La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 84 de 119

Páginas del PDF

La batalla de Corrin

Capítulo 83

 

Siento que la leyenda me envuelve, ¿o se trata quizá de una auténtica visión? Grandes cosas surgirán entre mis hermanas, si se las elige con cuidado.

REVERENDA MADRE RAQUELLA BERTO-ANIRUL

 

El regreso a la vida de Raquella después de su enfrentamiento casi fatal con la

mutación del virus le dio una segunda oportunidad, y un medio inesperado para

salvar a la población moribunda.

Jimmak estaba sentado a su lado contra la pared de piedra de una atestada sala de

recuperación, compartiendo con ella la comida que había encontrado en la selva. Por

lo visto, pensaba que todo había vuelto a la normalidad. Raquella casi no podía ni

mirarlo, pues temía que reparara en su expresión de culpabilidad… Sí, iba a traicionar

su confianza. Pero moralmente no tenía elección. Cualquier demora costaría muchas

más vidas.

—Jimmak, ¿podrías prepararme un poco más de tu té especial, por favor?

—¿Señora doctora está todavía débil?

—No, me encuentro mejor. Pero me gustaría un poco de té. Por favor.

Jimmak se escabulló, feliz. Y entonces Raquella sacó la ropa todavía empapada

que había guardado bajo la camilla suspensora.

Con mucho cuidado, para no desperdiciar ni una gota, selló la ropa con una

película impermeable y la introdujo en un contenedor para muestras.

Luego, sola en un pequeño laboratorio, se extrajo varios tubitos de sangre. Entre

las sustancias químicas curativas que contenía el agua del cenote y los anticuerpos de

su sangre, quizá Mohandas lograría encontrar la clave. Envió las muestras en una

lanzadera urgente al Recovery con un mensaje donde suplicaba a Mohandas que

trabajara con rapidez. Y para mayor seguridad, también rezó una oración.

Jimmak volvió con una taza de su té de hierbas amargo y un vaso de agua para él.

Se sentó junto a Raquella, sonriendo.

—Yo soy feliz porque la ayudo.

—A lo mejor también podrías ayudar a estos enfermos. —Su voz era triste.

Él pareció asustado.

—No. No puede llevar a todo el mundo al agua. Lo prometió.

Raquella sonrió con frialdad, pensando que, realmente, el joven tenía toda la

razón al temer a Ticia Cenva. En lugar de sentirse aliviada por su recuperación,

aquella mujer parecía furiosa, recelosa. Si la hechicera suprema se enteraba de que

los Defectuosos habían encontrado una cura, los odiaría por haber logrado lo que

ellas no habían podido lograr. La misma razón que subyacía al resentimiento

irracional cada vez mayor que sentía por los médicos e investigadores de la HuMed.

—Sí, lo prometí. —«Pero también hice el juramento de ayudar a quienes

necesitaran de mis conocimientos como médico…»

Más tarde, aquella noche, Mohandas le mandó un mensaje urgente para

informarle de los resultados preliminares, maravillado ante lo que había descubierto.

Aún no había determinado la composición química específica de los alcaloides,

minerales y moléculas de cadena larga que impregnaban el agua de aquel estanque

subterráneo. Y parecía imposible copiarla o sintetizarla… como la especia melange.

A partir de las muestras de sangre, llegó a la conclusión de que algo muy curioso

había sucedido en el cuerpo de Raquella: se había producido una transformación

bioquímica que nunca antes había visto. La batalla entre el retrovirus y las extrañas

sustancias del cenote habían alterado la bioquímica de su organismo a un nivel

esencial.

Con la esperanza de poder conseguir una vacuna o un medicamento, Mohandas

pedía que le mandara muchos más litros de agua. Pero Raquella no podía ayudarle.

