La batalla de Corrin
Capítulo 55
El análisis final tal vez demostrará que yo maté a tantos humanos como Omnius… o puede que más. Eso no significa que sea tan malo como las máquinas pensantes. Mis motivos fueron totalmente distintos.
BASHAR SUPREMO VORIAN ATREIDES,
La Yihad impía
Después de varias misiones fallidas de reconocimiento, el bashar supremo por fin
tenía los datos completos: las nueve fábricas automatizadas seguían intactas, a pesar
de los diferentes métodos que los humanos habían probado contra ellas. Aquellos
hoyos de fabricación seguían escupiendo decenas de miles de pirañas hambrientas.
Dado que las pirañas destruían y desmantelaban prácticamente todos los
artefactos de observación y aprovechaban sus componentes como material para crear
más copias de sí mismas, Abulurd y Vor tenían acceso a muy pocas imágenes que
mostraran el alcance de aquellas fábricas robóticas que cada vez se hacían más
grandes en sus cráteres.
Vor andaba arriba y abajo, buscando desesperadamente inspiración.
—¿Y si les lanzamos proyectiles cargados con líquidos altamente cáusticos? En
cuanto esos bichitos abran el casquillo, el ácido se derramará y los corroerá.
—Podría funcionar, bashar supremo, pero será muy difícil acertar en el objetivo
—dijo Abulurd sin dejar de mirar las imágenes—. No podremos acercarnos lo
bastante para utilizar mangueras ni bombas para echar el ácido en los hoyos de las
fábricas.
—Pero, si nos pudiéramos acercar, también podríamos utilizar obuses de plasma
—dijo Vor—. Es un principio. A menos que tengas una idea mejor.
—Estoy en ello, señor.
Abulurd contemplaba las imágenes de la zona que rodeaba el hoyo más próximo,
perplejo ante la dicotomía de lo que estaba viendo. Cualquier nave que trataba de
acercarse era desmantelada: los metales se aprovechaban y la tripulación era
asesinada. Edificios y maquinaria eran desmontados por igual; y alrededor de la boca
del cilindro de fabricación había grandes montones de desechos. Los cadáveres
estaban por todas partes, cubiertos de sangre, destrozados, comidos, como si docenas
de pequeños proyectiles hubieran estallado dentro de sus cuerpos.
—Esos bichos son demasiado pequeños para tener una programación compleja
que les permita discriminar sus objetivos, y sin embargo, de alguna forma los
seleccionan. Desmontan. Buscan recursos. Quizá están programados para atacar
cualquier material orgánico que encuentran.
Abulurd barajaba la escasa información con que contaban. Extrañamente, en las
exuberantes zonas ajardinadas de los alrededores, los árboles y los arbustos estaban intactos, ni los habían tocado. Los pájaros huían de los enjambres de pirañas, pero las
minúsculas y voraces esferas no les prestaban atención.
—No, bashar supremo. Mire, no han tocado ni los árboles ni a los otros animales.
Saben que tienen que ir a por los humanos. ¿Es posible que busquen… actividad
cerebral? ¿Que sigan el rastro de nuestra mente?
—Demasiado complejo… y sabemos que no tienen una tecnología de circuitos
gelificados de inteligencia artificial. De ser así, habrían quedado inutilizados cuando
pasaron la barrera descodificadora en Corrin. No, tiene que ser algo más simple y
evidente.
Abulurd siguió repasando las imágenes de los reconocimientos. Los bichitos
atacaban a los humanos, y buscaban minerales y metales para crear más copias de sí
mismos. La celulosa, los toldos de tela, las estructuras de madera y las plantas y los
animales quedaban a salvo.
Contempló la incongruencia de una imagen tomada en un parque infestado de
bichos en Zimia. En él había las habituales fuentes, estatuas y monumentos
conmemorativos. La estatua a un comandante caído de la Yihad había sido
completamente destrozada. Y, más extraño aún, en otra estatua de un héroe a lomos
de un purasangre salusano, las pirañas habían destruido solo la figura del humano, y
en cambio el caballo seguía intacto. Pero los dos estaban hechos con la misma piedra.
