La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 70 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 69

 

De El’hiim se dice que ni quiere a su padre ni a su padrastro, y que es desleal con su gente.

Comentario hecho por un anciano

zensuní llegado a través de terceros

 

Era su última oportunidad de salvar al hombre al que había criado como un hijo. Le

había pedido, prácticamente le había suplicado que lo acompañara en una

peregrinación a lo más profundo del desierto, el Tanzerouft.

—En una ocasión, hace mucho tiempo, te salvé de los escorpiones —dijo

finalmente Ishmael, detestándose por tener que recurrir a una antigua deuda.

El’hiim pareció molesto por el recuerdo.

—Era un alocado, no tomé precauciones, y tú estuviste a punto de morir por las

picaduras.

—Estarás a salvo conmigo. Cuando un hombre sabe vivir con el desierto, no debe

temer lo que este tiene que ofrecerle.

Finalmente, el hombre más joven capituló.

—Recuerdo las veces que has venido conmigo a otros poblados y a Arrakis City,

aunque sé lo mucho que te desagradan esos lugares. Yo puedo hacer el mismo

sacrificio por mi padrastro. Hace mucho tiempo que no vivo en carne propia la vida

dura y simple de los forajidos que seguían a Selim Montagusanos.

A sus compañeros les dio la impresión de que El’hiim solo le estaba tomando el

pelo al anciano. Sus seguidores, rebosantes de líquidos, con sus extrañas y coloridas

ropas, hicieron chistes y le desearon a El’hiim que se divirtiera.

Pero Ishmael notó la incertidumbre y hasta un destello de miedo en los ojos del

naib. «Eso es bueno».

Hacía décadas que El’hiim había olvidado cómo respetar al desierto. Por muchos

lujos que los zensuníes compraran a los mercaderes extraplanetarios, allí Shai-Hulud

seguía siendo el soberano indiscutible. El Viejo Hombre del Desierto tenía poca

paciencia con aquellos que se burlaban de las leyes religiosas.

El’hiim dejó instrucciones a sus lugartenientes. Su salida con Ishmael se

prolongaría varios días, durante los cuales los zensuníes del poblado seguirían

proporcionando especia a los mercaderes de VenKee o a los extraplanetarios que

ofrecieran el mejor precio. Aunque parecía muy vieja, Chamal seguía dirigiendo a la

mayoría de las mujeres del poblado de cuevas y se encargaría de que todos cumplían

con sus tareas. Besó la mejilla seca y curtida de su padre.

Ishmael no dijo nada, y se limitó a mirar con aire anhelante a la vasta y serena

extensión de dunas. Los dos hombres partieron. Cuando bajo la luz de la luna llegaron abajo, a la extensión de arenas abiertas, se volvió hacia su hijastro.

—Llama a un gusano, El’hiim.

El naib vaciló.

—No quisiera quitarte ese honor, Ishmael.

—¿Eres incapaz de hacer lo que convirtió en leyenda a tu padre? ¿El hijo de

Selim Montagusanos tiene miedo de llamar a Shai-Hulud?

El’hiim dejó escapar un suspiro de impaciencia.

—Sabes que eso no es verdad. He llamado a muchos gusanos.

—De eso hace mucho tiempo. Hazlo ahora. Es un paso necesario en nuestro viaje.

Ishmael observó cómo El’hiim clavaba el tambor con un extremo en punta y lo

golpeaba con su martillo rítmico. Estudió cada uno de sus movimientos, cómo sacaba

las herramientas y se preparaba para enfrentarse al monstruo. Sus acciones eran

rápidas pero bruscas, se notaba que estaba nervioso. Ishmael no le criticó, sino que se

preparó para ayudarle si algo iba mal.

Incluso para un maestro, convocar a un gusano entrañaba peligro, y El’hiim casi

había olvidado cómo vivir con peligro. Su viaje le recordaría eso y muchas otras

cosas.

Cuando la bestia sinuosa llegó, lo hizo acompañada del siseo furioso de la arena y

un olor intenso y fuerte.

—¡Es muy grande, Ishmael! —El entusiasmo y la reverencia de su voz casi

ahogaron su miedo. Bien.

El gusano se levantó sobre la arena y El’hiim corrió hacia delante, totalmente

concentrado. Ishmael también arrojó sus ganchos y sus cuerdas, y trepó, ayudando al

naib en la captura. Este no pareció darse cuenta de hasta qué punto era Ishmael el que

lo hizo todo, e Ishmael tampoco lo dijo.

Entusiasmado, El’hiim se instaló sobre el lomo del gusano y miró al anciano, que

se había sentado a su lado.

—¿Adónde vamos? —Parecía estar recordando sus días de juventud. Por fin.

