La batalla de Corrin
Capítulo 29
El ejército de la Yihad puede tratar de prepararse para el siguiente plan de Omnius, pero siempre estaremos por detrás de las máquinas, porque ellas pueden desarrollar sus ideas a la velocidad de un ordenador.
PRIMERO QUENTIN BUTLER, correspondencia
privada con Wandra
Mientras Abulurd estaba en Parmentier con el comandante supremo Vorian Atreides,
Quentin Butler se sentía cada vez más responsable de la seguridad del mundo capital
de la Liga. Por disposición del Consejo, el primero se convirtió en el oficial de más
alto rango del sistema salusano. Nunca se tomaba un momento para sí mismo, o un
día de descanso. Durante meses, desde que recibieron el mensaje fatídico de Rikov
anunciando la plaga, había sentido que la humanidad corría un grave peligro.
Así pues, Quentin se conducía con dureza cada día, aceptando misiones
innecesarias, tratando de estar en todas partes a la vez. Los yihadíes a los que tenía a
su mando podían hacer lo que quisieran con su tiempo libre, pero él no. Y su hijo
Faykan era del mismo parecer. En lugar de aprovechar un merecido descanso, se
ofrecía para pasar días en patrullas estándar en los límites del sistema salusano.
—Tú y yo somos un ejemplo para los soldados. Imagínate, el primero de un
inmenso batallón junto con un segundo que ha recibido numerosas medallas pasando
tediosas horas en tareas de vigilancia.
La risa de Faykan le llegó por el comunicador.
—No pasa muy a menudo que las máquinas pensantes nos den ocasión de sentir
tedio, primero. Pero bienvenido sea.
—Me temo que Omnius tiene en mente mucho más que solo propagar una
epidemia. Ahora somos muy vulnerables.
—Tendremos que estar alertas —dijo Faykan.
Los dos hombres pilotaban kindjal de largo alcance modificados, y el desfase en
las transmisiones que cruzaban entre ellos era solo de unos segundos-luz, lo que
significa que podían mantener largas conversaciones. El primero valoraba aquellas
sencillas conversaciones mucho más que cualquier estancia en un balneario o un
centro de reposo para nobles consentidos. En cierto modo, aunque reconocía que
estaba siendo injusto con Abulurd, sentía que Faykan era el único hijo que le
quedaba.
Desde sus tiempos de joven, Quentin había sido un héroe de guerra y se ganó una
reputación en el ejército después de la exitosa conquista de Parmentier, una de las
victorias más sorprendentes de la Yihad. Aunque en aquel entonces no era más que
un teniente, había derrotado a una cantidad apabullante de robots de combate
mediante tácticas engañosas que hicieron que el mismísimo comandante supremo se sintiera orgulloso. Después de aquello, ya no pudo quitarse de encima el título de
Liberador de Parmentier. La hermosa Wandra Butler fue la encargada de colocarle las
medallas durante la ceremonia. Quentin se quedó prendado, y la cortejó. Eran la
pareja perfecta y, cuando finalmente se casaron, él renunció a su apellido y adoptó el
de Butler, mucho más honorable.
El cuerpo de Wandra seguía aferrándose a la vida, sí, pero ¿cómo habría sido su
vida en común si no la hubiera perdido a causa de la apoplejía que tuvo al dar a luz a
Abulurd? Hizo una mueca al pensar en su hijo: hacerse llamar por aquel apellido
odioso… ¡Harkonnen!
Durante décadas, la familia de Wandra había tratado de superar la vergüenza de
los actos del patriarca fallecido. Realizaron grandes hazañas, se sacrificaron,
dedicaron sus vidas a la interminable Yihad. Pero ahora ese necio de Abulurd —¡y
por voluntad propia!— había decidido echar a perder todo aquello y recordar a todo
el mundo los inexcusables crímenes de Xavier Harkonnen.
¿En qué se había equivocado? Abulurd era un joven inteligente y bien educado,
tendría que haber sido más juicioso. Cuando menos, primero tendría que haber
discutido el asunto con él. Pero la decisión ya estaba tomada. Quentin no podía ni
verle, aunque su honor no le permitía repudiar totalmente a su hijo. Quizá algún día
Abulurd se redimiría. Solo esperaba vivir lo suficiente para verlo con sus propios
ojos.
Pero, de momento, solo tenía a Faykan.
Él y su hijo pasaban horas hablando de los viejos tiempos. En su juventud,
Faykan y Rikov habían sido algo granujas, los famosos hermanos Butler, que se
enorgullecían de hacer honor al lema de su padre: «Los Butler no somos criados de
nadie». Los impetuosos hermanos se saltaban las normas, desoían órdenes directas y
dejaron su impronta en la historia de la Yihad.
—Le echo de menos, padre —dijo Faykan—. Rikov aún podría haber luchado
durante muchos años. Me gustaría que al menos hubiera podido caer en combate en
lugar de morir en la cama por culpa de ese condenado virus.
