La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 17 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 16

 

Si nos permitimos ser demasiado humanos y nos dejamos llevar por el amor y la compasión cuando es más peligroso, nos pondremos en una posición vulnerable que permitirá que las máquinas pensantes nos destruyan. Sí, los humanos tenemos un corazón y un alma que no tienen las máquinas, pero no podemos permitir que se conviertan en la causa de nuestra extinción.

QUENTIN BUTLER, carta a su hijo Faykan

 

Cuando regresó a casa después de la liberación de Honru, Quentin Butler fue a la

Ciudad de la Introspección a ver a Wandra. Su esposa estuvo tan indiferente y callada

como siempre, pero al ajado primero le gustaba sentarse junto a ella, reconfortarla

con su presencia y sentirse reconfortado con la de ella. Cuando miraba el rostro de

Wandra, aún veía su belleza, veía una sombra de la mujer que fue. Hablando en voz

alta, le contó lo que había hecho en su última misión, y le habló de su visita a la

familia de Rikov en Parmentier. Por desgracia, apenas llevaba una hora con Wandra

cuando un joven quinto llegó en su busca. El oficial llegó con grandes prisas a los

bellos terrenos ajardinados de aquel retiro religioso. Un viejo metafísico y erudito

ataviado con una voluminosa camisa púrpura acompañó al visitante, moviéndose con

demasiada lentitud dada la urgencia del mensaje que lo llevaba allí.

—¡Primero Butler! Acabamos de recibir un comunicado de Parmentier. El

gobernador envió una nave con un mensaje urgente hace semanas. ¡Es un aviso!

Quentin oprimió la mano flácida de Wandra y se puso en pie, enderezando la

espalda y volviendo su atención a su deber.

—¿Un aviso de Rikov? Quiero ver al mensajero.

—No puede, primero. No ha bajado a la superficie. El mensajero sigue en órbita,

transmitiendo, pero se niega a abandonar su nave. Tiene miedo de contagiarnos a

todos.

—¿Contagiarnos? ¿Qué está pasando?

—Y eso no es todo, señor… han empezado a llegar noticias de otros mundos de la

Liga.

Mientras el quinto le explicaba la situación atropelladamente, Quentin lo cogió

del brazo y lo alejó de allí. A su espalda, el erudito miraba con expresión plácida.

Luego, el anciano se sujetó unos pliegues de su camisa púrpura y le habló a la

silenciosa Wandra, como si pensara que podía ser una audiencia receptiva a sus ideas

esotéricas.

 

Con una expresión de inquietud en el rostro, Quentin observó mientras en el Consejo

de la Yihad veían el mensaje grabado por Rikov. Las imágenes que había transmitido el apresurado mensajero desde su nave en órbita mostraban la epidemia

extendiéndose por Niubbe y las zonas rurales de Parmentier, gente muerta o

moribunda por las calles, salas de hospitales desbordadas… y eso había sido hacía

semanas, al inicio de la epidemia.

—La noticia ya está desfasada —dijo el Gran Patriarca Xander Boro-Ginjo—.

Quizá a estas alturas ya han encontrado una cura. ¿Quién sabe lo que habrá pasado en

este tiempo?

—Yo estaba allí cuando los primeros proyectiles estallaron en la atmósfera —dijo

Quentin—. En aquel momento no entendimos lo que Omnius estaba tramando. Y

ahora Rikov está atrapado.

—¿Quién puede saber nunca lo que Omnius pretende? —preguntó el virrey

interino. Con frecuencia Brevin O'Kukovich hacía comentarios que no significaban

absolutamente nada.

Quentin no hizo caso.

—Si las máquinas pensantes han desarrollado un arma biológica, debemos estar

alerta. Podemos destruir los proyectiles que lancen contra nosotros en el espacio, pero

una vez que la enfermedad entre en la atmósfera, ni las rigurosas cuarentenas ni los

tratamientos médicos serán completamente efectivos. No hay ninguna garantía.

Aunque había tenido poco tiempo antes de aquella sesión de emergencia, Quentin

había reunido informes de naves llegadas recientemente. También había encargado a

Faykan que ampliara las patrullas en el perímetro espacial de Salusa Secundus y

extendiera la red de sensores para detectar la llegada de posibles proyectiles.

Normalmente habría sido casi imposible diferenciar objetos tan pequeños entre la

maraña de basura espacial que flotaba por el sistema, pero el ejército conservaba

grabaciones muy precisas de los primeros torpedos lanzados en Parmentier, así que

tenían con que comparar, y eso les permitiría descartar falsas señales.

