La batalla de Corrin
Capítulo 92
Sea cual sea su rango, lo que más preocupa a un guerrero es no saber cómo actuará cuando se enfrente a su propia muerte.
MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS,
comentarios al inicio de una clase
Tras hacer un reconocimiento con sus mentrodos, el general Agamenón aparcó sus
reminiscencias un momento.
—¡Tú no eres Juno! ¿Por qué llevas su forma móvil? ¿Quién…?
El otro titán dejó a Vor con suavidad a un lado.
—Lo que tenías pensado sería demasiado rápido, Vorian Atreides. No le causaría
el suficiente dolor. He tenido una idea mejor.
—¡Vorian, vuelve a conectar mi forma móvil! —exigió Agamenón a través de su
simulador de voz.
Confundido, Vor miró a la forma móvil que se alzaba ante él. La configuración
era la de Juno, pero había algo diferente.
—¿No me reconoce, bashar supremo? —preguntó el titán. Algo en la cadencia de
las palabras le resultaba familiar.
Vor pestañeó con incredulidad.
—¿Quentin? ¿Eres tú?
El general, completamente impotente en su contenedor cerebral, cada vez gritaba
con tono más exigente, pero Vor no le hizo caso. Ni el otro cimek tampoco.
—Sí. He matado a Juno. He cortado su cerebro en cachitos.
—¿Juno? —Agamenón profirió un lamento discordante a través del simulador de
voz—. ¿Muerta?
Quentin estiró un brazo del poderoso cuerpo mecánico de Juno y cogió el
contenedor cerebral del titán. Sostuvo el cilindro delante de sus brillantes fibras
ópticas y vio que las membranas grises y rosas palpitaban y se encogían, como si
quisieran huir de su encierro.
—Sí. ¡Juno está muerta! Y a ti te espera el mismo destino.
Vor permanecía inmóvil, en medio de una avalancha de emociones encontradas,
pero deseando también completar su misión. Agamenón gemía, pero el simulador de
voz no podía dar una idea del dolor tan grande que su cerebro sentía por la que había
sido su amante durante más de mil años.
Quentin siguió hablando, porque sabía que Agamenón le oía.
—Por lo que me hiciste, general, por matar mi cuerpo y convertirme en cimek,
por arrancarme el secreto de la vulnerabilidad de nuestros escudos… pienso hacer
que tus últimos momentos se te hagan eternos.
Dos de los subordinados que habían seguido a Quentin hasta la torre entraron
corriendo. Vor se volvió a mirar, pero se dio cuenta de que aquellos cimek que antes
fueron monjes no les atacarían.
Aun así, la ciudadela estaba llena de neos leales.
—Acabemos con esto de una vez, Quentin. Nadie duda que Agamenón merece
morir por sus crímenes. Yo no pensaba torturarle…
—Eso no me basta, bashar supremo. —Los neos-subordinados entraron en la
cámara de mantenimiento. Quentin colocó al titán indefenso sobre el pedestal donde
Vor habría continuado con su acicalado—. Pienso conectar el contenedor cerebral de
Agamenón a los amplificadores de dolor que ha hecho instalar en las formas móviles
de estos pobres monjes. Si aguanta solo un segundo de agonía por cada vida que se
ha llevado a lo largo de estos siglos, seguirá retorciéndose durante décadas y más
décadas. Y solo será una fracción del sufrimiento que merece.
Como antiguo comandante de la Yihad, Vor no podía discutirle la justicia de lo
que proponía. Pero a pesar de los reconocidos crímenes de Agamenón, seguía siendo
su padre.
El general gritaba a través del sintetizador de voz.
—¡Hijo! ¿Cómo puedes hacerme esto?
—¿Cómo podría no hacerlo? —Vor se obligó a pronunciar las palabras—. ¿Acaso
no estabas orgulloso de las atrocidades que cometías… de la forma en que oprimías y
dominabas? E intentaste que te admirara por ello.
—Traté de convertirte en un sucesor digno. En un titán. Te eduqué para ser algo
grande, te enseñé a valorar tu potencial y venerar la Historia, ¡a labrarte un lugar en
esa Historia! —La voz del general sonaba furiosa y desafiante, no asustada—. Te
guste o no te guste, yo te he convertido en lo que eres.
Vor luchaba por conservar la determinación. No quería admitir la verdad que
había detrás de las palabras de su padre, no quería reconocer que sus propias
decisiones habían influido en las vidas de Abulurd, de Raquella, de Estes y Kagin. Él
no había sido precisamente el mejor padre.
