La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 36 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 35

 

A los humanos que inventaron las máquinas pensantes no se les ocurrió que podían convertirse en armas implacables que se volverían contra nosotros. Y, sin embargo, es exactamente lo que ha pasado. El genio mecánico ha escapado de la botella.

FAYKAN BUTLER, mitin político

 

Durante la sesión de emergencia del Consejo de la Yihad que se convocó para buscar

una estrategia, Quentin Butler notó que el pánico iba en aumento. Lo veía en las

expresiones exangües de los líderes políticos, en el rostro pálido del Gran Patriarca,

en la expresión perpleja del virrey interino. Fueron tantos los miembros del Consejo

que asistieron, además de expertos e invitados del Parlamento, que tuvieron que

reunirse en la sala de audiencias en lugar de la sala habitual. El Consejo sabía que no

podría mantener aquella noticia tan terrible en secreto por mucho tiempo.

—La plaga no ha sido suficiente —dijo Quentin en voz alta en medio del silencio

—. Ahora Omnius quiere asegurar nuestra extinción definitiva.

Desde el momento en que los primeros miembros del Consejo vieron en imágenes

la imponente flota de exterminio de Omnius, supieron que la Liga no podría

defenderse.

—Dios, esto llega en el peor momento posible —dijo finalmente el Gran

Patriarca. Su collar de mando parecía pesarle—. Un desastre detrás de otro. Más de la

mitad de nuestra gente ha muerto o morirá a causa del virus. Las sociedades y los

gobiernos están en ruinas, hay refugiados por todas partes, y no tenemos forma de

satisfacer sus necesidades… y ahora esta flota que se prepara para partir desde

Corrin. ¿Qué vamos a hacer?

Quentin y Faykan se movieron inquietos en sus asientos. La misión del Gran

Patriarca era inspirar a otros, no lloriquear y quejarse.

Una vez más, ante una audiencia mucho mayor, pasaron las imágenes que habían

recogido en Corrin hacía solo unos días. Especialistas de la Yihad en táctica militar y

mercenarios de Ginaz se apresuraron a hacer sus análisis, pero la conclusión era

evidente. Omnius pretendía lanzar una ofensiva abrumadora contra una humanidad

debilitada. Las transmisiones interceptadas dejaban muy claro cuál era el objetivo de

las máquinas: Salusa Secundus. Los políticos no tenían palabras para expresar su

desesperación.

Detrás del podio, una proyección holográfica mostraba iluminados los planetas

donde las fuerzas militares de la Liga seguían siendo operativas, mientras que las

zonas sin iluminar señalaban sistemas que aún seguían bajo una estricta cuarentena.

Había muchísimas bajas en el ejército, y no se había producido ninguna ofensiva

coordinada contra Omnius desde la conquista de Honru. Y aunque tenían gran cantidad de naves militares, no había suficientes soldados sanos para llenarlas. Los

yihadíes que aún podían trabajar, estaban repartidos en labores de cuarentena y de

ayuda.

—Quizá tendríamos que hablar con el pensador Vidad… y decidir los términos de

un nuevo cese de actividades —propuso el representante de Hagal.

El contenedor cerebral de Vidad descansaba en un pedestal especial a un lado de

la mesa del Consejo, asistido por dos subordinados, un anciano llamado Keats y una

nueva incorporación, Rodane. Keats habló con voz susurrante.

—El pensador no ha salido de Zimia desde hace años, pero con mucho gusto

volverá a Hessra para consultar con sus compañeros pensadores.

El Gran Patriarca Boro-Ginjo se volvió hacia el representante de Hagal con

incredulidad.

—¿Está sugiriendo que nos rindamos ante Omnius?

—¿Tiene alguien una idea mejor para que podamos sobrevivir?

—No hay tiempo para eso —dijo Faykan Butler agitado—. ¡Miren esas

imágenes! ¡Omnius está preparado para lanzar su flota!

Mientras el electrolíquido emitía un resplandor azulado que indicaba actividad

mental, los pensamientos del pensador salieron en forma de palabras a través de su

simulador de voz.

