La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 112 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 111

 

A veces los recuerdos son más seguros que la realidad.

BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES

 

Tras la destrucción del último Omnius, después de dividir a sus hombres en diferentes

grupos para que completaran las distintas tareas que quedaban pendientes en el

planeta, Vor envió todas las naves disponibles al puente de hrethgir. El capitán de

cada nave debía hacer una selección, establecer prioridades y evacuar primero los

contenedores que estuvieran en una situación más apurada.

«Y encontrar a Serena». Pero ¿cómo encontrar a una persona concreta entre

tantísimos rehenes?

Los técnicos estuvieron visionando las imágenes que Erasmo había transmitido,

analizando cada detalle en un intento por averiguar en cuál de aquellos contenedores

podía estar Serena.

Los escuadrones secundarios del ejército se movían con rapidez entre los

contenedores atestados situados en órbita. Las ballestas, cargadas de rehenes

rescatados, iban y venían sin cesar a Corrin. Las máquinas habían tardado menos de

dos días en poner a todos aquellos humanos en la línea de fuego… un esfuerzo

increíble. Pero por desgracia, según las estimaciones, con las naves que quedaban de

la Flota de Venganza, los humanos tardarían al menos una semana en rescatar a todos

los prisioneros y ponerlos a salvo. Vor no creía que pudieran sobrevivir tanto tiempo.

Los improvisados contenedores habían sido diseñados para robots, que no

necesitaban sistemas de soporte vital, y las bombas de atmósfera que había se habían

instalado de forma precipitada, y no necesariamente bien. A bordo de muchas de

aquellas naves el hedor era insoportable, y el aire empezaba a agotarse. Por los

comunicadores, sus oficiales ya informaban de problemas. Los rehenes habían

empezado a morir, muchos estaban muy débiles.

Y ya no tenían comida ni agua.

—El tiempo se acaba —musitó Vor—. Tenemos que acelerar todo el proceso.

Finalmente, sus técnicos redujeron la búsqueda a un grupo de contenedores y Vor

ordenó que su ballesta abollada se acercara.

—Quiero verlo por mí mismo. Si realmente es ella, enseguida la reconoceré.

Su lanzadera de mando se acopló a los contenedores. Vor iba acompañado por un

pequeño escuadrón de soldados armados e ingenieros de combate. Al abrir la

escotilla, una marea de gente desesperada se abalanzó sobre ellos, pero él y sus

hombres se abrieron paso entre la gente, entraron en aquella trampa mortal y cerraron

de nuevo la escotilla. Para poder aplacar a la chusma histérica, tuvieron que disparar

dardos sedantes, y solo entonces pudieron iniciar la evacuación de forma ordenada. Otras seis lanzaderas de transporte se acoplaron a las escotillas de aquel grupo de

contenedores enganchados. Inmediatamente, dos ingenieros inspeccionaron los

motores y los sistemas de soporte vital para determinar si las naves aguantarían

mucho más.

Pero Vor tenía otras prioridades. Activó su escudo personal y dejó que los

profesionales hicieran su trabajo. Después de comprobar que Serena no estaba entre

la gente que salía hacia las lanzaderas de rescate, él y cuatro hombres más pasaron

por un túnel que comunicaba con el siguiente contenedor y abrieron una escotilla.

Más prisioneros apretujados que levantaban los brazos y suplicaban ayuda. Pero el

grupo siguió avanzando, totalmente concentrado en su búsqueda. El sonido de las

botas sobre el metal resonaba a su paso.

Los contenedores estaban segregados en enormes compartimientos, cada uno de

ellos lleno de gente ruidosa y maloliente. Finalmente, mientras Vor trataba de ver

algo, uno de sus ingenieros de combate informó por el comunicador de corta

distancia.

—Bashar supremo, este contenedor no aguantará mucho más. Hay demasiados

explosivos, y no podremos desactivarlos todos a tiempo.

Vor no se detuvo.

—Si en este contenedor han puesto más explosivos que en el resto, seguro que es

el que buscamos.

La voz de su primer ingeniero tenía un tono ronco. Estaba trabajando con tres de

sus hombres.

—No podemos controlarlo, los fallos se suceden en cadena, comandante. ¡Tiene

que volver enseguida a la nave insignia!

—No hasta que encuentre a Serena Butler. Seguid trabajando. —Y amplió el

radio de la transmisión—. A todo el personal… ¿ha visto alguien a Serena y el niño?

Un soldado contestó.

—Creo que están aquí, señor… pero hay… hay algo que no está bien. Al

principio ni siquiera la había visto, y luego todos cambiaron. Ante mis propios ojos.

¡Y… y hay más de una Serena!

Vor recibió confirmación de la localización y fue hasta allí abriéndose paso entre

los prisioneros y los soldados, sin pensar en los explosivos. Sus expertos sabían lo

que hacían.

Finalmente vio a Serena, en un rincón de una cámara oscura y ruidosa, sentada en

el suelo, junto al pequeño, un bebé con pantaloncito gris y camiseta blanca. La mujer

vestía una túnica blanca, con ribete carmesí, como en las imágenes que habían visto,

y lo miró con aquellos ojos tan familiares y sorprendentemente lavandas… pero,

cuando sus ojos se encontraron, no dio muestras de reconocerlo.

Y entonces vio a otra Serena. Parecía más joven pero, por lo demás, era idéntica.

Y otras dos. Todas eran Serena Butler, copias, impostoras.

Una de las mujeres se puso en pie y se acercó a Vor. Le tendió su mano, y él le

tocó los dedos. Tenían una textura como de goma, muy distinta a la de un humano.

