La batalla de Corrin
Capítulo 85
La lealtad es algo claramente definido solo para quien tiene una mentalidad simple y carece de imaginación.
GENERAL AGAMENÓN, Nuevas memorias
A pesar de sus once siglos de camaradería, Juno y Dante no siempre estaban de
acuerdo con Agamenón. Con un profundo sentimiento de frustración, el inquieto
general andaba arriba y abajo con su forma móvil, buscando algo que destrozar. Las
pesadas bases de sus patas metálicas arañaban el suelo de la cámara.
—No, no me acabo de fiar de él, aunque sea mi hijo —dijo a la defensiva—. Pero
la verdad, tampoco confiaba en casi ninguno de los veinte titanes. Mirad si no Jerjes.
—¿Es que no lo ves? Qué oportuno que Vorian se presente aquí y te diga que ha
cambiado de opinión, después de servir durante cien años en la Yihad. —La voz de
Juno normalmente le tranquilizaba, pero en aquella ocasión tenía un algo abrasivo.
Agamenón estaba que rabiaba.
—Y vosotros ¿no os volveríais locos viviendo tanto tiempo entre esa gente?
Vorian creció en los Planetas Sincronizados. Memorizó mis memorias, y admiraba
mis logros, hasta que una mujer me lo distrajo… o, si lo preferís, podéis considerarlo
una forma de rebeldía juvenil. Creo que sus motivos son válidos. Desde luego, yo
habría hecho lo mismo.
Juno se burló con una risa simulada.
—Entonces, después de todo, ¿tu hijo se parece a ti, Agamenón?
—No subestimes nunca el poder de los lazos de sangre.
—Y tú no los valores en exceso —replicó Juno.
Vor se veía pequeño y vulnerable en medio de la cámara central que en otro tiempo
ocuparon los pensadores de la Torre de Marfil, mirando a la intimidatoria figura de su
padre.
—¿Qué te hace pensar que puedes convencer a Quentin Butler para que se alíe
con nosotros, si todas nuestras técnicas de coacción y lavado de cerebro han
fracasado? —dijo Agamenón.
—Pues precisamente. Si quieres que un genio militar ponga su talento al servicio
de los cimek… no puedes torturarle. Le engañaste una vez, pero es un comandante.
Teniendo en cuenta lo que buscas, el método es totalmente equivocado.
Vor estudió el contenedor blindado y translúcido donde estaba el viejo cerebro de
su padre, así como los numerosos y vistosos compartimientos donde tenía su extraña
colección de armas antiguas.
El general se lanzó hacia delante como una tarántula a punto de saltar.
—Sigo sin creerte, no confío en ti, Vorian.
—Y haces bien. Tú tampoco me has dado motivos para que confíe en ti. —Miró
con calma a la monstruosa forma móvil, que no dejaba de andar arriba y abajo. Aquel
cuerpo mecánico era rápido y poderoso, y podría haber desmembrado a un simple
humano fácilmente. Pero no ese día—. Aun así, estoy deseando aceptar la apuesta.
¿O es que me tienes miedo?
—¡He vivido lo bastante para no tener miedo de nada!
—Bien, entonces hecho. —Vor no permitió en ningún momento que su tono
fanfarrón ni su confianza flaquearan.
El titán se movió, visiblemente furioso por el desparpajo de su hijo, pero se
contuvo.
—¿Y crees que tú lograrás mejores resultados con Quentin Butler?
Vor cruzó los brazos sobre el pecho. No debía apocarse ante el titán.
—Sí, lo creo, padre. Quentin y yo éramos compañeros. Yo era su superior. Me
respeta, y sabe cuánto he luchado por la Yihad. Incluso si no está de acuerdo con mi
decisión, al menos me escuchará.
Y eso es más de lo que habéis logrado vosotros.
El simulador de voz del cimek chirrió y vibró, como si Agamenón estuviera
farfullando por lo bajo.
