La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 110 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 109

 

En última instancia, no importa quién eres, sino lo que eres.

Diálogos de Erasmo, entradas finales

 

Aunque en su corazón el maestro de armas Istian Goss se sentía entumecido, siguió

luchando. Al menos Corrin era un lugar apropiado para demostrar sus capacidades.

Durante las semanas que había durado el trayecto hacia el último Planeta

Sincronizado, Istian se había sentido inquieto y turbado, y se había aislado de los

demás. A bordo de la nave encontró a muchos de aquellos fanáticos cultistas a los que

tanto odiaba y, si no se mantenía alejado, quizá sentiría la tentación de tirarse sobre

alguno y hacerlo picadillo.

Así pues, Istian estuvo entrenando solo en cámaras selladas, forzando sus

capacidades, mejorando su técnica igual que había hecho el joven Jool Noret. Y sin

embargo, por más que lo intentaba, seguía sin sentir el espíritu de aquel gran héroe en

su interior. Aun así, derrotaba a cada uno de sus oponentes ficticios, y se dio cuenta

de que el silencio de Jool Noret no le hacía menos diestro en combate. Era un hábil

maestro de armas por derecho propio.

Tras los disturbios y manifestaciones de Zimia, que desembocaron en las muertes

de Nar Trig y el sensei mek Chirox, Istian no tuvo reparos en presentarse voluntario

para el asalto final sobre Corrin. Mejor volver a luchar contra las fuerzas de Omnius

que matar a otros humanos para aplacar su ira y su sentimiento de culpa.

Cuando la Flota de Venganza entró finalmente en combate en la órbita de la

última guarida de Omnius, abriéndose paso a través de las líneas defensivas de naves

robóticas, Istian y sus compañeros mercenarios cogieron sus armas y se prepararon.

Pero los enfrentamientos en el espacio no estaban hechos para los maestros de armas.

Así que Istian hizo poco más que andar arriba y abajo con nerviosismo, esperando,

impaciente por poder utilizar su espada de impulsos en un combate cuerpo a cuerpo.

Finalmente, cuando los restos de la flota de máquinas quedaron flotando en el

espacio, junto con muchas naves destruidas de la Liga, el bashar supremo Atreides les

dio luz verde. Istian y sus compañeros mercenarios embarcaron en veloces lanzaderas

para lanzar el asalto final sobre la principal ciudad de Corrin. Durante la refriega,

había visto jabalinas y ballestas cargadas de mercenarios que volaban por los aires

bajo el fuego enemigo.

Pero aún quedaban algunos. Los suficientes para hacer el trabajo.

La lanzadera atravesó la atmósfera, acompañada por otras veinte naves similares.

La misión de Istian y sus compañeros sería convertir Corrin en un lugar seguro,

eliminar al resto de máquinas pensantes y colocar la carga atómica de precisión que

necesitaban para destruir a la última supermente.

Junto a Istian, en la lanzadera viajaban otros veintitrés maestros de armas,

supervivientes de viejas batallas, como él. Con el fin de la Yihad, muchos habían

encontrado nuevas vocaciones, pero habían vuelto para aquella batalla. Sería su

última oportunidad de demostrar sus habilidades en combate.

Cuando la lanzadera aterrizó en medio del caos de la ciudad, las escotillas se

abrieron y los maestros de armas salieron con sus espadas de impulsos preparadas.

Muy cerca, aterrizaron otras dos lanzaderas, pero llevaban distintivos diplomáticos,

no la insignia del ejército de la Humanidad. Los cultistas, entusiastas pero torpes,

bajaron provistos de garrotes y burdas imitaciones de las espadas de impulsos,

impacientes por destruir a cualquier enemigo.

Con el corazón acelerado, Istian se dio la vuelta. No quería distraerse con

aquellos necios teniendo un enemigo real contra el que luchar. Un enemigo que

importaba.

Sin embargo, se dio cuenta de que a los cultistas no les importaba perder a dos o

tres de los suyos por cada máquina que lograban desactivar. Para ellos aquello era

yihad en estado puro, mucho más que para ningún soldado. Y eso significaba que, a

diferencia de lo que pasaba en Salusa Secundus, donde no hacían más que atacar a

máquinas útiles como Chirox, en aquellos momentos los fanáticos eran sus aliados.

