La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 55 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 54

 

La marcha de la humanidad es una sucesión continua de avances y retrocesos, siempre cuesta arriba. Sí, tal vez la adversidad nos hace más fuertes, pero no nos hace más felices.

BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES, Declaraciones iniciales de la Yihad

(quinta revisión)

 

Según los antiguos mapas que llevaban, su siguiente destino era Wallach IX. Quentin

nunca lo había oído mencionar. Que él supiera, aquel planeta no formaba parte de la

historia de la humanidad. Y por lo visto ni siquiera Omnius lo consideraba una parte

importante de su Imperio Sincronizado.

Aun así, aquel planeta fue uno de los objetivos de la Gran Purga. Uno de los

grupos de combate de la Yihad fue hasta allí y sus escuadrones de bombarderos

arrojaron su cargamento de bombas atómicas de impulsos para eliminar a la

supermente antes de salir a toda velocidad mientras los destellos y las ondas de

choque se extendían por la atmósfera.

En Wallach IX no había apenas indicios de civilización, ni siquiera antes de los

ataques: no se veían industrias importantes y los asentamientos parecían pequeños.

Antes de que el ejército de la Yihad cayera sobre ellos como un ángel vengador,

alguien había llevado a los nativos al límite de la supervivencia.

Pero Wallach IX era el siguiente destino en la misión de Porce Bludd. El lord de

Poritrin hizo un rápido reconocimiento a bordo de su yate espacial. A su lado,

Quentin estudiaba el paisaje envenenado y cubierto de cicatrices.

—Dudo mucho que encontremos supervivientes.

—Nunca se sabe —dijo Bludd con un optimismo contagioso—. Debemos tener

esperanza.

Sobrevolaron las ruinas aplanadas y esqueléticas de los antiguos asentamientos,

pero no detectaron señales de vida, ni vieron estructuras reconstruidas, ni indicios de

cultivo de la tierra.

—Han pasado casi veinte años —señaló Quentin—. Si alguien hubiera

sobrevivido, ya se verían señales ahí abajo.

—Debemos ser concienzudos, por el bien de la humanidad.

En la ciudad con las edificaciones más grandes también encontraron una mayor

destrucción. La tierra, las rocas y las estructuras de los edificios se veían

ennegrecidas y lisas.

—El nivel de radiación sigue siendo bastante elevado —dijo Quentin.

—Pero no mata de forma inmediata —agregó Bludd.

—No, es verdad.

Sorprendentemente, al final descubrieron indicios de nuevas construcciones, entre ellos, grandes columnas y pesadas arcadas con una inquietante ornamentación.

—¿Por qué una gente que no tiene ni que comer iba a perder el tiempo

construyendo monumentos conmemorativos extravagantes? —preguntó Quentin—.

¿Es una forma de presumir?

—He detectado algunas fuentes de energía dispersas. —Los dedos de Bludd se

movieron sobre los controles—. Pero hay demasiada radiación para que pueda

situarlas con exactitud. Lo sé, tendría que haber invertido en mejorar las prestaciones

del yate. Desde luego, no está pensado para labores de reconocimiento.

Quentin se puso en pie.

—¿Por qué no hago un reconocimiento con el pequeño vehículo aéreo? Así

podremos cubrir una zona más extensa.

—¿Tienes prisa, amigo mío? Cuando nos vayamos de aquí, lo único que nos

espera son más largas semanas en tránsito.

—Estar tan cerca de… de todo esto me inquieta. Si ahí abajo no hay nada,

preferiría que hiciéramos lo que hemos venido a hacer cuanto antes y nos fuéramos.

