La batalla de Corrin
Capítulo 35
A los humanos que inventaron las máquinas pensantes no se les ocurrió que podían convertirse en armas implacables que se volverían contra nosotros. Y, sin embargo, es exactamente lo que ha pasado. El genio mecánico ha escapado de la botella.
FAYKAN BUTLER, mitin político
Durante la sesión de emergencia del Consejo de la Yihad que se convocó para buscar
una estrategia, Quentin Butler notó que el pánico iba en aumento. Lo veía en las
expresiones exangües de los líderes políticos, en el rostro pálido del Gran Patriarca,
en la expresión perpleja del virrey interino. Fueron tantos los miembros del Consejo
que asistieron, además de expertos e invitados del Parlamento, que tuvieron que
reunirse en la sala de audiencias en lugar de la sala habitual. El Consejo sabía que no
podría mantener aquella noticia tan terrible en secreto por mucho tiempo.
—La plaga no ha sido suficiente —dijo Quentin en voz alta en medio del silencio
—. Ahora Omnius quiere asegurar nuestra extinción definitiva.
Desde el momento en que los primeros miembros del Consejo vieron en imágenes
la imponente flota de exterminio de Omnius, supieron que la Liga no podría
defenderse.
—Dios, esto llega en el peor momento posible —dijo finalmente el Gran
Patriarca. Su collar de mando parecía pesarle—. Un desastre detrás de otro. Más de la
mitad de nuestra gente ha muerto o morirá a causa del virus. Las sociedades y los
gobiernos están en ruinas, hay refugiados por todas partes, y no tenemos forma de
satisfacer sus necesidades… y ahora esta flota que se prepara para partir desde
Corrin. ¿Qué vamos a hacer?
Quentin y Faykan se movieron inquietos en sus asientos. La misión del Gran
Patriarca era inspirar a otros, no lloriquear y quejarse.
Una vez más, ante una audiencia mucho mayor, pasaron las imágenes que habían
recogido en Corrin hacía solo unos días. Especialistas de la Yihad en táctica militar y
mercenarios de Ginaz se apresuraron a hacer sus análisis, pero la conclusión era
evidente. Omnius pretendía lanzar una ofensiva abrumadora contra una humanidad
debilitada. Las transmisiones interceptadas dejaban muy claro cuál era el objetivo de
las máquinas: Salusa Secundus. Los políticos no tenían palabras para expresar su
desesperación.
Detrás del podio, una proyección holográfica mostraba iluminados los planetas
donde las fuerzas militares de la Liga seguían siendo operativas, mientras que las
zonas sin iluminar señalaban sistemas que aún seguían bajo una estricta cuarentena.
Había muchísimas bajas en el ejército, y no se había producido ninguna ofensiva
coordinada contra Omnius desde la conquista de Honru. Y aunque tenían gran cantidad de naves militares, no había suficientes soldados sanos para llenarlas. Los
yihadíes que aún podían trabajar, estaban repartidos en labores de cuarentena y de
ayuda.
—Quizá tendríamos que hablar con el pensador Vidad… y decidir los términos de
un nuevo cese de actividades —propuso el representante de Hagal.
El contenedor cerebral de Vidad descansaba en un pedestal especial a un lado de
la mesa del Consejo, asistido por dos subordinados, un anciano llamado Keats y una
nueva incorporación, Rodane. Keats habló con voz susurrante.
—El pensador no ha salido de Zimia desde hace años, pero con mucho gusto
volverá a Hessra para consultar con sus compañeros pensadores.
El Gran Patriarca Boro-Ginjo se volvió hacia el representante de Hagal con
incredulidad.
—¿Está sugiriendo que nos rindamos ante Omnius?
—¿Tiene alguien una idea mejor para que podamos sobrevivir?
—No hay tiempo para eso —dijo Faykan Butler agitado—. ¡Miren esas
imágenes! ¡Omnius está preparado para lanzar su flota!
Mientras el electrolíquido emitía un resplandor azulado que indicaba actividad
mental, los pensamientos del pensador salieron en forma de palabras a través de su
simulador de voz.