—Quentin, hagas lo que hagas, por mucho que le tortures, nunca será suficiente…
y no podrás cambiar la Historia.
La forma móvil requisada del titán hizo un movimiento furioso.
—¡Mire lo que me ha hecho, bashar supremo! Exijo una venganza…
—Te ha arrebatado tu cuerpo, Quentin. No dejes que también te arrebate tu
humanidad. —Por dentro Vor sentía frío, y no por la temperatura de la torre—.
Durante la Yihad, hemos tenido que comportarnos como monstruos para lograr
nuestro objetivo en demasiadas ocasiones. Debemos dejarlo así, en un pequeño gesto.
—¡Me niego!
Vor rodeó la forma móvil de Juno.
—¡Quentin Butler, sigo siendo tu superior! Has dedicado tu vida entera al
ejército. Y has realizado actos heroicos en numerosas ocasiones… no lo eches a
perder ahora. Te estoy dando una orden directa, como bashar supremo.
Quentin permaneció inmóvil durante un largo momento. El cuerpo mecánico
parecía temblar por la indecisión y el torbellino emocional que el hombre sentía por
dentro.
Vor le explicó lo que tenía pensado. Finalmente, Quentin se acercó con su forma
móvil a la ventana de la elevada torre. Con un poderoso movimiento de su antebrazo
articulado y blindado, rompió el grueso cristal reforzado. Trozos de cristal y hielo
cayeron, y un viento gélido entró aullando en la habitación.
Mientras sentía el viento helado morderle las pocas zonas del cuerpo que llevaba
descubiertas, Vor cogió el contenedor de Agamenón y miró a las fibras ópticas,
consciente de que su padre podía verle y oírle.
—Sé muy bien que soy lo que tú hiciste de mí. De ti aprendí que debo tomar las
decisiones difíciles que los demás no se atreven a tomar y aceptar las consecuencias.
Por eso pude dirigir la Gran Purga, aunque costase tantas vidas humanas. Y por eso
debo ser yo quien haga esto.
»He leído tus extensas memorias, padre. Sé que imaginabas un final heroico para
ti, que esperabas enfrentarte a grandes ejércitos y morir en una dura batalla.
Con el cilindro en las manos, se acercó a la ventana rota del mirador,
pestañeando, porque el viento helado se le clavaba como un cuchillo en los ojos y las
mejillas.
—Y sin embargo —siguió diciendo—, tú, el poderoso titán Agamenón, tendrás la
muerte más ignominiosa.
Agamenón gritaba.
—No, Vorian. ¡No debes hacerlo! ¡Podemos iniciar una nueva Era de los Titanes!
Nosotros…
Vor no hizo caso de las continuas protestas del general.
—Te doy lo que mereces… un final anodino, totalmente insignificante.
Y dicho esto empujó el contenedor por el alféizar. El cilindro cayó y cayó,
derramando el electrolíquido azul, hasta que se hizo pedazos contra el hielo duro
como el acero del glaciar haciendo saltar pedacitos de plaz, materia gris y líquido
viscoso en todas direcciones.
Cuando todo hubo acabado, Vor y Quentin salieron al corredor.
—Los neos querrán su sangre —dijo el cimek—, y la mía… si tuviera, claro.
Durante un tiempo, los neocimek de los mundos conquistados recientemente
seguirían adelante sin darse cuenta de que la estructura de mando había sido
eliminada. Sin embargo, Vor sabía que los otros cimek tenían problemas de liderazgo, que entre ellos no había muchos capacitados para la toma de decisiones. Por eso los
titanes habían secuestrado a Quentin y habían tratado de convertirlo en uno de ellos.
Sin la dirección de Agamenón, los cimek de nueva generación no serían capaces de
mantener unido su incipiente imperio. Su influencia se iría apagando.
Vor corría por delante en los túneles. Quentin le seguía tan deprisa como podía,
porque no acababa de acostumbrarse a la forma móvil que le había quitado a Juno.
Las alarmas empezaron a sonar.
—En cuanto encuentren el resultado de nuestro trabajo, no tardarán en imaginar
lo que ha pasado —dijo Vor casi sin aliento—. Tenemos que llegar a las naves. ¿Hay
alguna nave cimek que sepas dirigir? Yo tengo el Viajero Onírico.
—No se preocupe por mí, bashar supremo. Hay muchas opciones.
