La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 93 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 92

 

Sea cual sea su rango, lo que más preocupa a un guerrero es no saber cómo actuará cuando se enfrente a su propia muerte.

MAESTRO DE ARMAS ISTIAN GOSS,

comentarios al inicio de una clase

 

Tras hacer un reconocimiento con sus mentrodos, el general Agamenón aparcó sus

reminiscencias un momento.

—¡Tú no eres Juno! ¿Por qué llevas su forma móvil? ¿Quién…?

El otro titán dejó a Vor con suavidad a un lado.

—Lo que tenías pensado sería demasiado rápido, Vorian Atreides. No le causaría

el suficiente dolor. He tenido una idea mejor.

—¡Vorian, vuelve a conectar mi forma móvil! —exigió Agamenón a través de su

simulador de voz.

Confundido, Vor miró a la forma móvil que se alzaba ante él. La configuración

era la de Juno, pero había algo diferente.

—¿No me reconoce, bashar supremo? —preguntó el titán. Algo en la cadencia de

las palabras le resultaba familiar.

Vor pestañeó con incredulidad.

—¿Quentin? ¿Eres tú?

El general, completamente impotente en su contenedor cerebral, cada vez gritaba

con tono más exigente, pero Vor no le hizo caso. Ni el otro cimek tampoco.

—Sí. He matado a Juno. He cortado su cerebro en cachitos.

—¿Juno? —Agamenón profirió un lamento discordante a través del simulador de

voz—. ¿Muerta?

Quentin estiró un brazo del poderoso cuerpo mecánico de Juno y cogió el

contenedor cerebral del titán. Sostuvo el cilindro delante de sus brillantes fibras

ópticas y vio que las membranas grises y rosas palpitaban y se encogían, como si

quisieran huir de su encierro.

—Sí. ¡Juno está muerta! Y a ti te espera el mismo destino.

Vor permanecía inmóvil, en medio de una avalancha de emociones encontradas,

pero deseando también completar su misión. Agamenón gemía, pero el simulador de

voz no podía dar una idea del dolor tan grande que su cerebro sentía por la que había

sido su amante durante más de mil años.

Quentin siguió hablando, porque sabía que Agamenón le oía.

—Por lo que me hiciste, general, por matar mi cuerpo y convertirme en cimek,

por arrancarme el secreto de la vulnerabilidad de nuestros escudos… pienso hacer

que tus últimos momentos se te hagan eternos.

Dos de los subordinados que habían seguido a Quentin hasta la torre entraron

corriendo. Vor se volvió a mirar, pero se dio cuenta de que aquellos cimek que antes

fueron monjes no les atacarían.

Aun así, la ciudadela estaba llena de neos leales.

—Acabemos con esto de una vez, Quentin. Nadie duda que Agamenón merece

morir por sus crímenes. Yo no pensaba torturarle…

—Eso no me basta, bashar supremo. —Los neos-subordinados entraron en la

cámara de mantenimiento. Quentin colocó al titán indefenso sobre el pedestal donde

Vor habría continuado con su acicalado—. Pienso conectar el contenedor cerebral de

Agamenón a los amplificadores de dolor que ha hecho instalar en las formas móviles

de estos pobres monjes. Si aguanta solo un segundo de agonía por cada vida que se

ha llevado a lo largo de estos siglos, seguirá retorciéndose durante décadas y más

décadas. Y solo será una fracción del sufrimiento que merece.

Como antiguo comandante de la Yihad, Vor no podía discutirle la justicia de lo

que proponía. Pero a pesar de los reconocidos crímenes de Agamenón, seguía siendo

su padre.

El general gritaba a través del sintetizador de voz.

—¡Hijo! ¿Cómo puedes hacerme esto?

—¿Cómo podría no hacerlo? —Vor se obligó a pronunciar las palabras—. ¿Acaso

no estabas orgulloso de las atrocidades que cometías… de la forma en que oprimías y

dominabas? E intentaste que te admirara por ello.

—Traté de convertirte en un sucesor digno. En un titán. Te eduqué para ser algo

grande, te enseñé a valorar tu potencial y venerar la Historia, ¡a labrarte un lugar en

esa Historia! —La voz del general sonaba furiosa y desafiante, no asustada—. Te

guste o no te guste, yo te he convertido en lo que eres.

Vor luchaba por conservar la determinación. No quería admitir la verdad que

había detrás de las palabras de su padre, no quería reconocer que sus propias

decisiones habían influido en las vidas de Abulurd, de Raquella, de Estes y Kagin. Él

no había sido precisamente el mejor padre.

