La batalla de Corrin
Capítulo 117
Las profundidades del desierto no son un exilio. Son la soledad. La seguridad.
NAIB ISHMAEL, poema de
campamento de Arrakis
Ishmael se recuperó del duelo con el gusano, pero su corazón no.
Aunque había perdido, no aceptaba la derrota, porque sabía que demasiadas cosas
dependían de que salvara a los zensuníes, de que lograra preservar sus tradiciones
frente a las tentaciones de los extraplanetarios.
Cuando su cuerpo sanó de las heridas físicas, Ishmael decidió recoger sus cosas y
algunas provisiones y partir solo a lo más hondo del desierto… como había hecho
Selim Montagusanos cuando el naib Dhartha lo exilió del poblado.
Cuando se enteraron de sus planes, varios jóvenes intrépidos y ancianos
insatisfechos le pidieron que les dejara acompañarle, además de Chamal y muchos de
los descendientes de los antiguos esclavos de Poritrin. Los más ancianos no eran más
que niños en los tiempos del Montagusanos, pero no habían olvidado. Todos querían
guiarse por sus visiones, seguir con su misión y recordar la leyenda. Cuando Ishmael
vio que había tantos que deseaban seguirle y dar la espalda a los métodos
insatisfactorios de El’hiim, se sintió animado.
En general, su hijastro procuró evitarle, y no alardeó de su victoria, al menos no
en presencia de Ishmael. Pero en el poblado, se respiraba una atmósfera distinta.
Muchos de los que se habían dejado seducir por los lujos innecesarios querían
abandonar aquel poblado aislado y trasladarse a algún lugar más cercano a Arrakis
City. Algunos decidieron tener una segunda residencia en los asentamientos de
VenKee.
A Ishmael esto le dolió en el alma, porque sabía que aquellos zensuníes acabarían
perdiendo su independencia y su identidad como pueblo. Se establecerían en las
ciudades de aquella gente, ya no serían nómadas, no serían respetables zensuníes. E
Ishmael se negaba a formar parte de aquello.
Con un orgullo que le ayudaba a mantener la buena salud tanto como su dieta a
base de melange, Ishmael contó a sus seguidores y les dijo que llevaran solo lo más
importante. Atrás dejarían los lujos innecesarios y la ropa que no estuviera hecha para
soportar los rigores de Arrakis. Encontrarían un lugar donde establecerse en lo más
hondo del desierto.
Ishmael, que era con diferencia el más anciano de los zensuníes, se enfrentó a
El’hiim antes de partir.
—Llevaré a mi gente lejos de aquí… lejos de ti y de la corrupción del exterior.
Al principio El’hiim pareció sobresaltado, luego divertido.
—Sé sensato, Ishmael. Ahí fuera moriréis.
El anciano no vaciló.
—Si es la voluntad de Budalá, que así sea. Estamos convencidos de que el
desierto proveerá, pero si nos equivocamos, moriremos. Sin embargo, si tenemos
razón, viviremos como hombres libres, como Free Men, y decidiremos el camino que
sigue nuestra sociedad. Sea como sea, seguramente tú nunca lo sabrás, El’hiim.
En un gran éxodo, Ishmael y los suyos partieron del poblado corrupto. Atrás
quedaron familiares y amigos. El grupo cruzó por un paso que atravesaba la Muralla
Escudo para salir al peligroso y agreste desierto, lo que se conocía como Tanzerouft.
Mientras el viento cálido le acariciaba el rostro, Ishmael se colocó la mano por
encima de los ojos y miró a lo lejos, al paisaje inhóspito e inquieto. Pero en lugar de
parecerle peligroso, a él aquel gran mar de dunas le parecía lleno de infinitas
posibilidades.
Mientras caminaban, hizo una seña a su gente.
—Ahí fuera nadie nos molestará. Construiremos asentamientos protegidos y
viviremos en paz, sin la interferencia de quienes confían demasiado en los
extranjeros.
—Será muy duro —dijo uno de los ancianos que caminaba a su lado.
Ishmael también lo pensaba.
—La dureza nos hará fuertes, y algún día Arrakis será nuestro.
La amplia extensión de arena seguía su propio ritmo. Mientras las mareas de la
historia iban de planeta en planeta por toda la galaxia, el interminable desierto de
Arrakis borraba todos los intentos de manipularlo o domeñarlo. El entorno árido
conservaba los artefactos, mientras que las feroces tormentas de arena lo borraban
todo a su paso. Los buscadores de especia iban y venían, y los gusanos acabaron con
muchos de aquellos intrusos tan mal preparados. Pero no con todos.
Los extranjeros siguieron llegando, atraídos por la leyenda de la especia melange.
Nuevos imperios se levantarían y caerían, pero Arrakis, el planeta desértico,
volvería su rostro al universo y perduraría.