Tres neocimek con lanzaproyectiles incorporados a sus formas móviles
aparecieron por los corredores. En cuanto vieron a Vorian Atreides, el único humano
que había en la fortaleza helada, activaron sus sistemas. Pero Quentin estaba con él, y
los neos lo reconocieron enseguida como uno de los titanes.
—Juno, ¿os ocupáis del prisionero? —preguntó uno de los neos.
A modo de respuesta, Quentin levantó sus brazos armados, muy superiores, y les
disparó poderosos torpedos. La precisión de aquellos proyectiles hizo estallar los
contenedores cerebrales, y los cuerpos móviles de desplomaron sobre el suelo.
—Quizá con el disfraz bastará —dijo Quentin.
—No cuentes con eso. Vamos.
Quentin, que cada vez se movía con mayor seguridad, empezó a adelantar a Vor
con sus largas zancadas mecánicas.
—Hay una forma de acabar con todo esto. El general Agamenón estaba tan
paranoico que él mismo plantó las semillas de la destrucción de los cimek.
Antes de que Vor pudiera preguntar nada, se encontraron con varias formas
móviles destrozadas en un túnel cercano al muelle de aterrizaje donde tenían el
Viajero Onírico.
—Parece que hay alguien más haciendo la guerra a los cimek.
Tres neos llegaron con gran estrépito al muelle desde otros pasadizos. Quentin
giró, preparándose para disparar, pero enseguida se dio cuenta de que los neocimek
huían de algo.
Detrás aparecieron cuatro neos-subordinados convertidos a la fuerza tras el
asesinato de los pensadores. Los antiguos cuidadores de los pensadores se habían
apropiado de piezas sueltas de otras formas cimek, y habían incorporado aquellos
apéndices y armas adicionales en una configuración de lo más estrambótica. Piezas
de combate, como las de Beowulf, que se habían ido guardando para su reparación o
reciclaje para otras formas móviles. Y ahora los sirvientes involuntarios de
Agamenón lanzaban su propia revolución.
Los subordinados corrieron por la zona de aterrizaje, disparando a los neos leales
a los cimek. Cuando los neos acorralados vieron la inmensa forma móvil del titán,
parecieron animarse. Se reorganizaron, pensando que tenían un aliado en Juno.
Pero, aunque los neos-subordinados seguían disparando, Quentin levantó sus
brazos y disparó a los neos por detrás. La metralla y el electrolíquido azul volaron por
todas partes. Los subordinados vacilaron un momento, pero enseguida volvieron a
disparar.
—Me vieron destruir el cerebro de Juno —explicó Quentin a Vor—. Seguramente
eso es lo que por fin ha hecho que se decanten por la violencia.
Los subordinados se abalanzaron sobre los restos de los neos como carroñeros en
un campo de batalla. Después de asegurarse de que los contenedores cerebrales
estaban totalmente destruidos, desmontaron sus armas y las agregaron a sus sistemas.
Quentin hizo girar la torreta de su cabeza y se dirigió hacia los subordinados, que
esperaban pacientemente.
—¿Qué avances habéis logrado?
—Diez de los nuestros han muerto. Solo quedamos cuatro, pero ya hemos matado
a muchos neos. Los túneles están llenos de formas móviles inertes. Hemos destruido
los laboratorios donde se fabrica el electrolíquido, hemos vaciado todas las reservas y
destrozado la maquinaria necesaria para crear más. Si algún cimek sobrevive a esta
batalla, no tardará en necesitar desesperadamente su líquido de soporte vital.
Vor se sintió como si le hubieran quitado un peso de encima.
—¡Excelente!
—Queda un problema. —Quentin se volvió hacia los subordinados—. ¿Sabéis
dónde está Dante? Es el último de los titanes.
—Está en algún lugar del complejo, pero no sabemos muy bien dónde.
—Tenemos que encontrarle —le dijo Quentin a Vor—. Destruir a Dante es más
importante de lo que imagina.
El Viajero Onírico estaba listo para despegar. Habría sido tan fácil escapar y
volver a Salusa Secundus con la noticia, pero Vor resistió la tentación de aquella
salida tan fácil.
—Quentin, hace dos décadas, el ejército de la Yihad cometió un grave error al
dejar intacto un Planeta Sincronizado. No terminamos el trabajo y hemos pagado por
ello. No pienso marcharme de aquí hasta que no hayamos acabado lo que vinimos a
hacer.
