La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 21 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 20

 

Las máquinas no son ni más ni menos que lo que nosotros hacemos de ellas.

RAQUELLA BERTO-ANIRUL, Ensayos

desde los límites de la conciencia

 

Agamenón, Juno y Dante se elevaron en sus inmensos cuerpos de combate. Al

general le entusiasmaba estar planificando un nuevo ataque, conquistar un lugar lejos

de Richese donde pudieran estar a salvo de los obtusos espías de Omnius. Un lugar

donde podrían reagruparse, hacerse fuertes y preparar con tranquilidad la siguiente

fase de su nuevo imperio cimek.

Los tres titanes iban acompañados por una importante fuerza de naves neocimek,

cada una de las cuales no era más que una extensión de un cerebro humano al que

estaban conectadas mediante mentrodos. Todos aquellos neos profesaban su lealtad

con entusiasmo, sobre todo porque sabían que Agamenón tenía interruptores

selectivos que le permitirían matar a cualquiera de ellos a su antojo. Y a pesar de eso,

Agamenón confiaba en su entrega y dedicación. Una vez que sus cerebros fueron

extraídos de sus cuerpos biológicos, ¿qué otra cosa podían hacer los neocimek?

Tras abandonar Richese, el enjambre de naves de aspecto feroz se concentró ante

el planetoide helado de Hessra, donde los pensadores de la Torre de Marfil habían

vivido aislados durante siglos.

—De acuerdo con nuestras proyecciones, no tienen defensas —dijo Dante—. Los

pensadores fingen no querer participar en ninguna actividad del exterior. Se limitan a

esconderse y piensan.

Juno profirió un sonido despectivo y gutural.

—Pueden fingir lo que quieran, pero nunca han sido tan neutrales como dicen.

Siempre están metiendo las narices en algún sitio.

—Son tan m-m-malos como los hrethgir. —Era el tartamudeo inconfundible de

Beowulf y, aunque toleraba su presencia como pago por sus servicios pasados, a

Agamenón le molestó que el neo estuviera escuchando una conversación privada

entre titanes.

—Lo que quería decir —dijo Dante con exagerada paciencia— es que tenemos la

victoria asegurada. En el plano militar no preveo ninguna dificultad para tomar

Hessra.

—Aun así, pienso disfrutarlo al máximo.

Agamenón ordenó a sus cimek que rodearan el planetoide y descendieran.

Poniendo a los prescindibles neos por delante, las naves de formas angulosas

convergieron en formación de ataque por encima de la fortaleza de los antiguos

filósofos, situada en un glaciar.

Si bien los pensadores de la Torre de Marfil profesaban un desinterés total por la

galaxia exterior y se mantenían aislados, no eran del todo autosuficientes. Hacía

mucho tiempo que dirigían en secreto un negocio y proporcionaban electrolíquido a

los cimek, y habían seguido haciéndolo incluso después de que Agamenón y sus

rebeldes se liberaran del yugo de los Planetas Sincronizados.

No deseando depender tanto de Vidad y los de su especie, Dante había levantado

instalaciones para la producción de electrolíquido en Bela Tegeuse y Richese. Pero,

aunque este líquido producido en masa era apropiado para los neocimek, Agamenón

y sus titanes querían un material de mejor calidad, y no había ninguno mejor que el

de los pensadores de la Torre de Marfil. Ese día, el general tomaría el mando de

aquellas instalaciones, declararía Hessra como su nueva base de operaciones e

iniciaría su marcha hacia la historia, tan largamente pospuesta…

Las torres negras de la ciudadela aislada sobresalían entre gruesos glaciares,

engullidas prácticamente por los perezosos ríos de hielo que habían ido subiendo a lo

largo de los siglos. Las torres afiladas que albergaban los cerebros y que tan altas

habían sido en otro tiempo, parecían a punto de ahogarse bajo una avalancha de nieve

y hielo.

Al frente del contingente, Agamenón y Juno activaron con gran placer sus

lanzallamas integrados, cuyo efecto se vería incrementado por las corrientes de

oxígeno del aire enrarecido de Hessra. De la nave cimek salieron lenguas de fuego

que golpearon los muros de piedra negra e hicieron desprenderse gruesos fragmentos

de hielo, provocando una prodigiosa nube de vapor de camuflaje que se elevó al cielo

apagado.

—Esto nos despejará una zona operativa más amplia —dijo Agamenón,

descendiendo con su nave.

Con voz seca, Dante dio instrucciones a los neocimek. Sus fibras ópticas

detectaron la figura de tres subordinados con túnicas amarillas que corrían a las

ventanas y los balcones. Con la boca abierta, los subordinados vieron lo que pasaba y

corrieron a refugiarse al interior.

Los neocimek siguieron aterrizando como cornejas alrededor de las inmensas

naves de los titanes. Agamenón transfirió su contenedor cerebral a una forma móvil

pequeña pero poderosa para poder desplazarse sin trabas por los pasillos de la

fortaleza y mandó a un grupo de neos a que cargaran contra el edificio y derribaran

muros y puertas para despejar el camino. Tras cambiar sus grandes naves mecánicas

por formas móviles más pequeñas, los neos entraron como una procesión de hormigas

guerreras mecanizadas provistas de armas. Detrás entró Agamenón, ruidosamente,

con aire triunfal. Las patas afiladas de su forma móvil hacían saltar chispas sobre el

suelo de piedra.

