La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 64 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 63

 

Cuando probamos nuestros poderes frente a otros, poniendo a prueba nuestras capacidades y nuestros cuidadosos programas, podemos prepararnos cuanto queramos. Porque cuando nos encontramos en medio de una batalla real, todo lo que sabemos se convierte en una mera teoría.

ZUFA CENVA, lección a las hechiceras

 

Aunque Quentin y Faykan nunca lo habrían sospechado, Abulurd visitaba

regularmente a su madre en la Ciudad de la Introspección. Después de recibir la

terrible noticia del valiente fin de su padre a manos de los cimek durante la ceremonia

de su ascenso, se sentía más solo que nunca.

Su hermano vivía inmerso en el mundo de la política como virrey interino,

mientras que Vorian Atreides estaba buscando la forma de enfrentarse a Agamenón y

sus titanes supervivientes si emprendían nuevas acciones contra la humanidad.

Abulurd no podía acudir a ninguno de los dos buscando consuelo, ahora no.

Así que fue a ver a su madre. Él sabía que Wandra no podría responderle. Nunca

la había oído pronunciar ni una palabra, pero le habría gustado conocerla. Lo único

que sabía era que el parto la había dejado en aquel estado.

Dos días después de enterarse de la muerte de su padre, por fin se sintió con

fuerzas para hacer la visita. Estaba seguro de que nadie se había molestado en

explicarle a Wandra el terrible fin de su marido. Seguramente, nadie lo consideraba

necesario, ni siquiera Faykan, porque no creían que fuera capaz de comprender.

Abulurd se puso su inmaculado uniforme de gala y le sacó brillo a su nueva

insignia de bashar. Y se condujo con tanta dignidad como pudo.

Los devotos le abrieron las puertas a su retiro religioso. Todos sabían quién era,

pero no habló con nadie. Avanzó por los senderos de gemagrava, mirando al frente, y

rodeó elaboradas fuentes y los lirios que creaban una atmósfera plácida que facilitaba

la meditación.

Aquella mañana, los celadores habían sacado a Wandra en su silla de ruedas a

tomar el sol junto a uno de los estanques. Los pececillos de escamas doradas se

movían velozmente entre las algas, buscando insectos. El rostro de Wandra estaba

enfocado hacia el agua, pero su expresión parecía vacía.

Abulurd se puso delante, con el mentón alto, la espalda erguida, los brazos a los

lados.

—Madre, he venido a enseñarte mi nuevo rango. —Se acercó más, señalándole la

insignia de bashar, que relucía bajo el sol.

No esperaba que Wandra reaccionara, pero en su corazón necesitaba creer que sus

palabras llegaban a ella, que quizá su mente aún estaba ahí. Quién sabe si no

esperaría con anhelo sus visitas, su conversación. Pero incluso si estaba tan vacía como parecía, para Abulurd aquello seguía sin ser una pérdida de tiempo. Eran los

únicos momentos que podía compartir con su madre.

Desde que la recogió de una de las naves de rescate que regresaron a Salusa al

final de la Gran Purga, cuando el planeta volvió a ser seguro, había ido a verla con

mayor frecuencia. Y se había asegurado personalmente de que ella y sus cuidadores

fueran devueltos a su retiro religioso.

—Y… hay otra noticia. —Cuando pensó en lo que tenía que decir se le llenaron

los ojos de lágrimas. Muchos miembros del ejército ya le habían expresado sus

condolencias por la muerte de su padre, pero era una compasión pasiva. Había

demasiada gente que sabía que él y su padre estaban muy distanciados. Aquella

actitud le enfurecía, pero se calló sus agrias respuestas. Ahora que estaba hablando

con su madre, no le quedó más remedio que afrontar la realidad.

—Tu marido, mi padre, luchó con valentía en la Yihad. Pero ha caído a manos de

los perversos cimek. Se sacrificó para que su amigo Porce Bludd pudiera escapar. —

Wandra no manifestó ninguna emoción, en cambio las lágrimas caían por las mejillas

de Abulurd—. Lo siento, madre, tendría que haber estado a su lado, pero nuestras…

misiones militares no nos permitieron coincidir.

Wandra seguía sentada, con los ojos brillantes, con la vista fija en los peces del

estanque.

—Solo quería decírtelo en persona. Sé que te quería mucho.

Abulurd calló, pensando, esperando… casi imaginando que de pronto percibía un

destello en sus ojos.

—Volveré a verte, madre. —La miró durante un largo momento, luego se dio la

vuelta y se alejó a toda prisa por los senderos de gemagrava.

Cuando se iba, se detuvo ante el ataúd cristalino donde se conservaba el cuerpo

restaurado de san Manion el Inocente. Había ofrecido sus respetos ante el altar otras

veces. Durante los interminables años de guerra, muchas personas habían acudido allí

para ver al bebé que encendió la chispa de la Yihad. Abulurd contempló su reflejo

empañado sobre la superficie del ataúd, y estudió el rostro del niño durante mucho

rato. Cuando por fin partió de la Ciudad de la Introspección, seguía sintiéndose muy

triste.