La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 29 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 28

 

La tecnología es de natural seductor. Damos por sentado que los avances en este campo son siempre una mejora, que benefician al humano. Nos estamos engañando.

RAYNA BUTLER, Visiones verdaderas

 

El despacho con la orden llegó directamente del primero Quentin Butler, pero a

Abulurd le decepcionó ver que no había ningún mensaje personal aparte de un

comentario escueto.

—Debes ir a Parmentier, donde murió Rikov. Allí es donde se dieron los primeros

casos de la enfermedad, y los investigadores de la Liga necesitan información

desesperadamente. Si puedes verificar que la epidemia ha terminado su ciclo, al

menos eso nos permitirá tener cierta esperanza. El comandante supremo Vorian

Atreides desea acompañarte por motivos personales. Partirás de inmediato.

Unos momentos después de recibir el mensaje, su oficial de comunicaciones

anunció que se acercaba una lanzadera con el comandante supremo a bordo. Abulurd

se alegró. Al menos tendría a Vorian con él.

Cuando el oficial subió a bordo, Abulurd corrió a recibirle.

—En esta misión seré un simple pasajero —le dijo Vorian—. Tú estás al mando.

Haz como si yo no estuviera.

—Oh, no puedo hacer eso, señor. Su rango me supera ampliamente.

—Por el momento considérame un civil. Esta es tu misión… yo viajo por motivos

personales. Deseo comprobar cómo sigue mi nieta y su trabajo con los equipos

médicos. Tú sabes mucho de… de responsabilidades familiares, ¿verdad, tercero

Harkonnen?

Abulurd estaba seguro de haber oído bien.

—¿Tercero?

Vor no pudo contener la sonrisa.

—Oh, ¿no te lo había dicho? Acabo de autorizar un ascenso de campo. —Y se

metió la mano en el bolsillo para sacar la insignia—. Sabe Dios que ya hemos

perdido suficientes oficiales por culpa de esta maldita epidemia. No puedes seguir

siendo cuarto para siempre.

—Gracias, señor.

—Y ahora deja de mirarme boquiabierto y pon en marcha esta nave. Nos espera

un largo camino hasta Parmentier.

 

Más tarde, Abulurd recibió a Vorian Atreides en su camarote para tomar algo y charlar tranquilamente. No se habían visto desde que el joven anunció su deseo de

limpiar el apellido de Harkonnen y restablecer el honor de los actos de Xavier.

—Abulurd, supongo que eres consciente de que has asestado un golpe fatal a tu

carrera militar. Sí, los otros oficiales saben que eres hijo del primero Quentin Butler,

pero el hecho de que cambies tu apellido para honrar a un hombre del que todos

reniegan no es solo un desafío sino que demuestra muy poco sentido común por tu

parte.

—O una capacidad de comprensión superior —dijo. Esperaba más apoyo de

Vorian.

—Eso lo sabes tú, pero los otros no. Están más que satisfechos con lo que creen

saber.

—Para mí esto significa más que avanzar en mi carrera militar. ¿Tú no quieres

limpiar su nombre? Era tu amigo.

—Por supuesto que quiero… pero ha pasado más de medio siglo, ¿qué sentido

tendría? Temo que no logres salir victorioso.

—¿Cuándo ha impedido la posibilidad del fracaso que un hombre de honor

busque la verdad? ¿No fuiste tú quien me lo enseñó, comandante supremo? Y pienso

seguir tu consejo.

Vor comprendió que Abulurd hablaba muy en serio y los ojos se le llenaron de

lágrimas.

—Ya iba siendo hora. Cuando esta epidemia termine, quizá sea el momento de

hacerles tragar la verdad.

Abulurd sonrió.

—Mejor tener una persona que te apoye que no tener ninguna.

 

Cuando la jabalina solitaria llegó a Parmentier, las estaciones de vigilancia que

recorrían interminables rutas orbitales estaban vacías y silenciosas: los tripulantes

habían muerto o se habían rendido a su destino y habían regresado a la superficie.

En el puente, en compañía de Abulurd, Vor contemplaba el planeta de aspecto

plácido.

—Han pasado casi cuatro meses desde que me fui —dijo—. Ahora buena parte de

la Liga está sufriendo las consecuencias de la epidemia. ¿Crees que algún día

volveremos a ser lo que éramos?