Fuera, el torpe neocimek Beowulf calculó mal y al aterrizar cayó por un precipicio y acabó en el interior de una grieta del glaciar. Cuando los neos le

informaron, a Agamenón se le pasó por la cabeza dejar que se helara allí abajo y

acabara engullido por las mandíbulas lentas pero inexorables del glaciar.

Pero en otro tiempo Beowulf había sido un aliado valioso, mucho más fiel y hábil

que el inepto de Jerjes, con su extenso historial de fracasos. A desgana, Agamenón

dio instrucciones para que rescataran el contenedor cerebral de Beowulf de los restos

de su cuerpo-nave y lo colocaran en una forma móvil neocimek. «Se me están

acabando las excusas para mantenerlo con vida». Aquel neocimek ya no era ninguna

baza, al contrario, cada vez estorbaba más.

En el interior de la fortaleza helada de los pensadores, los neocimek despacharon

a más de una docena de subordinados que encontraron a su paso. Agamenón mató a

dos de ellos personalmente con la antigua arma que le había quitado a Thurr en

Wallach IX. Funcionaba a la perfección.

Avanzando por delante del general, sus neocimek encontraron bibliotecas y salas

de trabajo donde los subordinados pasaban el día copiando y transcribiendo. Por lo

visto, estos ayudantes sentían una especial fascinación por todas las manifestaciones

conocidas de las misteriosas runas muadru que se habían encontrado repartidas por

diferentes planetas.

En las entrañas de la fortaleza había cámaras adicionales dedicadas a la

producción de electrolíquido. Ataviados con sus túnicas amarillas, los hombres que

trabajaban en estos laboratorios retrocedieron asustados ante la irrupción de los

neocimek, interrumpiendo sus cánticos y el proceso ritual de transformar el agua en

aquel líquido de soporte vital.

Agamenón dio instrucciones precisas y puso a Dante al mando.

—Averigua cómo funcionan estas fábricas y luego mátalos a casi todos.

Necesitaremos a algunos con vida.

Otros subordinados corrieron a la gran cámara central donde los pensadores

descansaban sobre sus pedestales. Cuando finalmente Agamenón apareció en el

recinto y escrutó los relucientes contenedores de los pensadores, vio con turbación

que en los cilindros individuales de líquido azulado solo había cinco cerebros.

Faltaba uno.

—General Agamenón, tu llegada es innecesariamente destructiva y caótica —dijo

uno de los antiguos filósofos a través del simulador de voz del pedestal—. ¿En qué

podemos ayudarte? ¿Has venido a buscar suministros de electrolíquido?

—En parte sí. Pero también pretendo tomar Hessra y destruir a los pensadores.

¿Quién es el que falta? —Y, tras levantar un brazo mecánico, señaló con su extremo

afilado el pedestal vacío.

Los cerebros filósofos vibraron inocentemente y contestaron con sinceridad.

—Vidad se ha instalado de forma temporal en Salusa Secundus para asesorar y observar a la Liga de Nobles. Necesitamos nuevos datos y debates para seguir

evolucionando.

—Me parece que eso no va a poder ser —dijo Juno, que en ese momento entró

pavoneándose con su ominoso cuerpo móvil y se acercó a Agamenón. Siempre había

sentido un especial desagrado por aquellos pensadores metomentodos, sobre todo el

que se hacía llamar Eklo y que ayudó a Iblis Ginjo a fomentar la rebelión en la Tierra.

El inicio de aquella Yihad espantosa y destructiva.

Aunque la cruzada de la Liga contra las máquinas había permitido a los cimek

lanzar su propia revuelta y liberarse del control de la supermente, Agamenón seguía

muy resentido con los pensadores.

—¿Tenéis alguna brillante revelación que compartir con nosotros antes de que os

ejecute?

—Hay numerosos campos en los que podemos iluminarte, general Agamenón —

dijo uno de los pensadores con voz femenina, hablando con una extraña placidez.

—Lástima, porque no me interesa convertirme en la clase de ser que vosotros

consideraríais iluminado.

Tras ordenar a las formas móviles de los neocimek que siguieran registrando los

pasillos y las cámaras de la fortaleza, Agamenón y Juno avanzaron. Querían hacer

aquello personalmente. Como una forma de demostrarse su amor mutuo.

Los titanes alzaron sus brazos mecánicos y derribaron los pedestales, haciendo

que los contenedores transparentes cayeran al suelo y se rompieran, y luego sintieron

un placer especial al convertir los cerebros temblorosos en una pulpa con sus puños

mecánicos, uno detrás de otro. Fue una pena que se acabara tan pronto.

Finalmente, en pie en medio de aquel montón de sesos desparramados,

Agamenón declaró su dominio sobre Hessra. En ningún momento hubo ninguna

duda.