—Puedes intentarlo —dijo finalmente—. Pero piensa que esto no solo es una
prueba para él, también lo será para ti.
—En la vida todo es una prueba, padre. En el momento en que vuelva a fallarte,
sé que no vacilarás en disciplinarme.
—Sí, y será la última vez que lo haga. No lo olvides. —Pero Agamenón hablaba
sin convicción.
Con tantas esperanzas echadas a perder, no podía precipitarse y deshacerse de
Vorian Atreides tan fácilmente.
«Después de todos estos siglos —pensó el general—, no esperaba seguir teniendo
emociones humanas». Y confiaba en que no se le notaran.
Allí dentro, bajo las diferentes capas de hielo del glaciar, el aire era tan gélido que
Vor veía su aliento elevarse ante su rostro. Uno de los neocimek lo llevó a una fría
cámara lateral, donde guardaban el contenedor cerebral de Quentin Butler desde su
rebelión durante el ataque cimek contra las naves de Faykan.
El que fuera un gran primero, liberador de Parmentier y Honru, comandante de la
Yihad, ya no era más que una masa inerte de tejido cerebral suspendida en un baño de
electrolíquido azul y chispeante. Su contenedor estaba en un estante, como una pieza
de material cualquiera. Después de su hazaña al avisar a Faykan, tras llevarlo de vuelta a Hessra, lo habían desmantelado y le negaron el acceso a otras formas
móviles. Estaba atrapado allí.
Cuando Vor lo vio, las palabras se le atragantaron.
—¿Quentin? ¿Quentin Butler? —Totalmente perplejo, se acercó al contenedor
cerebral, y estaba a punto de preguntar a su escolta neocimek cuando vio que este
retrocedía y se alejaba por el corredor. Vor esperaba que Quentin tuviera los sensores
conectados a los mentrodos para que pudieran comunicarse—. No sé si puedes
verme, o si me reconoces, Quentin. Soy el bashar supremo Vorian Atreides.
—Puedo ver. —La voz salía de un simulador situado en la pared, no muy lejos del
contenedor—. Y veo otro truco barato.
—No soy una ilusión. —Vor sabía que los titanes estarían escuchando cada
palabra, así que debía ir con cuidado. Cada matiz, cada palabra sería sospechosa. De
alguna forma, tenía que lograr que Quentin supiera la verdad sin revelar sus planes
secretos—. Los titanes te han manipulado y te han torturado, pero soy real. He
luchado junto a tus hijos. Soy el mismo Vor que fue a Parmentier y trajo la noticia de
que Rikov y su mujer habían muerto por la plaga. En una ocasión, te acompañé a la
Ciudad de la Introspección a visitar a tu mujer… era primavera, y los árboles estaban
en flor. Te dije que siempre había tenido debilidad por Wandra, porque era la hija
pequeña de Xavier. Y tú te enfadaste conmigo por haber mencionado el nombre de
Harkonnen. ¿Lo recuerdas, Quentin?
El cerebro del héroe retirado permaneció en silencio en su contenedor. Pero
finalmente dijo:
—Los cimek están al corriente de la interacción entre el láser y los escudos. Yo…
yo se lo dije. Y casi destruyen a Faykan.
Sabiendo que aquel tema podía ser peligroso, Vor llevó la conversación por otros
cauces.
—Faykan es virrey con plenos poderes de la Liga. ¿Lo sabías? Lo nombraron
cuando estabas fuera con Porce Bludd. Tendrías que estar orgulloso.
—Yo… siempre estuve orgulloso de él.
—Y tu hijo pequeño, Abulurd. —Vor se acercó más al contenedor—. Me ocupé
personalmente de que se le ascendiera a bashar, cuarto grado. Yo mismo le coloqué la
insignia. Diría que fue el día más feliz de su vida, aunque le apenó que no estuvieras
allí para verlo.
—Abulurd… —dijo Quentin, como si el nombre le hiciera dudar.
