La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 78 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 77

 

Los mejores planes evolucionan sobre la marcha. Para que un plan triunfe de verdad, debe cobrar vida propia, una vida muy distinta de nada que su creador hubiera pensado.

BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES

 

Vor siempre había sabido que los titanes seguían libres y que su padre no se quedaría

cruzado de brazos para siempre, sobre todo ahora que Omnius estaba confinado.

Desde el final de la Yihad, en diecisiete ocasiones se había dirigido al Parlamento de

la Liga, insistiendo en que organizaran una operación militar para eliminar a los

cimek en Hessra. Pero nadie lo consideraba necesario, y enseguida encontraban otras

prioridades.

Siempre subestimarían a Agamenón.

Porce Bludd había hecho sonar las alarmas cuando regresó de Wallach IX con la

noticia del ataque de los cimek y la supuesta muerte de Quentin Butler. Después de la

oleada de terror provocada por las pirañas mecánicas —sobre las que Vor también

había advertido a la Liga— y la aparición de una cepa más mortífera de la plaga en

Rossak, Vor estaba seguro de que el gobierno saldría de su estado de complacencia.

Al menos esta vez no lo despacharon enseguida. A pesar de su aspecto juvenil, los

representantes parlamentarios sabían que siempre había estado ahí, que era un

veterano que había sobrevivido a sus compañeros de armas. Vor exigió una acción

inmediata… lo cual se tradujo en meses de debate.

Un escuadrón entero del ejército de la Humanidad había desaparecido,

presumiblemente destruido. Y ahora el virrey Faykan volvía con la alarmante noticia

de que los titanes conocían el punto débil de los escudos Holtzman, un secreto que se

había guardado celosamente durante toda la Yihad.

¡Y Faykan también informó de que habían convertido a su padre en cimek!

Aquello era un ultraje. Vor estaba que echaba humo. Pero al menos, por fin tenían

un motivo para emprender algún tipo de acción, aunque seguramente no sería lo

bastante rápida o contundente para su gusto.

Debía esperar instrucciones del gobierno pero, mientras llegaban, necesitaba

alejarse de la locura de las reuniones diarias de los cultistas de Rayna, de las

interminables sesiones del Parlamento, de sus irrelevantes deberes como bashar

supremo del ejército de la Humanidad. «¿Cómo hemos podido llegar a esto?». Una

parte de él añoraba los días de guerra abierta y enemigos declarados, cuando podía

atacar por decisión propia y dejar que las consecuencias se vieran después. Siempre

se había burlado de Xavier por su estricto apego a las regulaciones y las órdenes.

Cuando el bashar Abulurd Harkonnen le invitó a visitar un yacimiento arqueológico fuera de la ciudad, Vor aceptó encantado. El oficial recién ascendido le

prometió serenidad, aire puro y un lugar donde podrían hablar, cosa que los dos

necesitaban desesperadamente.

Aunque en principio se trataba de un pasatiempo, los dos estaban muy serios.

Abulurd ya parecía mayor que su mentor, y este lo trataba como si fuera su hermano

pequeño. Hacía años que Leronica había muerto, y Vor ya no se molestaba en utilizar

maquillaje ni tintes para parecer mayor. En cambio, sus ojos sí reflejaban el paso del

tiempo, sobre todo ahora que sabía lo que Agamenón estaba haciendo.

El yacimiento arqueológico estaba a una hora en vehículo al norte de Zimia, en

una soleada colina. Durante el trayecto, el chófer militar, un veterano de la Yihad que

había recibido una grave herida en el pecho en Honru, no dejó de hablar de lo mucho

que deseaba poder seguir ayudando, y dijo que rezaba a santa Serena cada día.

Llevaba una pequeña insignia, parcialmente oculta, que lo identificaba como

simpatizante del movimiento de Rayna. Su chófer los dejó y fue a buscar una zona a

la sombra donde esperarles.

Los dos hombres se dirigieron solos hacia el yacimiento aislado. Leyendo los

carteles y evitando sus pensamientos, Abulurd dijo:

—En otro tiempo esta zona estuvo habitada por budislámicos, antes de que fueran

liberados de generaciones de esclavitud y fueran a establecerse a Planetas No

Aliados.

—Tu padre jamás podrá liberarse de su esclavitud —musitó Vor, y sus palabras

consiguieron que el silencio se hiciera de nuevo entre los dos. Quentin Butler era un

cimek: nunca podría volver.

Los dos contemplaron aquellas antiguas ruinas, y Abulurd trató sin mucho

entusiasmo de leer señales y explicaciones. Pero se sentía tan desgraciado que a veces

las palabras no le salían.

—Tras dar la espalda a nuestra civilización, zensuníes y zenshiíes entraron en una

época de oscuridad; hasta el día de hoy, la mayoría llevan una vida primitiva en

planetas remotos. —Miró la placa iluminada por el sol con los ojos entrecerrados—.

Aquí también se han encontrado piezas de alfarería muadru.

—Los pensadores tienen cierta conexión con los muadru —dijo Vor—. Y Vidad

es el único que queda con vida. —La sola mención de Vidad le hizo pensar en Serena

y su muerte.

Ningún humano vivo había compartido una parte tan importante de la Historia y

estaba tan resentido con los Titanes como él. Agamenón le había criado, le había

entrenado, le había enseñado tácticas… y todo para que un día también él pudiera

oprimir a sus esclavos humanos. Pero Vor había utilizado sus conocimientos durante

la Yihad, y le habían ayudado a derrotar a las máquinas pensantes una y otra vez. Sí,

conocía muy bien a Agamenón, y tenía intención de utilizar lo que sabía de una forma muy distinta a la que su padre esperaba.

Los dos hombres se sentaron sobre un montón de escombros y compartieron sus

gyraks, unos sandwiches que los lugareños preparaban con pan molido a la piedra y

carne muy especiada. Y para acompañar la comida bebieron unas botellas frías de

cerveza salusana. Vor no dijo gran cosa, tenía la cabeza llena de preocupaciones. Se

estremeció al recordar la «recompensa» que el general cimek le había prometido en

su momento. «Si no hubiera escapado de la Tierra con Serena y Ginjo, Agamenón me

habría convertido en cimek. De tal palo, tal astilla».

Desde su posición como militar destacado, Vor había luchado siempre por la

Liga. La raza humana estaba agotada, y no tenía ni la energía ni el empuje necesarios

para otra guerra tan larga. Muchos eran los líderes políticos que veían con horror el

holocausto nuclear que había provocado en los Planetas Sincronizados. La mayoría

ya no recordaban la urgencia, los horrores, la necesidad de aquellos tiempos tan

peligrosos. Se limitaban a agachar la cabeza al pensar en los millones y millones de

esclavos humanos que habían muerto durante la aniquilación de Omnius. No

recordaban que muchos más millones habrían muerto si las máquinas pensantes

hubieran vencido. Vor ya había visto demasiadas veces lo voluble que puede llegar a

ser la historia.

Y, ahora que Agamenón volvía a la carga, Vor sintió que debía librar una nueva

batalla… él solo, sin nadie que le echara nada en cara.

Haciendo rechinar los dientes, miró a Abulurd.

—Sé lo que tengo que hacer —le dijo—. Necesitaré tu ayuda, y tu absoluta

confidencialidad.

—Por supuesto, bashar supremo.

Y procedió a explicarle cómo pensaba acabar con Agamenón de una vez por

todas.