La batalla de Corrin
Capítulo 28
La tecnología es de natural seductor. Damos por sentado que los avances en este campo son siempre una mejora, que benefician al humano. Nos estamos engañando.
RAYNA BUTLER, Visiones verdaderas
El despacho con la orden llegó directamente del primero Quentin Butler, pero a
Abulurd le decepcionó ver que no había ningún mensaje personal aparte de un
comentario escueto.
—Debes ir a Parmentier, donde murió Rikov. Allí es donde se dieron los primeros
casos de la enfermedad, y los investigadores de la Liga necesitan información
desesperadamente. Si puedes verificar que la epidemia ha terminado su ciclo, al
menos eso nos permitirá tener cierta esperanza. El comandante supremo Vorian
Atreides desea acompañarte por motivos personales. Partirás de inmediato.
Unos momentos después de recibir el mensaje, su oficial de comunicaciones
anunció que se acercaba una lanzadera con el comandante supremo a bordo. Abulurd
se alegró. Al menos tendría a Vorian con él.
Cuando el oficial subió a bordo, Abulurd corrió a recibirle.
—En esta misión seré un simple pasajero —le dijo Vorian—. Tú estás al mando.
Haz como si yo no estuviera.
—Oh, no puedo hacer eso, señor. Su rango me supera ampliamente.
—Por el momento considérame un civil. Esta es tu misión… yo viajo por motivos
personales. Deseo comprobar cómo sigue mi nieta y su trabajo con los equipos
médicos. Tú sabes mucho de… de responsabilidades familiares, ¿verdad, tercero
Harkonnen?
Abulurd estaba seguro de haber oído bien.
—¿Tercero?
Vor no pudo contener la sonrisa.
—Oh, ¿no te lo había dicho? Acabo de autorizar un ascenso de campo. —Y se
metió la mano en el bolsillo para sacar la insignia—. Sabe Dios que ya hemos
perdido suficientes oficiales por culpa de esta maldita epidemia. No puedes seguir
siendo cuarto para siempre.
—Gracias, señor.
—Y ahora deja de mirarme boquiabierto y pon en marcha esta nave. Nos espera
un largo camino hasta Parmentier.
Más tarde, Abulurd recibió a Vorian Atreides en su camarote para tomar algo y charlar tranquilamente. No se habían visto desde que el joven anunció su deseo de
limpiar el apellido de Harkonnen y restablecer el honor de los actos de Xavier.
—Abulurd, supongo que eres consciente de que has asestado un golpe fatal a tu
carrera militar. Sí, los otros oficiales saben que eres hijo del primero Quentin Butler,
pero el hecho de que cambies tu apellido para honrar a un hombre del que todos
reniegan no es solo un desafío sino que demuestra muy poco sentido común por tu
parte.
—O una capacidad de comprensión superior —dijo. Esperaba más apoyo de
Vorian.
—Eso lo sabes tú, pero los otros no. Están más que satisfechos con lo que creen
saber.
—Para mí esto significa más que avanzar en mi carrera militar. ¿Tú no quieres
limpiar su nombre? Era tu amigo.
—Por supuesto que quiero… pero ha pasado más de medio siglo, ¿qué sentido
tendría? Temo que no logres salir victorioso.
—¿Cuándo ha impedido la posibilidad del fracaso que un hombre de honor
busque la verdad? ¿No fuiste tú quien me lo enseñó, comandante supremo? Y pienso
seguir tu consejo.
Vor comprendió que Abulurd hablaba muy en serio y los ojos se le llenaron de
lágrimas.
—Ya iba siendo hora. Cuando esta epidemia termine, quizá sea el momento de
hacerles tragar la verdad.
Abulurd sonrió.
—Mejor tener una persona que te apoye que no tener ninguna.
Cuando la jabalina solitaria llegó a Parmentier, las estaciones de vigilancia que
recorrían interminables rutas orbitales estaban vacías y silenciosas: los tripulantes
habían muerto o se habían rendido a su destino y habían regresado a la superficie.
En el puente, en compañía de Abulurd, Vor contemplaba el planeta de aspecto
plácido.
—Han pasado casi cuatro meses desde que me fui —dijo—. Ahora buena parte de
la Liga está sufriendo las consecuencias de la epidemia. ¿Crees que algún día
volveremos a ser lo que éramos?
