La batalla de Corrin
Capítulo 91
Son tantas las cosas que dependen de percepciones… Vemos los acontecimientos a través del filtro de nuestro entorno, y eso hace más difícil saber si estamos haciendo lo correcto. En esta terrible tarea que debo acometer —un acto pecaminoso si se mira objetivamente— el problema es más evidente que nunca.
BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES
Cuando separaron su cerebro de su cuerpo, Quentin no tuvo que presenciar la
espantosa intervención. Los cimek extrajeron su cerebro del cráneo antes de que
recobrara la conciencia. En cambio, ahora tendría que ver con sus nuevas fibras
ópticas cómo repetían el proceso con Vorian.
Juno parecía especialmente orgullosa del siniestro despliegue de instrumental de
aquella fría sala de intervenciones. El metal y el plaz de las herramientas relucían,
pero pronto quedaría cubierto de sangre.
A pesar del aislamiento de su contenedor cerebral, a Quentin le costaba controlar
el sentimiento de repulsión. Esperaba que el bashar supremo supiera lo que estaba
haciendo.
Dos de los híbridos neos-subordinados estaban por allí para ayudar en la
operación que convertiría a Vorian Atreides en cimek. Al igual que Quentin, los
subordinados participaban en aquello a la fuerza, pero no esperaba que le ayudaran.
Estaban preparando la sala para la intervención, en silencio.
Una maquinaria voluminosa y articulada estaba conectada a las paredes y el techo
de la sala, un variado surtido de taladros y láseres, agujas sonda, sierras de diamante
y tenazas. Junto a una mesa pulida, había unos cubos metálicos donde tirarían las
extremidades y los órganos. La mesa de operaciones estaba equipada con canales de
drenaje.
—Durante un rato la cosa se pondrá un poco asquerosa —señaló Juno muy
animada—. Pero el fin siempre justifica los medios.
—Los cimek siempre han justificado sus actos —dijo Quentin.
—¿Detecto un dejo de amargura en tus palabras, cachorrito mío?
—¿Acaso lo niegas? A mí mismo me cuesta justificarlo, pero el bashar supremo
dice que debo intentarlo. —No soportaba tener que decir aquellas palabras—. Yo no
elegí convertirme en cimek. No esperes que lo acepte tan fácilmente… aunque
empiezo a ver que tiene sus ventajas.
—Sí, los hombres podéis ser de lo más obstinados. Llevo más de mil años con
Agamenón. —Y volvió a reír por lo bajo.
Para su participación en aquel acto, a Quentin se le asignó una pequeña forma
móvil con brazos manipuladores, un cuerpo mecánico que no suponía una amenaza
para la estructura de Juno, mucho más grande y compleja. La titán podía aplastar fácilmente a cualquier neo.
Mientras los monjes mecánicos esterilizaban el material quirúrgico, Juno le dio a
Quentin una detallada explicación de cómo llevarían a Vor a la sala y lo prepararían.
—Había pensado aplicarle la suficiente anestesia para que la intervención le
resultara más fácil. Sin embargo, en cierto sentido, hay algo puro y elemental en el
dolor que experimenta la carne física. Y esta es la última oportunidad que Vor tendrá
de sentirlo. —Rió con disimulo. Aunque a Quentin la risa le pareció más bien
perversa—. Quizá tendríamos que hacerlo sin darle nada… para que tuviera un
último recuerdo de lo que es el dolor de verdad.
—Eso me suena más a sadismo que a generosidad —dijo Quentin, siguiendo en
su papel de resignado para que Juno no sospechara—. Si el hijo de Agamenón se ha
unido voluntariamente a vuestra causa, ¿por qué provocarle? —Y se adelantó un poco
para examinar los láseres quirúrgicos, los dedos manipuladores y cortadores
diseñados para la delicada intervención en el cerebro.
Juno se colocó donde pudiera proteger el material más importante, y mantenía a
Quentin lejos de los poderosos cúteres y de las armas pesadas de aquella horripilante
cámara, aunque no creía que el derrotado oficial de la Yihad tratara de atacarla.
Nunca más permitirían que tuviera acceso a herramientas importantes.
Pero ese era el punto débil de Juno: que nunca pensaba en las cosas pequeñas.
Quentin se fijaba en detalles que los titanes ni siquiera veían. Los titanes tenían más
de un talón de Aquiles.
En sus anteriores intentos de rebelión, Juno lo había reducido fácilmente
neutralizando los mentrodos que conectaban su cerebro a su forma móvil. Una simple
desconexión y quedaba totalmente paralizado. Los titanes utilizaban aquello como
una forma fácil de dejarlo fuera de combate sin hacerle daño cuando se ponía
demasiado rebelde.
Pero para aquello no necesitaba armas poderosas ni destructivas… solo pericia.
Solo tenía que esperar una oportunidad.
Mientras Juno seguía parloteando sobre la forma en que torturaría a Vorian
Atreides, con sus manos mecánicas Quentin cogió un pequeño láser de baja
intensidad. Se sentía como un crío eligiendo una piedrecilla para enfrentarse a Goliat,
como en la historia que Rikov y Kohe le habían leído a su hija en Parmentier.