—¡Un momento! Creo… —Contuvo el aliento, porque recordó que extrañamente
los bichos habían tardado más en atacar a las mujeres y los curas que vestían túnicas
y vestidos vaporosos, o a los hombres con sombreros extraños, a gente que llevaba
vestiduras poco habituales. «Vestiduras que disimulaban sus formas humanoides».
Vor lo miró, esperando. Durante toda su carrera, Abulurd había aprendido a no
soltar sin más la primera cosa que se le ocurría… aunque en aquellos momentos de
crisis, el bashar supremo estaba deseando oír lo que fuera.
—Se limitan a discriminar formas, señor. Tienen un modelo grabado en sus
circuitos principales. Las pirañas atacan a cualquier cosa que encaje con una forma
estándar: dos brazos, dos piernas, una cabeza. ¡Mire esas estatuas!
Vor asintió con rapidez.
—Sencillo, directo, no particularmente elegante… justo la forma en que Omnius
lo haría. Y nos deja un punto débil al que agarrarnos. Lo único que tenemos que hacer
es disfrazar nuestra forma humana y podremos pasar a su lado sin que nos vean.
—Pero los bichitos siguen desmantelando cualquier cosa que contenga materiales
útiles. No puede haber ningún metal a la vista.
Vor arqueó las cejas.
—¿Quieres decir que tendríamos que construir vehículos aéreos de madera para
arrojar nuestras bombas?
—Algo mucho más sencillo. ¿Y si nos cubrimos con una manta o un hule, algo que esté hecho de un material orgánico que a esos bichos no les sirva? Podríamos
acercarnos a las fábricas lo bastante para destruirlas. Pero eso sí, estaríamos
totalmente desprotegidos. Si el truco falla, estamos perdidos.
—Tendremos que arriesgarnos, Abulurd. Me gusta el engaño que propones —dijo
Vor con una mueca torva—. ¿Buscamos voluntarios o estás pensando lo mismo que
yo?
—Bashar supremo, usted es demasiado valioso para…
Vor lo atajó.
—¿Recuerdas cómo me escarnecieron en el Parlamento y me llamaron viejo fósil
de guerra? ¿No has visto la ineptitud con que reaccionan los soldados más jóvenes
ante esta crisis? ¿A cuántos de ellos confiarías una misión peligrosa?
—Confiaría en mí mismo, señor.
Vor le dio una palmada en el hombro.
—Yo también confío en ti… y en mí. Y no diré más. Tú y yo pondremos este plan
en acción.
Vor delegó sus poderes de mando en un grupo de oficiales, cada uno encargado de la
defensa contra una de las fábricas de bichitos mecánicos. Dio una explicación
detallada de lo que él y Abulurd pensaban hacer para que, si funcionaba, pudieran
poner en práctica las mismas medidas. Y si él y Abulurd fracasaban, al menos
quedaría constancia de que lo habían intentado; a los que quedaran quizá se les
ocurriría algo más efectivo.
Vor estaba encantado con la idea de Abulurd.
—Has estado estudiando mis estrategias militares, ¿verdad?
—¿A qué se refiere, bashar supremo?
—Este plan rivaliza en ingenio con algunos de los míos —dijo Vor cuando estaba
estirando la tela con la que se iba a proteger—. Engañar a las máquinas, jugar con sus
sensores… como hice yo con la falsa flota en Poritrin.
—Esto no puede compararse con sus triunfos, bashar supremo —replicó Abulurd
—. Estos bichitos son oponentes estúpidos.
—Dile eso a la gente que vamos a salvar. Vamos.
Tenían poco tiempo, y las posibilidades eran escasas, pero Vor y Abulurd hicieron
lo que pudieron dadas las circunstancias. Otros soldados los ayudaron a cubrir los dos
palés suspensores con diferentes capas de lona y sábanas, todo hecho con fibras
naturales que los bichos no considerarían útiles para sus cilindros de producción.
Luego Vor y Abulurd se cubrieron a sí mismos y los suspensores con aquellas lonas
para que cuando se movieran con su material, desde fuera solo se viera una masa
amplia e informe.
El palé de Abulurd contenía un gran depósito de plaz lleno con un líquido muy corrosivo conectado a una boquilla de dispersión. Vorian llevaba un obús de plasma
que en teoría podía calcinar la fábrica… si lograban acercarse lo suficiente.