Quentin salió en el pequeño vehículo aéreo, diseñado para breves excursiones

sobre la superficie de los planetas. El yate espacial de Bludd tenía demasiadas

comodidades: lo único que había que hacer era recostarse en el asiento y dejar que las

cosas se hicieran solas. Aquello era mucho más interesante. Era agradable estar en el

espacio él solo, reconociendo activamente una zona, controlando la potencia del

motor con sus manos. Como cuando dirigió el ataque sobre Parmentier, hacía tanto

tiempo…

Entretanto, el lord aterrizó con la nave en una zona devastada cerca de lo que

había sido el palacio del gobernador en Wallach IX. Transmitió a la cabina del

vehículo de Quentin.

—Voy a ponerme un traje especial y saldré a ver qué descubro sobre esas torres.

¿Quién las habrá construido, y por qué?

—Ten cuidado. —Quentin siguió su reconocimiento, ampliando cada vez más el

radio de acción del vehículo. Todos los planetas destruidos se parecían terriblemente:

escombros chamuscados, porquería que al fundirse había formado algo parecido a

charcos. No se veían árboles, ni hierba, no se apreciaba ningún movimiento. Como en

la Tierra. Wallach IX estaba totalmente muerto, era un yermo estéril. Pero ese era el

objetivo cuando el ejército de la Yihad atacó. Al menos tampoco había señal de

Omnius.

De pronto, la nave recibió el impacto de varios proyectiles que dañaron los

motores e hicieron que empezara a girar peligrosamente. Quentin gritó, como si

pensara que el comunicador transmitiría sus palabras sin más.

—¡Me están atacando, Porce! ¿Quién…?

Trató de recuperar el control. Otra explosión arrancó un ala del vehículo. Lo único que podía hacer era aguantar. La nave giraba y giraba, y desde la ventanilla de

la cabina la imagen cambiaba del suelo chamuscado al cielo continuamente. De

pronto, allá abajo vio movimiento, unos grandes objetos mecánicos con cuerpos

articulados. ¿Robots de combate? ¿Había logrado sobrevivir Omnius de alguna

forma? No, no tenía sentido.

Tocando interruptores y recanalizando la energía, consiguió activar un propulsor

secundario y estabilizar la nave, aunque siguió perdiendo altura con rapidez. Uno de

los motores se había incendiado. Apenas le quedaba potencia para seguir en el aire

unos minutos, pero al menos aumentaría la distancia entre él y los misteriosos

atacantes. Y, con un poco de suerte, llegaría al yate de Bludd.

Trató de arrancar más energía de los motores. Otro proyectil salió de aquellas

extrañas máquinas y detonó muy cerca. La onda de choque provocó un cortocircuito

en toda una hilera de controles.

Finalmente, Quentin reconoció a sus atacantes. Enormes formas móviles, como

las que había visto en las imágenes de archivo… o como las que le atacaron en Bela

Tegeuse hacía tanto tiempo.

—¡Cimek! Porce, prepárate para salir pitando. Vuelve a tu nave. —Pero no sabía

si la línea de su amigo seguía funcionando.

Se iba a estrellar.

Los monstruos mecánicos salieron de su guarida y avanzaron sobre el paisaje

ennegrecido, disparando a la nave de reconocimiento de aquel humano que había

llegado de forma inesperada. Se movían a grandes zancadas sobre el suelo fundido y

radiactivo.

El vehículo iba dejando una estela de humo grasiento, como sangre. La cabina

temblaba y se sacudía. El suelo parecía volar a su encuentro. Quentin logró arrancar

un poco de energía de sus motores de posición y se mantuvo en el aire lo justo para

pasar sobre una línea de escombros, y luego cayó en una ligera hondonada.

Con un chirrido, la parte inferior del vehículo chocó contra el suelo estéril y

deshecho. Haciendo saltar chispas y trozos de tierra, dio un giro y estuvo a punto de

volcar, pero Quentin consiguió mantenerlo en pie sobre el costado, como un trineo.

La nave saltó una última vez en el aire y volvió a caer con un fuerte golpe que hizo

que la mitad del ala izquierda se partiera.

