La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 67 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 66

 

No todo es lo que parece.

DOCTOR MOHANDAS SUK, diarios médicos

 

—Me temo que tendremos que ir haciendo pruebas a voleo —dijo el doctor Suk con

la voz distorsionada por el amplificador de su traje anticontaminación. Había bajado

personalmente desde su laboratorio orbital en el Recovery, y estaba con Raquella bajo

las estrellas, en la pista de aterrizaje polimerizada ante la ciudad de cuevas—. No

tenemos elección. Casi el sesenta por ciento de los afectados morirá, incluso si

consumen melange.

Raquella estaba ante él, valientemente, sin otra protección que un respirador. La

mujer miró sus ojos oscuros y húmedos, y pensó en todas las cosas que los unían, en

el amor y la amistad que había entre ellos. En aquellos momentos estaban separados

por una capa fina e infranqueable de tejido anticontaminación. Raquella nunca había

estado tan expuesta; al lado de la epidemia de Rossak la plaga original parecía una

simple prueba.

Con una mano enguantada, el doctor le tendió un contenedor transparente con

diez viales de vacunas.

—Son variantes de los tratamientos que hemos utilizado contra el virus. Puede

que algunas funcionen… y que otras resulten fatales.

Raquella frunció los labios y asintió.

—Entonces espero que funcionen.

—Analizar este retrovirus es como tratar de solucionar un asesinato con mil

millones de sospechosos —dijo—. Por lo que he visto en las pruebas, esta mutación

oculta la información genética de su ADN. Estoy buscando patrones, tratando de

trazar el mapa de genomas y proyectar los componentes estadísticamente probables

del virus basándome en las pruebas que tenemos. La molécula de melange ya no es

tan efectiva como antes bloqueando los receptores.

Raquella vio preocupación en sus ojos marrones y compasivos. Parte de su espeso

pelo negro se había soltado bajo el casco y le daba un aire descuidado. Le dieron

ganas de abrazarle.

Mohandas no había sido capaz de desarrollar una técnica viable de terapia

genética, pero seguía intentándolo. Aparte del consumo preventivo de melange, que

frenaba en parte la capacidad del retro-virus de transformar las hormonas del

organismo en el nocivo compuesto X, el único tratamiento parcialmente efectivo

implicaba el filtrado de la sangre mediante aparatos de diálisis modificados. Al igual

que la cepa anterior del virus, ésta se instalaba en el hígado. Y sin embargo el lento y

complicado tratamiento de diálisis no permitía eliminar las toxinas con la misma rapidez con que el cuerpo del enfermo las producía.

Sin dejar de mirarse, él y Raquella hablaron de las vacunas de prueba. Un vial era

de un azul intenso y profundo, como los ojos de un adicto a la especia. Mohandas la

miraba con intensidad y anhelo desde detrás del panel protector de su casco. Parecía

querer decir tantas cosas…

—¿Ya tomas suficiente melange para protegerte? Una nave de VenKee acaba de

llegar de Kolhar.

—Sí, pero la especia no garantiza la inmunidad, ya lo sabes. Procuro ir con

cuidado.

Pero él no parecía convencido.

—No estarás dando tu ración de especia a otros pacientes, ¿verdad?

—Tomo la suficiente, Mohandas. —Levantó el contenedor con los viales de las

vacunas—. Me pondré a trabajar con esto enseguida. Tengo que decidir quién lo

necesita más.

 

Durante días, llevando un cuidadoso registro en archivos de plaz-circuito, Raquella

estuvo administrando las vacunas de prueba con ayuda de Nortie Vandego y la

hechicera Karee Marques, que aún estaba sana. Era una terrible ironía, pero las

hechiceras más poderosas parecían más vulnerables a aquella variante del retrovirus

que la población de a pie de Rossak.

Mientras trabajaba, Raquella reparó en un joven extraño que la observaba de lejos

con una curiosidad infantil. Le había visto otras veces, limpiando en silencio las

salas, o llevando comida y provisiones para los médicos.

