La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 86 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 85

 

La lealtad es algo claramente definido solo para quien tiene una mentalidad simple y carece de imaginación.

GENERAL AGAMENÓN, Nuevas memorias

 

A pesar de sus once siglos de camaradería, Juno y Dante no siempre estaban de

acuerdo con Agamenón. Con un profundo sentimiento de frustración, el inquieto

general andaba arriba y abajo con su forma móvil, buscando algo que destrozar. Las

pesadas bases de sus patas metálicas arañaban el suelo de la cámara.

—No, no me acabo de fiar de él, aunque sea mi hijo —dijo a la defensiva—. Pero

la verdad, tampoco confiaba en casi ninguno de los veinte titanes. Mirad si no Jerjes.

—¿Es que no lo ves? Qué oportuno que Vorian se presente aquí y te diga que ha

cambiado de opinión, después de servir durante cien años en la Yihad. —La voz de

Juno normalmente le tranquilizaba, pero en aquella ocasión tenía un algo abrasivo.

Agamenón estaba que rabiaba.

—Y vosotros ¿no os volveríais locos viviendo tanto tiempo entre esa gente?

Vorian creció en los Planetas Sincronizados. Memorizó mis memorias, y admiraba

mis logros, hasta que una mujer me lo distrajo… o, si lo preferís, podéis considerarlo

una forma de rebeldía juvenil. Creo que sus motivos son válidos. Desde luego, yo

habría hecho lo mismo.

Juno se burló con una risa simulada.

—Entonces, después de todo, ¿tu hijo se parece a ti, Agamenón?

—No subestimes nunca el poder de los lazos de sangre.

—Y tú no los valores en exceso —replicó Juno.

 

Vor se veía pequeño y vulnerable en medio de la cámara central que en otro tiempo

ocuparon los pensadores de la Torre de Marfil, mirando a la intimidatoria figura de su

padre.

—¿Qué te hace pensar que puedes convencer a Quentin Butler para que se alíe

con nosotros, si todas nuestras técnicas de coacción y lavado de cerebro han

fracasado? —dijo Agamenón.

—Pues precisamente. Si quieres que un genio militar ponga su talento al servicio

de los cimek… no puedes torturarle. Le engañaste una vez, pero es un comandante.

Teniendo en cuenta lo que buscas, el método es totalmente equivocado.

Vor estudió el contenedor blindado y translúcido donde estaba el viejo cerebro de

su padre, así como los numerosos y vistosos compartimientos donde tenía su extraña

colección de armas antiguas.

El general se lanzó hacia delante como una tarántula a punto de saltar.

—Sigo sin creerte, no confío en ti, Vorian.

—Y haces bien. Tú tampoco me has dado motivos para que confíe en ti. —Miró

con calma a la monstruosa forma móvil, que no dejaba de andar arriba y abajo. Aquel

cuerpo mecánico era rápido y poderoso, y podría haber desmembrado a un simple

humano fácilmente. Pero no ese día—. Aun así, estoy deseando aceptar la apuesta.

¿O es que me tienes miedo?

—¡He vivido lo bastante para no tener miedo de nada!

—Bien, entonces hecho. —Vor no permitió en ningún momento que su tono

fanfarrón ni su confianza flaquearan.

El titán se movió, visiblemente furioso por el desparpajo de su hijo, pero se

contuvo.

—¿Y crees que tú lograrás mejores resultados con Quentin Butler?

Vor cruzó los brazos sobre el pecho. No debía apocarse ante el titán.

—Sí, lo creo, padre. Quentin y yo éramos compañeros. Yo era su superior. Me

respeta, y sabe cuánto he luchado por la Yihad. Incluso si no está de acuerdo con mi

decisión, al menos me escuchará.

Y eso es más de lo que habéis logrado vosotros.

El simulador de voz del cimek chirrió y vibró, como si Agamenón estuviera

farfullando por lo bajo.