—Esta guerra santa siempre ha sido una prueba de fuego. O nos atempera y
fortalece, o nos destruye. Me alegro de que tú no hayas estado entre los segundos,
Faykan. —Y cuando lo estaba diciendo pensó si Abulurd entraría en una categoría
distinta. De no ser por la benevolencia del comandante supremo Atreides y el halo de
la familia Butler, sin duda no habría sido más que un oficinista y estaría organizando
viajes de aprovisionamiento a puestos remotos.
Últimamente, parecía que Faykan estaba sentando cabeza, y se preocupaba más
por el amplio paisaje de la política de la Liga que por la aventura. Decía que prefería
dirigir a la gente y guiar a la sociedad que llevar a los soldados a su muerte.
—Tú también has cambiado, padre —señaló Faykan—. Sé que nunca faltarías a tu deber, pero te he observado, y creo que tu corazón ya no está en la batalla. ¿Estás
cansado de la guerra?
Quentin vaciló más de lo que podía justificar el desfase en la transmisión.
—¿Cómo podría no estarlo? La Yihad ya dura demasiado, y las muertes de Rikov
y su familia han sido un duro golpe para mí. Desde que se desató la epidemia, ya no
entiendo esta guerra.
Faykan profirió un sonido en señal de asentimiento.
—No creo que tengamos que entenderla. Lo que tenemos que hacer es temer a
Omnius y estar siempre alertas ante posibles maquinaciones.
Quentin y Faykan ampliaron gradualmente el radio de acción de las patrullas.
Aunque el primero iba con los motores en vacío y los escudos desactivados, no se
dormía. Su mente divagaba, perdida en los recuerdos y los remordimientos. Y a pesar
de eso, una vida entera de servicio —tanto en tierra como desde el puente de su nave
— le había enseñado a estar atento a la más mínima anomalía. Cualquier pequeño
movimiento podía significar un ataque.
Su escáner de largo alcance no detectaba ninguna actividad extraña, aparte de
algunos pequeños puntos que entraban dentro del porcentaje de error del radar, pero
Quentin vio un objeto metálico. Su albedo era demasiado alto para tratarse de una
simple roca o un cometa. Forma geométrica, carcasa lisa de metal: superficies lisas y
pulidas de un objeto artificial que no aparecía en sus sensores.
Quentin estudió las pantallas y dio mayor potencia a los motores, incrementando
la aceleración lo justo para acortar distancias y determinar qué estaba viendo. Habría
querido enviar una señal a Faykan, que también estaba en su radio de alcance, pero
temió que incluso una vía segura de comunicación pudiera alertar al intruso
silencioso.
La misteriosa nave se dirigía al exterior del sistema, a una velocidad suficiente
para superar la atracción gravitatoria de la estrella. Dado que no generaba ningún
impulso energético artificial, no era probable que fuera detectada por los escáneres de
largo alcance de la Liga. Pero Quentin la había visto, y se acercó con sigilo hasta que
no hubo confusión posible: una nave enemiga, una nave de reconocimiento enviada
para espiar Salusa Secundus.
Moviéndose con sigilo, como si temiera que incluso los clics del interior de la
cabina alertaran al enemigo, Quentin cargó proyectiles de despliegue junto con dos
minas descodificadoras teledirigidas. Apuntó cuidadosamente a su objetivo.
Y entonces vio un destello de energía procedente de la nave enemiga, como si
esta sospechara algo. Un rayo escaneador pasó sobre la carcasa del kindjal de
Quentin. El trató de evitar los reflejos, pero la nave enemiga encendió motores
enseguida. Quentin dio máxima aceleración a su nave, y cayó contra el respaldo de su
asiento. Casi no pudo ni maniobrar con los controles.
Con los labios contraídos y una fuerte presión en los pulmones, envió una señal
directa a Faykan.
—He encontrado… nave enemiga. Trata de salir del sistema. Tengo que…
detenerla. Imposible saber los datos que ha reunido.
Con un repentino impulso, Quentin acortó notablemente la distancia, pero los
propulsores de la nave de reconocimiento le dieron una aceleración que ningún
humano habría podido soportar. Antes de rendirse, Quentin lanzó sus proyectiles, que
salieron disparados a gran velocidad, como un enjambre de avispas mortíferas…
Quentin contuvo el aliento, viendo cómo los puntitos del escáner convergían
sobre el objetivo… pero en el último instante, la nave robótica giró con una rapidez
que estaba más allá de los límites materiales de los metales del casco de las naves
tradicionales. Sus proyectiles estallaron, emitiendo ondas de energía e impulsos de
choque al espacio. La nave robótica siguió aumentando su velocidad, aunque empezó
a sacudirse, como si aún tratara de evitar el ataque o estuviera dañada.
Quentin mantuvo la aceleración, a riesgo de perder el conocimiento, aunque sabía
que nunca lograría alcanzarla. Pero el peso que sentía en el corazón era mayor que la
presión de la gravedad en su pecho. ¡El robot espía iba a escapar! No podría
detenerlo. Maldiciéndose por su fracaso, redujo la velocidad, dando fuertes
bocanadas de aire, tratando de controlar el mareo.
Por un momento pensó que se trataba de una alucinación, pero entonces
reconoció aquella nueva estela como el kindjal de Faykan, que volaba en ruta de
colisión con la nave infiltrada.