—Quentin, hagas lo que hagas, por mucho que le tortures, nunca será suficiente…

y no podrás cambiar la Historia.

La forma móvil requisada del titán hizo un movimiento furioso.

—¡Mire lo que me ha hecho, bashar supremo! Exijo una venganza…

—Te ha arrebatado tu cuerpo, Quentin. No dejes que también te arrebate tu

humanidad. —Por dentro Vor sentía frío, y no por la temperatura de la torre—.

Durante la Yihad, hemos tenido que comportarnos como monstruos para lograr

nuestro objetivo en demasiadas ocasiones. Debemos dejarlo así, en un pequeño gesto.

—¡Me niego!

Vor rodeó la forma móvil de Juno.

—¡Quentin Butler, sigo siendo tu superior! Has dedicado tu vida entera al

ejército. Y has realizado actos heroicos en numerosas ocasiones… no lo eches a

perder ahora. Te estoy dando una orden directa, como bashar supremo.

Quentin permaneció inmóvil durante un largo momento. El cuerpo mecánico

parecía temblar por la indecisión y el torbellino emocional que el hombre sentía por

dentro.

Vor le explicó lo que tenía pensado. Finalmente, Quentin se acercó con su forma

móvil a la ventana de la elevada torre. Con un poderoso movimiento de su antebrazo

articulado y blindado, rompió el grueso cristal reforzado. Trozos de cristal y hielo

cayeron, y un viento gélido entró aullando en la habitación.

Mientras sentía el viento helado morderle las pocas zonas del cuerpo que llevaba

descubiertas, Vor cogió el contenedor de Agamenón y miró a las fibras ópticas,

consciente de que su padre podía verle y oírle.

—Sé muy bien que soy lo que tú hiciste de mí. De ti aprendí que debo tomar las

decisiones difíciles que los demás no se atreven a tomar y aceptar las consecuencias.

Por eso pude dirigir la Gran Purga, aunque costase tantas vidas humanas. Y por eso

debo ser yo quien haga esto.

»He leído tus extensas memorias, padre. Sé que imaginabas un final heroico para

ti, que esperabas enfrentarte a grandes ejércitos y morir en una dura batalla.

Con el cilindro en las manos, se acercó a la ventana rota del mirador,

pestañeando, porque el viento helado se le clavaba como un cuchillo en los ojos y las

mejillas.

—Y sin embargo —siguió diciendo—, tú, el poderoso titán Agamenón, tendrás la

muerte más ignominiosa.

Agamenón gritaba.

—No, Vorian. ¡No debes hacerlo! ¡Podemos iniciar una nueva Era de los Titanes!

Nosotros…

Vor no hizo caso de las continuas protestas del general.

—Te doy lo que mereces… un final anodino, totalmente insignificante.

Y dicho esto empujó el contenedor por el alféizar. El cilindro cayó y cayó,

derramando el electrolíquido azul, hasta que se hizo pedazos contra el hielo duro

como el acero del glaciar haciendo saltar pedacitos de plaz, materia gris y líquido

viscoso en todas direcciones.

 

Cuando todo hubo acabado, Vor y Quentin salieron al corredor.

—Los neos querrán su sangre —dijo el cimek—, y la mía… si tuviera, claro.

Durante un tiempo, los neocimek de los mundos conquistados recientemente

seguirían adelante sin darse cuenta de que la estructura de mando había sido

eliminada. Sin embargo, Vor sabía que los otros cimek tenían problemas de liderazgo, que entre ellos no había muchos capacitados para la toma de decisiones. Por eso los

titanes habían secuestrado a Quentin y habían tratado de convertirlo en uno de ellos.

Sin la dirección de Agamenón, los cimek de nueva generación no serían capaces de

mantener unido su incipiente imperio. Su influencia se iría apagando.

Vor corría por delante en los túneles. Quentin le seguía tan deprisa como podía,

porque no acababa de acostumbrarse a la forma móvil que le había quitado a Juno.

Las alarmas empezaron a sonar.

—En cuanto encuentren el resultado de nuestro trabajo, no tardarán en imaginar

lo que ha pasado —dijo Vor casi sin aliento—. Tenemos que llegar a las naves. ¿Hay

alguna nave cimek que sepas dirigir? Yo tengo el Viajero Onírico.