—Puedes intentarlo —dijo finalmente—. Pero piensa que esto no solo es una

prueba para él, también lo será para ti.

—En la vida todo es una prueba, padre. En el momento en que vuelva a fallarte,

sé que no vacilarás en disciplinarme.

—Sí, y será la última vez que lo haga. No lo olvides. —Pero Agamenón hablaba

sin convicción.

Con tantas esperanzas echadas a perder, no podía precipitarse y deshacerse de

Vorian Atreides tan fácilmente.

«Después de todos estos siglos —pensó el general—, no esperaba seguir teniendo

emociones humanas». Y confiaba en que no se le notaran.

 

Allí dentro, bajo las diferentes capas de hielo del glaciar, el aire era tan gélido que

Vor veía su aliento elevarse ante su rostro. Uno de los neocimek lo llevó a una fría

cámara lateral, donde guardaban el contenedor cerebral de Quentin Butler desde su

rebelión durante el ataque cimek contra las naves de Faykan.

El que fuera un gran primero, liberador de Parmentier y Honru, comandante de la

Yihad, ya no era más que una masa inerte de tejido cerebral suspendida en un baño de

electrolíquido azul y chispeante. Su contenedor estaba en un estante, como una pieza

de material cualquiera. Después de su hazaña al avisar a Faykan, tras llevarlo de vuelta a Hessra, lo habían desmantelado y le negaron el acceso a otras formas

móviles. Estaba atrapado allí.

Cuando Vor lo vio, las palabras se le atragantaron.

—¿Quentin? ¿Quentin Butler? —Totalmente perplejo, se acercó al contenedor

cerebral, y estaba a punto de preguntar a su escolta neocimek cuando vio que este

retrocedía y se alejaba por el corredor. Vor esperaba que Quentin tuviera los sensores

conectados a los mentrodos para que pudieran comunicarse—. No sé si puedes

verme, o si me reconoces, Quentin. Soy el bashar supremo Vorian Atreides.

—Puedo ver. —La voz salía de un simulador situado en la pared, no muy lejos del

contenedor—. Y veo otro truco barato.

—No soy una ilusión. —Vor sabía que los titanes estarían escuchando cada

palabra, así que debía ir con cuidado. Cada matiz, cada palabra sería sospechosa. De

alguna forma, tenía que lograr que Quentin supiera la verdad sin revelar sus planes

secretos—. Los titanes te han manipulado y te han torturado, pero soy real. He

luchado junto a tus hijos. Soy el mismo Vor que fue a Parmentier y trajo la noticia de

que Rikov y su mujer habían muerto por la plaga. En una ocasión, te acompañé a la

Ciudad de la Introspección a visitar a tu mujer… era primavera, y los árboles estaban

en flor. Te dije que siempre había tenido debilidad por Wandra, porque era la hija

pequeña de Xavier. Y tú te enfadaste conmigo por haber mencionado el nombre de

Harkonnen. ¿Lo recuerdas, Quentin?

El cerebro del héroe retirado permaneció en silencio en su contenedor. Pero

finalmente dijo:

—Los cimek están al corriente de la interacción entre el láser y los escudos. Yo…

yo se lo dije. Y casi destruyen a Faykan.

Sabiendo que aquel tema podía ser peligroso, Vor llevó la conversación por otros

cauces.

—Faykan es virrey con plenos poderes de la Liga. ¿Lo sabías? Lo nombraron

cuando estabas fuera con Porce Bludd. Tendrías que estar orgulloso.

—Yo… siempre estuve orgulloso de él.

—Y tu hijo pequeño, Abulurd. —Vor se acercó más al contenedor—. Me ocupé

personalmente de que se le ascendiera a bashar, cuarto grado. Yo mismo le coloqué la

insignia. Diría que fue el día más feliz de su vida, aunque le apenó que no estuvieras

allí para verlo.

—Abulurd… —dijo Quentin, como si el nombre le hiciera dudar.