—Tenemos que verificar esta noticia —dijo el virrey interino—. Tendremos que

meditar bien qué tipo de acción emprendemos.

Quentin se puso en pie. Ahora que el comandante supremo Atreides se había ido

—irónicamente a Parmentier—, él estaba temporalmente al mando.

—Hay que emprender acciones inmediatamente. Si las sospechas de Rikov son

acertadas, no podemos perder ni un momento. Con el comercio interestelar y el

intercambio continuo de personas y mercancías por todos los mundos de la Liga y los

Planetas No Aliados, una epidemia podría provocar un daño sin precedentes a la raza

humana…

La línea segura de su comunicador sonó, y Quentin aceptó el mensaje. La voz de

Faykan llegó lo bastante clara para que los miembros del Consejo le oyeran.

—Primero, sus sospechas eran correctas. Tal como predijo, hemos detectado un

grupo de torpedos como los que atacaron Parmentier que venían hacia aquí.

Quentin miró con expresión de connivencia a aquellos hombres y mujeres

sentados alrededor de la mesa del Consejo.

—¿Los habéis interceptado?

—Sí, señor.

—Tendríamos que conservar uno intacto para poder analizarlo —propuso uno de

los miembros del Consejo—. Quizá podremos averiguar qué está haciendo Omnius.

Faykan lo interrumpió:

—Los hemos destruido todos para evitar el riesgo de un contagio accidental.

—Excelente trabajo —dijo su padre—. Mantened la vigilancia. Salusa es el

objetivo más importante de la Liga, así que seguramente Omnius enviará más

proyectiles.

Faykan cortó la comunicación y Quentin miró a su alrededor.

—¿Quién pone en duda que Omnius ya habrá enviado más de esos torpedos a

otros mundos? Tenemos que detenerlos, hacer correr la noticia antes de que la

epidemia se extienda a otros planetas.

—¿Y cómo se propone hacer eso exactamente? —preguntó el virrey interino

O'Kukovich.

Con decisión, Quentin expuso su plan.

—Dispersando al ejército de la Yihad lo más rápido posible, enviando

exploradores con avisos y preparando las cuarentenas. La urgencia de la misión quizá

justifique el uso de naves que plieguen el espacio —dijo después de pensarlo—. Es

posible que perdamos una de cada diez naves, pero si no alertamos y ayudamos a

otros planetas a prepararse, podríamos perder la población de planetas enteros.

—Todo eso suena… hum, bastante drástico —dijo O'Kukovich con voz indecisa,

buscando apoyo en los que le rodeaban.

—Exacto… igual que el plan de Omnius.

 

El propio Quentin se puso al frente de una patrulla, como un oficial más. Iba a toda

velocidad de un sistema a otro, ayudando a las poblaciones locales a poner en

práctica medidas de protección. Docenas de torpedos biológicos fueron interceptados

en otros mundos de la Liga, pero evidentemente algunos lograron pasar. Parmentier

estaba aislado… y habían llegado noticias de otros cinco planetas donde la epidemia

estaba causando estragos.

Quentin temía que fuera demasiado tarde.

Se impusieron severas cuarentenas, pero aun así la gente escapaba, llevando la

epidemia consigo. Sin duda, algunos buscarían refugio en Salusa Secundus. Ni

siquiera con medidas draconianas podrían proteger el mundo capital de la Liga.

¿Cómo iban a interceptar cada pequeña nave desesperada que aparecía? Eso habría

significado cerrar el paso a todas las naves e imponerles una cuarentena para verificar si sus ocupantes manifestaban los síntomas de la epidemia. Por suerte, dada la

lentitud de los viajes espaciales estándar y la relativa rapidez con que actuaba la

enfermedad, la tripulación de cualquier nave infectada habría manifestado los

síntomas antes de llegar a Salusa.

Quentin andaba arriba y abajo por el puente, observando las expresiones

extraviadas y la confusión en el rostro de sus hombres. Los técnicos de sensores

estaban en alerta permanente, conscientes de que si se despistaban un momento, si un

solo torpedo biológico escapaba a su vigilancia, un mundo entero podía perecer.

Después de tantos años de Yihad, la Liga era un organismo enfermo e inestable,

unido por el odio común a las máquinas pensantes. Quentin temía que una epidemia

tan virulenta como aquella —y el pánico, que se extendía aún más deprisa— haría

que la civilización se desmembrara.