Con sus largos cabellos grises flotando a su espalda, Ishmael señaló hacia el

horizonte llano y oscuro.

—A lo más hondo del desierto, donde podamos estar solos y a salvo.

El gusano se deslizó sobre las dunas, comiendo terreno mientras pasaba la noche.

En un primer momento, Selim Montagusanos había llevado a su banda de forajidos a

las zonas más desoladoras del desierto para ocultarse, y Marha los había llevado más

lejos aún. Pero desde la muerte del Montagusanos, la mayoría de sus seguidores

habían perdido sus objetivos, tentados por las comodidades y la vida fácil. Los

asentamientos que antaño estuvieron aislados volvían a acercarse a las ciudades

dispersas.

Después de haber sacrificado su vida para que su leyenda se recordara eternamente, Selim se habría sentido muy decepcionado de haber sabido que su

influencia había decaído tanto en una sola generación. Ishmael, como primer naib

después del legendario fundador, había hecho lo posible por continuar con la misión

de Selim, pero cuando pasó el mando al hijo de Selim, sintió que todo lo que habían

logrado se escurría entre sus dedos callosos.

Los dos hombres cabalgaron a lomos del poderoso gusano hasta el amanecer,

luego cogieron sus mochilas y se apearon cerca de un grupo de rocas donde podrían

resguardarse durante el día. Mientras corría para encontrar un lugar donde estirar sus

esterillas para dormir y levantar la lona reflectante, El’hiim miró con cierta inquietud

a aquel entorno tan austero.

Cuando estaba sentado con su padrastro bajo el calor del sol cada vez más

intenso, El’hiim meneó la cabeza.

—Si antes vivíamos sin más comodidades que estas, anciano Ishmael, entonces

nuestra gente ha progresado mucho. —Estiró el brazo para tocar la roca dura y

áspera.

Ishmael le miró, con sus agudos ojos de azul sobre azul.

—No creo que entiendas realmente hasta qué punto ha cambiado Arrakis en estos

años, sobre todo en las dos pasadas décadas, desde que el Gran Patriarca abrió

nuestro planeta a las hordas de buscadores de especia. Por toda la Liga, la gente

consume melange, nuestra melange, en grandes cantidades, con la esperanza de que

les proteja de la enfermedad y les ayude a conservarse jóvenes. —Profirió un sonido

disgustado.

—Pero no debes cerrar los ojos a los beneficios que eso nos ha reportado —

señaló El’hiim—. Ahora tenemos comida. Nuestra gente vive más. Los

medicamentos de la Liga han curado numerosas enfermedades que se llevaban

innecesariamente a los nuestros… como mi madre.

Ishmael sintió una punzada al recordar a Marha.

—Tu madre tomó su decisión, la única decisión honorable.

—¡E innecesaria! —El’hiim lo miró furioso—. ¡Está muerta por tu obstinación!

—Está muerta porque le había llegado la hora. Su enfermedad era incurable.

El hombre más joven arrojó una piedra lleno de rabia.

—Los primitivos métodos zensuníes y las supersticiones no podían salvarla, pero

seguro que cualquier médico decente de Arrakis City habría podido hacer algo. Hay

tratamientos, medicamentos llegados de Rossak y otros sitios. ¡Al menos habría

tenido una oportunidad!

—¡Marha no quería esa clase de oportunidad! —dijo Ishmael alterado. Él también

había sentido una pena enorme al ver que su esposa se moría, pero Marha había

dedicado su vida a la filosofía y los objetivos de Selim Montagusanos—. Habría sido

una forma de traicionarla.

Durante largo rato, El’hiim permaneció en silencio, cavilando.

—Esas creencias son solo una parte de la gran muralla que nos separa, Ishmael.

No había necesidad de que muriera, pero su orgullo y tu insistencia en respetar las

costumbres la mataron tan seguro como su enfermedad.

Ishmael suavizó el tono.

—La añoro tanto como tú. Si la hubiéramos llevado a Arrakis City tal vez habría

vivido unos años más conectada a alguna máquina. Pero si Marha hubiera vendido su

alma por un poco de comodidad, no sería la mujer a la que yo amaba.

—Pero seguiría siendo mi madre —dijo El’hiim—. A mi padre ni siquiera le

conocí.

Ishmael frunció el ceño.

—Pero has escuchado muchas historias sobre él. Deberías conocerlo tan bien

como si te hubieras pasado la vida a su lado.

—Eso son solo leyendas, historias que lo convierten en héroe o en profeta, o

incluso en un dios. Yo no me creo esas tonterías.

Ishmael arrugó la frente.

—Tendrías que ser capaz de reconocer una verdad cuando la oyes.

