La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 118 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 117

 

Las profundidades del desierto no son un exilio. Son la soledad. La seguridad.

NAIB ISHMAEL, poema de

campamento de Arrakis

 

Ishmael se recuperó del duelo con el gusano, pero su corazón no.

Aunque había perdido, no aceptaba la derrota, porque sabía que demasiadas cosas

dependían de que salvara a los zensuníes, de que lograra preservar sus tradiciones

frente a las tentaciones de los extraplanetarios.

Cuando su cuerpo sanó de las heridas físicas, Ishmael decidió recoger sus cosas y

algunas provisiones y partir solo a lo más hondo del desierto… como había hecho

Selim Montagusanos cuando el naib Dhartha lo exilió del poblado.

Cuando se enteraron de sus planes, varios jóvenes intrépidos y ancianos

insatisfechos le pidieron que les dejara acompañarle, además de Chamal y muchos de

los descendientes de los antiguos esclavos de Poritrin. Los más ancianos no eran más

que niños en los tiempos del Montagusanos, pero no habían olvidado. Todos querían

guiarse por sus visiones, seguir con su misión y recordar la leyenda. Cuando Ishmael

vio que había tantos que deseaban seguirle y dar la espalda a los métodos

insatisfactorios de El’hiim, se sintió animado.

En general, su hijastro procuró evitarle, y no alardeó de su victoria, al menos no

en presencia de Ishmael. Pero en el poblado, se respiraba una atmósfera distinta.

Muchos de los que se habían dejado seducir por los lujos innecesarios querían

abandonar aquel poblado aislado y trasladarse a algún lugar más cercano a Arrakis

City. Algunos decidieron tener una segunda residencia en los asentamientos de

VenKee.

A Ishmael esto le dolió en el alma, porque sabía que aquellos zensuníes acabarían

perdiendo su independencia y su identidad como pueblo. Se establecerían en las

ciudades de aquella gente, ya no serían nómadas, no serían respetables zensuníes. E

Ishmael se negaba a formar parte de aquello.

Con un orgullo que le ayudaba a mantener la buena salud tanto como su dieta a

base de melange, Ishmael contó a sus seguidores y les dijo que llevaran solo lo más

importante. Atrás dejarían los lujos innecesarios y la ropa que no estuviera hecha para

soportar los rigores de Arrakis. Encontrarían un lugar donde establecerse en lo más

hondo del desierto.

Ishmael, que era con diferencia el más anciano de los zensuníes, se enfrentó a

El’hiim antes de partir.

—Llevaré a mi gente lejos de aquí… lejos de ti y de la corrupción del exterior.

Al principio El’hiim pareció sobresaltado, luego divertido.

—Sé sensato, Ishmael. Ahí fuera moriréis.

El anciano no vaciló.

—Si es la voluntad de Budalá, que así sea. Estamos convencidos de que el

desierto proveerá, pero si nos equivocamos, moriremos. Sin embargo, si tenemos

razón, viviremos como hombres libres, como Free Men, y decidiremos el camino que

sigue nuestra sociedad. Sea como sea, seguramente tú nunca lo sabrás, El’hiim.

 

En un gran éxodo, Ishmael y los suyos partieron del poblado corrupto. Atrás

quedaron familiares y amigos. El grupo cruzó por un paso que atravesaba la Muralla

Escudo para salir al peligroso y agreste desierto, lo que se conocía como Tanzerouft.

Mientras el viento cálido le acariciaba el rostro, Ishmael se colocó la mano por

encima de los ojos y miró a lo lejos, al paisaje inhóspito e inquieto. Pero en lugar de

parecerle peligroso, a él aquel gran mar de dunas le parecía lleno de infinitas

posibilidades.

Mientras caminaban, hizo una seña a su gente.

—Ahí fuera nadie nos molestará. Construiremos asentamientos protegidos y

viviremos en paz, sin la interferencia de quienes confían demasiado en los

extranjeros.

—Será muy duro —dijo uno de los ancianos que caminaba a su lado.

Ishmael también lo pensaba.

—La dureza nos hará fuertes, y algún día Arrakis será nuestro.

 

La amplia extensión de arena seguía su propio ritmo. Mientras las mareas de la

historia iban de planeta en planeta por toda la galaxia, el interminable desierto de

Arrakis borraba todos los intentos de manipularlo o domeñarlo. El entorno árido

conservaba los artefactos, mientras que las feroces tormentas de arena lo borraban

todo a su paso. Los buscadores de especia iban y venían, y los gusanos acabaron con

muchos de aquellos intrusos tan mal preparados. Pero no con todos.

Los extranjeros siguieron llegando, atraídos por la leyenda de la especia melange.

Nuevos imperios se levantarían y caerían, pero Arrakis, el planeta desértico,

volvería su rostro al universo y perduraría.