Los dos oficiales avanzaron casi sin ver nada. Aunque los suspensores mantenían
sus palés por encima del suelo, ellos tenían que caminar sobre los escombros y los
restos de los cuerpos despedazados.
A Abulurd el hedor le estaba poniendo malo, pero rechinó los dientes y siguió
adelante. Habían acondicionado una parte de la tela con gasa para que pudiera ver lo
que tenía delante. A la izquierda, la masa informe del bashar supremo le acompañaba.
Debían de tener un aspecto ridículo, caminando bajo aquella especie de tienda de
campaña. Las pirañas mecánicas habrían podido hacer jirones aquella tela en cuestión
de segundos… de haber sabido que tenían que atacarles. Pero el tejido les mantenía a
salvo de la programación simple y poco discriminatoria de las máquinas.
Avanzaban lentamente, con decisión. Abulurd sentía el zumbido continuo de
aquellos bichitos como unas uñas eléctricas en su columna. En aquel momento no se
le ocurría una forma peor de morir que sentir aquellas maquinitas devorándole el
cuerpo… Aunque peor habría sido dejar tirado a Vorian Atreides. Eso nunca.
Finalmente, llegaron al borde del hoyo. La fábrica móvil abría sus fauces más y
más, como una flor carnívora. Los recolectores robóticos arrojaban metales y
fragmentos de material a la abertura, como sacerdotes ofreciendo sacrificios a un dios
hambriento. Los materiales de desecho y los gases nocivos eran expulsados a través
de unos tubos. De otras aberturas del complejo automatizado salían volando riadas de
esferas plateadas que buscaban nuevos objetivos.
—Si no detenemos esto pronto —gritó Vorian por encima del ruido— se hará
demasiado grande para que podamos destruirla llevando el material a mano.
Abulurd se plantó en el borde, sujetando el tubo de dispersión bajo los pliegues de
la tela opaca, y accionó la bomba. Deslizó la boquilla por la ranura que había
practicado en la tela.
—Todo listo, bashar supremo.
Vor, más impaciente aún que el bator, activó su obús de plasma y lanzó una
llamarada de fuego de plasma sobre la fábrica. A continuación, Abulurd empezó a
echar el líquido cáustico por el tubo, derramando una lluvia de productos químicos
corrosivos.
Fue como tirar gasolina sobre una montañita de hormigas furiosas. Las
llamaradas y el ácido que rezumaba causaron un daño inmediato y terrible a los
artefactos de producción: los metales se fundían, los circuitos y los componentes se
corroían. Un humo tóxico empezó a elevarse desde allá abajo. Las pirañas plateadas
zumbaban y zumbaban, confusas.
Abulurd aferró la manguera, que seguía vomitando productos corrosivos, con
cuidado de no salpicarse. Dirigió el chorro al gaznate de la tubería de fabricación y, a los pocos momentos, la fábrica gimió y se vino abajo, convertida en una caldera
humeante de materiales fundidos.
Vor apuntó sus llamas de plasma a los robots recolectores, y destruyó todo lo que
quedaba. El líquido corrosivo se encendió, y las llamas se extendieron al hoyo ya
devastado.
Abulurd transmitió con aire triunfal a una subestación cercana, desde donde los
oficiales seguían sus avances.
—¡Ha funcionado! Hemos destruido esta planta de fabricación. Que todos los
subcomandantes sigan nuestros pasos. Ahora tenemos que ir a por las otras ocho.
—Y cuando terminéis con eso —dijo Vor para finalizar la transmisión—, aún nos
quedarán cien mil pirañitas que eliminar.
Los devoradores volantes siguieron causando estragos, zumbando por las calles y
matando a cualquiera que se atreviera a salir a investigar. Pero una vez eliminaron las
unidades de fabricación, dejaron de producirse.
Por suerte, como tantos insectos que tienen una vida breve, las fuentes
individuales de energía de los bichitos mecánicos se consumían, pero tuvieron que
pasar varias largas y terribles horas antes de que el último de ellos cayera al suelo y
cubrieran las calles, como una capa de teselas plateadas.