—Entonces recomiendo la evacuación de Salusa Secundus. Las fuerzas

mecánicas no pueden llegar antes de un mes. Dejad el planeta vacío y cuando lleguen

las máquinas Omnius no tendrá su victoria.

—¡Estamos hablando de cien mil millones de personas! —dijo el virrey interino

con voz quejumbrosa.

Un representante de los mercenarios de Ginaz carraspeó audiblemente.

—Gracias a la epidemia, contamos con gran cantidad de planetas vacíos a los que

enviar a los refugiados.

—¡Inaceptable! —gritó Quentin; no daba crédito a sus oídos—. No podemos

limitarnos a escondernos. Incluso si conseguimos escapar a tiempo de Salusa, nada

impide que Omnius destruya los planetas de la Liga uno tras otro. Si evacuamos, la

capital la Liga habrá muerto. —Juntó las manos, como si quisiera estrangular algo,

pero obligó a su bello rostro a adoptar una expresión de calma—. Si alguna vez ha

habido un momento para una acción desesperada y decisiva es ahora.

Todos los ojos se volvieron hacia el comandante supremo Vorian Atreides, que

permanecía sentado con rigidez a un lado del podio. A pesar de su aspecto juvenil,

parecía profundamente apenado por la pérdida de su mujer. Sin embargo, se puso

derecho y de alguna forma recuperó la compostura.

—Los destruiremos —dijo con una voz dura como el acero—. No podemos hacer

otra cosa.

Algunos miembros del Consejo gimieron, y el virrey interino dejó escapar una

risa casi histérica.

—¡Oh, estupendo! ¡Así de sencillo! ¡Solo tenemos que destruir a las máquinas

pensantes! ¿Cómo no se nos había ocurrido?

El comandante supremo se levantó sin siquiera pestañear. Quentin sintió pena por

él, consciente de lo que él mismo sentía por Wandra. Sí, Leronica había muerto. Pero

esperaba que Vor se consolara con la seguridad de que había tenido una vida larga y

satisfactoria, arropada por el amor de su familia… y eso era algo muy raro en los

tiempos que corrían. Tras un siglo de Yihad y el paso destructivo de la epidemia,

todos tenían más dolor y más fantasmas de los que podían soportar.

Vor buscó apoyo en su ira, necesitaba hacer daño, destruir algo para poder aliviar

el dolor de su corazón. Su uniforme, normalmente limpio y perfecto, se veía arrugado

y manchado. Quentin era muy estricto con esas cosas, y no veía con buenos ojos que

los oficiales descuidaran su disciplina personal, pero esta vez no le importó.

—De una forma o de otra, esta será nuestra última batalla. —Vorian fue hasta el

podio y esperó durante un instante tortuosamente largo. Trató de ordenar sus

pensamientos, de equilibrar la ira y el dolor, en medio de un silencio abrumador—.

Después de ver estas imágenes, ¿alguien duda que se trata del conjunto de las fuerzas

militares mecánicas? En los dos últimos días, hemos enviado once naves

exploradoras adaptadas para plegar el espacio a Planetas Sincronizados elegidos al

azar, y sus informes confirman esta conclusión. —Dos naves habían desaparecido,

seguramente a causa de errores de navegación, pero la información que habían

reunido las otras era crucial—. Sabemos que todas las flotas defensivas han sido

convocadas desde sus diferentes planetas. Todas. Omnius ha reunido a todas sus

fuerzas en Corrin para dar el golpe final.

El Gran Patriarca asintió con aire sombrío.

—Con una flota de exterminio como esa lo que pretenden es que nos echemos a

temblar.

—Lo que pretenden es exterminarnos. —Vor sonrió y habló con expresión más

enérgica—. Pero Omnius no sabe que su táctica puede ser su punto débil… si

sabemos aprovecharla.

—¿De qué está hablando? —dijo el virrey interino O'Kukovich.

En lugar de contestarle, Vor miró directamente a Quentin. Sus ojos grises eran

como fragmentos de cristal roto.

—¿No lo ven? Para consolidar sus fuerzas para este ataque masivo, Omnius ha

dejado totalmente desprotegido todo lo demás.