Las sujeciones le apretaban tanto el pecho que le asfixiaban. La ventana de plaz

se había agrietado y formaba una especie de tela de araña, y un polvo aceitoso tapaba

la vista. Finalmente, aquel vuelo de pesadilla se acabó y la nave se detuvo.

Quentin meneó la cabeza y comprendió que había perdido el conocimiento

durante unos segundos. Los oídos le zumbaban, y olía a humo, lubricantes, metal

quemado, cortocircuitos… y combustible. Al ver que no podía soltar los cinturones

de seguridad consiguió sacar su cuchillo ceremonial de combate y los cortó. Su cuerpo notaba solo una sombra del dolor que sentiría en cuanto la conmoción hubiera

pasado. Quentin sabía que estaba en un buen lío, y se dio cuenta de que seguramente

se había roto la pierna izquierda.

Echando mano de unas reservas insospechadas de energía, logró sacar la cabeza y

los hombros de aquel cacharro. Y vio que los cimek se acercaban.

 

Bludd recibió la llamada de emergencia cuando estaba con su traje antirradiación ante

un obelisco decorado con volutas. Lo habían levantado cerca del edificio del

gobernador del planeta, como una suerte de ridículo monumento a la Edad de Oro.

Cuando la señal de emergencia resonó por el interior de su casco, Bludd se dio la

vuelta. A lo lejos vio el vehículo aéreo en llamas, dando tumbos en el aire, y vio

cómo finalmente se ladeaba y caía a toda velocidad en una zona despejada muy lejos

de allí. La nave dio un giro, levantando la tierra seca, y por fin se detuvo en medio de

un montón de escombros.

Asustado, Bludd corrió de vuelta al yate, sintiéndose torpe con aquel traje tan

aparatoso. Con una terrible sensación de miedo, se volvió de nuevo y vio las horribles

formas de combate, como las que habían atacado Zimia hacía tanto tiempo. ¡Los

titanes habían vuelto! Los cimek habían establecido su base en las ruinas radiactivas

de un Planeta Sincronizado.

Como inmensos cangrejos de metal, los cimek pasaban por encima de los

desechos y aplastaban todo lo que se interponía en su camino al vehículo de

reconocimiento. Bludd miraba, paralizado, aterrado. No llegaría a tiempo para salvar

a su amigo.

Quentin, que aún estaba consciente después de la colisión, gritó por el

comunicador de corto alcance de su traje:

—¡Vete, Porce! ¡Sálvate!

Bludd trepó a su yate, cerró las compuertas y se quitó el casco. No se molestó en

quitarse el resto del traje antirradiación. Corrió a su asiento de piloto, puso en marcha

los motores aún calientes y salió al aire contaminado.

Sobre una elevación, los cimek convergieron sobre el vehículo de reconocimiento

que habían derribado.

Quentin los veía acercarse, sabía que le quedaba menos de un minuto. Solo

llevaba puesto un traje de vuelo, y no podría sobrevivir en aquel medio envenenado

durante mucho tiempo.

Mientras sus enemigos se acercaban su mente no dejó de maquinar, tratando de

encontrar una salida. La pequeña nave no llevaba ningún tipo de arma. No podría

defenderse, al menos no a la manera tradicional.

Pero no se rendiría sin luchar.

—Los Butler no somos criados de nadie —musitó para sus adentros como en una letanía. Las células de combustible de la nave estaban agrietadas, y aquel líquido

volátil seguía derramándose. Sentía su olor agudo y acre en la nariz.

Podía encenderlo y hacer detonar el depósito, y quizá con eso repelería a los

cimek. Pero tendría que hacerlo a mano. Y quedaría atrapado en la explosión,

calcinado. Aun así, mejor eso que dejar que lo capturaran.

Quentin oía los pesados movimientos de los cimek en el aire callado y estéril, los

pasos que aporreaban el suelo como martinetes, cada vez más cerca, entre el zumbido

de los mecanismos hidráulicos y las armas listas para disparar. Podían haber lanzado

otra andanada de explosivos y haberlo frito allí mismo, en aquel escaso refugio de la

nave.

