La batalla de Corrin
Capítulo 64
Los recuerdos son nuestra arma más poderosa, y los falsos recuerdos son la más temible de todas.
GENERAL AGAMENÓN, Nuevas memorias
Era un prisionero sin cuerpo, atrapado en el limbo. Lo único que alteraba la
monotonía de la medio existencia eran los estallidos ocasionales de dolor, o los
sonidos, cuando los otros cimek se molestaban en conectar mentrodos a su aparato
sensorial.
A veces Quentin veía físicamente los horrores que le rodeaban; otras, en su baño
de electrolíquido, se encontraba a la deriva en un mar de pensamientos, entre
recuerdos y fantasmas.
¿Sería esa la vida que Wandra había tenido durante tantos años, atrapada,
desconectada, sin poder responder ni interactuar con su entorno? Enterrada viva,
como él cuando estuvo en Ix. Si su experiencia se parecía mínimamente a aquello,
entonces lo más humano habría sido ayudarla a poner fin a todo hacía tiempo.
No tenía forma de controlar el tiempo, pero parecía como si hubiera pasado una
eternidad. La titán Juno seguía hablando con tono sarcástico pero también
tranquilizador, guiándolo por lo que ella llamaba un «ajuste típico». Con el tiempo,
aprendió a bloquear la mayor parte del dolor imaginario causado por inducción
nerviosa. Seguía sintiendo como si los brazos, las piernas o el pecho le ardieran en
medio de lava líquida, pero no tenía un cuerpo real que pudiera experimentar aquello.
Las sensaciones estaban en su imaginación… hasta que Agamenón le aplicaba
inductores directos que enviaban ondas de agonía por cada curva de su indefenso
cerebro.
—En cuanto dejes de resistirte a tu nueva identidad —le dijo Juno—, cuando
aceptes que eres un cimek y formas parte de nuestro imperio, te enseñaré la
alternativa a esas sensaciones. Podemos provocarte dolor, sí, pero también tienes
centros de placer… y créeme, pueden ser de lo más agradables. Recuerdo los placeres
del sexo cuando tenía forma humana… de hecho, antes de la Era de los Titanes lo
practicaba con frecuencia… pero Agamenón y yo hemos descubierto muchas técnicas
infinitamente superiores. Estoy deseando enseñártelas, cachorrito mío.
Los extraños neos-subordinados que antes cuidaban de los pensadores rondaban
por allí, ocupados con su trabajo, abatidos y desanimados. Se habían amoldado a su
nueva situación, pero Quentin se juró que él nunca se rendiría. Él lo que quería era
acabar con todos los cimek, incluso si eso provocaba su muerte. Ya no le importaba.
—Buenos días, cachorrito. —Las palabras de Juno resonaban por su mente—. He
venido a jugar un rato contigo.
—Juega contigo misma —contestó él—. Te puedo hacer muchas sugerencias,
pero todas son anatómicamente imposibles, porque ya no tienes un cuerpo orgánico.
A Juno el comentario le pareció divertido.
—Oh, pero tampoco tenemos los defectos y las flaquezas orgánicas. El límite lo
pone nuestra imaginación, así que en realidad, no hay nada «anatómicamente
imposible». ¿Te gustaría probar algo inusual y placentero?
—No.
—Oh, desde luego, no podrías haberlo hecho con tu antiguo cuerpo de carne, pero
te garantizo que te gustará.
Él trató de negarse, pero los brazos articulados de Juno se elevaron hacia él y
manipularon las conexiones con los mentrodos. De pronto Quentin se encontró en
medio de un remolino de sensaciones exóticas e increíblemente placenteras. No podía
gemir ni jadear, ni siquiera le podía pedir que parara.
—De todos modos, el mejor sexo siempre está en la cabeza —dijo Juno—. Y
ahora tú solo eres una mente… y eres mío. —Volvió a tocar, provocándole una
avalancha de placer más insoportable que los pinchazos de dolor que le habían
infligido en la fase anterior de castigo.