Raquella sabía que en Rossak los mutágenos y los contaminantes químicos del

medio provocaban defectos congénitos, deformidades y diferentes grados de retraso

mental, sobre todo entre los varones. Karee se dio cuenta del interés de Raquella por

aquel joven curioso y callado.

—Es Jimmak Tero, uno de los hijos de Ticia… aunque evidentemente ella no lo

quiere por sus defectos. Dice que su sitio está entre los Defectuosos.

El joven vio que miraba en su dirección y se fue enseguida, sonrojándose.

Raquella dio un suspiro.

—Me sorprende que no lo matara al nacer. ¿Será que después de todo Ticia

Cenva tiene corazón?

—Estoy segura de que tenía otros motivos —dijo Karee con una débil sonrisa.

Raquella le hizo señas a Jimmak para que se acercara, hablándole con voz dulce y

seductora.

—Ven, Jimmak, puedes ayudarme.

Él se acercó tímidamente, mirándola con sus ojos azules redondos e inquisitivos.

Parecía feliz porque había pedido su ayuda.

—¿Qué necesita, señora doctora? —Sus palabras eran vacilantes, y la

pronunciación descuidada.

—¿Señora doctora? —Raquella sonrió, y trató de adivinar su edad. Quince o

dieciséis años tal vez—. ¿Podrías traernos agua para beber de la máquina

depuradora? Nortie y yo hemos trabajado tanto que hace horas que no bebemos nada.

Él miró con nerviosismo a su alrededor, como si temiera estar haciendo algo

malo.

—¿Quiere comer? Puedo traer comida de la selva. Sé dónde encontrarla.

—Por ahora solo agua. Más tarde tal vez. —Y enseguida vio que aquello le

complacía muchísimo.

Tras administrar las vacunas de prueba, Raquella hizo análisis de sangre

rutinarios para comprobar la eficacia de cada tratamiento, pero los resultados fueron

decepcionantes. Ninguna de las curas potenciales del doctor Suk parecía prometer.

Muchos pacientes estaban conectados a hileras de saturados aparatos para filtrar

la sangre, tubos mediante los que se les extraía la sangre de las venas para eliminar de

ella el compuesto X y volverla a introducir en sus cuerpos. Pero los hígados

infectados seguían produciendo el mortífero compuesto, y los pacientes volvían a

necesitar aquel proceso modificado de diálisis al cabo de unas pocas horas. No había

ni de lejos máquinas suficientes.

Raquella vio a Ticia Cenva caminando entre las filas de pacientes. Cogía las

historias de plazcircuito y les echaba una ojeada mientras hablaba con rapidez con

otras dos hechiceras. Parecía nerviosa, como si le costara controlar el miedo.

—Tu medicina no es mejor que las oraciones de los cultistas —dijo con tono

despectivo—. Una pérdida de tiempo.

Raquella no respondió a la provocación. Ya se sentía bastante culpable sin

necesidad de que la hechicera suprema la pinchara.

—Mejor intentarlo que quedarse cruzado de brazos viendo cómo la naturaleza

sigue su curso. Si los humanos no lucháramos contra la adversidad, todos seríamos

esclavos de Omnius.

Ticia le sonrió con aire de superioridad.

—Sí, luchamos muy bien.

Furiosa, Raquella se puso las manos en las caderas.

—La HuMed nos mandó aquí porque solas no podíais controlar la plaga.

—Nosotras no os pedimos que vinierais. La HuMed nos obligó a recibiros. Aquí

no hacéis nada de provecho… en realidad, las cosas han empeorado desde que

llegasteis. Cuenta los muertos. —Su voz estaba cuajada de irritación y tensión—.

Quizá trajisteis una nueva cepa con vosotros. O quizá vuestras supuestas curas están

ayudando a extender la epidemia.

—Eso es una superstición ridícula —dijo Raquella—. Si vuestros métodos son mejores, ¿cómo es que están muriendo tantas hechiceras?