Mientras las máquinas avanzan contra nosotros con sus pesadas naves de guerra,

el ejército de la Yihad puede atacar los otros Planetas Sincronizados, porque no

podrán defenderse.

—¿Y cómo vamos a hacer eso? —gritó el Gran Patriarca con voz chillona e

infantil.

—Debemos hacer algo que no esperen. —Vor cruzó los brazos sobre el pecho—.

Es la única forma de que ganemos.

Quentin levantó la voz por encima del murmullo general, tratando de acallar a los

miembros del Consejo. Sabía que Vor tenía un plan, y quizá sería el único al que

podrían agarrarse.

—Explíquenos cómo, comandante supremo. ¿Qué armas podemos usar contra las

máquinas?

—Atómicas. —Vor paseó la mirada por su audiencia perpleja—. Una cantidad

abrumadora de ojivas nucleares enriquecidas con impulsos. Podemos convertir cada

Planeta Sincronizado en un pozo radiactivo, igual que hicimos con la Tierra hace

noventa y dos años. Si tenemos el suficiente valor para volver a utilizar la energía

atómica, podremos erradicar la presencia de Omnius. Destruiremos todas las

encarnaciones de la supermente, igual que él pretende destruirnos a nosotros.

—¡Pero no hay tiempo! —Xander Boro-Ginjo se quejó otra vez, buscando apoyo

entre los otros miembros del Consejo—. Seguramente, el ataque de las máquinas es

inminente. Hemos visto las imágenes.

—Por el momento, la flota de exterminación sigue en Corrin, ultimando los

preparativos. Es posible que dispongamos de unas semanas antes de que partan hacia

aquí. E incluso cuando lo hagan, pasarán un mes en tránsito… como ya ha señalado

el pensador —dijo Vor esperando.

De pronto Quentin miró a Faykan. Los dos habían empezado a entender lo que el

comandante supremo quería decir.

—Omnius solo dispone de naves que utilizan el sistema de viaje estándar.

—En cambio nosotros contamos con otras opciones —dijo Vor con voz neutra—.

Con un mes tenemos tiempo para destruir todos los Planetas Sincronizados… siempre

que utilicemos naves que plieguen el espacio. Podemos repetir nuestra victoria en la

Tierra con cada uno de esos mundos, multiplicando el éxito una y otra vez. Eliminar

una a una todas las supermentes, sin piedad, sin vacilar.

Quentin contuvo la respiración, considerando las implicaciones de aquello en su

cabeza.

—Pero las naves que pliegan el espacio no son seguras. Las estadísticas de

VenKee indican una tasa de pérdidas hasta del diez por ciento. Cada vez que nuestra

flota viaje a un Planeta Sincronizado, perderemos naves. Omnius tiene cientos de

plazas fuertes. ¡El desgaste será… terrible!

Vor no se inmutó.

—Es preferible eso a la extinción total. Mientras la flota de Corrin siga con su

avance inexorable y lento hacia Salusa, nosotros los rodearemos y atacaremos cada Planeta Sincronizado, uno a uno, los destruiremos todos, y luego viajaremos a su

mundo principal. Cuando lleguemos a Corrin, la flota de asalto estará demasiado

lejos para responder a nuestro ataque.

Xander Boro-Ginjo le interrumpió.

—¿Y qué pasa con los cautivos humanos que están en los Planetas

Sincronizados? ¿No tendríamos que salvarlos de su esclavitud? Morirán todos si

lanzamos un holocausto nuclear sobre ellos.

—Al menos morirán libres.

—Vaya, seguro que eso les consuela —refunfuñó O'Kukovich, pero vio que en la

cámara las opiniones habían girado a favor de Vor, así que calló. Los miembros del

Consejo parecían horrorizados, pero también esperanzados. Al menos ahora tenían un

plan que dejaba lugar a la esperanza.

—Morirán muchos más si no actuamos con contundencia. —La determinación y

seguridad de Vor asustaba—. Y hagamos lo que hagamos, Salusa Secundus será

destruida. No tenemos ninguna alternativa mejor.

—Pero ¿qué pasa con Salusa? ¿La vamos a abandonar sin más? —La voz del

virrey interino tenía un desagradable tonillo llorón.