Vor sabía que el veterano siempre había dado la espalda a su hijo menor.

—Has sido injusto con él, Quentin. —Le pareció que un tono severo sería lo

mejor—. Tiene talento, es inteligente… y tiene razón en el tema Harkonnen. Te

aseguro que todo lo que has oído sobre Xavier era mentira. Lo convirtieron en cabeza

de turco para fortalecer la Yihad. Yo creé una comisión para que investigara los hechos y rectificara esta situación. Es hora de curar las viejas heridas. Y Abulurd…

Abulurd jamás ha hecho nada en su carrera para merecer tu desaprobación.

—He sido injusto con mi hijo —concedió Quentin—, pero ahora es demasiado

tarde. Ya no volveré a verle. Llevo una eternidad aquí metido, y no he tenido otra

cosa que hacer más que pensar y pensar… y lamentarme por mis errores pasados.

Detesto en lo que me he convertido. Si realmente es leal, si siente algún respeto o

aprecio por mí, Vorian Atreides, tire este contenedor cerebral contra el suelo ahora

mismo y destrúyalo. He tratado de resistir, pero ya ni eso puedo hacer. Quiero morir.

Quizá esa sea la única forma de complicar sus planes.

—Eso sería demasiado fácil, Quentin. —La voz de Vor adquirió un tono severo,

el tono de mando que había aprendido a utilizar durante más de un siglo de servicio al

ejército de la Yihad—. Ahora eres un cimek, y tienes la oportunidad de luchar junto

al general Agamenón. Sin ti, sin mí, seguramente los cimek se lanzarían sobre los

indefensos humanos y se convertirían en una amenaza tan grave como la de las

máquinas pensantes. Tú mismo me has dicho muchas veces que los Butler no son

criados de nadie. Y es cierto. Tú y yo somos líderes. Si aceptamos cooperar,

podremos ayudar a una nueva interacción entre humanos y cimek mucho más

beneficiosa.

Las palabras de Vor sonaban convincentes.

—Pero los titanes no querrán negociar hasta haberse asegurado una posición de

poder. Yo mismo he abogado en numerosas ocasiones por su destrucción. Así que

tienen buenas razones para recelar de la Liga.

»La clave podría estar en nuestra colaboración. Si les ayudas con tus

conocimientos, las posibilidades de que la humanidad tenga paz y prosperidad serán

mayores. A la larga, si ayudas a los cimek estarás salvando vidas. ¿No lo ves? —Vor

hablaba con la suficiente vehemencia para sonar convincente a oídos de Agamenón y

Juno, que seguro que no se perdían detalle—. Debes dejar a un lado tus prejuicios,

Quentin. La Yihad ha terminado. Un nuevo universo nos espera.

Vor levantó las manos gesticulando para enfatizar sus palabras, asegurándose de

que estaba ante los sensores ópticos conectados a los mentrodos de Quentin. Y con

los dedos realizó ciertos movimientos rápidos, empleando los signos que durante

décadas él y Quentin habían utilizado como lenguaje secreto en el ejército de la

Yihad. Los cimek llevaban demasiado tiempo alejados de la humanidad, y no era

probable que estuvieran familiarizados con aquel curioso sistema de comunicación,

pero Quentin lo reconocería enseguida. Vor esperaba que eso bastara para que supiera

que no había cambiado de bando, que tenía otros planes. Tenía que encontrar la forma

de encender la chispa de la rebelión en aquel cerebro derrotado. Le demostraría a

Quentin que había otro camino… si lograban coordinar un plan.

Quentin permaneció en silencio tanto rato que Vor empezó a preguntarse si se habría fijado en los signos. Finalmente, el cerebro habló a través de su simulador de

voz.

—Me ha dado mucho en que pensar, bashar supremo. No puedo decir que esté de

acuerdo… pero lo pensaré.

Vor asintió.

—Excelente. —Y salió de la cámara, sabiendo que entre los dos prepararían la

caída de Agamenón.