Abulurd alzó el mentón.
—Bajemos al planeta, señor, y veamos lo que les espera a los otros planetas
afectados.
El recién nombrado tercero y un grupo de soldados escogidos tomaron una fuerte
dosis preventiva de melange para protegerse de los últimos coletazos de la plaga y
fortalecerse frente a los horrores que pudieran encontrar en Parmentier.
En lugar de ponerse el pesado y aparatoso traje especial que había utilizado en Ix,
Abulurd optó por una mascarilla estéril que solo le cubría la cara. Los análisis habían
demostrado que el retrovirus se debilitaba rápidamente después del impulso inicial, y
allá abajo ya habría pasado el tiempo suficiente. Era una brizna de esperanza para la
Liga.
Abulurd dirigió la lanzadera hacia una elevación desde donde se divisaba la
ciudad de Niubbe, cerca de la mansión fantasmal del gobernador. Aunque ya sabía lo
que le esperaba en la casa de Rikov, tenía que entrar.
—Lo entiende, ¿verdad, señor? —le preguntó a Vorian.
—Yo también tengo asuntos personales que atender —dijo Vor, nervioso y
preocupado—. Voy a la ciudad, al Hospital de Enfermedades Incurables. Espero que
mi nieta siga allí.
El comandante supremo se fue solo, y Abulurd entró con sus hombres en la casa
de su hermano. Los soldados se dispersaron para registrar las habitaciones de aquel
edificio grande y vacío. Si otra cosa no, al menos la familia de su hermano tendría un
funeral digno. Abulurd recorrió con rapidez los pasillos, comprobando las cámaras, la
capilla familiar de Kohe, las zonas para el ocio que recordaba de sus visitas
ocasionales a su hermano.
En el dormitorio principal, encontró los cadáveres de un hombre y una mujer en
avanzado estado de descomposición. Seguramente su hermano y su esposa. Los
soldados encontraron a varios sirvientes muertos, pero no había rastro de su sobrina.
Después de tantos meses viendo la muerte tan de cerca, no sintió pavor ni
repugnancia al ver los restos de los cuerpos. Solo una profunda tristeza por no haber
tenido ocasión de conocer mejor a su hermano.
—¿Qué habrías pensado de mi decisión, Rikov? —musitó en la habitación—.
¿Habrías entendido por qué quiero hacerme llamar Harkonnen? ¿O tus prejuicios te
habrían hecho mirarme con desdén?
Más tarde, cuando llegaron a la ciudad, les sorprendió comprobar que la mayor
parte del daño se debía a la acción de la chusma, no a la epidemia. Muchos edificios
ya no eran más que una carcasa calcinada y un montón de escombros, las ventanas
estaban rotas, había desechos por las calles, las plazas, los parques.
Los soldados se dispersaron entre las ruinas, y Abulurd siguió el rastro de
destrucción que habían dejado las masas hasta un grupo de edificios quemados. En
los escalones de la entrada del Hospital de Enfermedades Incurables encontró a
Vorian Atreides, desanimado, junto a un cartel derribado con el nombre del hospital.
—No está aquí —dijo Vor—. Dentro no hay nadie. Todo está destrozado.
Abulurd sintió pena por su amigo. En medio de aquella terrible guerra, incluso el
comandante supremo no era más que un ser humano preocupado por la seguridad de
su familia.
Abulurd se aventuró a entrar y vio que el edificio había sido saqueado.
—¿Por qué destruir un centro médico? —preguntó en voz alta, como si los
fantasmas de los pacientes muertos pudieran contestarle. ¿Estaba furiosa la población
porque los médicos no podían curarles? Qué desperdicio, destruir una de las pocas
instalaciones que podía encontrar una defensa contra la epidemia y aliviar los últimos
días de los moribundos—. Cuando terminemos con la misión que nos trae aquí,
enviaremos equipos en su busca —le dijo a Vorian—. Usted mismo los dirigirá.
El comandante supremo asintió.
—Gracias.
Y salió para seguir recorriendo las calles. Los dos sabían perfectamente que entre
tanta destrucción sería muy difícil seguir el rastro de una persona concreta.
Más tarde, en una colina a las afueras de la ciudad, Abulurd y sus mercenarios
descubrieron una multitud que se había reunido para compartir la comida que habían
conseguido en sus saqueos. Todos parecían cansados, y miraban con reverencia a una
pequeña figura que estaba en pie en la cima.