—Entonces recomiendo la evacuación de Salusa Secundus. Las fuerzas
mecánicas no pueden llegar antes de un mes. Dejad el planeta vacío y cuando lleguen
las máquinas Omnius no tendrá su victoria.
—¡Estamos hablando de cien mil millones de personas! —dijo el virrey interino
con voz quejumbrosa.
Un representante de los mercenarios de Ginaz carraspeó audiblemente.
—Gracias a la epidemia, contamos con gran cantidad de planetas vacíos a los que
enviar a los refugiados.
—¡Inaceptable! —gritó Quentin; no daba crédito a sus oídos—. No podemos
limitarnos a escondernos. Incluso si conseguimos escapar a tiempo de Salusa, nada
impide que Omnius destruya los planetas de la Liga uno tras otro. Si evacuamos, la
capital la Liga habrá muerto. —Juntó las manos, como si quisiera estrangular algo,
pero obligó a su bello rostro a adoptar una expresión de calma—. Si alguna vez ha
habido un momento para una acción desesperada y decisiva es ahora.
Todos los ojos se volvieron hacia el comandante supremo Vorian Atreides, que
permanecía sentado con rigidez a un lado del podio. A pesar de su aspecto juvenil,
parecía profundamente apenado por la pérdida de su mujer. Sin embargo, se puso
derecho y de alguna forma recuperó la compostura.
—Los destruiremos —dijo con una voz dura como el acero—. No podemos hacer
otra cosa.
Algunos miembros del Consejo gimieron, y el virrey interino dejó escapar una
risa casi histérica.
—¡Oh, estupendo! ¡Así de sencillo! ¡Solo tenemos que destruir a las máquinas
pensantes! ¿Cómo no se nos había ocurrido?
El comandante supremo se levantó sin siquiera pestañear. Quentin sintió pena por
él, consciente de lo que él mismo sentía por Wandra. Sí, Leronica había muerto. Pero
esperaba que Vor se consolara con la seguridad de que había tenido una vida larga y
satisfactoria, arropada por el amor de su familia… y eso era algo muy raro en los
tiempos que corrían. Tras un siglo de Yihad y el paso destructivo de la epidemia,
todos tenían más dolor y más fantasmas de los que podían soportar.
Vor buscó apoyo en su ira, necesitaba hacer daño, destruir algo para poder aliviar
el dolor de su corazón. Su uniforme, normalmente limpio y perfecto, se veía arrugado
y manchado. Quentin era muy estricto con esas cosas, y no veía con buenos ojos que
los oficiales descuidaran su disciplina personal, pero esta vez no le importó.
—De una forma o de otra, esta será nuestra última batalla. —Vorian fue hasta el
podio y esperó durante un instante tortuosamente largo. Trató de ordenar sus
pensamientos, de equilibrar la ira y el dolor, en medio de un silencio abrumador—.
Después de ver estas imágenes, ¿alguien duda que se trata del conjunto de las fuerzas
militares mecánicas? En los dos últimos días, hemos enviado once naves
exploradoras adaptadas para plegar el espacio a Planetas Sincronizados elegidos al
azar, y sus informes confirman esta conclusión. —Dos naves habían desaparecido,
seguramente a causa de errores de navegación, pero la información que habían
reunido las otras era crucial—. Sabemos que todas las flotas defensivas han sido
convocadas desde sus diferentes planetas. Todas. Omnius ha reunido a todas sus
fuerzas en Corrin para dar el golpe final.
El Gran Patriarca asintió con aire sombrío.
—Con una flota de exterminio como esa lo que pretenden es que nos echemos a
temblar.
—Lo que pretenden es exterminarnos. —Vor sonrió y habló con expresión más
enérgica—. Pero Omnius no sabe que su táctica puede ser su punto débil… si
sabemos aprovecharla.
—¿De qué está hablando? —dijo el virrey interino O'Kukovich.
En lugar de contestarle, Vor miró directamente a Quentin. Sus ojos grises eran
como fragmentos de cristal roto.
—¿No lo ven? Para consolidar sus fuerzas para este ataque masivo, Omnius ha
dejado totalmente desprotegido todo lo demás.
