La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 116 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 115

 

No importa a donde vaya: el universo siempre me encuentra.

BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES,

Reflexiones sobre las pérdidas

 

En el puerto espacial de Zimia, un hombre con expresión agresiva rodeó una nave de

actualización de diseño anticuado, haciendo una última inspección antes de partir.

Estaba recién pintada, acababa de pasar una revisión y su casco negro y plateado

reflejaba los rayos dorados del sol poniente. Se iría de allí y no creía que nadie

volviera a saber de él.

Vorian ya no llevaba uniforme. Trató de imaginar cómo sería ser libre de verdad,

sin todas aquellas responsabilidades que lo habían aprisionado durante décadas.

Había llegado la hora de macharse y volar muy lejos, a alguno de los Planetas No

Aliados o más allá. No dejaba atrás nada que pudiera echar de menos. Atrás

quedarían las preocupaciones de la Yihad, y seguramente nunca pensaría en Abulurd,

Agamenón, Omnius, ni ninguna de las otras personas que le habían hecho tanto daño.

Su larga carrera como guerrero se había acabado. No sabía lo que le esperaba. Ya

había vivido el equivalente a dos vidas, y seguramente aún podría vivir el doble de

eso. Había empezado a manifestar leves signos de envejecimiento —como mucho

aparentaría unos treinta años—, pero en sus huesos, en su alma, sentía la fatiga de mil

años. La Yihad y sus tragedias le habían afectado demasiado y no sabía si algún día

lograría recuperarse.

Quizá pasaría por Rossak para visitar a su nieta, que seguía allí, trabajando con

las hechiceras supervivientes. No tenía ni idea de lo que hacían, ni por qué, pero

estaba deseando averiguarlo. Quizá, hasta puede que fuera a Caladan. Al menos se

despediría de sus hijos y sus nietos.

Se sentía como un turista galáctico sin un programa concreto, sin esa presión que

siempre le había acompañado en el pasado siglo.

Para viajes por lugares remotos, en los compartimientos de carga del Viajero

Onírico llevaba un bote hinchable y plataformas suspensoras plegables. Y había

hecho acopio de provisiones para bastante tiempo. Podía deambular por donde

quisiera, descubrir lo que quisiera. Durante casi toda su vida se había dedicado en

cuerpo y alma a aprender y perfeccionar el arte de la guerra, pero ahora aquello no le

servía para nada.

Irónicamente, sí que le iba a servir una cosa que había aprendido muy pronto en

su vida, mucho antes de convertirse en un famoso héroe de la Yihad, en los días en

que él y Seurat iban en sus viajes de actualización por los Planetas Sincronizados.

Eran tiempos de una gran simplicidad. Aquella nave, que antaño tenía sistemas informatizados, ahora solo podía pilotarse manualmente. Con los añadidos que había

hecho instalar, la nave le iría perfecta. Cuantas menos partes hubiera y menos

complejos fueran los sistemas, más fiabilidad tendría la nave, menos probabilidades

había de que se produjeran fallos.

Subió al Viajero Onírico y partió un día antes de lo previsto para evitar

despedidas y pompas. Cuando se elevaba por la atmósfera, sintió que se quitaba un

gran peso de encima. Se sentía entusiasmado, como si acabara de nacer y tuviera toda

la vida por delante.