Su principal preocupación sería apuntar la pequeña herramienta con precisión.
Juno no estaba preocupada. Todavía.
Moviéndose en silencio y con eficacia, los neos-subordinados despejaron la mesa
metálica donde se realizaría la intervención y activaron el pesado material que había
junto a ella. Juno no tardaría en pedir que trajeran a Vorian. Pero uno de aquellos
ayudantes torpes y estrambóticos volcó accidentalmente una bandeja. Al oír el ruido,
Juno giró la torreta de la cabeza… y dejó uno de sus puertos externos de cara a Quentin. Actuando con rapidez, Quentin retiró la placa protectora y dejó al
descubierto la red de mentrodos de la titán.
Juno retrocedió, pero Quentin disparó el láser de diagnóstico contra uno de sus
delicados receptores y dejó inutilizados sus sensores.
Después de haber practicado y estudiado a conciencia la configuración de los
cuerpos cimek, Quentin sabía exactamente adonde apuntar.
Aquella descarga de energía bastó para sobrecargar y desconectar uno de los
enlaces del contenedor cerebral de Juno con los circuitos de movilidad de la forma
móvil. Ella, perpleja, se sacudió, retrocedió, tratando de recuperar el control, pero
Quentin soltó el diminuto láser y con los extremos de su brazo de metal cortó otros
tres enlaces con los mentrodos.
El cortocircuito hizo que las patas articuladas de Juno se desplomaran como si
hubieran perdido su integridad física. Pero, a diferencia de los humanos, Juno no
podía quedar inconsciente. El líquido azul de su contenedor cerebral lanzaba destellos
furiosos. Simplemente, no podía moverse.
—¿Qué necedad es esta? —Una de las patas de la forma móvil se sacudió—. Los
mentrodos se regeneran enseguida, y tú lo sabes. No podrás detenerme por mucho
tiempo, cachorrito mío.
Quentin actuó con rapidez, se acercó, y de nuevo utilizó el láser de diagnóstico
para quemar el resto de los mentrodos de movilidad. Juno, que estaba temporalmente
paralizada, le gritó y le insultó, pero Quentin la tenía a su merced.
El oficial encontró los mentrodos que conectaban el sintetizador de voz y, a su
lado, los estimuladores que llevaban a los centros sensoriales. Centros de dolor.
—Me encantaría oírte gritar y gritar, Juno —dijo—. Pero no puedo perder el
tiempo. —Con otra descarga, desconectó el simulador. Juno ya no podía hablar—.
Tendré que conformarme con el dolor que vas a tener que aguantar.
Rápidamente, aunque con cuidado, Quentin sacó el contenedor cerebral de la
forma móvil, antes de que los mentrodos pudieran reagruparse y devolver el control a
Juno. Lo levantó con sus fuertes brazos metálicos y lo colocó sobre la mesa donde
iban a convertir a Vorian Atreides en cimek.
Agamenón fue pesadamente hasta los bancos de material para su acicalado,
impaciente por iniciar aquella actividad que recordaba con tanto afecto.
—Ah, Vorian, ciertamente eres el hijo pródigo. Has desdeñado tu destino durante
más de un siglo, pero por fin has entrado en razón. Pronto todo será perfecto, como
siempre había querido.
—Si somos inmortales, ¿qué importancia tiene un siglo? No es más que un
instante en la extensión de nuestras vidas. —Vor se adelantó, recordando los
intrincados pasos que debía seguir para aquella tarea—. Aun así, siento que ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que hice esto. —Pensó en las extravagantes
ciudades de la Tierra, en los inmensos monumentos de la Era de los Titanes. Casi
había olvidado que en aquellos tiempos era feliz…
—Demasiado, hijo mío, demasiado tiempo. —Como una mascota grandota y
obediente, el titán se quitó su extraño adorno de cota de malla y se colocó en el
muelle de mantenimiento. Solo le faltó ronronear cuando su hijo se encaramó con
cuidado a lo alto de la forma móvil y empezó a limpiar y a pulir con paños de
metalseda y compuestos para abrillantar.
—Un titán debe inspirar respeto y majestad —dijo Vor—. Que los cimek estéis
solos en Hessra no significa que tengáis que descuidaros.
Mientras limpiaba las partes mecánicas y realizaba las labores de mantenimiento
externo de la forma móvil, de los sistemas de soporte vital y las conexiones con el
contenedor cerebral, Vor sintió nostalgia.
Y entonces recordó por qué estaba allí.
Una muerte para vengar todos los asesinatos que aquel tirano había cometido.
Los neos-subordinados se quedaron mirando lo que Quentin hacía. No hicieron
ningún comentario, ni huyeron. Y tampoco trataron de detenerle.
Ahora que tenía acceso a todo el material quirúrgico pesado, Quentin utilizó la
sierra de diamante para abrir la gruesa pared del contenedor cerebral de Juno y dejó
que el electrolíquido se derramara. Finalmente, dejó al descubierto el vulnerable
cerebro que se había comportado de forma tan odiosa durante siglos.