Decepcionado al ver que tenían la solución tan cerca, Mohandas dijo:

—Cada pequeño retraso es una nueva sentencia de muerte para esta gente,

Raquella. Con la poca cantidad de agua que he extraído de tu ropa es casi imposible

que haga los tests necesarios. ¿Cómo voy a aislar y sintetizar el componente que

buscamos? —Su rostro se veía macilento y cansado, como el de ella, y Raquella se

preguntó si dormiría alguna vez, por mucho que estuviera allá arriba, en su seguro

laboratorio orbital—. ¿No puedes llevarnos a la fuente? ¿De dónde ha salido esta

agua?

El amor y la admiración que sentía por él eran evidentes, y no habían

disminuido… y sin embargo lo poco que había hecho ya era una gran traición. Ni

siquiera se creía capaz de volver a encontrar el estanque. Desde luego, Jimmak no la

iba a ayudar.

—Yo… no puedo, Mohandas.

Pero cada vez que oía los gemidos de los enfermos en las inmensas enfermerías

de las cuevas, cada día, cuando veía las cifras de muertos, cuando notaba el hedor de

las piras funerarias mientras los montones de cuerpos se quemaban en la meseta

yerma de encima de la selva, su conciencia le pedía a gritos que hiciera algo.

Desde su regreso, un alto porcentaje de las hechiceras que aún estaban sanas —

más de la mitad— había enfermado, como si sus sistemas inmunitarios hubieran

cedido simultáneamente. Más desconfiada que nunca, Ticia Cenva se mostraba

desafiante y hostil, como si quisiera demostrar que con su determinación y sus

poderes lograría superar la peor de las epidemias.

Raquella no albergaba ningún sentimiento de animosidad contra la hechicera

suprema, salvo por la forma en que trataba a su hijo. Aquella rigurosidad debía de

haber sido muy útil a la comunidad en tiempos de la Yihad, cuando muchas mujeres de Rossak se sacrificaron para destruir a los enemigos cimek. Pero no le permitiría

luchar contra la epidemia.

Mientras meditaba en todo esto, un pensamiento extraño pero inoportuno penetró

en su mente. «Ahora que me he curado, Ticia me ve como una amenaza. Por eso no

quiere que nadie esté conmigo. ¿Es que cree que quiero ponerme al frente de las

hechiceras? Si yo culmino esto con éxito, para ella significará que ha fracasado».

Hasta la fecha, solo las mujeres nacidas en Rossak habían manifestado los

poderes mentales que habían hecho famosas a las hechiceras. Nunca habían

considerado a ninguna extraplanetaria digna de unirse a ellas. Y sin embargo

Raquella había recibido una fuerte influencia del planeta, se había curado en el

misterioso cenote, y la composición química de su organismo se había alterado

incluso a nivel celular. Podía sentirlo, una metamorfosis mental que se había

producido a raíz de su exposición al retrovirus mutado.

Esperaba que Mohandas Suk encontrara algo pronto, un suero, lo que fuera, pero

que sirviera para salvar a las enfermas más graves.

Al mirar a Jimmak, vio que el joven la miraba con la misma adoración con que un

niño mira a su madre. Era una sensación curiosa. Aquel joven retrasado había hecho

tanto por ayudarla… había corrido un grave riesgo por ella.

Aquel pensamiento la entristeció. «Tengo que asegurarme de no perjudicarle con

mis actos».

Raquella vio las luces de aterrizaje de una lanzadera que descendía sobre la

extensa zona pavimentada de las copas de los árboles. Reconoció la configuración, y

el corazón se le llenó de emoción: era un transporte de la HuMed.

—Tengo que salir a recibir al doctor Suk.

Jimmak le sonrió, feliz, ajeno a la indecisión que atenazaba a Raquella.

—¿Necesita ayuda?

—No, quiero que vuelvas con los Defectuosos y les preguntes si no quieren

reconsiderar su decisión. El agua del cenote podría salvar a tantas…

La expresión alarmada de Jimmak fue como si le clavaran un cuchillo en el

corazón.

