La batalla de Corrin
Capítulo 115
No importa a donde vaya: el universo siempre me encuentra.
BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES,
Reflexiones sobre las pérdidas
En el puerto espacial de Zimia, un hombre con expresión agresiva rodeó una nave de
actualización de diseño anticuado, haciendo una última inspección antes de partir.
Estaba recién pintada, acababa de pasar una revisión y su casco negro y plateado
reflejaba los rayos dorados del sol poniente. Se iría de allí y no creía que nadie
volviera a saber de él.
Vorian ya no llevaba uniforme. Trató de imaginar cómo sería ser libre de verdad,
sin todas aquellas responsabilidades que lo habían aprisionado durante décadas.
Había llegado la hora de macharse y volar muy lejos, a alguno de los Planetas No
Aliados o más allá. No dejaba atrás nada que pudiera echar de menos. Atrás
quedarían las preocupaciones de la Yihad, y seguramente nunca pensaría en Abulurd,
Agamenón, Omnius, ni ninguna de las otras personas que le habían hecho tanto daño.
Su larga carrera como guerrero se había acabado. No sabía lo que le esperaba. Ya
había vivido el equivalente a dos vidas, y seguramente aún podría vivir el doble de
eso. Había empezado a manifestar leves signos de envejecimiento —como mucho
aparentaría unos treinta años—, pero en sus huesos, en su alma, sentía la fatiga de mil
años. La Yihad y sus tragedias le habían afectado demasiado y no sabía si algún día
lograría recuperarse.
Quizá pasaría por Rossak para visitar a su nieta, que seguía allí, trabajando con
las hechiceras supervivientes. No tenía ni idea de lo que hacían, ni por qué, pero
estaba deseando averiguarlo. Quizá, hasta puede que fuera a Caladan. Al menos se
despediría de sus hijos y sus nietos.
Se sentía como un turista galáctico sin un programa concreto, sin esa presión que
siempre le había acompañado en el pasado siglo.
Para viajes por lugares remotos, en los compartimientos de carga del Viajero
Onírico llevaba un bote hinchable y plataformas suspensoras plegables. Y había
hecho acopio de provisiones para bastante tiempo. Podía deambular por donde
quisiera, descubrir lo que quisiera. Durante casi toda su vida se había dedicado en
cuerpo y alma a aprender y perfeccionar el arte de la guerra, pero ahora aquello no le
servía para nada.
Irónicamente, sí que le iba a servir una cosa que había aprendido muy pronto en
su vida, mucho antes de convertirse en un famoso héroe de la Yihad, en los días en
que él y Seurat iban en sus viajes de actualización por los Planetas Sincronizados.
Eran tiempos de una gran simplicidad. Aquella nave, que antaño tenía sistemas informatizados, ahora solo podía pilotarse manualmente. Con los añadidos que había
hecho instalar, la nave le iría perfecta. Cuantas menos partes hubiera y menos
complejos fueran los sistemas, más fiabilidad tendría la nave, menos probabilidades
había de que se produjeran fallos.
Subió al Viajero Onírico y partió un día antes de lo previsto para evitar
despedidas y pompas. Cuando se elevaba por la atmósfera, sintió que se quitaba un
gran peso de encima. Se sentía entusiasmado, como si acabara de nacer y tuviera toda
la vida por delante.