Exhaustos, Vor y Abulurd se sentaron en los escalones del edificio del
Parlamento. Más de treinta representantes políticos habían muerto junto con los miles
de víctimas de la ciudad. Sus cuerpos habían sido retirados, aunque aún se veían las
manchas de sangre y las salpicaduras por las paredes y las escaleras.
—Cada vez que pienso que es imposible odiar más a las máquinas —dijo Vor—,
este tipo de cosas me inspiran nuevas cotas de repulsa.
—Si Omnius ve la ocasión, tratará de atacarnos de nuevo. Hasta es posible que
haya encontrado la forma de salir de Corrin.
—Quizá ha hecho todo esto solo por despecho —dijo Vor—. A pesar del daño y
el dolor que han causado esos monstruitos, no creo que Omnius creyera de verdad
que podría destruir Salusa Secundus con ellos.
El bator asintió, todavía profundamente afectado.
—La red de satélites Holtzman sigue rodeando Corrin. Omnius no puede
escapar… a menos que tenga otro plan.
Vor aferró al oficial con firmeza por el hombro.
—No podemos permitir que esos políticos necios nos hagan bajar la guardia.
Se agachó y cogió una de las pequeñas esferas de una grieta en los escalones.
Estaba inerte en su mano, con sus afilados dientes.
—Sus pequeñas fuentes de energía se han agotado, Abulurd, pero quiero que
recojas cientos de estos artefactos. Tenemos que desmontarlos y analizarlos para que la Liga pueda desarrollar defensas adecuadas por si Omnius decide utilizarlos otra
vez.
—Pondré a mis mejores hombres en ello, bashar supremo.
—Ponte tú, Abulurd. Quiero que tú te encargues del proyecto personalmente.
Siempre he estado orgulloso de ti, y hoy me has demostrado que no me equivocaba al
confiar en ti. Te quiero siempre a mi lado. Hace mucho tiempo te tomé bajo mi
protección porque necesitabas ayuda. Ahora, de todos los soldados de Zimia, has
demostrado que tú eres el mejor. Tu abuelo habría estado orgulloso.
Abulurd se emocionó al oír aquel elogio.
—Nunca me he arrepentido de reivindicar el apellido Harkonnen, bashar
supremo, aunque otros me hayan echado encima un montón de mierda por eso.
—Entonces tal vez sea hora de que hagamos algo. —Vor entrecerró sus ojos
grises—. Han transcurrido décadas desde que te conté la verdad sobre Xavier.
Pensaba que con eso bastaba, pero no es así. Hay un viejo dicho que dice que lo
pasado, pasado está. Durante todo este tiempo, he tratado de convencerme de que
Xavier eligió su camino sin importarle cómo lo recordara la historia.
»Ni siquiera soy capaz de convencer a la Liga para que invierta la suficiente
potencia de fuego para destruir al Omnius-Corrin y los cimek. ¿Cómo iba a
convencerles de que reescriban la historia, perdonen a Xavier y reconozcan
públicamente que Iblis Ginjo era el verdadero villano? —Sus ojos relampaguearon—.
Pero no está bien dejar que mi viejo amigo pague ese precio. Tú has sido más valiente
que yo, Abulurd.
Abulurd parecía a punto de atragantarse por el esfuerzo de contener las lágrimas.
—Yo… yo solo hice lo que me pareció más correcto, bashar supremo.
—Cuando vea la ocasión, sacaré el tema, al menos quiero que quede constancia
de mi postura. —Miró a su alrededor, a las calles ensangrentadas de Zimia—. Quizá
esta vez escucharán. —Apoyó una mano en el hombro de Abulurd—. Pero primero,
es hora de que tengas tu recompensa. Desde la Gran Purga, tu rango no ha ascendido
en consonancia con tu trabajo. Aunque otros oficiales lo nieguen, estoy convencido
de que te han castigado por llevar el apellido Harkonnen. A partir de hoy eso va a
cambiar. —Ahora Vor tenía una expresión torva y decidida—. Te hago la promesa
solemne de que serás nombrado bashar, en cuarto grado…
—¡Bashar! —exclamó Abulurd—. Eso es subir dos rangos de golpe. No puede…
Vor le hizo callar.
—Ya me gustará ver si alguien es capaz de discutir mis decisiones después de
esto.