La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 88 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 87

 

La justicia debe ser imparcial, pero el sentido de la justicia es algo muy personal.

BASHAR ABULURD HARKONNEN,

diarios privados

 

Mientras los fanáticos seguidores de Rayna marchaban por las calles, desde un retiro

seguro, el virrey Faykan Butler declaró la ley marcial. Pero la guardia de Zimia no

era lo bastante numerosa para restablecer el orden. No habría forma de controlar a

aquella gente, a menos que se autorizara una matanza con todas las armas

disponibles.

La Liga de Nobles conservaba importantes archivos electrónicos. Aunque los

datos de estos archivos no se habían procesado mediante programas de inteligencia

artificial o tecnológicos —una sutil distinción que mucha gente no reconocía—, para

Rayna la sola presencia de sistemas informatizados era como una espina en su

corazón. La plaga demoníaca ya había sumido a la Liga en la confusión, y durante

aquellos momentos de pánico, se perdió mucha información científica y militar, así

como registros familiares y documentos históricos. Y ahora Rayna quería ampliar el

alcance de esa purga.

Los archivos de miles de años acabaron en las hogueras, una catástrofe mayor que

la de la destrucción de la biblioteca de Alejandría en la Vieja Tierra. Si aquello

continuaba, sin duda la raza humana se enfrentaría a una extensa época oscura, y eso

si lograba recuperarse.

Por supuesto, no todos los archivos eran exactos, pensó Abulurd Harkonnen.

Quizá si los falsos registros históricos se destruían, sería más fácil restituir a su

abuelo Xavier Harkonnen al lugar que le correspondía como héroe de la Yihad en la

Historia.

Abulurd no deseaba convertirse en objetivo de la chusma, así que se quitó su

uniforme de bashar y se puso ropa de civil. De haber pensado que serviría de algo, se

habría echado a la calle con su cuchillo. Pero los seguidores del Culto a Serena

estaban dispuestos a sacrificarse. Un hombre solo jamás habría podido con ellos.

Eso sí, esperaba poder defender su laboratorio.

Cuando llegó a las instalaciones, después de la puesta de sol, una parte de los

edificios que rodeaban la mansión administrativa del Gran Patriarca estaba en llamas.

Pero el edificio del laboratorio no tenía ningún tipo de distintivo y, por el momento,

seguía intacto. Abulurd se sintió aliviado y a la vez decepcionado al ver que ninguno

de sus científicos e ingenieros había acudido a defender su trabajo. Quizá estaban en

sus casas, protegiendo a sus familias.

Cuando entró, selló los registros y los resultados de las pruebas sobre los bichitos mecánicos. En el laboratorio, el prototipo de distorsionador que habían desarrollado

seguía sobre la mesa de trabajo, después de haber pasado por varias pruebas finales.

Tendría que reprender a su equipo por no haber guardado adecuadamente aquel

valioso material: de haber entrado, los cultistas lo habrían encontrado y destrozado

fácilmente.

Antes de que pudiera guardar el distorsionador en su sitio, Abulurd oyó algo en la

sala de análisis. Contuvo el aliento y escuchó. Quizá después de todo, alguno de los

ingenieros había vuelto para vigilar. Dejó el prototipo en la mesa y se acercó con

cuidado. No habían encendido las luces. Las sombras eran alargadas, y a juzgar por el

sonido, los movimientos del intruso parecían cautos y apresurados. No, no era un

ingeniero. Era alguien que no debía estar allí. ¿Un martirista?

Tras detenerse un momento para activar su escudo personal, por si acaso, Abulurd

encendió las luces de la sala a su intensidad máxima.

La luz deslumbró al intruso, que se protegió los ojos con la mano y se movió

como un lagarto sobre una roca que quema. Lanzó dos rápidos disparos con una

pistola maula, pero el escudo de Abulurd detuvo los proyectiles. El hombre se

escabulló, y se ocultó tras una mesa con instrumentos de laboratorio. Abulurd vio su

piel cetrina, su calva, las mismas facciones que había visto en los archivos. Era el

hombre al que había estado buscando.