—No se preocupe por mí, bashar supremo. Hay muchas opciones.

Tres neocimek con lanzaproyectiles incorporados a sus formas móviles

aparecieron por los corredores. En cuanto vieron a Vorian Atreides, el único humano

que había en la fortaleza helada, activaron sus sistemas. Pero Quentin estaba con él, y

los neos lo reconocieron enseguida como uno de los titanes.

—Juno, ¿os ocupáis del prisionero? —preguntó uno de los neos.

A modo de respuesta, Quentin levantó sus brazos armados, muy superiores, y les

disparó poderosos torpedos. La precisión de aquellos proyectiles hizo estallar los

contenedores cerebrales, y los cuerpos móviles de desplomaron sobre el suelo.

—Quizá con el disfraz bastará —dijo Quentin.

—No cuentes con eso. Vamos.

Quentin, que cada vez se movía con mayor seguridad, empezó a adelantar a Vor

con sus largas zancadas mecánicas.

—Hay una forma de acabar con todo esto. El general Agamenón estaba tan

paranoico que él mismo plantó las semillas de la destrucción de los cimek.

Antes de que Vor pudiera preguntar nada, se encontraron con varias formas

móviles destrozadas en un túnel cercano al muelle de aterrizaje donde tenían el

Viajero Onírico.

—Parece que hay alguien más haciendo la guerra a los cimek.

Tres neos llegaron con gran estrépito al muelle desde otros pasadizos. Quentin

giró, preparándose para disparar, pero enseguida se dio cuenta de que los neocimek

huían de algo.

Detrás aparecieron cuatro neos-subordinados convertidos a la fuerza tras el

asesinato de los pensadores. Los antiguos cuidadores de los pensadores se habían

apropiado de piezas sueltas de otras formas cimek, y habían incorporado aquellos

apéndices y armas adicionales en una configuración de lo más estrambótica. Piezas

de combate, como las de Beowulf, que se habían ido guardando para su reparación o

reciclaje para otras formas móviles. Y ahora los sirvientes involuntarios de

Agamenón lanzaban su propia revolución.

Los subordinados corrieron por la zona de aterrizaje, disparando a los neos leales

a los cimek. Cuando los neos acorralados vieron la inmensa forma móvil del titán,

parecieron animarse. Se reorganizaron, pensando que tenían un aliado en Juno.

Pero, aunque los neos-subordinados seguían disparando, Quentin levantó sus

brazos y disparó a los neos por detrás. La metralla y el electrolíquido azul volaron por

todas partes. Los subordinados vacilaron un momento, pero enseguida volvieron a

disparar.

—Me vieron destruir el cerebro de Juno —explicó Quentin a Vor—. Seguramente

eso es lo que por fin ha hecho que se decanten por la violencia.

Los subordinados se abalanzaron sobre los restos de los neos como carroñeros en

un campo de batalla. Después de asegurarse de que los contenedores cerebrales

estaban totalmente destruidos, desmontaron sus armas y las agregaron a sus sistemas.

Quentin hizo girar la torreta de su cabeza y se dirigió hacia los subordinados, que

esperaban pacientemente.

—¿Qué avances habéis logrado?

—Diez de los nuestros han muerto. Solo quedamos cuatro, pero ya hemos matado

a muchos neos. Los túneles están llenos de formas móviles inertes. Hemos destruido

los laboratorios donde se fabrica el electrolíquido, hemos vaciado todas las reservas y

destrozado la maquinaria necesaria para crear más. Si algún cimek sobrevive a esta

batalla, no tardará en necesitar desesperadamente su líquido de soporte vital.

Vor se sintió como si le hubieran quitado un peso de encima.

—¡Excelente!

—Queda un problema. —Quentin se volvió hacia los subordinados—. ¿Sabéis

dónde está Dante? Es el último de los titanes.

—Está en algún lugar del complejo, pero no sabemos muy bien dónde.

—Tenemos que encontrarle —le dijo Quentin a Vor—. Destruir a Dante es más

importante de lo que imagina.

El Viajero Onírico estaba listo para despegar. Habría sido tan fácil escapar y

volver a Salusa Secundus con la noticia, pero Vor resistió la tentación de aquella

salida tan fácil.

—Quentin, hace dos décadas, el ejército de la Yihad cometió un grave error al

dejar intacto un Planeta Sincronizado. No terminamos el trabajo y hemos pagado por

ello. No pienso marcharme de aquí hasta que no hayamos acabado lo que vinimos a

hacer.