—Soy Serena Butler. Por favor, no me mates. No mates a mi bebé. —La voz

simulada casi estaba bien.

Entonces su rostro empezó a parpadear y contorsionarse… y cambió, perdió

consistencia, se deshizo, dejando al descubierto el metal líquido y la estructura rígida

de debajo. Un robot… con alguna clase de disfraz o cubierta que imitaba la piel

humana.

Cuando Vor retrocedió oyó unas risas al otro lado de la cámara y, al volverse, vio

una cara que reconoció de hacía muchos años. Rekur Van, el comerciante tlulaxa de

carne. Pero Van no tenía ni brazos ni piernas. Y el tronco estaba sujeto por un arnés

enchufado a la maquinaría de soporte vital. Los soldados empezaron a evacuar a los

otros rehenes, que se alegraron de poder apartarse de él.

Rekur Van los miró furioso con sus oscuros ojos de roedor.

—Te había engañado, ¿a que sí? Yo he creado esta simulación, un metal líquido

biológico que parece piel. Se parece a Serena.

Sintiendo que el alma se le caía a los pies, Vor miró al tlulaxa, furibundo. Ahora

comprendía cuántas esperanzas había puesto en la posibilidad de que Serena siguiera

con vida. Los cuatro soldados rodearon al bashar supremo para protegerlo, listos para

disparar sus armas.

El rostro chupado del tlulaxa esbozó una amplia sonrisa.

—Por desgracia, aunque durante un rato un robot puede imitar unas facciones

humanas concretas, siempre acaban perdiendo integridad. El del bebé es más fácil.

De todos modos, ¿quién reconoce las facciones de un bebé?

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Vor a sus hombres—. Sacad a esta gente

de aquí. Tendría que haber imaginado que las máquinas no podían idear esta clase de

mentiras por sí solas. Necesitan la ayuda de un humano.

—Pues yo soy bien real. —Rekur Van rió—. ¿Quién iba a querer copiar un

cuerpo como este?

Vor miró a las múltiples Serenas.

—¿Todos son robots?

—Oh, no… es mucho mejor. Aquella es un clon creado con las células de Serena

Butler, mediante un proceso especial. Aunque… es defectuoso. El cuerpo es idéntico,

pero su mente no posee ninguna de las experiencias de la Serena auténtica, ni sus

recuerdos, ni tiene su misma personalidad. De hecho, no creo ni que tenga alma. El

proceso no funcionó tan bien como esperaba, porque los tanques que necesito están

en mi mundo natal. —Y él solo se rió de su chiste, agitándose como un muñeco—.

Tendría que haberme quedado en Tlulax. Las supermentes están locas. Primero tres, luego dos. ¿O ya las habéis destruido? ¿Por qué me habrán mandado aquí arriba con

estos humanos inútiles?

—¿Dónde está Gilbertus? —preguntó el clon de Serena.

—¡Señor! —gritó su primer ingeniero por el comunicador—. ¡No podemos

detener el mecanismo de autodestrucción! ¡Tenemos que salir!

—Llevadme con vosotros —gritó el tlulaxa—. Tengo mucha información que

podríais…

En ese momento, los seis robots de combate que quedaron allí cuando Erasmo

ordenó el rescate de Gilbertus Albans entraron por el otro extremo de la cámara. Al

detectar la presencia de Vor y sus soldados, empezaron a disparar. Dos proyectiles

chocaron inofensivamente contra el escudo de Vor, que se había tirado al suelo. Los

pocos rehenes que aún no habían salido de allí cayeron enseguida. Uno de sus

guardias, que no llevaba su escudo activado, recibió un impacto en el hombro y cayó,

llevándose una mano a la herida.

Vor y los otros tres soldados no podían responder a los disparos si no

desactivaban sus escudos. Los robots avanzaron con rapidez, sin dejar de disparar. El

clon de Serena se interpuso en su camino… ¿por alguna incomprensible razón estaría

tratando de detenerlos? ¿Tendría algún recuerdo?

Vor quiso salvarla, pero el fuego de los robots la hizo picadillo. Y, lleno de

repugnancia, Vor tuvo que ver cómo los robots mataban a Serena Butler otra vez.

Uno de los pesados proyectiles de los robots hizo una carambola contra las

paredes de metal del casco y abrió un boquete. El aire empezó a escapar por la brecha

y a perderse en el vacío.

Furioso, Vor desactivó su escudo y disparó a los robots con su pesada arma. Dos

de las máquinas de combate retrocedieron trastabillando, y Vor aprovechó para

agacharse a ayudar al soldado herido y arrastrarlo con él.

—¡Salgamos de aquí!

Vor activó enseguida su escudo y no se paró a mirar atrás. Arrastró al soldado

herido mientras los otros tres soldados le cubrían en la retaguardia y se turnaban para

disparar y volver a activar los escudos.

Por el comunicador, el ingeniero informó que la secuencia de autodestrucción

había entrado en la fase final. Vor corría, pero se sentía entumecido. Ninguna de

aquellas Serenas era real. El bebé no era real. No había sido más que un truco

estúpido a la desesperada.

Mientras los mek que quedaban los seguían, Vor entró corriendo en el túnel que

conectaba con su lanzadera. Sus hombres disparaban desde la retaguardia, y

finalmente, todos saltaron al interior de la lanzadera. Vor dejó que se llevaran al

soldado herido y se tiró al suelo mientras un ingeniero sellaba la escotilla.

—¡Desacoplad! —gritó Vor.

Cuando su nave se estaba separando del contenedor, los explosivos finalmente

estallaron y se llevaron con ellos al investigador tlulaxa y sus creaciones impías.