La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 77 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 76

 

Mi padre fue declarado Héroe de la Yihad. Incluso si el resto de registros históricos se desvanecen como el polvo, que la raza humana nunca lo olvide.

VIRREY FAYKAN BUTLER, resolución

presentada ante el Parlamento de la Liga

 

Con tono suave y lógico, Dante le informó del éxito del ataque de prueba contra la

flota de la Liga. Láser, escudos… y una devastación completa.

Quentin escuchaba lleno de asombro, sin poder desconectar sus mentrodos

auditivos, y Juno le explicó que, sin querer, él mismo había revelado la vulnerabilidad

de los escudos frente a los rayos láser. Quentin se puso histérico y, cuando le

desconectaron de su forma móvil, pensó con desesperación en la cantidad de soldados

a los que habría condenado por la debilidad de su mente. ¿Y cuántos más habrían de

morir?

Los tres titanes separaron su contenedor cerebral y le negaron el acceso a ningún

cuerpo mecánico. Su instinto le decía que luchara y muriera como un valiente, pero el

caso es que, en su situación, se sentía totalmente impotente. Los cimek le habían

quitado sus brazos y sus piernas. Sus ojos, su oído, su voz. No era más que un trofeo

indefenso. No tenía ningún punto de referencia temporal, no tenía forma de saber

cuánto tiempo lo tenían aislado.

Si pudiera desconectar sus sistemas de soporte vital, si pudiera morir a

voluntad… al menos así se aseguraría de no revelar ninguna información vital.

Pero tenía que aguantar aquel castigo, esperar a que se presentara la ocasión para

devolver el golpe, sobre todo ahora que sabía que había traicionado una información

tan importante. Él no era un cobarde como Xavier Harkonnen. Estaba dispuesto a dar

su vida en combate contra aquellos híbridos, pero no derrocharía sus esfuerzos por

nada. No actuaría a menos que creyera que tenía alguna posibilidad de perjudicar a

los titanes.

Cuando de pronto su vista volvió con una llamarada de luz, sus fibras ópticas

reconectadas le mostraron una forma móvil y un contenedor cerebral modernos que

reconoció como los de Juno. Le dieron ganas de salir corriendo, o de soltarle una coz.

Si hubiera podido utilizar su mente para crear unos brazos poderosos, la habría

estrangulado, pero no tenía esa opción.

—Nos gustaría llevarte con nosotros —dijo Juno—. Hoy vas a volar.

 

Fue tan maravilloso como le habían prometido, y Quentin los odió por eso. Aunque le

había mentido muchas veces, Juno no había exagerado aquellas sensaciones.

Los neos instalaron su contenedor cerebral en una nave estilizada diseñada para

llevar a los cimek a campos de batalla interestelares. Conforme el grupo se alejaba de

Hessra, Quentin se sintió como un águila elevándose con alas de acero. Podía dejarse

llevar por los vientos estelares, sin ningún tipo de traba. O caer eternamente como

una rapaz que se abalanza sobre una presa y cambiar de dirección bruscamente, y

volver a acelerar.

—Muchos neos experimentan el éxtasis que produce volar —dijo Dante

transmitiendo a la cabeza del pequeño grupo—. Si hubieras cooperado, primero

Butler, podríamos haberte dejado sentir esto mucho antes.

Por un momento, Quentin había olvidado el horror de sus circunstancias. Sin

embargo, en aquel momento atajó sus sensaciones extáticas y entró en formación

cerrada con las otras naves cimek. Podía huir, cambiar de rumbo y volar directo al sol

más próximo, como había hecho el traidor Xavier Harkonnen para arrastrar a Iblis

Ginjo a la muerte.

Pero ¿con qué propósito? Él quería provocar una gran destrucción entre las filas

de cimek. Y cada día la deuda de su venganza era más grande.

Había salido de Hessra con Dante, con todas sus armas desactivadas. Su cuerpo

móvil era un ave predadora, pero le habían neutralizado y privado de sus garras. Aun

así, siempre podía observar y esperar que se presentara la ocasión.