—Gracias —contestó Quentin con voz pausada por el simulador de voz—.

Gracias.

 

Dante siempre había sido poco más que un administrador; él había dirigido el negocio

de derribar el Imperio Antiguo. Agamenón y Juno tenían muchas más inclinaciones militares que él. En cuanto descubrió que sus compañeros titanes habían sido

asesinados, supo que tenía un grave problema. No sabía cómo había podido pasar,

pero no se quedaría a esperar a un enemigo tan formidable.

Hessra no era la base más importante del nuevo imperio de los titanes. Tenían

muchos más neos y esclavos humanos en los mundos ocupados de Richese y Bela

Tegeuse, y en otros; y defensas mucho más importantes. A Agamenón nunca le

preocupó especialmente perder el control sobre Hessra.

Así pues, mientras los neos leales seguían luchando contra los neos-subordinados

suicidas, Dante salió por las arcadas de la ciudadela y se escabulló por el paisaje

helado hasta las naves de guerra titanes. Eran las mismas que había utilizado para el

ataque de prueba que demostró la interacción fatal entre los escudos Holtzman y el

láser. Avanzó con rapidez por aquel terreno azotado por los vientos y, cuando llegó a

una de las naves, alineó los puntos de anclaje y ajustó sus sistemas mecánicos para

que su contenedor cerebral se soltara y fuera instalado en la nave. Tenía que salir de

allí.

De los veinte titanes originales, solo quedaba él. Cuando los mentrodos se

conectaron automáticamente a los sistemas de control, puso en marcha los motores.

Sí, ahora podría huir y salvarse.

Dante no era un cobarde, solo era pragmático. Aquella rebelión estaba

provocando demasiados daños. Su idea era volver con una fuerza abrumadora de

Richese o alguno de los nuevos mundos conquistados. Con ayuda de los refuerzos,

acabaría enseguida con la revuelta, y podrían seguir adelante.

Su nave se elevó al cielo vacío. Dante se sintió a salvo.

 

Instalado cómodamente ante los controles del Viajero Onírico, Vor activó los

sistemas y se preparó para despegar. Los escáneres estaban operativos, listos para

apuntar a su objetivo, en cuanto supiera dónde estaba. Los neos-subordinados

informaron que habían visto la forma móvil del titán en el glaciar, instalándose en

una de las formas bélicas.

Quentin avanzó con su inmenso cuerpo mecánico. Su simulador de voz estaba

amplificado y su voz sonó atronadora.

—¡Es fundamental que no escape! Bashar supremo, ¿cuándo estará listo para

partir? ¿Puede interceptarlo?

—El Viajero Onírico es rápido, pero no tiene armas suficientes. Pero podría

entretenerlo. ¿Tienes algo…?

—Sí. —Quentin retrocedió sobre sus múltiples patas—. Entreténgalo un poco. Yo

le seguiré en cuanto pueda. Y entonces Dante no podrá escapar. Es imperativo que no

le dejemos escapar.

Vor comprendía la necesidad de venganza del primero. Manipuló aquellos controles tan familiares que Seurat le había enseñado a utilizar hacía tanto tiempo, y

el Viajero Onírico salió a toda velocidad en pos de la nave titán.

 

Quentin avanzó por las cámaras subterráneas hacia un lugar donde había guardada

otra enorme nave. Había visto al general utilizarla en más de una ocasión, y Juno se

la había enseñado para demostrarle las ventajas de los cuerpos cimek sobre la débil

forma del humano. Y ahora Quentin podría utilizarla para algo mucho más

satisfactorio.

La nave de guerra personal de Agamenón.

 

El Viajero Onírico salió al cielo estrellado y siempre crepuscular de Hessra. La nave

de Dante, muy por delante, volaba hacia los límites del sistema.

Cuando el último de los titanes vio que solo una pequeña nave le perseguía, una

simple nave de actualización, dio la vuelta y volvió atrás. Ya le había advertido a

Agamenón que no confiara en su hijo humano, y no se había equivocado.

—Vorian Atreides. —Pronunció el nombre con voz neutra, como si no le

sorprendiera—. ¿Eres tú el responsable de este desastre?

—No querría llevarme todo el mérito. Solo soy un hombre. Y a lo largo de su

historia los titanes habéis generado una deuda tan grande que un hombre solo no

podría cobrarla.

