La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 27 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 26

 

Las máquinas pensantes nunca duermen.

Dicho de la Yihad

 

Mientras numerosas naves de refugiados seguían convergiendo en el territorio

espacial abarrotado de Salusa Secundus con representantes de las diferentes líneas

genéticas de la humanidad, la capital de la Liga acabó ganándose el nombre de

«planeta salvavidas». Sin embargo, no se permitía que ninguna nave aterrizara hasta

haber pasado una cuarentena en la órbita del planeta. La acumulación de naves hizo

que las líneas espaciales quedaran totalmente colapsadas, con miles, decenas de miles

de naves de todas las formas y tamaños posibles que llegaban procedentes de más de

cien mundos.

La plaga ya había acabado con veintiocho mundos de la Liga, y los muertos se

contaban por billones.

Tras regresar de la dura prueba de Ix, consciente de que muchas de las personas

que habían dejado atrás ya habrían muerto, Abulurd esperó con su cargamento hasta

que pasó el período de incubación. Cada una de las personas que habían rescatado en

Ix había permanecido aislada, se le habían hecho pruebas, se había verificado que no

tenía el virus; y, a pesar de la agitación de todos, las medidas habían funcionado:

ninguno de los refugiados ni ningún miembro de la tripulación había enfermado

durante el largo trayecto a Salusa.

Durante el trayecto, fiel a su temeraria decisión, Abulurd había anunciado a sus

sorprendidos tripulantes su decisión de adoptar de nuevo el apellido Harkonnen. Les

explicó su versión de los hechos que convirtieron a Xavier en un personaje tan

odiado, pero aquello era historia para todos, y muchos dudaban de su versión.

Evidentemente, no entendían por qué el cuarto quería remover el pasado después de

tanto tiempo.

Dado que él era su superior, nadie cuestionó su decisión, pero la expresión de sus

caras lo decía todo. En cambio, Ticia Cenva no estaba obligada por aquellos

formalismos y le dijo claramente que había perdido el juicio.

Finalmente, cuando el período de cuarentena terminó, Ticia se alegró de poder

separarse de Abulurd y se reunió con otras hechiceras para cotejar el inmenso

catálogo de información genética que habían reunido.

En los cuarteles militares de Zimia, Abulurd se presentó a inspección ante su

padre. El primero Quentin Butler estaba de un ánimo muy sombrío desde que supo

por boca de Vorian Atreides de la muerte de Rikov. Seguía debatiéndose con el

sentimiento de culpa, porque su batallón estaba en Parmentier cuando llegaron los

primeros proyectiles con la epidemia. Si sus naves hubieran eliminado aquellos mortíferos torpedos antes de que entraran en la atmósfera… Pero ante todo era un

soldado, entregado en cuerpo y alma a la destrucción de Omnius. Reuniría a sus

tropas, redistribuiría sus recursos y continuaría con la virtuosa Yihad.

En lugar de mandar a Abulurd a otro mundo a rescatar humanos, Quentin le

ordenó permanecer en Salusa para ayudar en las actividades de cuarentena y

recolocación de los refugiados. La tarea había adquirido proporciones monumentales,

porque no dejaban de llegar naves y más naves de ciudadanos asustados que huían de

sus planetas buscando refugio. Se había destinado un contingente entero del ejército a

evitar que ninguna nave aterrizara antes de haber pasado debidamente la cuarentena y

haber recibido el visto bueno del personal médico.

Abulurd aceptó su nueva misión asintiendo brevemente con la cabeza.

—Hay otra cosa, padre. Después de reflexionar y revisar a conciencia los

documentos históricos, estoy convencido de que la historia ha censurado el nombre

de nuestra familia injustamente. —Se obligó a continuar. Mejor decírselo en aquel

momento, antes de que se enterara por boca de otros—. A fin de restablecer nuestro

honor, he decidido adoptar de nuevo el apellido Harkonnen.

Quentin miró a su hijo como si le hubiera abofeteado.

—¿Hacerte llamar… Harkonnen? ¿Qué estupidez es esta? ¿Por qué ahora?

¡Xavier murió hace décadas! ¿Por qué reabrir las viejas heridas?

—Es el primer paso para reparar una injusticia que dura generaciones. Ya he

empezado con el papeleo. Espero que respetes mi decisión.

Su padre lo miró con una intensa ira.

—Butler es el nombre más respetado y poderoso de la Liga de Nobles.