Pero querían algo.

Sin hacer caso del dolor de su pierna rota, Quentin se puso a trabajar

frenéticamente con las manos y la ayuda de un kit de herramientas de emergencia que

rescató de un armario en la cabina. Uno tras otro, abrió el tapón de todas las células

de combustible y lo dejó salir. Tenía los ojos llorosos, y le picaban, pero siguió

adelante. La baliza de impulsos electrónicos no le serviría para encenderlo, pero

encontró una primitiva bengala, que produciría una intensa chispa, una lluvia de

fuego.

Todavía no.

La primera forma móvil llegó a la nave y empezó a aporrear la parte trasera del

casco. Quentin volvió gateando al asiento del piloto, cogió lo que quedaba de las

sujeciones de seguridad y se las ató como pudo alrededor del pecho.

Una segunda forma mecánica se acercó por la izquierda, levantando sus largas

patas metálicas de araña. Quentin oyó que otro se acercaba.

Con una precisión sorprendente a pesar del miedo, Quentin encendió la bengala y

la arrojó hacia atrás, hacia el combustible. Luego, después de encomendarse a Dios o

santa Serena o quien estuviera escuchando, activó los sistemas de eyección de

emergencia del asiento del piloto.

La combinación de fuego y combustible provocó una explosión y una ráfaga de

calor que golpearon el aire como un martillo. Quentin salió disparado de la cabina, y

abajo quedaron los restos del vehículo de reconocimiento.

Fue dando tumbos por el aire. El viento le golpeaba, el rostro y el pelo le

quemaban. El paisaje que veía era surrealista, le hacía sentir náuseas, pero por un

instante también vio a uno de los cimek en medio de las llamas de su vehículo. Otro

cimek, visiblemente dañado, se alejó dando traspiés, con una de sus patas articuladas

colgando como un muñón entre una lluvia de chispas.

Y entonces, se estrelló contra el suelo con una violencia brutal. El dolor era

terrible, y oyó los diferentes huesos que se rompían en su cuerpo: costillas, cráneo,

vértebras. Las sujeciones de seguridad se soltaron y el asiento de eyección rodó. El cuerpo de Quentin cayó hacia un lado como una muñeca.

Al mirar al lugar de la explosión, sus ojos apenas pudieron enfocar el revuelo de

formas mecánicas. Los cimek que se habían salvado estaban utilizando sopletes láser

y brazos pesados y afilados para abrir las pocas zonas del casco que quedaban

intactas, como criaturas hambrientas tratando de sacar un bocado apetitoso de una

lata. Como si le acabara de dar una rabieta, uno de los titanes despedazó la nave

mientras otros dos echaban a correr hacia Quentin.

La vista se le nubló con una bruma rojiza, apenas veía, y casi no podía moverse,

como si hubieran seccionado buena parte del sistema que controlaba su musculatura.

Su mano izquierda colgaba en un ángulo extraño de la muñeca. Tenía el traje cubierto

de sangre. Aun así, Quentin se obligó a ponerse de rodillas y se arrastró

agónicamente tratando de huir a donde fuera.

A su espalda, oía el sonido chirriante de las formas móviles, cada vez más cerca,

más fuerte, más ominoso. Como en sus peores pesadillas. Después de haberse librado

por los pelos hacía tantos años en Bela Tegeuse, habría preferido no volver a ver a

ningún cimek.

En ese momento oyó un sonido discordante y, al levantar la vista, vio la nave de

Porce Bludd elevarse a lo lejos y salir hacia el cielo.

Con mano temblorosa, Quentin sacó su cuchillo ceremonial. Los cimek se

acercaban, furiosos, y él se preparó para luchar. Y cayeron sobre él, un humano solo,

indefenso y desprotegido en un paisaje devastado.