—Gracias —contestó Quentin con voz pausada por el simulador de voz—.
Gracias.
Dante siempre había sido poco más que un administrador; él había dirigido el negocio
de derribar el Imperio Antiguo. Agamenón y Juno tenían muchas más inclinaciones militares que él. En cuanto descubrió que sus compañeros titanes habían sido
asesinados, supo que tenía un grave problema. No sabía cómo había podido pasar,
pero no se quedaría a esperar a un enemigo tan formidable.
Hessra no era la base más importante del nuevo imperio de los titanes. Tenían
muchos más neos y esclavos humanos en los mundos ocupados de Richese y Bela
Tegeuse, y en otros; y defensas mucho más importantes. A Agamenón nunca le
preocupó especialmente perder el control sobre Hessra.
Así pues, mientras los neos leales seguían luchando contra los neos-subordinados
suicidas, Dante salió por las arcadas de la ciudadela y se escabulló por el paisaje
helado hasta las naves de guerra titanes. Eran las mismas que había utilizado para el
ataque de prueba que demostró la interacción fatal entre los escudos Holtzman y el
láser. Avanzó con rapidez por aquel terreno azotado por los vientos y, cuando llegó a
una de las naves, alineó los puntos de anclaje y ajustó sus sistemas mecánicos para
que su contenedor cerebral se soltara y fuera instalado en la nave. Tenía que salir de
allí.
De los veinte titanes originales, solo quedaba él. Cuando los mentrodos se
conectaron automáticamente a los sistemas de control, puso en marcha los motores.
Sí, ahora podría huir y salvarse.
Dante no era un cobarde, solo era pragmático. Aquella rebelión estaba
provocando demasiados daños. Su idea era volver con una fuerza abrumadora de
Richese o alguno de los nuevos mundos conquistados. Con ayuda de los refuerzos,
acabaría enseguida con la revuelta, y podrían seguir adelante.
Su nave se elevó al cielo vacío. Dante se sintió a salvo.
Instalado cómodamente ante los controles del Viajero Onírico, Vor activó los
sistemas y se preparó para despegar. Los escáneres estaban operativos, listos para
apuntar a su objetivo, en cuanto supiera dónde estaba. Los neos-subordinados
informaron que habían visto la forma móvil del titán en el glaciar, instalándose en
una de las formas bélicas.
Quentin avanzó con su inmenso cuerpo mecánico. Su simulador de voz estaba
amplificado y su voz sonó atronadora.
—¡Es fundamental que no escape! Bashar supremo, ¿cuándo estará listo para
partir? ¿Puede interceptarlo?
—El Viajero Onírico es rápido, pero no tiene armas suficientes. Pero podría
entretenerlo. ¿Tienes algo…?
—Sí. —Quentin retrocedió sobre sus múltiples patas—. Entreténgalo un poco. Yo
le seguiré en cuanto pueda. Y entonces Dante no podrá escapar. Es imperativo que no
le dejemos escapar.
Vor comprendía la necesidad de venganza del primero. Manipuló aquellos controles tan familiares que Seurat le había enseñado a utilizar hacía tanto tiempo, y
el Viajero Onírico salió a toda velocidad en pos de la nave titán.
Quentin avanzó por las cámaras subterráneas hacia un lugar donde había guardada
otra enorme nave. Había visto al general utilizarla en más de una ocasión, y Juno se
la había enseñado para demostrarle las ventajas de los cuerpos cimek sobre la débil
forma del humano. Y ahora Quentin podría utilizarla para algo mucho más
satisfactorio.
La nave de guerra personal de Agamenón.
El Viajero Onírico salió al cielo estrellado y siempre crepuscular de Hessra. La nave
de Dante, muy por delante, volaba hacia los límites del sistema.
Cuando el último de los titanes vio que solo una pequeña nave le perseguía, una
simple nave de actualización, dio la vuelta y volvió atrás. Ya le había advertido a
Agamenón que no confiara en su hijo humano, y no se había equivocado.
—Vorian Atreides. —Pronunció el nombre con voz neutra, como si no le
sorprendiera—. ¿Eres tú el responsable de este desastre?
—No querría llevarme todo el mérito. Solo soy un hombre. Y a lo largo de su
historia los titanes habéis generado una deuda tan grande que un hombre solo no
podría cobrarla.
—Sabes que si quiero puedo destruir tu nave —dijo Dante, como si creyera que
con amenazarle bastaría—. El Viajero Onírico no fue diseñado para enfrentarse a una
nave cimek de guerra.