—Sabes que si quiero puedo destruir tu nave —dijo Dante, como si creyera que

con amenazarle bastaría—. El Viajero Onírico no fue diseñado para enfrentarse a una

nave cimek de guerra.

—Puede, pero tengo mucha más maniobrabilidad que tú. —Y dicho esto lanzó

una andanada de pequeños proyectiles contra el casco de la nave de Dante y con un

rápido bucle evitó los imponentes disparos del titán.

Vor volvió a descender por detrás e hizo correr al titán lanzando cuatro explosivos

que inutilizaron uno de sus motores. El titán hizo girar su nave y abrió fuego. Esta

vez chamuscó la base del Viajero.

La nave de Vor empezó a girar fuera de control, pero finalmente logró

estabilizarla. Dio la vuelta y provocó deliberadamente al titán por la línea de

comunicación con la esperanza de entretenerle como le había pedido Quentin. Dante

le disparó de nuevo y tocó la proa de la nave.

En ese momento, una nave inmensa y horripilante, como un pterodáctilo

diabólico, se precipitó contra Dante. Aquel coloso de formas angulosas salió de la

nada, disparando, e hizo que la nave del titán se tambaleara.

Vor oyó la voz de Quentin por el comunicador, hablándole en el lenguaje en clave

especial que había desarrollado el ejército.

—Debe saber por qué es tan importante que eliminemos a Dante. Cuando el

general Agamenón creó su ejército de neocimek, temía que no le fueran leales, y por

eso instaló un mecanismo de seguridad en sus contenedores cerebrales. Si en algún

momento sospechaba de una traición, podía activarlo de forma individual.

»Y, a modo de seguro, los tres titanes crearon también una especie de dominó. El

contenedor de cada uno de los titanes tiene una señal codificada. Al menos uno de

ellos debe regresar regularmente en un radio de alcance de los neocimek para

transmitir la señal, porque de lo contrario los neos quedarían desconectados de forma

permanente. Sus mecanismos de soporte vital irían fallando y acabarían muriendo.

Vor no se lo podía creer.

—¿Me estás diciendo que si destruimos a Dante, de un solo golpe habremos

destruido a toda la fuerza enemiga?

—Más o menos, aunque es posible que haya algún otro factor envuelto. Los neos

locales quedarían fuera de combate de forma inmediata en cuanto muera el último

titán. Agamenón estaba bastante paranoico.

—Lo sé.

—Los cimek que estén en lugares más remotos empezarán morir de aquí a un año

aproximadamente, cuando no reciban la señal de verificación en la fecha convenida.

Por eso Dante es tan importante.

Vor sonrió, pero solo un momento, hasta que llegó a la única conclusión posible.

—Entonces, si destruimos a Dante, tú morirás. De forma inmediata.

—Ya me ha visto, bashar supremo. Ya ve lo que soy. No pienso dejar que nadie

me vea así en la Liga. Ni Faykan, ni… Abulurd. No quiero volver.

—Pero ¿qué le diré a Abulurd? Tiene que saber que…

—Ya se le ocurrirá algo, bashar supremo. Estas cosas siempre se le han dado

mejor que a mí. Déjeme emprender esta última acción.

Vor levantó la voz.

—No. Encontraremos otra solución. Capturaremos a Dante…

—Piense en mí, bashar supremo. Yo no elegí convertirme en cimek, y no he

dejado de buscar la forma de eliminarlos. Ahora, por fin sé qué he de hacer.

La inmensa nave diseñada para Agamenón trazó un arco y voló hacia Dante. El

último titán aceleraba, tratando de ganar velocidad y escapar.

Pero uno de sus motores estaba dañado, y la nave de Agamenón era muy superior.

Cuando empezó a acortar distancias, Quentin comenzó a disparar.

Y, aunque cada vez estaba más cerca, no aminoró la velocidad. Los motores

estaban a su máxima potencia, e impulsaban a aquella inmensa nave cimek como un

martillo al rojo… hasta que, finalmente, cuando el casco de la nave de Dante se

doblaba bajo el impacto de la última andanada de proyectiles, la nave de Agamenón

se estrelló contra ella, sin dejar de acelerar.

La explosión fue cegadora, y las dos naves estallaron en una inmensa nube de

llamas.

Vor contempló aquellos últimos momentos sin poder hacer nada. Sentía una

profunda pena en su corazón por la pérdida del bravo Quentin Butler… pero también

una creciente sensación de triunfo. Por fin, el último de los crueles titanes, y con ellos

todos los cimek, habían desaparecido.