Mientras las máquinas avanzan contra nosotros con sus pesadas naves de guerra,
el ejército de la Yihad puede atacar los otros Planetas Sincronizados, porque no
podrán defenderse.
—¿Y cómo vamos a hacer eso? —gritó el Gran Patriarca con voz chillona e
infantil.
—Debemos hacer algo que no esperen. —Vor cruzó los brazos sobre el pecho—.
Es la única forma de que ganemos.
Quentin levantó la voz por encima del murmullo general, tratando de acallar a los
miembros del Consejo. Sabía que Vor tenía un plan, y quizá sería el único al que
podrían agarrarse.
—Explíquenos cómo, comandante supremo. ¿Qué armas podemos usar contra las
máquinas?
—Atómicas. —Vor paseó la mirada por su audiencia perpleja—. Una cantidad
abrumadora de ojivas nucleares enriquecidas con impulsos. Podemos convertir cada
Planeta Sincronizado en un pozo radiactivo, igual que hicimos con la Tierra hace
noventa y dos años. Si tenemos el suficiente valor para volver a utilizar la energía
atómica, podremos erradicar la presencia de Omnius. Destruiremos todas las
encarnaciones de la supermente, igual que él pretende destruirnos a nosotros.
—¡Pero no hay tiempo! —Xander Boro-Ginjo se quejó otra vez, buscando apoyo
entre los otros miembros del Consejo—. Seguramente, el ataque de las máquinas es
inminente. Hemos visto las imágenes.
—Por el momento, la flota de exterminación sigue en Corrin, ultimando los
preparativos. Es posible que dispongamos de unas semanas antes de que partan hacia
aquí. E incluso cuando lo hagan, pasarán un mes en tránsito… como ya ha señalado
el pensador —dijo Vor esperando.
De pronto Quentin miró a Faykan. Los dos habían empezado a entender lo que el
comandante supremo quería decir.
—Omnius solo dispone de naves que utilizan el sistema de viaje estándar.
—En cambio nosotros contamos con otras opciones —dijo Vor con voz neutra—.
Con un mes tenemos tiempo para destruir todos los Planetas Sincronizados… siempre
que utilicemos naves que plieguen el espacio. Podemos repetir nuestra victoria en la
Tierra con cada uno de esos mundos, multiplicando el éxito una y otra vez. Eliminar
una a una todas las supermentes, sin piedad, sin vacilar.
Quentin contuvo la respiración, considerando las implicaciones de aquello en su
cabeza.
—Pero las naves que pliegan el espacio no son seguras. Las estadísticas de
VenKee indican una tasa de pérdidas hasta del diez por ciento. Cada vez que nuestra
flota viaje a un Planeta Sincronizado, perderemos naves. Omnius tiene cientos de
plazas fuertes. ¡El desgaste será… terrible!
Vor no se inmutó.
—Es preferible eso a la extinción total. Mientras la flota de Corrin siga con su
avance inexorable y lento hacia Salusa, nosotros los rodearemos y atacaremos cada Planeta Sincronizado, uno a uno, los destruiremos todos, y luego viajaremos a su
mundo principal. Cuando lleguemos a Corrin, la flota de asalto estará demasiado
lejos para responder a nuestro ataque.
Xander Boro-Ginjo le interrumpió.
—¿Y qué pasa con los cautivos humanos que están en los Planetas
Sincronizados? ¿No tendríamos que salvarlos de su esclavitud? Morirán todos si
lanzamos un holocausto nuclear sobre ellos.
—Al menos morirán libres.
—Vaya, seguro que eso les consuela —refunfuñó O'Kukovich, pero vio que en la
cámara las opiniones habían girado a favor de Vor, así que calló. Los miembros del
Consejo parecían horrorizados, pero también esperanzados. Al menos ahora tenían un
plan que dejaba lugar a la esperanza.
—Morirán muchos más si no actuamos con contundencia. —La determinación y
seguridad de Vor asustaba—. Y hagamos lo que hagamos, Salusa Secundus será
destruida. No tenemos ninguna alternativa mejor.