Aquel pensamiento le resultaba tan extraño…

Cuando Istian y sus compañeros bajaron, la lanzadera despegó de nuevo, mientras

las baterías antiaéreas disparaban sin cesar. Las explosiones sacudían las calles de la

ciudad. Robots de combate salían de relucientes complejos geométricos. Con un

alarido estridente, los maestros de armas corrieron a por ellos.

Istian, ansioso por entrar el combate, fue el primero en alcanzarlos. Allí estaban,

los ominosos mek de combate, con sus brazos armados extendidos y las fibras ópticas

chispeantes, como si pudieran sentir odio.

Y todos ellos tenían un extraño parecido con Chirox.

Después de haber visto que el sensei mek se sacrificaba para no dañar a ningún

humano, Istian vaciló, sintiendo un fuerte pesar en su corazón. Ojalá Chirox hubiera

estado con él en aquellos momentos. Sí, más que el visceral espíritu de Jool Noret,

era el mek de combate reprogramado quien había guiado sus pasos.

Istian trató de sentir a Jool Noret en su corazón… y finalmente percibió algo, una

especie de conexión espiritual y emocional. Los robots que tenía ante él no poseían

más que fuerza bruta. Y caerían. En cuanto su espada de impulsos tocó al primero,

Istian comprendió que cualquier parecido con Chirox era una fantasía.

Gracias a las enseñanzas del sensei mek, Istian estaba más que capacitado para

enfrentarse a aquellos robots. Despachó a dos de ellos en el primer encontronazo y,

sin pararse a pensar, se arrojó contra el siguiente, que acababa de matar a uno de los

temerarios cultistas. Cuando la sangre aún goteaba de sus brazos de metal líquido, Istian frió sus sistemas de circuitos gelificados y se giró buscando un nuevo

adversario.

Y así, mientras luchaba, todos sus fantasmas y sus dudas desaparecieron.

Istian alcanzó el nivel máximo de abandono, el verdadero secreto del estilo de

combate de Jool Noret. Se sentía lleno de energía. Él había dedicado su vida a

aquello. Y siempre sería el eje que guiaría su mente y su corazón.

Él y sus compañeros avanzaban hacia el núcleo central de Omnius, esperando la

señal para colocar las cabezas nucleares y terminar con la misión. Istian blandía su

espada de impulsos. Podría haber seguido así para siempre… y desde luego había

máquinas más que suficientes para tenerlo ocupado.

 

Mientras Corrin estaba inmersa en aquella batalla final, Erasmo se detuvo a escuchar

el pacífico sonido del agua en las numerosas fuentes y riachuelos mecánicos,

salpicado por los sonidos de fondo de la batalla. Viendo el desafortunado curso de los

acontecimientos —aunque no sentía ninguna culpa por su responsabilidad—, el robot

independiente se había retirado a su villa buscando solaz. Allí esperaría el final. O

acabaría con todo él mismo.

Pero cuando vio que su pupilo humano regresaba, cambió de idea. Haciendo

ondear su túnica carmesí, corrió a abrazar a Gilbertus Albans, que había sido

rescatado de los contenedores del puente de hrethgir. El último de los Planetas

Sincronizados se venía abajo, y sin embargo él solo podía pensar en una cosa.

—¡Estás a salvo, Mentat mío! ¡Excelente! —La expresión de alegría de su rostro

de metal líquido no era simulada, era una reacción inconsciente, genuina.

Su abrazo fue tan efusivo que aquel hombre tan musculoso jadeó.

—¡Padre, por favor, no tan fuerte!

Erasmo lo soltó y retrocedió para admirar al hombre al que había criado y

entrenado, por el que se había preocupado durante tantas décadas. Gilbertus se veía

sucio y cansado después de aquel mal trago, pero estaba ileso. Eso era lo que

importaba.

—Pensé que no volvería a verte —dijo el robot.

