La batalla de Corrin
Capítulo 113
Hay cierta malevolencia en lo relativo a la formación de un orden social. El despotismo está en un extremo del espectro, en el otro la esclavitud.
TLALOC, La hora de los Titanes
Cuando el ejército de la Humanidad regresó a Salusa Secundus tras su victoria sobre
las máquinas pensantes, en Zimia y en todos los mundos de la Liga las delirantes
celebraciones superaron incluso el fervor de los fanáticos de Rayna Butler.
Entre la gente circulaban historias de la batalla de Corrin, historias que no
dejaban de embellecerse. La sangre fría que el bashar supremo demostró ante el
puente de hrethgir había convertido el desastre en un triunfo sin precedentes y
permitió eliminar para siempre al enemigo. Ya no había Omnius, y más de un milenio
de dominación y opresión mecánica había llegado a su fin. La humanidad era libre,
por fin, libre de avanzar sin trabas hacia el futuro, a su propio ritmo, por su propia
gloria.
Vorian Atreides, héroe de la batalla de Corrin, ocupó su sitio junto al virrey Butler
y Rayna en la gran plaza de Salusa para los festejos. El bashar supremo se había
puesto su uniforme completo, y lucía nuevas medallas y condecoraciones que se
habían creado para él. Desde que Serena lo convenció del poder innato de la
humanidad, Vor había servido en el ejército. Sin embargo, en aquellos momentos,
mientras contemplaba la multitud desordenada, sintió cierto recelo al pensar en el
futuro que aquella gente buscaba.
Por toda Zimia seguían viéndose las cicatrices de los recientes levantamientos de
los cultistas: edificios calcinados, fachadas destrozadas, restos de máquinas que
habían sido muy útiles por todas partes. Entre los asistentes, el Culto a Serena estaba
entre los más numerosos, enarbolando estandartes y sus simbólicos garrotes. La
chusma exaltada destrozaba robots en efigie como si se tratara de un juego de niños.
Y a todo esto, Faykan no dejaba de sonreírle a su sobrina y no se apartaba de ella,
tratando de contagiarse del halo que la rodeaba. Vor se daba perfecta cuenta de lo que
estaba intentando.
Durante el largo viaje de regreso, Vor sabía que el virrey había estado haciendo
cuidadosos planes con su sobrina sin esperar ni a que se recuperara de sus heridas.
Faykan le ofreció el cargo de Gran Matriarca, pero, curiosamente, ella no lo quiso. Lo
único que quería de su tío era la promesa de no echarse atrás y ayudarla a completar
la misión de purificación que imaginaba para toda la Liga.
En cambio, Vor no lo veía tan claro. Si Rayna seguía con sus purgas, aquella
cruzada desenfrenada se extendería sin ningún tipo de control por todos los mundos
habitados. Y eso solo podía llevar a una nueva era de oscuridad… aunque sin duda a Faykan lo único que le importaba era asegurarse una posición de poder. En la
situación actual, el virrey no podría haber formado un estado secular sin toda aquella
parafernalia emocional.
De pronto, ahora que se habían librado de sus enemigos inhumanos, la gente se
volvía a sus religiones llena de agradecimiento y esperanza. La fe ciega era un
importante recurso que la Liga debía aprovechar. Ante ellos tenían siglos de
reconstrucción, y Faykan no confiaba en que nadie lo hiciera movido solo por la
necesidad política. Necesitaban algo que los impulsara.
Por desgracia, los demonios mecánicos habían desaparecido y, en cuanto pasara la
euforia por la victoria, los seguidores de Rayna no tardarían en sentirse inquietos. Vor
sabía que se avecinaban tiempos tumultuosos.
Bajo el sol de aquel día perfecto, el virrey Butler alzó las manos. El griterío se
elevó a un crescendo ensordecedor, luego se hizo el silencio. Faykan jugó con las
masas, dejó que su expectación aumentara. Finalmente, exclamó:
—¡Estamos en un momento de grandes cambios! Después de mil años de
tribulación, nos hemos ganado la victoria que Dios nos había prometido. Y hemos
pagado por ella con una cantidad incalculable de muertos. Nada de lo que diga podría
dar una idea de la importancia de la batalla de Corrin y las maravillosas
oportunidades que el futuro nos depara.