Abulurd y sus hombres se acercaron, y vieron que se trataba de una niña sin pelo
y con una piel tan clara que parecía leche translúcida. La niña se dirigió a ellos.
—¿Venís a uniros a nuestra causa, a difundir el mensaje de lo que ha de hacer la
humanidad para sobrevivir?
Abulurd trató de pensar, porque la joven le resultaba familiar. Aunque ya no tenía
pelo, a pesar de la extrema delgadez de su cuerpo, solo tardó unos instantes en
reconocerla.
—¿Rayna? ¿Rayna Butler? —Corrió hacia ella—. ¡Estás viva! Soy Abulurd… tu
tío.
La niña le miró.
—¿Vienes de tan lejos para ayudarnos contra las máquinas pensantes? —Y
extendió los brazos para señalar a la ciudad herida.
—La epidemia se ha extendido por todas partes, Rayna. Tu abuelo me ha enviado
a buscaros.
—Todo el mundo ha muerto —dijo la niña—. Casi la mitad murieron por la
epidemia, y muchos otros después. No sé cuánta gente queda con vida en Parmentier.
—Con un poco de suerte, si el virus ha completado su ciclo, lo peor ya ha pasado.
—Le dio un abrazo, y le pareció tan poca cosa…, como si pudiera partirse.
—Nuestra lucha no ha hecho más que empezar. —Su voz era fuerte, como acero
templado—. Mi mensaje ya ha salido de estas fronteras. En el puerto espacial de
Niubbe el Culto a Serena encontró naves que han partido hacia otros mundos para
difundir la nueva de nuestra misión.
—¿Y qué nueva es esa, Rayna? —Abulurd sonrió. Aún la veía como la jovencita
tímida que tanto tiempo había pasado entregada a la oración en compañía de su madre—. ¿Qué es el Culto a Serena? Nunca lo he oído mencionar. —En aquel
momento comprendió que la epidemia no solo la había dejado sin pelo, también le
había hecho ganar años de pena y madurez. Por lo visto, era ella quien dirigía a
aquella gente.
—Serena misma destruyó máquinas pensantes —dijo Rayna—. Cuando Erasmo
mató a su bebé, arrojó a un robot centinela por el balcón. Fue el primer golpe de la
humanidad contra los perversos siervos de Omnius. Mi causa es destruir todas las
máquinas.
Abulurd estudió a su sobrina con creciente preocupación. No pudo evitar pensar
en las maquinaciones y las medidas oportunistas de Iblis Ginjo, contra las que Xavier
Harkonnen luchó. Sin embargo, Rayna no parecía tener aspiraciones personales. La
gente se arremolinaba a su alrededor en la colina, gritaba su nombre.
Abulurd miró atrás, a toda aquella destrucción, y habló haciéndose oír por encima
del gentío.
—¿Tú… tú has provocado todo eso, Rayna?
—Era necesario. Serena me dijo que debíamos limpiar nuestros planetas y
destruir cualquier artefacto tecnológico. Debemos eliminar todo cuanto esté
informatizado para que las máquinas no puedan volver a dominarnos. No debemos
dejar ningún asidero al enemigo, porque de lo contrario la raza humana volverá a caer
en el abismo. Hemos sufrido mucho, pero estamos vivos —siguió diciendo,
mirándolo con aquellos ojos penetrantes y encendidos—. Podemos apañarnos sin
unas pocas… comodidades.
Era como un modelo de sacrificio, y manifestaba un total desinterés por las
posesiones materiales. Seguramente solo había cogido lo mínimo, lo había dejado
casi todo en la mansión de su padre.
Con gran turbación, Abulurd estiró el brazo para tocar el hombro huesudo de su
sobrina.
—Quiero que vuelvas a Salusa conmigo, Rayna. Te reunirás con el resto de la
familia. —También quería alejarla de aquella chusma.
—Salusa Secundus… —murmuró Rayna con aire soñador, como si hubiera visto
en sus sueños aquel lugar—. Es cierto, aquí mis seguidores ya saben lo que tienen
que hacer. Mi trabajo en Parmentier ha terminado. —Abulurd percibió un
desconcertante brillo en sus ojos—. Es hora de que siga con mi misión en otra parte.