La batalla de Corrin
Capítulo 20
Las máquinas no son ni más ni menos que lo que nosotros hacemos de ellas.
RAQUELLA BERTO-ANIRUL, Ensayos
desde los límites de la conciencia
Agamenón, Juno y Dante se elevaron en sus inmensos cuerpos de combate. Al
general le entusiasmaba estar planificando un nuevo ataque, conquistar un lugar lejos
de Richese donde pudieran estar a salvo de los obtusos espías de Omnius. Un lugar
donde podrían reagruparse, hacerse fuertes y preparar con tranquilidad la siguiente
fase de su nuevo imperio cimek.
Los tres titanes iban acompañados por una importante fuerza de naves neocimek,
cada una de las cuales no era más que una extensión de un cerebro humano al que
estaban conectadas mediante mentrodos. Todos aquellos neos profesaban su lealtad
con entusiasmo, sobre todo porque sabían que Agamenón tenía interruptores
selectivos que le permitirían matar a cualquiera de ellos a su antojo. Y a pesar de eso,
Agamenón confiaba en su entrega y dedicación. Una vez que sus cerebros fueron
extraídos de sus cuerpos biológicos, ¿qué otra cosa podían hacer los neocimek?
Tras abandonar Richese, el enjambre de naves de aspecto feroz se concentró ante
el planetoide helado de Hessra, donde los pensadores de la Torre de Marfil habían
vivido aislados durante siglos.
—De acuerdo con nuestras proyecciones, no tienen defensas —dijo Dante—. Los
pensadores fingen no querer participar en ninguna actividad del exterior. Se limitan a
esconderse y piensan.
Juno profirió un sonido despectivo y gutural.
—Pueden fingir lo que quieran, pero nunca han sido tan neutrales como dicen.
Siempre están metiendo las narices en algún sitio.
—Son tan m-m-malos como los hrethgir. —Era el tartamudeo inconfundible de
Beowulf y, aunque toleraba su presencia como pago por sus servicios pasados, a
Agamenón le molestó que el neo estuviera escuchando una conversación privada
entre titanes.
—Lo que quería decir —dijo Dante con exagerada paciencia— es que tenemos la
victoria asegurada. En el plano militar no preveo ninguna dificultad para tomar
Hessra.
—Aun así, pienso disfrutarlo al máximo.
Agamenón ordenó a sus cimek que rodearan el planetoide y descendieran.
Poniendo a los prescindibles neos por delante, las naves de formas angulosas
convergieron en formación de ataque por encima de la fortaleza de los antiguos
filósofos, situada en un glaciar.
Si bien los pensadores de la Torre de Marfil profesaban un desinterés total por la
galaxia exterior y se mantenían aislados, no eran del todo autosuficientes. Hacía
mucho tiempo que dirigían en secreto un negocio y proporcionaban electrolíquido a
los cimek, y habían seguido haciéndolo incluso después de que Agamenón y sus
rebeldes se liberaran del yugo de los Planetas Sincronizados.
No deseando depender tanto de Vidad y los de su especie, Dante había levantado
instalaciones para la producción de electrolíquido en Bela Tegeuse y Richese. Pero,
aunque este líquido producido en masa era apropiado para los neocimek, Agamenón
y sus titanes querían un material de mejor calidad, y no había ninguno mejor que el
de los pensadores de la Torre de Marfil. Ese día, el general tomaría el mando de
aquellas instalaciones, declararía Hessra como su nueva base de operaciones e
iniciaría su marcha hacia la historia, tan largamente pospuesta…
Las torres negras de la ciudadela aislada sobresalían entre gruesos glaciares,
engullidas prácticamente por los perezosos ríos de hielo que habían ido subiendo a lo
largo de los siglos. Las torres afiladas que albergaban los cerebros y que tan altas
habían sido en otro tiempo, parecían a punto de ahogarse bajo una avalancha de nieve
y hielo.
Al frente del contingente, Agamenón y Juno activaron con gran placer sus
lanzallamas integrados, cuyo efecto se vería incrementado por las corrientes de
oxígeno del aire enrarecido de Hessra. De la nave cimek salieron lenguas de fuego
que golpearon los muros de piedra negra e hicieron desprenderse gruesos fragmentos
de hielo, provocando una prodigiosa nube de vapor de camuflaje que se elevó al cielo
apagado.
—Esto nos despejará una zona operativa más amplia —dijo Agamenón,
descendiendo con su nave.
Con voz seca, Dante dio instrucciones a los neocimek. Sus fibras ópticas
detectaron la figura de tres subordinados con túnicas amarillas que corrían a las
ventanas y los balcones. Con la boca abierta, los subordinados vieron lo que pasaba y
corrieron a refugiarse al interior.
Los neocimek siguieron aterrizando como cornejas alrededor de las inmensas
naves de los titanes. Agamenón transfirió su contenedor cerebral a una forma móvil
pequeña pero poderosa para poder desplazarse sin trabas por los pasillos de la
fortaleza y mandó a un grupo de neos a que cargaran contra el edificio y derribaran
muros y puertas para despejar el camino. Tras cambiar sus grandes naves mecánicas
por formas móviles más pequeñas, los neos entraron como una procesión de hormigas
guerreras mecanizadas provistas de armas. Detrás entró Agamenón, ruidosamente,
con aire triunfal. Las patas afiladas de su forma móvil hacían saltar chispas sobre el
suelo de piedra.