Agamenón y Juno habían partido hacia otros planetas de su imperio corrupto, y

mientras, Dante debía inspeccionar los cinco valiosos planetas que habían atacado

recientemente para comprobar los progresos de los dictadores neocimek. Después de

sufrir indeciblemente durante más de un siglo de ataques de las máquinas y luego con

la plaga, aquella gente se aferraría a lo que fuera. Y los cimek les ofrecían poder e

inmortalidad.

Solo hacían falta unos pocos conversos para resquebrajar la sociedad entera. No

todos los humanos tenían una voluntad tan fuerte como la de Quentin.

Cuando el grupo se aproximaba a los límites del sistema de Relicon, Dante se

sorprendió al ver una fuerza expedicionaria de la Liga llegada de Salusa para

inspeccionar y ayudar a la colonia. No sabían que los cimek habían tomado el planeta

hacía más de un mes.

Las naves de Dante cambiaron automáticamente a modo de combate: activaron

sus armas, cargaron los proyectiles en los tubos de lanzamiento, prepararon los

láseres.

—Parece que alguien viene a jugar. —El titán transmitió en la dirección de

Quentin, pero los otros neos lanzaron vítores, deseando ya entrar en combate.

Quentin no quería un encuentro con naves del ejército de la Humanidad, y menos

cuando vio que la jabalina que encabezaba el grupo era una nave insignia política.

Algunos oficiales de alto rango habían acudido en una ronda de inspección, para ofrecer ayuda humanitaria y compensaciones.

—Listos para atacar —dijo Dante—. Hoy conseguiremos un premio inesperado.

Quentin tenía que encontrar una solución. En su nave no llevaba armas, pero si no

advertía a las naves de la Liga que los cimek estaban al corriente de la interacción

láser/escudo, sería una matanza. Analizando todos los sistemas disponibles a través

de los mentrodos, descubrió que podía manipular el sistema de comunicaciones de su

nave. Si pudiera cambiar las frecuencias, tal vez, con un poco de suerte, podría enviar

una transmisión.

Entonces llegó una señal a través de un canal abierto de banda ancha desde la

nave insignia.

—Cimek, enemigos de la humanidad, os habla el virrey Faykan Butler. Habéis

atacado estas colonias humanas y ahora debéis afrontar nuestra justicia.

Quentin sintió una oleada de esperanza, luego terror. ¡Faykan! No quería que su

hijo mayor le viera de aquella forma. Pero aquel era un pensamiento egoísta… y

había demasiado en juego.

Dante se dirigió a las fuerzas neocimek, siguiendo un guión cuidadosamente

preparado.

—Que todos los neos abran fuego con armas de proyectiles.

Como una granizada de explosivos, un surtido de torpedos y granadas salió

disparado hacia la jabalina insignia y los destructores de la escolta. Quentin seguía

tratando de alterar la frecuencia de comunicación de su nave, pero no le habían

entrenado para aquello, y le costaba concentrarse en lo que hacía.

Dante seguía gritando, con voz satisfecha y segura.

—Han activado sus escudos, que les hacen vulnerables al láser. Preparados

para…

Finalmente, Quentin consiguió gritar por una frecuencia secreta que la Yihad

utilizaba hacía tiempo para transmisiones del alto mando.

—¡Faykan! ¡Desconectad los escudos enseguida! ¡Es una trampa!

—¿Quién habla?

Naturalmente, la señal que Quentin envió desde su cabeza no tenía rasgos vocales

reconocibles.

—Faykan, van a utilizar armamento láser. Y ya sabes lo que eso significa.

¡Desactiva los escudos antes de que sea tarde!

Al parecer, Faykan le creyó. Eran muy pocos los oficiales y los políticos de la

estructura de mando de la Liga que conocían el punto débil de los escudos Holtzman.

—¡Desactivad escudos! ¡A todos los subcomandantes, desactivad escudos

inmediatamente!

Aunque muchos se quejaron, el virrey repitió la orden con firmeza. Los escudos

protectores se apagaron tan solo un segundo antes de que unos débiles e ineficaces rayos de energía chocaran contra el casco blindado de las naves, provocando solo

algunos rasguños y daños superficiales, nada importante. Solo quedaron unas pocas

quemaduras. Los cimek volvieron a disparar los láseres, esta vez con más intensidad,

pero ninguna de las naves de la Liga activó sus escudos.

Faykan comprendió que la misteriosa transmisión les había salvado.