Vor sabía que el veterano siempre había dado la espalda a su hijo menor.
—Has sido injusto con él, Quentin. —Le pareció que un tono severo sería lo
mejor—. Tiene talento, es inteligente… y tiene razón en el tema Harkonnen. Te
aseguro que todo lo que has oído sobre Xavier era mentira. Lo convirtieron en cabeza
de turco para fortalecer la Yihad. Yo creé una comisión para que investigara los hechos y rectificara esta situación. Es hora de curar las viejas heridas. Y Abulurd…
Abulurd jamás ha hecho nada en su carrera para merecer tu desaprobación.
—He sido injusto con mi hijo —concedió Quentin—, pero ahora es demasiado
tarde. Ya no volveré a verle. Llevo una eternidad aquí metido, y no he tenido otra
cosa que hacer más que pensar y pensar… y lamentarme por mis errores pasados.
Detesto en lo que me he convertido. Si realmente es leal, si siente algún respeto o
aprecio por mí, Vorian Atreides, tire este contenedor cerebral contra el suelo ahora
mismo y destrúyalo. He tratado de resistir, pero ya ni eso puedo hacer. Quiero morir.
Quizá esa sea la única forma de complicar sus planes.
—Eso sería demasiado fácil, Quentin. —La voz de Vor adquirió un tono severo,
el tono de mando que había aprendido a utilizar durante más de un siglo de servicio al
ejército de la Yihad—. Ahora eres un cimek, y tienes la oportunidad de luchar junto
al general Agamenón. Sin ti, sin mí, seguramente los cimek se lanzarían sobre los
indefensos humanos y se convertirían en una amenaza tan grave como la de las
máquinas pensantes. Tú mismo me has dicho muchas veces que los Butler no son
criados de nadie. Y es cierto. Tú y yo somos líderes. Si aceptamos cooperar,
podremos ayudar a una nueva interacción entre humanos y cimek mucho más
beneficiosa.
Las palabras de Vor sonaban convincentes.
—Pero los titanes no querrán negociar hasta haberse asegurado una posición de
poder. Yo mismo he abogado en numerosas ocasiones por su destrucción. Así que
tienen buenas razones para recelar de la Liga.
»La clave podría estar en nuestra colaboración. Si les ayudas con tus
conocimientos, las posibilidades de que la humanidad tenga paz y prosperidad serán
mayores. A la larga, si ayudas a los cimek estarás salvando vidas. ¿No lo ves? —Vor
hablaba con la suficiente vehemencia para sonar convincente a oídos de Agamenón y
Juno, que seguro que no se perdían detalle—. Debes dejar a un lado tus prejuicios,
Quentin. La Yihad ha terminado. Un nuevo universo nos espera.
Vor levantó las manos gesticulando para enfatizar sus palabras, asegurándose de
que estaba ante los sensores ópticos conectados a los mentrodos de Quentin. Y con
los dedos realizó ciertos movimientos rápidos, empleando los signos que durante
décadas él y Quentin habían utilizado como lenguaje secreto en el ejército de la
Yihad. Los cimek llevaban demasiado tiempo alejados de la humanidad, y no era
probable que estuvieran familiarizados con aquel curioso sistema de comunicación,
pero Quentin lo reconocería enseguida. Vor esperaba que eso bastara para que supiera
que no había cambiado de bando, que tenía otros planes. Tenía que encontrar la forma
de encender la chispa de la rebelión en aquel cerebro derrotado. Le demostraría a
Quentin que había otro camino… si lograban coordinar un plan.
Quentin permaneció en silencio tanto rato que Vor empezó a preguntarse si se habría fijado en los signos. Finalmente, el cerebro habló a través de su simulador de
voz.
—Me ha dado mucho en que pensar, bashar supremo. No puedo decir que esté de
acuerdo… pero lo pensaré.
Vor asintió.
—Excelente. —Y salió de la cámara, sabiendo que entre los dos prepararían la
caída de Agamenón.