Abulurd se sacó la pistola chandler del cinto y con la otra mano cogió su daga

ceremonial. Mientras tuviera el escudo activado, no podría disparar las agujas de

cristal de la pistola, pero de momento no se atrevía a desactivarlo.

—Sé quién eres, Yorek Thurr.

El intruso rió, pero en su voz había un cierto nerviosismo.

—¡Por fin, mi fama me precede! Ya era hora.

Abulurd se agachó y dio un rodeo.

—Me alegra que podamos vernos cara a cara. El equipo de investigación de la

Liga dudaba que pudieras seguir con vida después de tantos años, pero yo sabía que

estaban subestimando tus capacidades.

Abulurd había estudiado las imágenes históricas del comandante de la Yipol y la

imagen que tenían del asesino del Gran Patriarca mediante técnicas comparativas, y

no tenía ninguna duda sobre su identidad. Luego, cuando entregó su análisis al

escéptico de su hermano, Faykan le prometió estudiar el tema, pero evidentemente se

lo había tomado tan en serio como la investigación para limpiar el nombre de Xavier

Harkonnen.

En sus investigaciones, Abulurd había recurrido a sus contactos personales para

analizar los registros de llegadas a Salusa Secundus, y estuvo comprobando los

antecedentes de los refugiados a través de su documentación. Encontró varias

imágenes de reconocimiento de alguien que se parecía sorprendentemente al comandante medio olvidado de la Yipol, pero luego la pista se perdía. Y, aunque la

Liga había puesto en marcha un amplio dispositivo para atrapar al asesino de Xander

Boro-Ginjo, dejaba mucho que desear.

—Todo el mundo ha estado buscando al asesino de Xander Boro-Ginjo —dijo

Abulurd—, pero solo yo te buscaba a ti. Y ahora, en medio de todo el tumulto que

reina en las calles, tú sólito has venido a mí, como un regalo.

El rostro curtido de Thurr aparentaba al menos medio siglo menos de su

verdadera edad, había quedado congelado en los inicios de la vejez. El hombre

sonreía con despreocupación, y parecía disfrutar del enfrentamiento.

Bajo la luz chillona del centro de investigación, Thurr siguió sujetando su pistola

maula, aunque no servía de nada contra el escudo de Abulurd. El también llevaba

uno, pero no lo había activado. Por lo visto, prefería utilizar libremente su arma.

—¿A qué debo el honor de esa obsesión que tienes conmigo, jovencito? —

preguntó Thurr—. Tal vez podrías ayudarme en mis planes. ¿No te gustaría formar

parte de la historia? —Se movía como una pantera acechando a su presa.

—Ya has utilizado a demasiada gente. —Abulurd cuadró los hombros—. Mi

abuelo era Xavier Harkonnen, un héroe de la guerra contra las máquinas, y tú

destruiste su reputación. Manipulaste la verdad y ensuciaste el honor de mi familia.

—Sí, pero fue por una buena causa, ¿es que no lo ves?

—No, no lo veo. —Abulurd se acercó más, sin soltar su daga, porque podía

utilizarla incluso con el escudo activado—. ¿Por qué has venido a mi laboratorio?

—¿No es aquí donde teníais guardados los pocos ejemplares que quedan de mis

adorables mascotas mecánicas? Los devoradores que ayudé a crear cuando estaba en

Corrin.

Thurr arqueó las cejas con regocijo. Los registros históricos lo describían como

un hombre frío, inteligente e implacable, pero la mirada feroz de sus ojos tenía una

agudeza distinta, como si algo se hubiera torcido irremisiblemente en su cabeza.

Seguía siendo tan perverso y maquinador como siempre, pero parecía estar perdiendo

el juicio.