—Quizá Salusa Secundus sea el precio que hemos de pagar para acabar con esta

Yihad para siempre. —Miró con el ceño fruncido al contenedor donde se conservaba

el cerebro de Vidad—. El pensador tiene razón: tenemos que evacuar el planeta.

A Quentin el estómago le dio un vuelco, pero trató de ser objetivo. Tal vez

funcionaría. Era una apuesta muy arriesgada, pero hicieran lo que hiciesen dejaría

profundas cicatrices en el alma de la humanidad.

—Incluso si la flota mecánica destruye Salusa, no habrá ninguna supermente que

los organice una vez que hayan completado el programa. No tendrán una guía, ni

iniciativa. En teoría será fácil eliminarlos.

—Serán lo único que quedará del Imperio Sincronizado —apuntó Faykan.

Al igual que Vorian Atreides, ahora Quentin estaba dispuesto a llegar a donde

hiciera falta para poner fin al conflicto o morir en el intento. Incluso el reciente y

milagroso regreso de su nieta Rayna le recordaba a sus padres, que habían muerto en

Parmentier, a los millones de seres humanos que Omnius había destruido.

—Estoy de acuerdo con el comandante supremo. Es nuestra única posibilidad; no

debemos desaprovechar la oportunidad de asegurar nuestra supervivencia. Mis

soldados se ofrecen voluntarios para viajar en las naves que pliegan el espacio a pesar

del riesgo… aunque muchos han muerto por la epidemia y no sé si podré reunir

suficientes. Pensad en todos los bombarderos kindjal que necesitarán pilotos.

El Gran Patriarca frunció los labios.

—Estoy seguro de que podremos encontrar todos los martiristas que hagan falta

para llenar las filas. Han estado pidiendo a gritos la oportunidad de sacrificarse en la lucha contra las máquinas. —Así matarían dos pájaros de un tiro.

—Por el momento, podrían pilotar naves de reconocimiento —propuso Faykan—.

Es arriesgado, pero necesitamos informes regulares sobre Corrin. No tenemos otra

forma de saber cuándo se ponen en marcha. Porque, en cuanto salgan, el reloj

empieza a correr.

Quentin pensó, haciendo cálculos mentalmente.

—Por las naves de actualización que hemos apresado, sabemos que hay

quinientos cuarenta y tres Planetas Sincronizados. Tendremos que enviar un

contingente lo bastante importante a cada uno de ellos si queremos asegurar la

victoria. El hecho de que hayan enviado su flota a Corrin no significa que no tengan

con qué defenderse.

—Necesitamos miles de naves con una mínima tripulación y bombarderos

totalmente equipados para desplegar las bombas atómicas de impulsos —dijo Faykan.

La sola idea le dejaba sin respiración—. Habrá un salto detrás de otro, y en cada

ocasión podríamos perder hasta un diez por ciento de nuestras fuerzas. —Tragó con

dificultad.

—No tiene sentido esperar. Deberíamos enviar lo que tenemos inmediatamente y

empezar con esta Gran Purga. —Vor alzó el mentón—. Entretanto, necesitamos todos

los recursos de la Liga para fabricar ojivas nucleares. Disponemos de material

almacenado, pero necesitaremos más bombas atómicas de impulsos de las que hemos

fabricado nunca… y las necesitamos ya. También tenemos que instalar motores para

plegar el espacio en todas nuestras naves o activar los que ya estén instalados. Para

nuestras primeras misiones tendremos que utilizar las primeras naves funcionales que

hubo, las que Xavier y yo encargamos en Kolhar hace sesenta años.

Al fondo de la sala, los dos subordinados con túnica azafrán se pusieron en pie

enseguida y levantaron el contenedor cerebral de Vidad.

—El pensador está muy preocupado —dijo el anciano Keats—. Volverá a Hessra

para discutir este giro de los acontecimientos con sus compañeros pensadores de la

Torre de Marfil.

—Debatid todo lo que queráis —dijo Vor con tono de desprecio—. Para cuando

terminéis todo esto ya habrá acabado.