—Teniendo en cuenta todo el daño que has causado, Juno —Quentin hablaba en
voz alta, aunque sabía que con la red de sensores desconectada no podría oírle—, no
pareces tan temible… ahora no, cachorrito mío.
A continuación, cogió los láseres quirúrgicos más pesados y los graduó a la
máxima potencia.
—Esto se pondrá un poco asqueroso —dijo, parafraseando lo que ella le había
dicho poco antes.
Y los deslumbrantes rayos incineradores cortaron el cerebro de Juno en pequeños
pedazos de materia gris y humeante.
Los hilillos de fluido y materia biológica que rezumaba se escurrieron por los
desagües, exactamente como Juno había dicho.
Quentin retrocedió para mirar aquella masa ennegrecida e informe, y tan poco
imponente.
Ahora que uno de los tres titanes había muerto, Quentin giró la torreta de su
cabeza y vio que los neos-subordinados seguían mirando.
—Bueno, ¿qué vais a hacer, pensáis resistiros o vais a ayudarme?
—Odiamos a los titanes que asesinaron a nuestros amos, los pensadores —dijo uno de los extraños híbridos.
—Aplaudimos lo que has hecho, Quentin Butler. No impediremos que sigas con
tu interesante trabajo —añadió otro.
Finalmente, tras una pausa, un tercero dijo:
—Y serás un interesante cimek con una forma móvil superior.
Los subordinados mecánicos ayudaron a Quentin: retiraron su contenedor
cerebral de la pequeña forma móvil donde estaba y lo reinstalaron en la poderosa
forma móvil de titán que había pertenecido a Juno.
Una vez hubieron conectado los mentrodos y sus nuevos sistemas estuvieron
activados, Quentin se sintió estupendamente. Más que estupendamente. El cuerpo de
Juno tenía armas y acceso a todo el sistema defensivo de Hessra. El potencial
destructivo de aquello era increíble.
Si de él dependía, Agamenón, Dante y todos los neocimek iban a morir. Y la
galaxia estaría mucho mejor.
A fin de realizar su trabajo con su padre de la forma más eficaz, Vor fue abriendo los
compartimientos de la forma móvil, donde guardaba interesantes objetos reunidos
durante sus viajes y hazañas. Trofeos horripilantes, fruslerías relucientes, antiguas
armas.
—Muévete un poco, por favor, para que pueda limpiar el interior de este
compartimiento.
El cimek obedeció y movió un poco la parte central de su forma móvil.
—La verdad, tendría que haber conservado a uno o dos subordinados con sus
cuerpos humanos para que pudieran realizar este servicio. Había olvidado cuan…
gratificante puede ser.
En el interior de la cavidad, Vor encontró lo que buscaba, una antigua daga, una
pieza inútil que no podría haber dañado a la forma de combate de un titán.
—En nuestros siglos de gloria —dijo Agamenón como en un ensueño—,
teníamos esclavos humanos que hacían lo que estás haciendo tú ahora. Pero, como
cimek renegados, ya no disponemos de esa opción.
—Lo entiendo, padre. Lo haré mejor que nunca.
Desconectó el contenedor cerebral de la forma móvil, como siempre.
Totalmente confiado, porque la fría ciudadela contaba con un pequeño ejército de
neocimek que no dejarían que Vorian escapara con vida si intentaba algo, Agamenón
empezó a hablar de sus días de gloria como gobernador de la humanidad, de sus
sueños de crear un nuevo imperio junto con su hijo ahora que Omnius había sido
derrotado.
Mientras su padre se ponía nostálgico, Vor siguió limpiando. Una vez
desconectada, la forma móvil era totalmente inútil. Vor aún no había desconectado las fibras ópticas ni los sensores externos de los mentrodos. Aun así, Agamenón era
totalmente vulnerable.
Mientras abrillantaba el contenedor cerebral, Vor dijo:
—Voy a mover un poco este panel de ventilación para limpiar alrededor.
El general seguía con lo suyo, y mientras, Vor corrió un pequeño panel del
contenedor, dejando al descubierto la masa carnosa del interior. Cogió la daga. Con
un rápido movimiento podía hundir la punta en los esponjosos contornos del cerebro
de Agamenón. Y todo habría acabado.
Pero, justo en ese momento, la puerta que daba a la cámara se abrió de golpe y un
monstruoso titán entró. Perplejo, Vor dejó caer el cuchillo. ¿Juno? ¿Dante? Ninguno
de los dos se había tragado su supuesta conversión a la causa cimek.
Aquella ominosa forma mecánica de guerra estaba cubierta de armas y púas
metálicas.
—Ya imaginé que Agamenón estaría aquí —dijo una voz sintetizada—. Y Vorian.
El titán avanzó, cogió a Vorian y lo apartó del vulnerable cerebro del contenedor.
Solo unos centímetros. Había estado tan cerca…