Quentin se aferró al recuerdo de su amada Wandra. Cuando se enamoraron, ella
era una mujer tan viva, tan hermosa… y aunque eso pasó hacía décadas, se aferró a
sus recuerdos, como hermosas lazadas de un regalo que no tiene precio. No deseaba
practicar ninguna forma de sexo con aquella titán lasciva, incluso si solo era en su
mente. Manchaba su honor y lo avergonzaba.
Juno intuyó su reacción.
—Puedo hacerlo más dulce, si lo deseas. —De pronto, con un vivido impulso,
Quentin se vio a sí mismo con el fantasma de su cuerpo, rodeado de un entorno visual
extraído directamente de su pasado—. Puedo rebuscar entre tus recuerdos, despertar
pensamientos que tienes almacenados en tu materia cerebral.
Mientras una nueva oleada de orgasmos sacudía su cerebro, Quentin vio a
Wandra, joven, sana, viva, muy distinta del maniquí que había visto en los últimos
treinta y ocho años en la Ciudad de la Introspección.
El solo hecho de tenerla ante él de aquella forma le hizo sentir más placer que
todas las erupciones de estímulos que Juno desataba con sadismo en su cerebro.
Quentin estiró los brazos hacia Wandra, anhelante… y Juno maliciosamente cortó el
flujo de imágenes y sensaciones, dejándolo suspendido en la oscuridad. Ni siquiera
veía la forma móvil de la cimek.
Solo le llegaba su voz, sarcástica y seductora.
—Tendrías que unirte a nosotros voluntariamente, Quentin Butler. ¿Es que no ves
las ventajas de ser cimek? Podríamos hacer tantas cosas… La próxima vez quizá me
incluiré en las imágenes. Nos lo pasaremos muy bien.
Quentin no pudo gritarle que se fuera y le dejara en paz. Quedó sumido en aquel
silencio sensorial durante una eternidad, más desorientado que nunca, con una ira
bloqueada por una barrera infranqueable.
Y no dejó de revivir una y otra vez lo que acababa de experimentar, lo mucho que
deseaba volver a estar con Wandra de aquella forma. Era una idea perversa, pero tan
intensa que le daba miedo y le complacía al mismo tiempo.
Su tormento pareció prolongarse durante siglos, pero él sabía que no tenía una noción
real del tiempo ni de la realidad. Su único punto de apoyo con el universo real era su
vida pasada en el ejército de la Yihad… y su búsqueda apasionada de una forma de
atacar a los titanes, de herirlos aunque fuera una milésima parte de lo que le habían
herido a él.
Ya no tenía cuerpo, así que no podía escapar, ni siquiera podía intentarlo. Ya no
era humano, había perdido su cuerpo y jamás volvería a la vida que había conocido
hasta entonces. No quería ver a su familia ni a sus amigos. Mejor que la historia
creyera que los cimek lo habían asesinado en Wallach IX.
¿Qué pensaría Faykan si veía a su valiente padre convertido en un cerebro
flotante en un contenedor cerebral? Incluso Abulurd se habría sentido avergonzado…
¿y qué hay de Wandra? Aunque estuviera en estado vegetativo, ¿se sentiría
horrorizada si lo veía así?
Quentin estaba atrapado en Hessra, y los titanes no dejaban de arremeter contra su
mente. A pesar de sus esfuerzos por resistirse, no estaba muy seguro de estar
guardando bien sus secretos. Si Juno desconectaba sus sensores externos y le hacía
llegar imágenes y sensaciones falsas a través de los mentrodos, ¿cómo podría estar
seguro de nada?
Finalmente, los cimek lo instalaron en una pequeña forma móvil como las que
utilizaban los neos para moverse en el interior de las torres de Hessra. Juno levantó
sus brazos articulados y colocó el contenedor cerebral de Quentin en la cavidad
correspondiente de un cuerpo mecánico. Con unos dedos delicados, manipuló los
controles para ajustar los mentrodos.
