La batalla de Corrin
Capítulo 80
Un buen plan ha de ser flexible; y hasta se puede aceptar que tenga resultados inesperados… siempre y cuando sean lo suficientemente trascendentales.
YOREK THURR, diarios secretos de Corrin
Después de tantos años viviendo entre máquinas pensantes, Yorek Thurr casi había
olvidado lo emocionante que era acechar y colarse en los sitios.
Durante buena parte de su «primera vida» en la Liga de Nobles, había
desarrollado complejas técnicas de engaño y observación para la policía de la Yihad.
Podía espiar donde él quisiera, o matar a un hombre de cien formas diferentes. Pero
después de actuar como gobernante indiscutible de Wallach IX y luego quedar
atrapado en Corrin, estaba algo oxidado.
Así pues, aquella noche, ya muy tarde, cuando se coló en la mansión
administrativa del Gran Patriarca, le alegró comprobar que conservaba las
capacidades necesarias. Había guardias patrullando la zona, y primitivos sistemas de
seguridad para controlar las ventanas y entradas. Pero le resultó tan fácil engañar a
aquellos sistemas electrónicos de vigilancia y los sensores del perímetro como a los
guardas complacientes y medio dormidos.
Cuando trabajaba en la Yipol, Thurr se acostumbró a no dormir ni levantarse
nunca a la misma hora. Cambiaba sus horarios continuamente, permaneciendo
despierto durante días o durmiendo solo unas horas en un bunker. Iblis Ginjo siempre
lo consideró una divertida manifestación de paranoia, pero Thurr no se andaba con
bromas.
Una de las ventanas altas y pequeñas estaba abierta. Thurr se arrastró por un
saliente del tejado y se descolgó al nivel de la ventana e introdujo las piernas por la
estrecha abertura. Encogió los hombros y se deslizó al interior como una anguila, y se
dejó caer en silencio sobre el suelo de mármol. Caminó por el salón, hasta la suite
abierta de Xander Boro-Ginjo.
Cuando encontró la habitación del Gran Patriarca, vio que aquel bufón estaba
solo, roncando plácidamente en su cama junto a una fuente cuyo borboteo ahogó el
sonido de sus sigilosos pasos. Quizá Xander no era lo bastante interesante para tener
vicios más complejos. Thurr frunció el ceño. Cualquier líder que se preciara debía
tener alguna extravagancia. Aquel Gran Patriarca consentido, a quien habían
colocado la cadena de mando gracias a los manejos políticos de su abuela, no merecía
dirigir a los supervivientes de la humanidad. Lo que la humanidad necesitaba era un
visionario como él, alguien con visión de futuro, inteligencia y agallas.
Thurr se inclinó sobre aquel hombre corpulento como una madre a punto de dar el
beso de buenas noches a su hijo. Apartó el zumbido insistente que escuchaba en su cabeza y se concentró en lo que tenía que hacer.
—Despierta, Xander Boro-Ginjo, para que podamos ir al grano. Esta es la cita
más importante de tu vida.
El Gran Patriarca dio un bufido y se incorporó en la cama. Estaba desnudo.
Cuando la boca del hombre se abrió para barbotear una pregunta, Thurr extendió con
calma el pequeño tubo de spray que llevaba en la mano y le aplicó un chorro de
líquido por la garganta. Xander tosió, le dieron arcadas y se llevó las manos al cuello.
Tenía los ojos desorbitados, como si pensara que acababan de clavarle un estilete.
—No es veneno —dijo Thurr—, solo es para neutralizar tus cuerdas vocales.
Puedes susurrar, así que podremos hablar de lo que nos ocupa, pero no puedo permitir
que grites pidiendo ayuda. Incluso tus guardas incompetentes serían una distracción.
En estos tiempos que corren cuesta mucho concentrarse. —Se acarició su calva lisa.
Xander jadeó y susurró, y finamente logró pronunciar unas palabras roncas.
—¿Qué? ¿Quién…?
Thurr frunció el ceño.
—Ya te dije quién soy. ¿Cómo puedes haberte olvidado en solo unos días?
Tuvimos una discusión en tu despacho. ¿No me recuerdas?
Los ojos de Boro-Ginjo se abrieron más. Gritó, llamando con un susurro a sus
guardias, pero sus palabras no eran más que un gañido.
—No me hagas perder más tiempo. Esta noche nos esperan grandes cambios. Los
anales de la Liga recordarán esto como un momento decisivo en la Historia de la
humanidad. —Thurr sonrió—. No deberías despacharme hasta que sepas lo que
ofrezco. He vivido muchos años en Corrin, y traigo información vital sobre Omnius.