Abulurd alzó el mentón.

—Bajemos al planeta, señor, y veamos lo que les espera a los otros planetas

afectados.

El recién nombrado tercero y un grupo de soldados escogidos tomaron una fuerte

dosis preventiva de melange para protegerse de los últimos coletazos de la plaga y

fortalecerse frente a los horrores que pudieran encontrar en Parmentier.

En lugar de ponerse el pesado y aparatoso traje especial que había utilizado en Ix,

Abulurd optó por una mascarilla estéril que solo le cubría la cara. Los análisis habían

demostrado que el retrovirus se debilitaba rápidamente después del impulso inicial, y

allá abajo ya habría pasado el tiempo suficiente. Era una brizna de esperanza para la

Liga.

Abulurd dirigió la lanzadera hacia una elevación desde donde se divisaba la

ciudad de Niubbe, cerca de la mansión fantasmal del gobernador. Aunque ya sabía lo

que le esperaba en la casa de Rikov, tenía que entrar.

—Lo entiende, ¿verdad, señor? —le preguntó a Vorian.

—Yo también tengo asuntos personales que atender —dijo Vor, nervioso y

preocupado—. Voy a la ciudad, al Hospital de Enfermedades Incurables. Espero que

mi nieta siga allí.

El comandante supremo se fue solo, y Abulurd entró con sus hombres en la casa

de su hermano. Los soldados se dispersaron para registrar las habitaciones de aquel

edificio grande y vacío. Si otra cosa no, al menos la familia de su hermano tendría un

funeral digno. Abulurd recorrió con rapidez los pasillos, comprobando las cámaras, la

capilla familiar de Kohe, las zonas para el ocio que recordaba de sus visitas

ocasionales a su hermano.

En el dormitorio principal, encontró los cadáveres de un hombre y una mujer en

avanzado estado de descomposición. Seguramente su hermano y su esposa. Los

soldados encontraron a varios sirvientes muertos, pero no había rastro de su sobrina.

Después de tantos meses viendo la muerte tan de cerca, no sintió pavor ni

repugnancia al ver los restos de los cuerpos. Solo una profunda tristeza por no haber

tenido ocasión de conocer mejor a su hermano.

—¿Qué habrías pensado de mi decisión, Rikov? —musitó en la habitación—.

¿Habrías entendido por qué quiero hacerme llamar Harkonnen? ¿O tus prejuicios te

habrían hecho mirarme con desdén?

Más tarde, cuando llegaron a la ciudad, les sorprendió comprobar que la mayor

parte del daño se debía a la acción de la chusma, no a la epidemia. Muchos edificios

ya no eran más que una carcasa calcinada y un montón de escombros, las ventanas

estaban rotas, había desechos por las calles, las plazas, los parques.

Los soldados se dispersaron entre las ruinas, y Abulurd siguió el rastro de

destrucción que habían dejado las masas hasta un grupo de edificios quemados. En

los escalones de la entrada del Hospital de Enfermedades Incurables encontró a

Vorian Atreides, desanimado, junto a un cartel derribado con el nombre del hospital.

—No está aquí —dijo Vor—. Dentro no hay nadie. Todo está destrozado.

Abulurd sintió pena por su amigo. En medio de aquella terrible guerra, incluso el

comandante supremo no era más que un ser humano preocupado por la seguridad de

su familia.

Abulurd se aventuró a entrar y vio que el edificio había sido saqueado.

—¿Por qué destruir un centro médico? —preguntó en voz alta, como si los

fantasmas de los pacientes muertos pudieran contestarle. ¿Estaba furiosa la población

porque los médicos no podían curarles? Qué desperdicio, destruir una de las pocas

instalaciones que podía encontrar una defensa contra la epidemia y aliviar los últimos

días de los moribundos—. Cuando terminemos con la misión que nos trae aquí,

enviaremos equipos en su busca —le dijo a Vorian—. Usted mismo los dirigirá.

El comandante supremo asintió.

—Gracias.

Y salió para seguir recorriendo las calles. Los dos sabían perfectamente que entre

tanta destrucción sería muy difícil seguir el rastro de una persona concreta.

Más tarde, en una colina a las afueras de la ciudad, Abulurd y sus mercenarios

descubrieron una multitud que se había reunido para compartir la comida que habían

conseguido en sus saqueos. Todos parecían cansados, y miraban con reverencia a una

pequeña figura que estaba en pie en la cima.

