La batalla de Corrin
Capítulo 61
La energía creativa solo tiene éxito mediante el aprovechamiento de una locura controlada. Estoy convencido.
ERASMO, El carácter cambiante
de las formas orgánicas
Después de pasar el día instruyendo a su leal pupilo humano, Erasmo estaba solo en
el Corredor de los Espejos, en la planta principal de su mansión. Estaba atrapado en
Corrin, la suerte de Omnius y de todas las máquinas pensantes pendía de un hilo, y
aun así sentía una gran curiosidad por las cuestiones esotéricas.
Con gran detenimiento, estudió el reflejo de su rostro de metal líquido, las
diferentes expresiones faciales humanas que podía imitar. Felicidad, tristeza, ira,
sorpresa y muchas más. Gilbertus le había enseñado su repertorio completo. Lo que
más le gustaba era poner caras que dieran miedo, una emoción que brotaba de la
debilidad física del humano y de su carácter mortal.
Si hubiera podido entender aquellos sutiles aspectos que hacían del humano un
ser superior, habría incorporado en su cuerpo lo mejor del hombre y la máquina, lo
que a su vez habría sido la base para una serie avanzada de máquinas pensantes.
Según y como, hasta es posible que lo trataran como una figura divina. Una
posibilidad intrigante, aunque después de los estudios que había realizado, no le
atraía especialmente. No tenía paciencia ni empatía para la irracionalidad de las
religiones. Él solo buscaba poder personal para completar sus fascinantes
experimentos con los hrethgir. No tenía previsto acabar su existencia como máquina
en un futuro próximo, ni se imaginaba tampoco convertido en un robot obsoleto
sustituido por modelos más modernos. Seguiría mejorando, y eso le llevaría por
caminos imprevisibles. Evolucionaría. Un concepto tan orgánico. Tan humano…
Aún delante del espejo, el robot practicó algunas expresiones más. La que más le
gustó fue la que imitaba a un monstruo feroz y que había copiado de un antiguo texto
donde se describía a demonios imaginarios. Aunque él la consideraba una de sus
mejores caras, lo cierto es que todas sus expresiones eran demasiado simples y
elementales. Su semblante de metal líquido no permitía expresar emociones más
sutiles ni complejas.
Entonces se le ocurrió una cosa. Ahora que los experimentos de regeneración de
extremidades con reptiles habían fracasado, tal vez Rekur Van podría utilizar sus
conocimientos para ayudarle. Y de paso el tlulaxa estaría ocupado.
Echó a andar por su bella mansión en dirección a los edificios exteriores, mientras
los ojos espía revoloteaban a su alrededor como espectadores impacientes. El robot
independiente se distrajo con unas piezas de holoarte con acompañamiento musical… imágenes de algo parecido a reluciente metal líquido de estilizadas naves de guerra
realizando maniobras en el espacio. De fondo, una de las piezas más soberbias de la
música clásica sintetizada, una armonía de la Sinfonía metálica de Claude Jozziny,
interpretada enteramente por máquinas. Con absoluta satisfacción, Erasmo contempló
la danza de las naves ficticias a su alrededor, proyectada en las diferentes salas de la
villa, las explosiones de sus armas cuando aniquilaban las naves y los planetas
enemigos. Si la guerra real fuera así de fácil…
Omnius seguía con sus lamentables intentos de crear arte, imitando los esfuerzos
de Erasmo o de los maestros de la historia de la humanidad. Por el momento, la
supermente no parecía comprender el concepto de matiz. Quién sabe, en su momento
quizá él también había sido igual de inepto, pero eso fue antes de que Serena Butler le
enseñara a fijarse en las sutilezas.
Con una orden mental, el robot desconectó aquella exposición cultural y entró en
la enorme cámara central del anexo de los laboratorios, donde el torso del tlulaxa
estaba enchufado a su conector de soporte vital, como siempre.
Junto al muñón, el robot vio con sorpresa la figura morena y pequeña de Yorek
Thurr.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó con tono autoritario.
Thurr suspiró, indignado.
—No sabía que necesitara permiso para entrar en los laboratorios. Nadie me había
negado antes el acceso.
Aunque ya habían pasado veinte años, Thurr seguía prefiriendo las elegantes
vestiduras que había escogido como atuendo cuando gobernaba con despotismo en
Wallach IX. No era tan extravagante ni ostentoso como Erasmo, pero aun así le
gustaban los tejidos de calidad, los colores llamativos, los complementos imponentes.
Llevaba un cinturón con joyas encastadas, una tiara de oro sobre la calva y una larga
daga ceremonial a la cadera con la que había degollado a muchos desgraciados
cuando hacían algo que no era de su gusto. En Corrin seguía habiendo millones de
cautivos humanos entre los que escoger.
—Pensábamos que estarías ocupado experimentando en tus salas de cirugía —
dijo Yorek Thurr con tono de mofa—. Destripando vivo a algún humano o
reconstruyendo su cuerpo. —Como si le hubieran pinchado, el tlulaxa miró con cara
larga hacia Cuatropiernas y Cuatrobrazos, que andaban trajinando en las salas
laterales, comprobando el material utilizado en las investigaciones.
—¿Tan predecible es mi comportamiento? —preguntó Erasmo, y se dio cuenta de
que Thurr había evitado diestramente su pregunta—. No me has contestado. ¿Con
qué propósito vienes a mi laboratorio?
El hombre le dedicó una sonrisa conciliadora.
—Tengo tantas ganas de salir de Corrin como tú. Quiero destrozar a la Liga y arrebatarles su aparente victoria. Hace años tuvimos un considerable éxito con la
epidemia del retrovirus, y recientemente nuestros devoradores mecánicos lograron
atravesar la barrera. A estas alturas ya habrán llegado a algunos mundos humanos. —
Se frotó las manos—. Rekur Van y yo estamos impacientes por empezar algo nuevo.
—También yo, caballeros. Sí, por eso estoy aquí. —Erasmo se adelantó unos
pasos.
Probablemente Thurr podría ayudar, aunque la cabeza no le funcionaba del todo
bien desde que recibió el tratamiento de extensión vital.
—¿Tienes alguna idea? —Rekur Van se puso a babear solo de pensarlo y, claro,
luego no pudo limpiarse la boca.
—Tengo muchas ideas —dijo el robot con un considerable orgullo simulado. La
impaciencia humana le parecía intrigante y se preguntó si tendría relación con la
naturaleza finita de sus vidas, con la certeza innata de que debían hacerlo todo en el
tiempo que les daban—. Observad. —Erasmo hizo una demostración de varias
expresiones faciales: frunció el ceño, enseñó una boca artificial llena de afilados
dientes metálicos…
El tlulaxa lo miraba perplejo; en cambio, Yorek Thurr solo parecía irritado.
Finalmente, Erasmo se explicó.
—Estas caras, mi aspecto en general me resultan insatisfactorios. ¿Crees que
puedes crear un metal líquido con un aspecto más real? Desarrollar una «máquina
biológica» que pueda adoptar la apariencia que quiera. Me gustaría poder pasar por
humano, por esos necios humanos, tener el mismo aspecto que cualquiera de ellos
cuando yo quiera. Así podría observarlos sin que se dieran cuenta.
—Mmm —musitó el antiguo comerciante de carne. De haber tenido brazos, quizá
se habría rascado la cabeza. Erasmo hizo un esfuerzo consciente por no contar el
tiempo que tardaba en contestarle, como habría hecho un humano impaciente—.
Podría hacerlo. Sí, será divertido. Yorek Thurr puede proporcionarme material
genético para los experimentos… —Sonrió—. Tiene acceso a muchas fuentes.