—Yo también lo pensaba. —Los grandes ojos verde oliva de Gilbertus se

empañaron—. Pero estaba seguro de que encontraría la forma de sacarme de allí. Que

no dejaría que me pasara nada. —Frunció el ceño con expresión preocupada—. Pero

Serena aún está allí. Debemos rescatarla.

—Por desgracia, ya no puedo ayudarla. La mayor parte de nuestras defensas han

sido destruidas por las bombas atómicas de impulsos de los humanos. Me temo que

Corrin está perdido —dijo Erasmo—. La Liga pronto estará aquí.

—Al menos no iba a bordo de una de las naves de guerra —comentó Gilbertus

tratando de consolarse con algo—. Porque entonces ya habría muerto.

El robot independiente no le mintió.

—Si Vorian Atreides sigue el mismo patrón de ocasiones anteriores, es posible

que a nosotros tampoco nos quede mucho tiempo, Mentat mío. Convertirá Corrin en

un yermo estéril como hizo con otros Planetas Sincronizados, y moriremos. Quizá

después de todo tu Serena estará más segura en el puente de hrethgir.

—No creo que lancen una lluvia de bombas atómicas para destruirnos, padre. He

visto a sus tropas aterrizar en la ciudad… aunque su comandante ya ha demostrado

que está dispuesto a sacrificar millones de rehenes. No entiendo por qué pudo fallar el

dispositivo para detonar los explosivos en el puente.

—No falló, Gilbertus. Yo lo desactivé… para salvar a una persona.

Gilbertus estaba perplejo.

—¿Hizo eso por mí, padre? ¿Ha sacrificado Corrin y la civilización de las

máquinas por mí? ¡No soy digno de algo así!

—Para mí lo eres. He realizado exhaustivas proyecciones, y está claro que algún

día serás alguien muy importante. Quizá cuando las máquinas pensantes ya no

existan, tú podrás enseñar a tus compañeros humanos a pensar eficazmente. Entonces

mi trabajo no habrá sido en vano.

—Usted me enseñó a pensar, padre —dijo Gilbertus—. Haré honor a sus

enseñanzas y explicaré a todo el mundo que usted me instruyó.

El robot meneó la cabeza.

—Ninguna máquina saldrá con vida de Corrin. Ni siquiera yo. La batalla está

perdida. Si pudiera activar alguno de los paneles te mostraría la situación. Las líneas

robóticas se desmoronan. La flota de la Liga acaba de obligar a otro grupo de naves

nuestras a atravesar la barrera descodificadora. Nos quedan muy pocas naves

operativas en órbita. Los hrethgir han penetrado en nuestras defensas más cerradas.

Solo espero que decidan dar un golpe localizado y que parte de la belleza del planeta

pueda salvarse… y tú. —Miró en la distancia, donde el retumbar de la batalla

formaba un duro contrapunto a la paz y la delicadeza del jardín—. Estamos viendo el

ocaso de las máquinas pensantes. Pero no lo será para ti, Gilbertus. A partir de ahora,

te moverás en los círculos de humanos, y jamás, jamás debes reconocer tu relación

conmigo. Yo maté al bebé de Serena Butler y encendí la chispa que llevó a esta

locura colectiva. No menciones nunca mi nombre ni tu relación conmigo. Los

momentos preciosos que hemos compartido perdurarán en tu maravillosa mente.

Debes hacerte pasar por un esclavo más de Corrin. Cambia tus ropas. Con un poco de

suerte, los hrethgir te rescatarán y te llevarán a la Liga de Nobles.

—Pero yo no quiero marcharme. —Aunque estaba alarmado, Gilbertus alzó el

mentón—. Entonces, si sobrevivo, debo hacer una cosa por usted. —Apoyó sus

manos en los hombros metálicos del robot—. ¿Confiará en mí?

—Por supuesto. Es ilógico hacer siquiera esa pregunta.

Muy por debajo de la plaza sitiada, por debajo de las llamas, los escombros y la

 

concentración de conquistadores humanos, el Omnius Primero empezó a mover el

metal líquido que lo contenía, el material que había formado su ciudadela central.

Ahora que volvía a estar plenamente operativa, la supermente principal tenía

intención de recuperar el control sobre el planeta.