La nave espía le vio demasiado tarde. Faykan ya había abierto fuego. Dos de los
siete proyectiles de artillería estallaron contra el casco. La fuerza de las explosiones
hizo que la nave saliera dando tumbos, despidiendo llamas y glóbulos de metal
fundido. El resplandor de los motores parpadeó y se extinguió.
La nave enemiga giraba y giraba, fuera de control, y las dos kindjal se acercaron y
proyectaron rayos tractores para intentar estabilizarla. Trabajando en equipo, la
controlaron como predadores con un jugoso pedazo de carne.
—No bajes la guardia —dijo Quentin por el canal de comunicación—. Es posible
que solo esté fingiendo.
—Le he dado con la suficiente fuerza para que no tenga que fingir.
Lado a lado, los kindjal finalmente detuvieron el movimiento errático de la nave
robot. Los dos hombres se embutieron en sus trajes espaciales en los estrechos
confines de la cabina de sus kindjal. Las máquinas pensantes no necesitaban sistemas
de soporte vital, y no era probable que la nave robot estuviera presurizada.
Quentin y Faykan salieron de sus kindjal y flotaron en el espacio, sujetos por unos
cables a la nave cautiva. Con ayuda de unos sopletes y unas garras hidráulicas,
abrieron un acceso. Cuando finalmente consiguieron abrir el agujero lo bastante para pasar por él con sus trajes espaciales, un ominoso robot de combate apareció ante
ellos. Sus múltiples extremidades estaban cubiertas de armas que giraban para acertar
bien a los dos humanos.
Quentin ya tenía su generador de impulsos descodificadores preparado. Lanzó
una descarga, y parte de ella se diluyó contra la abertura irregular que habían
practicado en el casco de la nave. Pero el resto entró y sacudió al robot. El mek de
combate se estremeció, tratando de reajustar sus sistemas de circuitos gelificados.
Faykan entró. Ayudándose con su masa corporal, hizo que el robot perdiera el
equilibrio en aquel entorno despresurizado. El robot cayó, sin poder reajustarse.
—Tenemos un bonito premio —dijo Faykan—. Podemos purgar sus sistemas y
reprogramarlo para que forme a maestros de armas en Ginaz, como ese mek de
combate que tienen desde hace generaciones.
Quentin lo pensó por un momento, luego meneó la cabeza en el interior del casco.
La sola idea le ofendía.
—No, creo que no. —Lanzó un potente impulso descodificador y convirtió al
robot solitario en una carcasa inmóvil de metal—. Y ahora veamos qué hacía esta
condenada máquina fisgoneando cerca de Salusa.
Tiempo atrás, cuando estaba a las órdenes de Vorian Atreides aprendiendo los
elementos básicos del mando, adquirió unos conocimientos rudimentarios sobre los
sistemas de datos y los controles informáticos de las máquinas. La supermente se
consideraba perfecta, y no había modificado sus sistemas operativos desde hacía
siglos, así que la información de Vorian había seguido siendo válida durante toda la
Yihad.
Quentin se dirigió hacia los mandos de la nave. Faykan observaba los sistemas
con el ceño fruncido, tratando de comprender la función de los enormes artilugios
convexos que tachonaban el exterior de la nave.
—Son sensores de largo alcance y proyectores para levantar mapas —fue su
conclusión—. La nave estaba haciendo un mapa cartográfico del sistema salusano.
Quentin recanalizó la suficiente energía para activar el diario de navegación y los
sistemas de datos de la nave robot. No tardó en comprender lo que estaba viendo, en
asimilar la terrible magnitud de lo que aquella nave espía había hecho.
—Está llena de información sobre los mundos de la Liga: nuestras defensas
militares, nuestros recursos… y los efectos que ha causado la plaga. ¡Todos nuestros
puntos débiles están aquí! Esta nave por sí sola ha analizado una docena de mundos
de la Liga y ha preparado un plan de invasión. Parece que el principal objetivo era
Salusa Secundus. —Señaló los mapas tridimensionales, las numerosas rutas de
llegada que las máquinas habían trazado automáticamente, determinando la vía de
menor resistencia militar—. Aquí está todo lo que Omnius necesita para planificar
una invasión a gran escala.
Faykan señaló uno de los campos de registros.
—Según esto, esta solo es una de cien naves similares de reconocimiento
enviadas por toda la Liga.
A través del panel facial de sus trajes, Quentin miró a su hijo y vio que habían
llegado a la misma conclusión.
—Ahora que nuestra población y nuestro ejército han quedado devastados a causa
de la plaga sería el momento perfecto para que Omnius lance el asalto final.
Faykan asintió.
—Las máquinas pensantes tienen preparado algo muy desagradable para la
humanidad libre. Es una suerte que hayamos atrapado esta nave.
La nave espía era demasiado grande para que las kindjal la remolcaran al interior
del sistema. Así que Quentin retiró su núcleo de memoria y la llevó consigo, mientras
que Faykan colocó un localizador para que los técnicos de la Liga pudieran volver y
analizar sus sistemas.
En aquellos momentos, los dos tenían una única prioridad: volver enseguida y dar
la noticia al Consejo de la Yihad.