—Puede, pero tengo mucha más maniobrabilidad que tú. —Y dicho esto lanzó
una andanada de pequeños proyectiles contra el casco de la nave de Dante y con un
rápido bucle evitó los imponentes disparos del titán.
Vor volvió a descender por detrás e hizo correr al titán lanzando cuatro explosivos
que inutilizaron uno de sus motores. El titán hizo girar su nave y abrió fuego. Esta
vez chamuscó la base del Viajero.
La nave de Vor empezó a girar fuera de control, pero finalmente logró
estabilizarla. Dio la vuelta y provocó deliberadamente al titán por la línea de
comunicación con la esperanza de entretenerle como le había pedido Quentin. Dante
le disparó de nuevo y tocó la proa de la nave.
En ese momento, una nave inmensa y horripilante, como un pterodáctilo
diabólico, se precipitó contra Dante. Aquel coloso de formas angulosas salió de la
nada, disparando, e hizo que la nave del titán se tambaleara.
Vor oyó la voz de Quentin por el comunicador, hablándole en el lenguaje en clave
especial que había desarrollado el ejército.
—Debe saber por qué es tan importante que eliminemos a Dante. Cuando el
general Agamenón creó su ejército de neocimek, temía que no le fueran leales, y por
eso instaló un mecanismo de seguridad en sus contenedores cerebrales. Si en algún
momento sospechaba de una traición, podía activarlo de forma individual.
»Y, a modo de seguro, los tres titanes crearon también una especie de dominó. El
contenedor de cada uno de los titanes tiene una señal codificada. Al menos uno de
ellos debe regresar regularmente en un radio de alcance de los neocimek para
transmitir la señal, porque de lo contrario los neos quedarían desconectados de forma
permanente. Sus mecanismos de soporte vital irían fallando y acabarían muriendo.
Vor no se lo podía creer.
—¿Me estás diciendo que si destruimos a Dante, de un solo golpe habremos
destruido a toda la fuerza enemiga?
—Más o menos, aunque es posible que haya algún otro factor envuelto. Los neos
locales quedarían fuera de combate de forma inmediata en cuanto muera el último
titán. Agamenón estaba bastante paranoico.
—Lo sé.
—Los cimek que estén en lugares más remotos empezarán morir de aquí a un año
aproximadamente, cuando no reciban la señal de verificación en la fecha convenida.
Por eso Dante es tan importante.
Vor sonrió, pero solo un momento, hasta que llegó a la única conclusión posible.
—Entonces, si destruimos a Dante, tú morirás. De forma inmediata.
—Ya me ha visto, bashar supremo. Ya ve lo que soy. No pienso dejar que nadie
me vea así en la Liga. Ni Faykan, ni… Abulurd. No quiero volver.
—Pero ¿qué le diré a Abulurd? Tiene que saber que…
—Ya se le ocurrirá algo, bashar supremo. Estas cosas siempre se le han dado
mejor que a mí. Déjeme emprender esta última acción.
Vor levantó la voz.
—No. Encontraremos otra solución. Capturaremos a Dante…
—Piense en mí, bashar supremo. Yo no elegí convertirme en cimek, y no he
dejado de buscar la forma de eliminarlos. Ahora, por fin sé qué he de hacer.
La inmensa nave diseñada para Agamenón trazó un arco y voló hacia Dante. El
último titán aceleraba, tratando de ganar velocidad y escapar.
Pero uno de sus motores estaba dañado, y la nave de Agamenón era muy superior.
Cuando empezó a acortar distancias, Quentin comenzó a disparar.
Y, aunque cada vez estaba más cerca, no aminoró la velocidad. Los motores
estaban a su máxima potencia, e impulsaban a aquella inmensa nave cimek como un
martillo al rojo… hasta que, finalmente, cuando el casco de la nave de Dante se
doblaba bajo el impacto de la última andanada de proyectiles, la nave de Agamenón
se estrelló contra ella, sin dejar de acelerar.
La explosión fue cegadora, y las dos naves estallaron en una inmensa nube de
llamas.
Vor contempló aquellos últimos momentos sin poder hacer nada. Sentía una
profunda pena en su corazón por la pérdida del bravo Quentin Butler… pero también
una creciente sensación de triunfo. Por fin, el último de los crueles titanes, y con ellos
todos los cimek, habían desaparecido.