—Oh, mi trabajo con Omnius ha tenido importantes repercusiones, mucho más

que nada de lo que hice como comandante de la Yipol. Pero incluso en aquella época,

yo ya colaboraba con Omnius, que me aplicó este maravilloso tratamiento de

extensión vital. Oculté muchos secretos relevantes a las máquinas, desde luego, pero

aun así, no dejé de lanzar pistas falsas para el Gran Patriarca Ginjo y sus devotos, tan

vehementes como engañados.

»Todo habría sido perfecto si su viuda me hubiera dado lo que me correspondía.

Eso habría sido la guinda para mi carrera gloriosa. ¡La inmortalidad histórica! Pero

cuando me arrebataron esa posibilidad, no me quedó más remedio que hacer otras

cosas memorables. Los pequeños bichitos hambrientos no fueron más que un experimento que ideé cuando estaba aburrido por mi cautiverio interminable en

Corrin. En cambio el retrovirus fue mucho más devastador. ¿No te parece?

—No puedo entender tanta maldad —dijo Abulurd.

—Eso es que te falta imaginación.

Abulurd apretó la empuñadura de su daga: quería matar a aquel hombre antes de

que confesara más atrocidades.

—¿Por qué me cuentas todo esto? ¿Tienes remordimientos y necesitas sacarte ese

peso del corazón?

—No seas ridículo. Después de todo lo que he hecho, creo que tengo derecho a

presumir un poco, ¿no crees? Además, pienso matarte de todos modos, así que antes

me quiero dar el gustazo.

Aunque seguía con la pistola en una mano, con la otra Thurr levantó una pequeña

caja translúcida. Abulurd reconoció uno de los contenedores de seguridad del

laboratorio. Había abierto el sello y la cerradura estaba rota. Con el dedo, Thurr abrió

la tapa.

—Es una pena que solo hayas dejado a doce de mis hambrientos amiguitos

intactos… pero seguro que con doce basta para acabar el trabajo.

Una vez activados, aquellos artefactos minúsculos y voraces empezaron a zumbar

y empujarse entre ellos. Thurr arrojó la caja contra Abulurd, y esta rebotó contra el

escudo. Los bichitos mecánicos echaron a volar como zánganos furiosos. Abulurd

retrocedió, buscando donde esconderse, pero los devoradores mecánicos se

dispersaron y le persiguieron.

Thurr, que se había pegado contra la pared y se ocultaba entre las sombras y las

formas confusas del material de laboratorio, observaba y reía entre dientes.

Los bichitos giraban y giraban en el aire, reconociendo la sala, e identificaron la

figura de Abulurd como el objetivo disponible más claro. Salieron tras él, con sus

pequeñas mandíbulas cristalinas vibrando, listas para machacar la carne.

Una de las pirañas chocó a gran velocidad contra la barrera invisible del escudo

personal y rebotó. Las otras se dieron la vuelta y se acercaron más despacio,

tanteando. Abulurd sabía que no tardarían en descubrir la forma de penetrar en el

campo de energía del escudo.

Cuando estaba retrocediendo hacia una de las mesas donde trabajaban sus

ingenieros, bajó un momento la vista y vio su salvación: el prototipo que había dejado

en la mesa de trabajo. Lo cogió y activó el campo distorsionador.

Aquel artefacto tan rudimentario no inutilizaría los diminutos motores de los

devoradores, pero lo hizo invisible para sus pautas de discriminación. Los bichitos

mecánicos empezaron a zumbar, volando en círculos, confundidos, y ampliaron su

campo de acción, buscando a aquella víctima que había desaparecido sin más ni más.

A modo de prueba, Abulurd sostuvo en alto el distorsionador y dio dos pasos hacia el centro de la habitación. Los bichitos no reaccionaron. Sus mandíbulas

seguían girando y girando, y sus motores levitatorios les hacían seguir trayectorias

aleatorias, pero no le veían.