—Pero ¿qué pasa con Salusa? ¿La vamos a abandonar sin más? —La voz del
virrey interino tenía un desagradable tonillo llorón.
—Quizá Salusa Secundus sea el precio que hemos de pagar para acabar con esta
Yihad para siempre. —Miró con el ceño fruncido al contenedor donde se conservaba
el cerebro de Vidad—. El pensador tiene razón: tenemos que evacuar el planeta.
A Quentin el estómago le dio un vuelco, pero trató de ser objetivo. Tal vez
funcionaría. Era una apuesta muy arriesgada, pero hicieran lo que hiciesen dejaría
profundas cicatrices en el alma de la humanidad.
—Incluso si la flota mecánica destruye Salusa, no habrá ninguna supermente que
los organice una vez que hayan completado el programa. No tendrán una guía, ni
iniciativa. En teoría será fácil eliminarlos.
—Serán lo único que quedará del Imperio Sincronizado —apuntó Faykan.
Al igual que Vorian Atreides, ahora Quentin estaba dispuesto a llegar a donde
hiciera falta para poner fin al conflicto o morir en el intento. Incluso el reciente y
milagroso regreso de su nieta Rayna le recordaba a sus padres, que habían muerto en
Parmentier, a los millones de seres humanos que Omnius había destruido.
—Estoy de acuerdo con el comandante supremo. Es nuestra única posibilidad; no
debemos desaprovechar la oportunidad de asegurar nuestra supervivencia. Mis
soldados se ofrecen voluntarios para viajar en las naves que pliegan el espacio a pesar
del riesgo… aunque muchos han muerto por la epidemia y no sé si podré reunir
suficientes. Pensad en todos los bombarderos kindjal que necesitarán pilotos.
El Gran Patriarca frunció los labios.
—Estoy seguro de que podremos encontrar todos los martiristas que hagan falta
para llenar las filas. Han estado pidiendo a gritos la oportunidad de sacrificarse en la lucha contra las máquinas. —Así matarían dos pájaros de un tiro.
—Por el momento, podrían pilotar naves de reconocimiento —propuso Faykan—.
Es arriesgado, pero necesitamos informes regulares sobre Corrin. No tenemos otra
forma de saber cuándo se ponen en marcha. Porque, en cuanto salgan, el reloj
empieza a correr.
Quentin pensó, haciendo cálculos mentalmente.
—Por las naves de actualización que hemos apresado, sabemos que hay
quinientos cuarenta y tres Planetas Sincronizados. Tendremos que enviar un
contingente lo bastante importante a cada uno de ellos si queremos asegurar la
victoria. El hecho de que hayan enviado su flota a Corrin no significa que no tengan
con qué defenderse.
—Necesitamos miles de naves con una mínima tripulación y bombarderos
totalmente equipados para desplegar las bombas atómicas de impulsos —dijo Faykan.
La sola idea le dejaba sin respiración—. Habrá un salto detrás de otro, y en cada
ocasión podríamos perder hasta un diez por ciento de nuestras fuerzas. —Tragó con
dificultad.
—No tiene sentido esperar. Deberíamos enviar lo que tenemos inmediatamente y
empezar con esta Gran Purga. —Vor alzó el mentón—. Entretanto, necesitamos todos
los recursos de la Liga para fabricar ojivas nucleares. Disponemos de material
almacenado, pero necesitaremos más bombas atómicas de impulsos de las que hemos
fabricado nunca… y las necesitamos ya. También tenemos que instalar motores para
plegar el espacio en todas nuestras naves o activar los que ya estén instalados. Para
nuestras primeras misiones tendremos que utilizar las primeras naves funcionales que
hubo, las que Xavier y yo encargamos en Kolhar hace sesenta años.
Al fondo de la sala, los dos subordinados con túnica azafrán se pusieron en pie
enseguida y levantaron el contenedor cerebral de Vidad.
—El pensador está muy preocupado —dijo el anciano Keats—. Volverá a Hessra
para discutir este giro de los acontecimientos con sus compañeros pensadores de la
Torre de Marfil.
—Debatid todo lo que queráis —dijo Vor con tono de desprecio—. Para cuando
terminéis todo esto ya habrá acabado.