—Muchos de nuestros neos ven esto como un renacimiento, el momento en que
dan sus primeros pasos en una forma nueva.
Aunque su sintetizador de voz ya estaba conectado, Quentin se negó a contestar.
Recordó a los patéticos y engañados habitantes de Bela Tegeuse. Podían haberlos
rescatado hacía mucho tiempo, y sin embargo se volvieron en contra de sus
liberadores, y pidieron a Juno que sacrificara incluso a camaradas suyos para poder
convertirse en cimek… como él.
¿Sabían aquellos idiotas lo que hacían? ¿Cómo podía querer nadie aquello?
Creían que convirtiéndose en cimek tendrían una especie de inmortalidad… pero aquello no era vida, solo un infierno sin fin.
Agamenón entró en la cámara con su forma móvil más pequeña. Juno fue a su
lado.
—Ya casi he terminado de prepararlo, mi amor. Nuestro amigo está a punto de dar
sus primeros pasos, como un recién nacido.
—Bien. Entonces verás el potencial de tu nuevo estado, Quentin Butler —dijo
Agamenón—. Hasta ahora has tenido la ayuda de Juno. A partir de aquí yo seré tu
benefactor, aunque con el tiempo a cambio te exigiremos ciertas concesiones.
Juno conectó los últimos mentrodos.
—Ahora ya tienes acceso a la forma móvil, cachorrito. No se parece en nada al
cuerpo al que estás acostumbrado. Pasaste tu vida anterior atrapado en un pedazo de
carne poco maleable. Ahora tendrás que volver a aprender a andar, a estirar tus
músculos mecánicos. Pero eres un chico brillante. Seguro que puedes hacerlo…
Quentin saltó con furia, sin saber cómo dirigir aquel cuerpo. Se lanzó hacia
delante con sus patas mecánicas, bamboleándose hacia un lado, y saltó sobre
Agamenón, con un fuerte estrépito. El general titán se apartó y Quentin casi se vuelve
loco de rabia.
Pero no podía controlar sus movimientos lo suficiente para causar ningún daño.
Las extremidades y el cuerpo voluminoso no se movían como él imaginaba. Su
cerebro estaba acostumbrado a dirigir dos brazos y dos piernas, pero lo que tenía
ahora era como un arácnido. Los impulsos aleatorios hacían que sus patas afiladas se
sacudieran y golpearan en la dirección equivocada. Aunque consiguió asestar un
golpe lateral a Juno y volvió a abalanzarse sobre Agamenón, aquel pequeño éxito fue
puramente accidental.
El general se puso a renegar, no por miedo, sino de irritación. Juno se adelantó
con rapidez y delicadeza. Sus brazos articulados se extendieron y aunque Quentin
siguió corriendo, la cimek desconectó los mentrodos que le permitían controlar el
movimiento del cuerpo mecánico.
—Qué decepción —dijo reprendiéndole—. ¿Qué esperabas conseguir con todo
esto?
La cimek se dio cuenta de que había desconectado sin querer el simulador de voz.
Aplicó de nuevo el mentrodo correspondiente y Quentin gritó:
—¡Puta! ¡Te haré pedazos y destrozaré tu cerebro demente!
—Ya basta —intervino Agamenón, y Juno desconectó otra vez el simulador.
La forma móvil de Juno se acercó más a las fibras ópticas de Quentin
—Ahora eres un cimek, mi cachorro. Tu sitio está con nosotros, y cuanto antes lo
aceptes, menos sufrirás.
En el fondo Quentin sabía que no tenía escapatoria, que no había salida. Jamás
volvería a ser humano, pero cuando pensaba en qué se había convertido se ponía malo.
Juno andaba arriba y abajo, hablándole con voz cálida y seductora.
—Todo ha cambiado. No querrás que tus valerosos hijos te vean así, ¿verdad? Tu
única posibilidad es ayudarnos a conseguir una nueva Era de los Titanes. A partir de
ahora debes olvidar a tu antigua familia.
—Ahora nosotros somos tu familia —dijo Agamenón.