—¡No lo harán!

Ella le oprimió el hombro, en un gesto de compasión.

—Por favor, inténtalo. Por mí. —Y, al tocarlo, con disimulo le colocó un

minúsculo localizador en la tela de su camisa ancha y sucia. Cuando Jimmak corriera

a la selva, la señal de aquel pequeño artilugio le permitiría localizar el cenote.

El joven se fue corriendo.

Con el corazón apesadumbrado, Raquella salió apresuradamente a la misteriosa

noche de Rossak, caminando sobre la bóveda de polímero esponjoso de las copas de

los árboles. Las luces de la zona de aterrizaje les conferían un intenso resplandor amarillo. Ninguno de los habitantes de Rossak salió a recibir la lanzadera; con la

epidemia todos los procedimientos habían quedado suprimidos.

Cuando la cámara presurizada de la nave cerró el ciclo y se abrió la escotilla,

apareció un hombre con un traje anticontaminación blanco y verde adornado con la

cruz púrpura de la HuMed. Por los movimientos, Raquella supo enseguida que se

trataba de Mohandas. Llevaba un contenedor sellado en las manos y, al verla, le hizo

señas, sonriendo desde detrás del panel facial del traje. A pesar de lo aparatoso del

traje, Raquella veía su expresión de entusiasmo.

—Es una nueva vacuna… promete mucho. Pero si no encontramos más de esa

agua milagrosa tuya no habrá suficiente.

Raquella apartó la mirada.

—Yo… eso podría cambiar muy pronto. —Al mirar a aquellos oscuros ojos

marrones, vio esperanza y entusiasmo. Le habría gustado besarle, volver a órbita y

pasar un día abrazada a él, sintiéndolo junto a ella en su camarote del Recovery. Pero

eso no sería posible. No hasta que la epidemia acabara.

—Quizá no sea lo bastante pronto. Raquella, debemos probarlo todo. Me he

puesto en contacto con la hechicera suprema y ha accedido a ayudarnos a administrar

esta vacuna de prueba.

Raquella vaciló, perpleja.

—¿Ticia ha accedido a ayudarnos?

—Quiere administrar la vacuna personalmente. —Mohandas hablaba con

autoridad—. Supongo que es por cuestiones políticas. No quiere perder

protagonismo.

A Raquella no le sorprendía. Cogió el contenedor con los viales.

—Te avisaré si funciona.

—Hay suficientes para una docena de pacientes —dijo él—. Pero estoy listo para

lanzarme a la producción a gran escala en el laboratorio de la nave. No podemos

esperar…

Ticia Cenva salió en ese momento de la entrada a las cuevas y avanzó sobre la

bóveda de la selva, acompañada por tres hechiceras con túnicas negras.

—Yo llevaré eso. Aquí soy yo quien manda.

Raquella no quería contrariar a aquella mujer explosiva.

—La ayudaré a administrar las vacunas. Puede que esta sea nuestra mejor

oportunidad. —«Hasta que encuentre el cenote y sus aguas curativas».

—No necesitamos tu ayuda. —Un destello de hostilidad apenas disimulada

apareció en los ojos de Ticia.

—Eso me dice desde hace semanas. —Raquella trató de evitar que su voz

delatara su nerviosismo—. Pero ya vio los síntomas… mi caso solo podía tener un

desenlace fatal. Estaba en la fase final de la enfermedad, una fase de la que nadie ha regresado. Soy la única.

—Quizá su recuperación sea solo temporal. —La mujer alta y pálida cogió los

viales y saludó a Mohandas, que estaba ante su lanzadera, con un gesto escueto de la

cabeza—. Si este suero funciona, espero que abandonarán Rossak lo antes posible.

Ticia y las otras mujeres volvieron hacia la entrada. Raquella suspiró, pero seguía

teniendo esperanza. Si otra cosa no, sin saberlo Jimmak pronto les llevaría hasta el

cenote.