Procedemos del linaje de Serena Butler y el virrey Manion Butler… ¿y tú prefieres

que se te asocie a… a un traidor y un cobarde?

—No creo que Xavier Harkonnen fuera tal cosa. —Abulurd se puso derecho,

haciendo frente al visible desagrado del primero. Le habría gustado tener a su lado a

Vorian Atreides, pero aquello era entre él y su padre—. La historia que nos enseñaron

estaba… distorsionada y era inexacta.

Una fría expresión de disgusto emanaba del anciano cuando se levantó de detrás

de su mesa.

—Eres mayor de edad, cuarto. Puedes tomar tus propias decisiones,

independientemente de lo que opine yo o cualquier otra persona. Y deberás afrontar

las consecuencias.

—Lo sé, padre.

—En este despacho te dirigirás a mí como primero.

—Sí, señor.

—Puedes irte.

Desde el puente de su jabalina, Abulurd patrullaba el enjambre de naves que se

amontonaban en los carriles de atraque y los muelles orbitales. Desde las estaciones

espaciales, los controladores supervisaban la evolución de cada nave y llevaban un

control del tiempo que permanecían en tránsito. Dado que aquellas naves no

utilizaban la tecnología para plegar el espacio, el viaje desde sus respectivos planetas

duraba semanas. Si alguien de a bordo había contraído el retrovirus, lo normal es que

se manifestara durante el trayecto.

En estas naves de rescate, la Liga había aislado a grupos de personas en cámaras

selladas por si se producía algún brote. Una vez transcurrido el tiempo necesario,

cuando los pasajeros pasaban el examen médico, se les sometía a dos procesos de

descontaminación adicionales antes de permitirles desembarcar e instalarse en

campos de refugiados. Más adelante, se les devolvería a sus planetas de origen o se

les redistribuiría por la Liga.

Mientras patrullaba los límites del sistema, Abulurd topó inesperadamente con un

grupo de naves, de caros yates espaciales construidos por ricos nobles. Ordenó a su

jabalina que cambiara el rumbo y se interpuso en el camino de aquellas naves, cuya

llegada no estaba prevista.

Cuando estableció comunicación con la nave principal, en la pantalla Abulurd se

encontró mirando a un hombre delgado y de ojos brillantes. A su espalda había un

grupo de personas bien vestidas.

—Soy lord Porce Bludd, de Poritrin, y traigo refugiados… todos ellos sanos, lo

garantizo.

Abulurd se puso derecho y deseó haberse puesto un uniforme más apropiado.

—Le habla el cuarto Abulurd… Harkonnen. ¿Está dispuesto a someterse al

necesario período de cuarentena y pasar una inspección médica para que podamos

verificar lo que dice?

—Estamos preparados. —De pronto Bludd pestañeó—. ¿Ha dicho Abulurd? Es el

hijo de Quentin, ¿verdad? ¿Por qué se hace llamar Harkonnen?

Sorprendido al ver que lo reconocían, Abulurd respiró hondo.

—Sí, soy hijo del primero Butler. ¿De qué conoce a mi padre?

—Hace mucho tiempo, Quentin y yo trabajamos juntos en la construcción de

Nueva Starda, a orillas del río Isana. Pasó un año allí de permiso como ingeniero. Eso

fue mucho antes de que se casara con su madre.

—¿Ha llegado la plaga a Poritrin? —preguntó Abulurd.

No habían recibido ningún informe de aquel mundo.

—A algunos poblados, pero estamos relativamente limpios. Desde la gran

revuelta de esclavos, los núcleos de población del planeta están muy dispersos.

Enseguida establecí medidas de aislamiento. Y tenemos importantes suministros de

melange… Ocupamos el segundo lugar en porcentaje de consumo per cápita de la Liga, después de Salusa.

—Entonces, ¿a qué habéis venido? —La jabalina de Abulurd seguía cerrándoles

el paso. El convoy de Bludd permanecía detenido.

Los ojos del noble reflejaban un profundo pesar.

—Estas familias han accedido a sacrificar su fortuna que, unida a la mía, pienso

utilizar en empresas humanitarias. Creo que la familia Bludd tiene una gran deuda

que pagar. La plaga de Omnius es la peor crisis a la que se enfrenta la humanidad

libre desde los tiempos de los titanes. Ahora ha llegado el momento de ayudar.

Abulurd reconoció la valentía y determinación en el rostro de Bludd. Pasaron

unos instantes; el lord se impacientaba.