»Para conmemorar este grandioso acontecimiento, aquí con mi sobrina Rayna
Butler y el bashar supremo Vorian Atreides, anuncio que pienso unificar mi cargo de
virrey con los deberes del de Gran Patriarca, que ha permanecido vacante desde el
asesinato de Xander Boro-Ginjo.
»A partir de este día, en lugar de permitir que el poder siga fragmentado y diluido,
la autoridad recaerá sobre una única persona, a saber, yo y mis sucesores. Tenemos
mucho trabajo por delante si queremos transformar la Liga de Nobles en una forma
de gobierno más efectiva. Crearemos un nuevo imperio que pueda crecer y reclamar
las glorias del Imperio Antiguo… y evitar los errores fatales que este cometió.
La audiencia lanzó vítores. Aunque el anuncio le sorprendió, a Vor no le
preocupaba especialmente. De todos modos, el cargo de Gran Patriarca no tenía
ninguna utilidad. Iblis Ginjo lo había creado en su momento para sus propósitos. En
la sonrisa y en los ojos de Faykan Butler, Vor veía un eco de los de Serena en sus
momentos de mayor apasionamiento.
Cuando el vocerío remitió, Faykan apoyó su mano en el hombro menudo de
Rayna.
—Y para que nadie olvide nunca cómo hemos cambiado, desde este momento
dejaré de llevar el nombre de Butler. Procedo de una familia grande y honorable, pero
a partir de hoy, deseo que se me conozca por la batalla de Corrin, mi mayor logro, el
logro que ha significado el fin de las máquinas pensantes.
«Claro —pensó Vor, disimulando una sonrisa cínica—. Lo ha hecho todo él
solito».
—A partir de hoy —siguió diciendo Faykan— se me conocerá por el nombre de
Corrino, para que todos mis descendientes recuerden esta batalla y este gran día.
En contraste con la alegría desbordada de las celebraciones, la tarde siguiente, cuando
llevaron al prisionero Abulurd Harkonnen para juzgarlo al cavernoso edificio del
Parlamento, el ánimo de todos era sombrío. En un primer momento Faykan propuso
que llevaran a su hermano a la cámara de asambleas encadenado, pero Vorian, en un
último gesto por aquel hombre que había sido su amigo, no estuvo de acuerdo.
—Lleva consigo las esposas de su culpabilidad. Su conciencia le pesará más que
nada que podamos hacerle.
En las calles, buscando algún enemigo contra el que descargar su rabia, la chusma
insultó y gritó al prisionero. De haber podido, lo habrían despedazado. Aquel hombre
había incapacitado a la Flota de Venganza cuando más la necesitaban. Ni la gente ni
la historia podrían perdonárselo.
En el interior de la cámara, los representantes de la Liga y los oficiales del
ejército vieron cómo lo llevaban al centro de la sala. Durante el viaje de vuelta desde
Corrin, la mayoría de hematomas y heridas de la paliza que recibió se habían curado,
pero seguía teniendo un aspecto triste y derrotado.
La audiencia lo miraba furiosa, con un odio y una indignación palpables. Todos
conocían su historial ejemplar, y a pesar de ello, nada habría podido minimizar la
importancia de los cargos que había contra él.
Faykan estaba en pie en el centro de la sala, ante el oficial caído en desgracia…
su propio hermano, aunque hacía años que no llevaban el mismo apellido.
—Abulurd Harkonnen, antiguo oficial del ejército de la Yihad, se te acusa de alta
traición a la raza humana. Sea por maldad o por falta de sentido común, tus actos
estuvieron a punto de causar un daño irreparable a nuestra flota y, por extensión, a la
humanidad entera. ¿Vas a deshonrarte aún más tratando de excusar tu
comportamiento?
Abulurd inclinó la cabeza.
—Los informes dejan muy claras mis motivaciones. Podéis aceptarlas o
rechazarlas. Al final, por los motivos que fueran, realmente no fue necesario matar a
dos millones de rehenes inocentes. Si he de pagar por esa decisión, que así sea.
La gente que había en la sala se quejaba. No habría castigo lo bastante duro para
el traidor.
—La pena por traición es de todos sabida —dijo Faykan—. Si sigues negándote a
ofrecer una alternativa, esta asamblea no tendrá más remedio que condenarte a la
ejecución.