—¿Verdad? Descubrir la verdad es más difícil que cribar el polvo de melange de

la arena.

Durante un buen rato estuvieron sentados en silencio, y entonces, en un gesto de

tregua, Ishmael volvió a contar la historia de su vida en Poritrin. Se apartó del

grandioso mito del Montagusanos, y habló solo de cosas que podía decir con total

seguridad que eran ciertas.

Durante varios días, convivieron relativamente bien. Era evidente que a El’hiim

no le gustaba la dureza del entorno, pero se esforzaba. E Ishmael valoraba su

esfuerzo. Le recordó a su hijastro tiempos pasados y costumbres que El’hiim había

dejado de seguir hacía ya mucho. Cómo encontrar comida y líquido, cómo construir

un refugio, cómo predecir el tiempo por el olor del aire y el viento. Le habló de

diferentes tipos de arena y polvo, de cómo se movían y cambiaban.

Aunque El’hiim sabía aquellas cosas desde siempre, parecía escuchar.

—Te olvidas de la técnica de supervivencia más importante —dijo el naib—. Sé

cauto y no te permitas llegar a una situación tan apurada.

Durante aquellos pocos días, Ishmael volvió a sentirse joven. El desierto era

silencioso, y no vio por ningún lado la tara de los buscadores entrometidos. Cuando

finalmente decidieron regresar a uno de los poblados de las rocas, el anciano se sentía

como si hubiera un nuevo vínculo entre ellos.

Cogieron otro gusano, y se dirigieron a la vertiente sur de la Muralla Escudo,

donde había otro asentamiento de los antiguos forajidos. Allí vivían algunos

miembros de la extensa familia de Chamal, junto con los descendientes de los refugiados llegados de Poritrin. El’hiim también tenía amigos allí, aunque

normalmente utilizaba medios de transporte más normales para llegar. Los dos

hombres dejaron el gusano para avanzar por la arena e ir siguiendo la muralla de roca

a pie, acompañados por las largas sombras del atardecer.

Sin embargo, cuando se acercaban al campamento de cuevas, El’hiim e Ishmael

notaron el olor a humo y a cuerpos quemados. Con una creciente sensación de

urgencia, Ishmael corrió por el terreno rocoso, entre los restos aún humeantes de lo

que habían sido casas y posesiones. El’hiim le siguió horrorizado. Cuando entraron

en las cuevas donde antes vivían pacíficos zensuníes, los dos se quedaron mirando,

mareados.

Ishmael oía los gemidos de los supervivientes, y encontró a algunos niños y unas

pocas ancianas llorando junto a los cadáveres de los ancianos. Se habían llevado a

todos los jóvenes sanos, hombres y mujeres.

—Esclavistas —dijo Ishmael escupiendo la palabra—. Sabían exactamente dónde

encontrar el asentamiento.

—Vinieron con muchas armas —dijo una mujer acuclillada sobre el cuerpo

desmembrado de su marido—. Les conocíamos. Y hasta reconocimos a algunos.

Ellos…

Ishmael se dio la vuelta, porque notó que la bilis le subía a la garganta. El’hiim,

mareado ante tanto horror, fue dando tumbos por las diferentes cámaras, y encontró a

algunos niños que habían sobrevivido al ataque. Cuando Ishmael los vio, pensó en

Harmonthep, cuando él mismo era niño.

Su respiración era agitada, pero no encontró ningún insulto lo bastante fuerte para

expresar lo que sentía. El’hiim volvió, pestañeando, con una extraña expresión en el

rostro. Había cogido un trozo de tela en el que aparecía un intrincado dibujo de

colores.

—Los esclavistas se han llevado a sus heridos y sus muertos, pero se dejaron esto.

Está hecho en Zanbar, sin duda, este diseño es típico de allí.

Ishmael entrecerró los ojos frente al viento caliente.

—¿Y sabes eso solo con mirar ese trozo sucio de tela?

—Hay que saber mirar. —El’hiim frunció el ceño—. En Arrakis City algunos

vendedores tienen diseños parecidos, pero este viene de Zanbar. —Agitó la tela—.

Sin ninguna duda. Nadie puede conseguir este color exacto. Rojo Zanbar. Y ahí fuera

he visto las marcas que dejó la nave atacante. La configuración es muy parecida a la

de los nuevos vehículos aéreos de Zanbar. Los buscadores las han importado.

Ishmael se preguntó si el naib no estaría tratando de demostrar su sabiduría.

—¿Y de qué nos sirve saber eso? ¿Vamos a atacar Zanbar?

El’hiim meneó la cabeza.

—No, pero significa que sé exactamente quién ha hecho esto y dónde suelen plantar su campamento.