Molesto por aquella interferencia, Thurr preguntó con tono exigente:

—¿Qué has hecho? ¿Cómo…?

De pronto, los bichitos le vieron. Modificaron su rumbo y volaron hacia su

creador. Thurr echó a correr y activó su escudo personal. La docena de pequeños

asesinos zumbaban a su alrededor y se lanzaban contra el campo de energía una y

otra vez, como pájaros carroñeros picoteando un cadáver. Abulurd aprovechó para

activar los mecanismos de seguridad del laboratorio. Las puertas de la cámara se

cerraron herméticamente, y una señal de alarma llegó directamente a las fuerzas de la

ley, aunque con la chusma de Rayna por las calles, dudaba que nadie acudiera en su

ayuda.

—Has creado tu propio fin, Yorek Thurr.

Uno de los devoradores penetró lentamente por la barrera indistinta del escudo

personal del traidor. Una vez dentro de la zona de protección, se lanzó salvajemente

contra su objetivo. Enseguida mostró el truco para penetrar el escudo a sus once

compañeros y estos se acercaron lentamente, hasta que todos estuvieron dentro.

Los bichitos atacaron el cuerpo de Thurr, clavando sus mandíbulas mecánicas en

sus brazos, su cuello, sus mejillas. El daba manotazos inútilmente, gritaba, se

retorcía. Y aunque los boquetes que le habían abierto en el hombro y el costado no

dejaban de sangrar, más que asustado por su muerte inminente, parecía algo furioso.

Una de las maquinitas asesinas le rodeó la cabeza y le abrió literalmente la tapa

de los sesos, dejando al descubierto el hueso de cráneo. Otras le atacaron el estómago

y penetraron en el muslo. Una de ellas salió de la caja torácica, cubierta de sangre,

masticando todavía con sus dientes artificiales, dio una vuelta en el aire y volvió a

zambullirse para otro festín, sin dejar de escupir pedacitos de carne como una

trituradora.

Thurr aullaba. Cayó de rodillas y en un gesto de desesperación logró coger una de

aquellas bolas plateadas al vuelo con la mano. Y, mientras miraba, el bichito se abrió

paso a través del puño cerrado a bocados y le cortó los nudillos. Los dedos se le

cayeron.

Abulurd contemplaba aquel espectáculo espeluznante horrorizado, pero no dejó

de recordarse que aquel hombre había traicionado a la humanidad y era responsable

de la muerte de miles de millones de personas, y además había manchado la memoria

de Xavier Harkonnen. Eso le ayudó a endurecer su corazón mientras oía los gritos.

Solamente había doce bichitos, así que tardaron varios minutos en destrozarlo

físicamente lo bastante para causarle la muerte. Pero incluso cuando Thurr cayó y

dejó de sacudirse, los bichitos le perforaron el cráneo y luego empezaron a buscar una nueva víctima. El distorsionador de Abulurd evitó que le vieran. Al final, los

devoradores volvieron al cuerpo de Thurr y siguieron mutilándolo.

Abulurd no podía apartar la mirada. Dejó que las pirañas siguieran con su

espantosa carnicería hasta que no quedó nada del traidor. Finalmente, cuando sus

limitadas fuentes de energía se agotaron, cayeron al suelo como fervorosas

piedrecillas con colmillos.

Y cuando al rato llegaron tres guardias pálidos y con aire acelerado en respuesta a

la señal de emergencia que Abulurd había accionado, vieron horrorizados la masa de

carne que yacía en el suelo, como despojos en una carnicería.

—Sé que no es una prioridad en medio de tantos disturbios —les dijo Abulurd—.

Pero este es el asesino, el hombre que mató al Gran Patriarca Xander Boro-Ginjo.

—Pero… ¿quién era? —preguntó uno de los guardias.

Abulurd lo pensó mucho antes de contestar.

—Nadie a quien valga la pena recordar —contestó al fin.