Abulurd dejó caer la cabeza y no dijo más. En la sala se hizo un mortal silencio.
—¿Desea alguien hablar a favor de este hombre? —preguntó el virrey recorriendo
la sala con la mirada. Se negaba a llamarlo hermano—. Porque yo no lo haré.
Abulurd seguía con la vista clavada en el suelo. Ya había decidido no mirar los
rostros de los presentes. Aquel silencio se le hizo interminable.
Finalmente, cuando el virrey levantó la mano para dictar sentencia, en primera
fila, el bashar supremo se puso en pie lentamente.
—Con grandes reservas, propongo que se retire la acusación de traición contra
Abulurd Harkonnen y se cambie por la de… cobardía.
En la sala todos contuvieron la respiración, sorprendidos. Abulurd levantó la vista
con brusquedad.
—¿Cobardía? No lo haga, por favor, se lo suplico.
—Pero —dijo Faykan—, técnicamente cobardía no es el término exacto si
tenemos en cuenta sus crímenes. Sus actos no se corresponden con los criterios…
—Aun así, una acusación de cobardía le dolerá mucho más que ninguna otra. —
Sus palabras pinchaban como punzones. Vor siguió hablando, con voz más fuerte—.
En otro tiempo, Abulurd sirvió valientemente en la lucha contra las máquinas
pensantes. Durante la plaga, coordinó la evacuación y la defensa de Salusa Secundus,
y luchó a mi lado cuando las pirañas mecánicas atacaron Zimia. Y sin embargo, se
negó a hacerlo cuando su oficial de mando legítimo se lo ordenó. Y cuando se le
obligó a afrontar las terribles consecuencias de su decisión, manifestó un miedo
deshonroso y dejó que este guiara sus actos. Es un cobarde, y tendría que ser exiliado
de la Liga.
—Eso es peor que la muerte —exclamó Abulurd.
Vor entrecerró sus ojos grises y se inclinó hacia delante.
—Sí, Abulurd… yo también lo creo.
Con aire totalmente deshecho, Abulurd dejó caer los hombros y empezó a
temblar. Después de todo lo que había luchado para lograr que retiraran los cargos
contra su abuelo Xavier, aquella acusación le llegó al alma.
Faykan no desaprovechó la ocasión.
—¡Una idea excelente, bashar supremo! Decreto que la sentencia propuesta es
adecuada y ordeno que se aplique. Abulurd Harkonnen, se te juzga como cobarde…
el cobarde más grande que ha existido nunca tal vez, por el daño que hiciste y por el
que podías haber hecho. Tu nombre será despreciado mucho después de que el de tu
abuelo Xavier Harkonnen ya esté olvidado.
Vor le habló en ese momento a Abulurd como si no hubiera nadie más en la gran
cámara.
—Me fallaste cuando más te necesitaba. Jamás volveré a mirar tu rostro. Lo juro.
—Y, con un gesto dramático, le dio la espalda—. A partir de este día, que todo aquel que lleve el nombre de Atreides escupa sobre el de los Harkonnen.
Y sin mirar siquiera por encima del hombro, el bashar supremo salió del edificio
y dejó a Abulurd solo en su desgracia. Tras vacilar brevemente, Faykan Corrino
también le dio la espalda a su hermano y salió de la sala sin decir una palabra.
Musitando entre ellos, todos los oficiales allí reunidos hicieron otro tanto. Se
pusieron en pie al unísono y abandonaron a Abulurd a su destino, un destino solitario
e ignominioso.
Uno a uno, los representantes políticos se levantaron también, dieron la espalda al
cobarde y se fueron. La sala se vaciaba por momentos.
Abulurd permaneció en pie en medio de la sala cavernosa, sacudiéndose. Habría
querido gritar, pedir perdón, clemencia, o incluso la ejecución, lo que fuera con tal de
no tener que vivir siempre con aquel estigma sobre su nombre. Pero pronto no quedó
ningún miembro respetado de la Liga de Nobles, salvo sus dos guardias. Cada uno de
los asientos de la sala estaba vacío.
Abulurd Harkonnen no se resistió cuando los guardias se lo llevaron y lo
mandaron al exilio de por vida.