Ticia retrocedió como si la acabara de abofetear.

—Solo mueren las más débiles. A estas alturas las más fuertes ya podrían haber

resuelto el problema. —Y con esto, ella y sus acompañantes se fueron.

Jimmak ya había vuelto y llevaba una bandeja con agua y piezas sueltas de frutos

y setas recién cogidos, pero se arrimó a una de las paredes de piedra y esperó allí

encogido hasta que su madre se fue. De todos modos, Ticia no había reparado en él.

En cambio, cuando Raquella le sonrió, Jimmak se acercó corriendo y le enseñó sus

regalos: pequeños frutos oscuros y vellosos, un gran melón amarillo, y una cosa con

forma de pera y de un color negro verdoso muy poco apetecible.

—A mí me gustan estos —dijo el chico señalando los pequeños frutos vellosos—.

En la selva las llamamos rosetas.

Raquella cogió la fruta.

—Lo guardaré para después. Tienen un aspecto delicioso. —No se fiaba de nada

que viniera de la selva.

Jimmak bajó la voz con tono conspirador.

—A mi madre no le gusta la señora doctora.

—Lo sé. Piensa que este no es mi sitio. Pero yo solo intento ayudar.

—Yo puedo ayudar —dijo Jimmak con el rostro iluminado, sin aliento—. En la

selva hay cosas que hacen que la gente esté bien.

—Qué interesante. —Conocía las drogas y los productos de uso farmacéutico que

los trabajadores de VenKee recogían en la selva—. Algún día podrías enseñármelo.

 

En los días siguientes, Raquella y su joven amigo pasaron más tiempo juntos; ella

hasta empezó a probar las cosas que él le traía de la selva después de lavarlas

cuidadosamente. Jimmak poseía una inteligencia extraña y salvaje que al principio

Raquella no supo entender. Era un paria que había tenido que aprender a espabilarse

solo en la selva. Al final, Raquella empezó a preguntarse si el joven no tendría

interesantes soluciones para ella… Ninguna de las poderosas hechiceras se tomaba a

aquel joven defectuoso en serio, pero Raquella estaba desesperada.

Agotada y desanimada por su falta de progresos, a veces Raquella se tomaba un

descanso y salía a caminar con Jimmak por los senderos que atravesaban la densa y

exuberante vegetación de la selva. En particular, hubo un camino que la dejó

maravillada, porque el sol se colaba entre la bóveda de vegetación y en el suelo la luz

formaba una especie de arco iris cuyos colores cambiaban con el movimiento de los

árboles.

—No noto viento —dijo Raquella—. Y no veo cómo el viento podría llegar aquí

abajo. Pero esos árboles de ahí se mueven, y hacen que los colores cambien.

—Los árboles están vivos —dijo Jimmak—. Y con el sol hacen esos colores para mí. A veces hablo con ellos. —Un arco iris parpadeó ante él y luego pareció cambiar

y se transformó en una bola prismática que despedía colores. Luego apareció otra

bola, y otra. Riendo, Jimmak hizo malabarismos con las tres bolas en sus manos,

lanzando una lluvia de colores a su alrededor, hasta que desaparecieron en la bóveda.

Raquella estaba asombrada, y quiso preguntar, pero Jimmak no dijo más.

—Hay muchos secretos en la selva. —Cuanto más insistía ella, más reservado se

mostraba él. Así que decidió dejar el asunto, por el momento.

Jimmak le enseñó a Raquella setas grandes como estanques, extraños líquenes,

frutos del bosque que se movían por sí mismos. Siempre andaba por las zonas más

escondidas de la selva, cogiendo plantas curiosas y hojas para que ella las estudiara, e

incluso le explicaba algunas de sus propiedades medicinales, que había aprendido

ayudando a los buscadores de VenKee.

Sin embargo, la selva de Rossak no tenía ninguna cura mágica para combatir la

epidemia en el planeta, y la gente siguió muriendo.