Abulurd y sus hombres se acercaron, y vieron que se trataba de una niña sin pelo

y con una piel tan clara que parecía leche translúcida. La niña se dirigió a ellos.

—¿Venís a uniros a nuestra causa, a difundir el mensaje de lo que ha de hacer la

humanidad para sobrevivir?

Abulurd trató de pensar, porque la joven le resultaba familiar. Aunque ya no tenía

pelo, a pesar de la extrema delgadez de su cuerpo, solo tardó unos instantes en

reconocerla.

—¿Rayna? ¿Rayna Butler? —Corrió hacia ella—. ¡Estás viva! Soy Abulurd… tu

tío.

La niña le miró.

—¿Vienes de tan lejos para ayudarnos contra las máquinas pensantes? —Y

extendió los brazos para señalar a la ciudad herida.

—La epidemia se ha extendido por todas partes, Rayna. Tu abuelo me ha enviado

a buscaros.

—Todo el mundo ha muerto —dijo la niña—. Casi la mitad murieron por la

epidemia, y muchos otros después. No sé cuánta gente queda con vida en Parmentier.

—Con un poco de suerte, si el virus ha completado su ciclo, lo peor ya ha pasado.

—Le dio un abrazo, y le pareció tan poca cosa…, como si pudiera partirse.

—Nuestra lucha no ha hecho más que empezar. —Su voz era fuerte, como acero

templado—. Mi mensaje ya ha salido de estas fronteras. En el puerto espacial de

Niubbe el Culto a Serena encontró naves que han partido hacia otros mundos para

difundir la nueva de nuestra misión.

—¿Y qué nueva es esa, Rayna? —Abulurd sonrió. Aún la veía como la jovencita

tímida que tanto tiempo había pasado entregada a la oración en compañía de su madre—. ¿Qué es el Culto a Serena? Nunca lo he oído mencionar. —En aquel

momento comprendió que la epidemia no solo la había dejado sin pelo, también le

había hecho ganar años de pena y madurez. Por lo visto, era ella quien dirigía a

aquella gente.

—Serena misma destruyó máquinas pensantes —dijo Rayna—. Cuando Erasmo

mató a su bebé, arrojó a un robot centinela por el balcón. Fue el primer golpe de la

humanidad contra los perversos siervos de Omnius. Mi causa es destruir todas las

máquinas.

Abulurd estudió a su sobrina con creciente preocupación. No pudo evitar pensar

en las maquinaciones y las medidas oportunistas de Iblis Ginjo, contra las que Xavier

Harkonnen luchó. Sin embargo, Rayna no parecía tener aspiraciones personales. La

gente se arremolinaba a su alrededor en la colina, gritaba su nombre.

Abulurd miró atrás, a toda aquella destrucción, y habló haciéndose oír por encima

del gentío.

—¿Tú… tú has provocado todo eso, Rayna?

—Era necesario. Serena me dijo que debíamos limpiar nuestros planetas y

destruir cualquier artefacto tecnológico. Debemos eliminar todo cuanto esté

informatizado para que las máquinas no puedan volver a dominarnos. No debemos

dejar ningún asidero al enemigo, porque de lo contrario la raza humana volverá a caer

en el abismo. Hemos sufrido mucho, pero estamos vivos —siguió diciendo,

mirándolo con aquellos ojos penetrantes y encendidos—. Podemos apañarnos sin

unas pocas… comodidades.

Era como un modelo de sacrificio, y manifestaba un total desinterés por las

posesiones materiales. Seguramente solo había cogido lo mínimo, lo había dejado

casi todo en la mansión de su padre.

Con gran turbación, Abulurd estiró el brazo para tocar el hombro huesudo de su

sobrina.

—Quiero que vuelvas a Salusa conmigo, Rayna. Te reunirás con el resto de la

familia. —También quería alejarla de aquella chusma.

—Salusa Secundus… —murmuró Rayna con aire soñador, como si hubiera visto

en sus sueños aquel lugar—. Es cierto, aquí mis seguidores ya saben lo que tienen

que hacer. Mi trabajo en Parmentier ha terminado. —Abulurd percibió un

desconcertante brillo en sus ojos—. Es hora de que siga con mi misión en otra parte.