Conozco secretos sobre las máquinas pensantes que podrían ser cruciales para nuestra
supervivencia.
Xander abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua.
—Pero… pero las máquinas ya no son una amenaza. Están todas atrapadas en
Corrin.
A Thurr le dieron ganas de abofetearle.
—Omnius siempre es una amenaza. No lo olvides. —Porque toda su vida, la base
de su poder, la razón de su existencia, había girado en torno al conflicto de la Yihad.
Y si la Liga creía realmente que las máquinas estaban neutralizadas, tendría que
encontrar otra forma de dejar su huella. Ante todo, lo que Yorek Thurr no quería de
ninguna manera era ser una figura irrelevante.
Xander volvió a llamar entre susurros a sus guardas, y Thurr le golpeó su rostro
carnoso y le dejó una marca bien roja. El Gran Patriarca se sacudió de la rabia.
Seguramente a aquel consentido nunca le habían tratado de aquella forma.
Thurr fue tranquilamente hasta el buró que había junto a la cama de Xander y con
gran reverencia cogió la cadena de mando entrelazada que el Gran Patriarca lucía normalmente sobre los hombros.
—Yo mismo la diseñé con la viuda de Iblis Ginjo —dijo mirando a aquel hombre
asustado, que seguía sentado sin decir palabra en su cama—. Cuando Xavier
Harkonnen asesinó a Iblis, nos reunimos en una sesión de emergencia para decidir
cómo dirigir la Yihad y mantener a la Liga de Nobles por el buen camino. Por
razones políticas, y porque era lo que la gente prefería, Camie insistió en suceder a su
marido en el cargo, y me prometió que yo sería el siguiente. Pero, diez años más
tarde, le pasó la cadena de mando a su hijo Tambir. No lo consultó conmigo,
sencillamente, lo decidió sin más. —Sus fosas nasales se hincharon—. Yo estaba
furioso. La amenacé con matarla. Y ella se rió en mi cara. Después de todo lo que
había hecho por el ejército de la Yihad, tantos años luchando para que los humanos
fueran fuertes frente a las máquinas pensantes… ¡ella me traicionó! Y por eso…
cambié mis alianzas. —Hizo tintinear la cadena ornamentada, con expresión
amenazadora—. Pero ahora esto me pertenece por derecho. Debes dimitir.
—Yo… no puedo dimitir como cabeza espiritual de la Liga —dijo Xander con su
voz débil y susurrante—. La sucesión no va de esa forma. No sabe usted nada de
política, señor.
—Entonces habrá que quitarte de en medio de otra forma. Pero, primero, creo que
tendrías que preguntarte una cosa. ¿Qué has hecho tú por la raza humana? ¿En qué
has beneficiado a la Liga como Gran Patriarca? La respuesta es evidente.
Desnudo, Xander bajó a gatas de la cama y trató de correr como una vaca torpe.
Pero Thurr se movió con la rapidez de un hurón y le cerró el paso. Le estampó la
mano en el esternón y le hizo retroceder hasta el borde de la cama. El hombre cayó
hacia atrás.
—Deduzco que esa es tu decisión, ¿eh?
Thurr se sentó junto a la figura regordeta y temblorosa del Gran Patriarca. Se
había puesto casi en posición fetal, y parecía indefenso, a punto de echarse a llorar.
Sacando una bravuconería que no sentía, Xander dijo con voz chillona:
—No puede matarme… soy el Gran Patriarca.
Thurr entrecerró los ojos, arrugando su frente curtida.
—Mira, Xander, me parece que no lo entiendes. Fui yo quien ideó los bichitos
asesinos que Omnius envió contra Zimia, y la plaga. Soy personalmente responsable
de más muertes que ningún ser humano de la historia. A estas alturas ya habré matado
a unos cien mil millones de personas.
El Gran Patriarca volvió a saltar en un patético intento de huir, pero Thurr lo
aferró por la muñeca. De un tirón le obligó a sentarse de nuevo, y le pasó el brazo por
el cuello en un gesto informal, casi amoroso. Mientras Xander barboteaba, Thurr
apretó, y luego tiró con fuerza hacia atrás, hasta que oyó partirse la columna. Y siguió
sujetándolo hasta que dejó de sacudirse y retorcerse.
—Vaya, con este ya hacen ciento uno.
Y, tras dejar que el cuerpo cayera sobre las sábanas, se colocó la cadena de mando
alrededor del cuello con orgullo y volvió a salir a la noche. Cuando las alarmas
sonaron por fin en la ciudad, horas más tarde, él aún estaba arrebolado de la emoción,
pensando en todas las cosas que haría cuando tomara el control.
Una cosa estaba clara, habría que mejorar la seguridad.