—Bueno, ¿no piensa dejarnos pasar, Abulurd? Esperaba poder dejar a estos

pasajeros en estaciones de cuarentena para marcharme con mis naves a otros planetas

y ayudar a otras personas.

—Permiso concedido. —Dio instrucciones para que su navegador retirara la nave

de su posición defensiva—. Dejad que pasen y se incorporen a la cola de naves en

cuarentena.

—Abulurd, ¿su padre está todavía en Salusa? —preguntó Bludd—. Me gustaría

comentar mis planes con él. Siempre ha tenido mucho ojo para pulir proyectos.

—Creo que aún está en el cuartel general, en Zimia. —Quentin no había hablado

con su hijo desde que lo mandó a patrullar.

—Le buscaré. Y ahora, jovencito, ¿me hará el favor de escoltarme a la órbita de

Salusa para que pueda dejar mi cargamento? Creo que necesitaré ayuda para

manejarme con la maraña burocrática de ahí abajo.

—Por supuesto, lord Bludd. Tendrá tiempo de sobra para enviar mensajes a mi

padre mientras espera. —Abulurd hizo girar su jabalina y lo guió a Salusa Secundus.

 

La tragedia parecía golpear a diario. Entre las naves de refugiados que esperaban

arracimadas sobre la órbita del planeta capital de la Liga, las noticias se extendieron

como un reguero de fuego: las naves de reconocimiento habían vuelto con la noticia

de que cuatro nuevos mundos habían sucumbido y estaban sufriendo un nivel de

pérdidas casi impensable. En algunas ciudades, además de la plaga, la población se

había visto sorprendida por tormentas o incendios devastadores y la tasa de

mortalidad era de casi el noventa por ciento.

Más descorazonador fue el revés que sufrió una de las naves cargadas de

refugiados. Tras superar el largo período de aislamiento, los fatigados pasajeros

salieron por fin de las cámaras para el examen médico. El capitán y sus hombres

ofrecieron a los refugiados bebidas para celebrar el feliz desenlace. El personal

médico subió a bordo y realizó de forma rutinaria los últimos análisis de sangre, tan

confiados por el tiempo transcurrido que relajaron las medidas de seguridad y bebieron y alternaron con los refugiados.

De pronto, todos vieron horrorizados que un hombre manifestaba los primeros

síntomas del retrovirus. Los médicos estaban perplejos; comprobaron y volvieron a

comprobar los resultados de los análisis. Antes de que el día acabara, otros tres

pasajeros ya presentaban síntomas.

A aquellas alturas, las medidas de aislamiento habían quedado aparcadas, y

muchos de los que estaban en la nave —refugiados, yihadíes, mercenarios e incluso

médicos— quedaron expuestos al virus. No habría servido de nada devolver a los

afectados a las cámaras de aislamiento. Un cordón de naves militares rodeó la nave

para evitar que escapara ninguna lanzadera.

Durante cuatro días, Abulurd cumplió con esta horrible misión, la misión de

esperar, escuchando los gritos desesperados de la gente que había en la nave

infectada. A través de las cámaras de despresurización les hicieron llegar raciones de

melange, y los pasajeros se pelearon por ellas, tratando desesperadamente de hacerse

con algo de inmunidad.

Aquella tragedia le llegó al alma. Aquella gente pensaba que estaba limpia; y

ahora muchos no llegarían a poner el pie en Salusa Secundus. Y los yihadíes y los

médicos, que en ningún momento tendrían por qué haber estado en peligro, que solo

estaban haciendo su trabajo y ayudando a los demás, pagarían muy caro haber bajado

la guardia aunque solo fuera un momento. Ni Abulurd ni ningún científico de la Liga

podían hacer nada, salvo asegurarse de que la nave permanecía sellada y esperar.

Lleno de angustia, Abulurd escuchaba las cartas que los refugiados transmitían

antes de caer enfermos en un intento por dejar alguna referencia sobre sus personas o

algún mensaje para sus seres queridos.

La tripulación de la nave de Abulurd parecía profundamente afectada, la moral

estaba por los suelos. Estuvo a punto de cerrar el canal de comunicación, pero no lo

hizo. No haría oídos sordos al sufrimiento de aquella pobre gente. No haría como si

no existieran ni desoiría sus súplicas.

Aquel pequeño tributo era un acto de valentía, algo que el mismo Xavier habría

podido proponer. Solo esperaba que algún día su tripulación y su familia entendieran

por qué lo había hecho.