La batalla de Corrin
Capítulo 77
Los mejores planes evolucionan sobre la marcha. Para que un plan triunfe de verdad, debe cobrar vida propia, una vida muy distinta de nada que su creador hubiera pensado.
BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES
Vor siempre había sabido que los titanes seguían libres y que su padre no se quedaría
cruzado de brazos para siempre, sobre todo ahora que Omnius estaba confinado.
Desde el final de la Yihad, en diecisiete ocasiones se había dirigido al Parlamento de
la Liga, insistiendo en que organizaran una operación militar para eliminar a los
cimek en Hessra. Pero nadie lo consideraba necesario, y enseguida encontraban otras
prioridades.
Siempre subestimarían a Agamenón.
Porce Bludd había hecho sonar las alarmas cuando regresó de Wallach IX con la
noticia del ataque de los cimek y la supuesta muerte de Quentin Butler. Después de la
oleada de terror provocada por las pirañas mecánicas —sobre las que Vor también
había advertido a la Liga— y la aparición de una cepa más mortífera de la plaga en
Rossak, Vor estaba seguro de que el gobierno saldría de su estado de complacencia.
Al menos esta vez no lo despacharon enseguida. A pesar de su aspecto juvenil, los
representantes parlamentarios sabían que siempre había estado ahí, que era un
veterano que había sobrevivido a sus compañeros de armas. Vor exigió una acción
inmediata… lo cual se tradujo en meses de debate.
Un escuadrón entero del ejército de la Humanidad había desaparecido,
presumiblemente destruido. Y ahora el virrey Faykan volvía con la alarmante noticia
de que los titanes conocían el punto débil de los escudos Holtzman, un secreto que se
había guardado celosamente durante toda la Yihad.
¡Y Faykan también informó de que habían convertido a su padre en cimek!
Aquello era un ultraje. Vor estaba que echaba humo. Pero al menos, por fin tenían
un motivo para emprender algún tipo de acción, aunque seguramente no sería lo
bastante rápida o contundente para su gusto.
Debía esperar instrucciones del gobierno pero, mientras llegaban, necesitaba
alejarse de la locura de las reuniones diarias de los cultistas de Rayna, de las
interminables sesiones del Parlamento, de sus irrelevantes deberes como bashar
supremo del ejército de la Humanidad. «¿Cómo hemos podido llegar a esto?». Una
parte de él añoraba los días de guerra abierta y enemigos declarados, cuando podía
atacar por decisión propia y dejar que las consecuencias se vieran después. Siempre
se había burlado de Xavier por su estricto apego a las regulaciones y las órdenes.
Cuando el bashar Abulurd Harkonnen le invitó a visitar un yacimiento arqueológico fuera de la ciudad, Vor aceptó encantado. El oficial recién ascendido le
prometió serenidad, aire puro y un lugar donde podrían hablar, cosa que los dos
necesitaban desesperadamente.
Aunque en principio se trataba de un pasatiempo, los dos estaban muy serios.
Abulurd ya parecía mayor que su mentor, y este lo trataba como si fuera su hermano
pequeño. Hacía años que Leronica había muerto, y Vor ya no se molestaba en utilizar
maquillaje ni tintes para parecer mayor. En cambio, sus ojos sí reflejaban el paso del
tiempo, sobre todo ahora que sabía lo que Agamenón estaba haciendo.
El yacimiento arqueológico estaba a una hora en vehículo al norte de Zimia, en
una soleada colina. Durante el trayecto, el chófer militar, un veterano de la Yihad que
había recibido una grave herida en el pecho en Honru, no dejó de hablar de lo mucho
que deseaba poder seguir ayudando, y dijo que rezaba a santa Serena cada día.
Llevaba una pequeña insignia, parcialmente oculta, que lo identificaba como
simpatizante del movimiento de Rayna. Su chófer los dejó y fue a buscar una zona a
la sombra donde esperarles.
Los dos hombres se dirigieron solos hacia el yacimiento aislado. Leyendo los
carteles y evitando sus pensamientos, Abulurd dijo:
—En otro tiempo esta zona estuvo habitada por budislámicos, antes de que fueran
liberados de generaciones de esclavitud y fueran a establecerse a Planetas No
Aliados.
—Tu padre jamás podrá liberarse de su esclavitud —musitó Vor, y sus palabras
consiguieron que el silencio se hiciera de nuevo entre los dos. Quentin Butler era un
cimek: nunca podría volver.
Los dos contemplaron aquellas antiguas ruinas, y Abulurd trató sin mucho
entusiasmo de leer señales y explicaciones. Pero se sentía tan desgraciado que a veces
las palabras no le salían.
—Tras dar la espalda a nuestra civilización, zensuníes y zenshiíes entraron en una
época de oscuridad; hasta el día de hoy, la mayoría llevan una vida primitiva en
planetas remotos. —Miró la placa iluminada por el sol con los ojos entrecerrados—.
Aquí también se han encontrado piezas de alfarería muadru.
—Los pensadores tienen cierta conexión con los muadru —dijo Vor—. Y Vidad
es el único que queda con vida. —La sola mención de Vidad le hizo pensar en Serena
y su muerte.
Ningún humano vivo había compartido una parte tan importante de la Historia y
estaba tan resentido con los Titanes como él. Agamenón le había criado, le había
entrenado, le había enseñado tácticas… y todo para que un día también él pudiera
oprimir a sus esclavos humanos. Pero Vor había utilizado sus conocimientos durante
la Yihad, y le habían ayudado a derrotar a las máquinas pensantes una y otra vez. Sí,
conocía muy bien a Agamenón, y tenía intención de utilizar lo que sabía de una forma muy distinta a la que su padre esperaba.
Los dos hombres se sentaron sobre un montón de escombros y compartieron sus
gyraks, unos sandwiches que los lugareños preparaban con pan molido a la piedra y
carne muy especiada. Y para acompañar la comida bebieron unas botellas frías de
cerveza salusana. Vor no dijo gran cosa, tenía la cabeza llena de preocupaciones. Se
estremeció al recordar la «recompensa» que el general cimek le había prometido en
su momento. «Si no hubiera escapado de la Tierra con Serena y Ginjo, Agamenón me
habría convertido en cimek. De tal palo, tal astilla».
Desde su posición como militar destacado, Vor había luchado siempre por la
Liga. La raza humana estaba agotada, y no tenía ni la energía ni el empuje necesarios
para otra guerra tan larga. Muchos eran los líderes políticos que veían con horror el
holocausto nuclear que había provocado en los Planetas Sincronizados. La mayoría
ya no recordaban la urgencia, los horrores, la necesidad de aquellos tiempos tan
peligrosos. Se limitaban a agachar la cabeza al pensar en los millones y millones de
esclavos humanos que habían muerto durante la aniquilación de Omnius. No
recordaban que muchos más millones habrían muerto si las máquinas pensantes
hubieran vencido. Vor ya había visto demasiadas veces lo voluble que puede llegar a
ser la historia.
Y, ahora que Agamenón volvía a la carga, Vor sintió que debía librar una nueva
batalla… él solo, sin nadie que le echara nada en cara.
Haciendo rechinar los dientes, miró a Abulurd.
—Sé lo que tengo que hacer —le dijo—. Necesitaré tu ayuda, y tu absoluta
confidencialidad.
—Por supuesto, bashar supremo.
Y procedió a explicarle cómo pensaba acabar con Agamenón de una vez por
todas.