Fuera, el torpe neocimek Beowulf calculó mal y al aterrizar cayó por un precipicio y acabó en el interior de una grieta del glaciar. Cuando los neos le
informaron, a Agamenón se le pasó por la cabeza dejar que se helara allí abajo y
acabara engullido por las mandíbulas lentas pero inexorables del glaciar.
Pero en otro tiempo Beowulf había sido un aliado valioso, mucho más fiel y hábil
que el inepto de Jerjes, con su extenso historial de fracasos. A desgana, Agamenón
dio instrucciones para que rescataran el contenedor cerebral de Beowulf de los restos
de su cuerpo-nave y lo colocaran en una forma móvil neocimek. «Se me están
acabando las excusas para mantenerlo con vida». Aquel neocimek ya no era ninguna
baza, al contrario, cada vez estorbaba más.
En el interior de la fortaleza helada de los pensadores, los neocimek despacharon
a más de una docena de subordinados que encontraron a su paso. Agamenón mató a
dos de ellos personalmente con la antigua arma que le había quitado a Thurr en
Wallach IX. Funcionaba a la perfección.
Avanzando por delante del general, sus neocimek encontraron bibliotecas y salas
de trabajo donde los subordinados pasaban el día copiando y transcribiendo. Por lo
visto, estos ayudantes sentían una especial fascinación por todas las manifestaciones
conocidas de las misteriosas runas muadru que se habían encontrado repartidas por
diferentes planetas.
En las entrañas de la fortaleza había cámaras adicionales dedicadas a la
producción de electrolíquido. Ataviados con sus túnicas amarillas, los hombres que
trabajaban en estos laboratorios retrocedieron asustados ante la irrupción de los
neocimek, interrumpiendo sus cánticos y el proceso ritual de transformar el agua en
aquel líquido de soporte vital.
Agamenón dio instrucciones precisas y puso a Dante al mando.
—Averigua cómo funcionan estas fábricas y luego mátalos a casi todos.
Necesitaremos a algunos con vida.
Otros subordinados corrieron a la gran cámara central donde los pensadores
descansaban sobre sus pedestales. Cuando finalmente Agamenón apareció en el
recinto y escrutó los relucientes contenedores de los pensadores, vio con turbación
que en los cilindros individuales de líquido azulado solo había cinco cerebros.
Faltaba uno.
—General Agamenón, tu llegada es innecesariamente destructiva y caótica —dijo
uno de los antiguos filósofos a través del simulador de voz del pedestal—. ¿En qué
podemos ayudarte? ¿Has venido a buscar suministros de electrolíquido?
—En parte sí. Pero también pretendo tomar Hessra y destruir a los pensadores.
¿Quién es el que falta? —Y, tras levantar un brazo mecánico, señaló con su extremo
afilado el pedestal vacío.
Los cerebros filósofos vibraron inocentemente y contestaron con sinceridad.
—Vidad se ha instalado de forma temporal en Salusa Secundus para asesorar y observar a la Liga de Nobles. Necesitamos nuevos datos y debates para seguir
evolucionando.
—Me parece que eso no va a poder ser —dijo Juno, que en ese momento entró
pavoneándose con su ominoso cuerpo móvil y se acercó a Agamenón. Siempre había
sentido un especial desagrado por aquellos pensadores metomentodos, sobre todo el
que se hacía llamar Eklo y que ayudó a Iblis Ginjo a fomentar la rebelión en la Tierra.
El inicio de aquella Yihad espantosa y destructiva.
Aunque la cruzada de la Liga contra las máquinas había permitido a los cimek
lanzar su propia revuelta y liberarse del control de la supermente, Agamenón seguía
muy resentido con los pensadores.
—¿Tenéis alguna brillante revelación que compartir con nosotros antes de que os
ejecute?
—Hay numerosos campos en los que podemos iluminarte, general Agamenón —
dijo uno de los pensadores con voz femenina, hablando con una extraña placidez.
—Lástima, porque no me interesa convertirme en la clase de ser que vosotros
consideraríais iluminado.
Tras ordenar a las formas móviles de los neocimek que siguieran registrando los
pasillos y las cámaras de la fortaleza, Agamenón y Juno avanzaron. Querían hacer
aquello personalmente. Como una forma de demostrarse su amor mutuo.
Los titanes alzaron sus brazos mecánicos y derribaron los pedestales, haciendo
que los contenedores transparentes cayeran al suelo y se rompieran, y luego sintieron
un placer especial al convertir los cerebros temblorosos en una pulpa con sus puños
mecánicos, uno detrás de otro. Fue una pena que se acabara tan pronto.
Finalmente, en pie en medio de aquel montón de sesos desparramados,
Agamenón declaró su dominio sobre Hessra. En ningún momento hubo ninguna
duda.