—¿Quién es? ¿Tenemos un aliado entre los cimek? Identifíquese.

Dante aún no sabía lo que Quentin había hecho.

—Algo ha salido mal, pero tenemos otras formas de lograr nuestro objetivo. —La

fuerza de ataque cimek se reagrupó y volvieron a cargar sus armas de proyectiles. Si

las naves de Faykan mantenían los escudos desactivados, los explosivos los

destrozarían.

—Saca a tus naves de aquí. Yo… si no serás… —dijo Quentin, pero calló,

temiendo identificarse—. Confía en mí. Haz… que vuelva a derramar lágrimas de

felicidad. —Esperaba que con eso bastara para que su hijo lo adivinara. No se sentía

capaz de contar lo sucedido, todavía no. No quería ni pensar que el ejército de la

Humanidad pudiera montar una operación de rescate por él, que acudieran a la base

de los cimek en Hessra para intentar liberarlo. No, no quería que eso pasara. Él lo

único que quería es que Faykan y los suyos huyeran antes de que Dante y sus

poderosas naves los destruyeran a todos.

—¡Padre! —contestó Faykan por el canal de comunicación privado—. Primero…

¿es usted? ¡Pensábamos que le habían matado!

—¡Los Butler no somos criados de nadie! —gritó Quentin—. ¡Y ahora marchaos!

Cuando los seguidores de Dante se lanzaron de nuevo al ataque y arrojaron la

primera andanada de proyectiles, de pronto Quentin comprendió que podía utilizar su

nave como arma. No tenía lanza-proyectiles, pero modificó el rumbo, llevó los

motores a su máxima aceleración y se lanzó contra las filas de cimek, obligándolos a

dispersarse como un perro que ahuyenta a un grupo de palomas. Las naves de los

cimek tuvieron que virar para evitarlo. Por su sistema de comunicación Quentin oyó

que parloteaban y discutían lo que debían hacer.

Quentin viró en un intento de chocar con alguno de ellos, pero los neos tenían

mucha más práctica con aquellas formas mecánicas. Evitando chocar con él,

empezaron a lanzar disparos para inutilizar su sistema de propulsión. De pronto sus

palabras se convirtieron en un galimatías, porque empezaron a comunicarse en clave.

Los disparos rebotaban contra el casco, y Quentin trató con más empeño de llegar

a Dante. Daría su vida de buena gana si podía llevarse por delante a uno de los tres

titanes.

Dante ladeó su cuerpo de combate, y Quentin solo consiguió rozarlo por el

costado. Cuando la vibración del impacto se extendió por su cuerpo metálico, el

primero intuyó daños, pero no sintió dolor físico. La nave respondía con lentitud, y se preguntó si los daños serían graves.

Le alivió ver que la fuerza expedicionaria de la Liga se replegaba algo confusa,

aunque no parecía que fueran a retirarse.

—¡Marchaos! ¡Marchaos enseguida o moriréis todos! —volvió a transmitir.

—¡El primero Butler debe de haberles advertido! —dijo Dante—. Bloquead sus

señales.

Una onda de interferencias eliminó la posibilidad de nuevas transmisiones. Ya no

podría explicar nada, no podría pedir perdón, ni siquiera podría despedirse de su hijo.

Pero había hecho lo que debía. Y ahora la Liga sabría que seguía con vida.

Los disparos de los cimek no destruyeron la nave de Quentin, pero le provocaron

los suficientes daños para inhabilitar sus motores y dejarlo flotando a la deriva en el

espacio. Indefenso e impotente. Una forma ignominiosa de acabar, pensó.

 

Los cimek tuvieron que remolcarlo hasta Hessra, y por el camino Dante estuvo

regañándole y aleccionándole por aquella estupidez. Aun así, Quentin estaba

satisfecho. Después de tanto tiempo sintiéndose completamente inútil, por fin había

podido hacer algo por la causa de la humanidad. No se había perdido ni una sola vida

en aquel encuentro.

Sin duda, en cuanto llegaran a Hessra, el general Agamenón lo dejaría encerrado

en su contenedor y le sometería a una eternidad de estímulos dolorosos, si es que le

dejaba seguir con vida.

Pero había valido la pena.