La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 90 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 89

 

Quizá quien da la recompensa la definiría de forma muy distinta a quien la recibe.

PENSADORA KWYNA, archivos de la

Ciudad de la Introspección

 

Dante, tranquilo pero escéptico, se aposentó en su forma mecánica y recitó los puntos

en contra como si los estuviera leyendo en una lista. Los otros dos titanes ya habían

expuesto su opinión, y escuchaban.

—Por tanto —dijo a modo de conclusión—, si de verdad crees que Vorian

Atreides ha venido a nosotros por voluntad propia, que colaborará en nuestros

intentos de expansión y se volverá en contra de los hrethgir… entonces es mejor que

lo convirtamos en cimek antes de que cambie de opinión.

—Estoy de acuerdo —dijo Agamenón lleno de regocijo—. Eliminaremos la carne

y entonces su nueva lealtad por nosotros será más que intelectual. Será irrevocable.

—Oh, no creo que haya nada intelectual en su decisión —terció Juno—.

Prepararé la sala de operaciones, y Quentin, nuestra querida mascota, me ayudará.

Una importante prueba para demostrar su… su cambio de actitud.

—A Butler no le gustará nada —dijo Dante.

—Lo sé. Pero así demostrará si realmente ha entrado en razón, como dice Vorian.

—Juno rió. Y salió en busca de su nuevo converso, envuelta en el estrépito de su

forma móvil.

 

—Sí, padre, quiero ser cimek. Más que ninguna otra cosa. —Vor había ensayado la

mentira una y otra vez—. Cuando era humano de confianza, era el sueño de mi vida.

Siempre supe que, si hacía que estuvieras orgulloso de mí, algún día me permitirías

convertirme en cimek, como tú.

—Entonces, ha llegado la hora, hijo. —La inmensa forma de combate de

Agamenón se alzaba ante él en el puente de hielo, en el exterior de la ciudadela. La

forma móvil del general era el doble de alta que Vor, y llevaba unos adornos dorados

a modo de cota de malla—. Te esperan en la sala de operaciones.

Cuando los dos caminaban de vuelta a la entrada de la antigua ciudadela de los

pensadores, Vor sintió dudas. Por un momento, pensó en huir en el Viajero Onírico,

antes de que los cimek pudieran realizar su horripilante vivisección. Pero le había

costado demasiado preparar aquello, y no podía echarse atrás.

El titán andaba pavoneándose detrás de él.

—Te gustará ser cimek, te lo prometo. Podrás ser lo que quieras, y no estarás

constreñido por las limitaciones de una endeble forma biológica. No importa lo que imagines, nosotros podemos crear una forma que se amolde a cualquier deseo.

—Puedo imaginar muchas cosas, padre. —Allá en lo alto, el cielo glacial parecía

una prolongación de la superficie del planeta, como si el hielo y la nieve se hubieran

extendido también al cielo y hubieran dejado una capa de aire en medio.

Vor caminaba tan erguido como podía, y aunque seguía pareciendo joven y viril,

se sentía muy antiguo. Tratando de reunir el valor para lo que le esperaba, entró en la

estructura gigante. Y en los pasadizos, a pesar de las diferentes capas de ropa

protectora que llevaba, sintió frío.

—Antes de someterme a la operación, ¿por qué no me dejas que te acicale una

vez más, como antes?

—¿Por los viejos tiempos? Algunos clichés nunca pasan de moda, ¿verdad?

Vor rió, con un sonido que pareció hueco al disiparse en el inmenso vacío que los

rodeaba.

—Por supuesto, siempre puedes cambiarte a una forma móvil limpia, pero me

gustaría experimentar esa sensación una vez más antes de renunciar para siempre a

mi cuerpo. Y los dos disfrutaríamos.

—Una idea excelente… y luego podré admirar mi aspecto. —Agamenón hacía

sonar su adorno de cota de malla al caminar por los fríos corredores, construidos

hacía siglos. El adorno se veía tan extraño y fuera de sitio como los artilugios,

cuchillos y pistolas de proyectiles que tenía en las jaulas de exposición que llevaba

alrededor de su forma móvil.

A Vor la adrenalina y la expectación lo movían a seguir adelante, sofocado y

ansioso. El y el general estaban expectantes por motivos diferentes.

En aquellos momentos, mientras Juno preparaba la sala de operaciones, su padre

lo guió por una serie de murallas protegidas por neocimek con contenedores

cerebrales translúcidos situados en bastidores, como extraños genitales mecánicos.

Subieron a una torre, aún medio enterrada en el hielo, que se alzaba sobre el paisaje

helado y agrietado. A Agamenón siempre le había gustado examinar sus territorios,

por muy escasos que fueran.

—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que me acicalaste —dijo

Agamenón, apoyando su forma móvil contra el material de mantenimiento que los

cimek habían reunido—. Voy a disfrutar de esto, Vorian. De hecho, creo que te

operaré yo mismo, como agradecimiento por haberme limpiado y abrillantado.

—No querría que fuera de otro modo, padre.

En lo alto de la fría torre, entraron en una habitación enorme y llena de espejos,

con cuatro formas cimek vacías contra las paredes… diferentes formas de combate

que al general le gustaban especialmente. Los productos para limpiar y pulir estaban

pulcramente colocados en unos armarios y estantes. Un amplio ventanal miraba sobre

la extensión gris y helada de Hessra. Vor se estremeció involuntariamente. Mientras examinaba aquellos productos, recordó lo joven e inocente que era en sus días de

humano de confianza. En aquel entonces, creía las falsas memorias del general, sus

historias, sus teorías. Nunca se le ocurrió cuestionar lo que le decían. En cambio

ahora ya no creía nada.

Había vivido y aprendido muchas cosas.

—Bien, padre —dijo Vor volviéndose hacia el cimek, que esperaba—.

Empecemos.