipo de acción emprendemos.
Quentin se puso en pie. Ahora que el comandante supremo Atreides se había ido
—irónicamente a Parmentier—, él estaba temporalmente al mando.
—Hay que emprender acciones inmediatamente. Si las sospechas de Rikov son
acertadas, no podemos perder ni un momento. Con el comercio interestelar y el
intercambio continuo de personas y mercancías por todos los mundos de la Liga y los
Planetas No Aliados, una epidemia podría provocar un daño sin precedentes a la raza
humana…
La línea segura de su comunicador sonó, y Quentin aceptó el mensaje. La voz de
Faykan llegó lo bastante clara para que los miembros del Consejo le oyeran.
—Primero, sus sospechas eran correctas. Tal como predijo, hemos detectado un
grupo de torpedos como los que atacaron Parmentier que venían hacia aquí.
Quentin miró con expresión de connivencia a aquellos hombres y mujeres
sentados alrededor de la mesa del Consejo.
—¿Los habéis interceptado?
—Sí, señor.
—Tendríamos que conservar uno intacto para poder analizarlo —propuso uno de
los miembros del Consejo—. Quizá podremos averiguar qué está haciendo Omnius.
Faykan lo interrumpió:
—Los hemos destruido todos para evitar el riesgo de un contagio accidental.
—Excelente trabajo —dijo su padre—. Mantened la vigilancia. Salusa es el
objetivo más importante de la Liga, así que seguramente Omnius enviará más
proyectiles.
Faykan cortó la comunicación y Quentin miró a su alrededor.
—¿Quién pone en duda que Omnius ya habrá enviado más de esos torpedos a
otros mundos? Tenemos que detenerlos, hacer correr la noticia antes de que la
epidemia se extienda a otros planetas.
—¿Y cómo se propone hacer eso exactamente? —preguntó el virrey interino
O'Kukovich.
Con decisión, Quentin expuso su plan.
—Dispersando al ejército de la Yihad lo más rápido posible, enviando
exploradores con avisos y preparando las cuarentenas. La urgencia de la misión quizá
justifique el uso de naves que plieguen el espacio —dijo después de pensarlo—. Es
posible que perdamos una de cada diez naves, pero si no alertamos y ayudamos a
otros planetas a prepararse, podríamos perder la población de planetas enteros.
—Todo eso suena… hum, bastante drástico —dijo O'Kukovich con voz indecisa,
buscando apoyo en los que le rodeaban.
—Exacto… igual que el plan de Omnius.
El propio Quentin se puso al frente de una patrulla, como un oficial más. Iba a toda
velocidad de un sistema a otro, ayudando a las poblaciones locales a poner en
práctica medidas de protección. Docenas de torpedos biológicos fueron interceptados
en otros mundos de la Liga, pero evidentemente algunos lograron pasar. Parmentier
estaba aislado… y habían llegado noticias de otros cinco planetas donde la epidemia
estaba causando estragos.
Quentin temía que fuera demasiado tarde.
Se impusieron severas cuarentenas, pero aun así la gente escapaba, llevando la
epidemia consigo. Sin duda, algunos buscarían refugio en Salusa Secundus. Ni
siquiera con medidas draconianas podrían proteger el mundo capital de la Liga.
¿Cómo iban a interceptar cada pequeña nave desesperada que aparecía? Eso habría
significado cerrar el paso a todas las naves e imponerles una cuarentena para verificar si sus ocupantes manifestaban los síntomas de la epidemia. Por suerte, dada la
lentitud de los viajes espaciales estándar y la relativa rapidez con que actuaba la
enfermedad, la tripulación de cualquier nave infectada habría manifestado los
síntomas antes de llegar a Salusa.
Quentin andaba arriba y abajo por el puente, observando las expresiones
extraviadas y la confusión en el rostro de sus hombres. Los técnicos de sensores
estaban en alerta permanente, conscientes de que si se despistaban un momento, si un
solo torpedo biológico escapaba a su vigilancia, un mundo entero podía perecer.
Después de tantos años de Yihad, la Liga era un organismo enfermo e inestable,
unido por el odio común a las máquinas pensantes. Quentin temía que una epidemia
tan virulenta como aquella —y el pánico, que se extendía aún más deprisa— haría
que la civilización se desmembrara.