La batalla de Corrin

Brian Herbert · Capítulo 59 de 119

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La batalla de Corrin

Capítulo 58

 

No se puede entender a la humanidad si no te paras a mirarla con detenimiento. Estamos en una posición excepcional para hacer esto.

Archivos de Rossak,

«Declaración de intenciones»

 

Las líneas genéticas de la humanidad formaban un intrincado y hermoso tapiz, pero

solo algunos eran capaces de verlo. El entramado que formaba el ADN pasaba de

familia a familia, de generación en generación. Secuencias de nucleótidos se

combinaban y se volvían a combinar, mezclando de diferentes formas los genes,

creando un número casi infinito de patrones humanos. Ni siquiera la supermente

podía asimilar el verdadero potencial de aquellos seres que procedían de la

impresionante molécula de doble hélice.

Ticia Cenva y las hechiceras de Rossak habían tomado aquel proyecto bajo su

responsabilidad y lo habían convertido en su misión particular.

En la parte más escondida de la ciudad de cuevas, muy lejos de los sonidos y los

olores de la selva púrpura y plateada, lejos de las cicatrices que había dejado el

ataque de las pirañas mecánicas, Ticia estaba con una de sus altas y pálidas hermanas,

mirando a uno de aquellos ordenadores, tan importantes… y tan ilegales. Aquellos

artefactos donde ellas almacenaban los datos eran anatema para la Liga, y sin

embargo eran absolutamente necesarios. No tenían otra forma de cotejar y controlar

la apabullante cantidad de información que habían recopilado. Las hechiceras de

Rossak tenían muchos secretos, y aquel era uno de los más importantes.

Durante generaciones habían llevado registros genéticos de las familias más

relevantes de su planeta. En Rossak, el medio hacía estragos con el ADN de los

humanos, provocando frecuentes mutaciones… algunas se convertían en horribles

motivos de vergüenza, mientras que otras mejoraban la especie. Y la información

cotejada durante la plaga les había proporcionado una cantidad muchísimo mayor de

datos que estudiar y analizar.

Ticia se volvió hacia la mujer que tenía a su lado, una joven hechicera llamada

Karee Marques.

—Ahora que hemos recopilado los datos básicos sobre las diferentes líneas

genéticas y analizado las distintas mutaciones posibles, imagina lo que podríamos

hacer con esta información. Por fin podremos darle un uso. —Frunció sus pálidos

labios y admiró los ordenadores—. Proyecciones. Perfección. ¿Quién sabe el

potencial que descubriremos en el humano? Podemos eliminar nuestras limitaciones.

De hecho, ¿por qué limitarnos a buscar solo lo sobrehumano? Seguramente hay

muchas capacidades con las que ni siquiera hemos soñado.

Ella y Karee salieron de la sala de ordenadores y dejaron atrás el zumbido de los

sistemas de ventilación y los generadores. Aquellos ordenadores se ocultaban y se

cuidaban como oro en paño.

Las dos mujeres entraron en uno de los comedores comunales, donde un grupo de

hechiceras y sus pupilas se habían reunido para comer y conversar tranquilamente.

Ticia había dispuesto aquel lugar para que las mujeres pudieran hablar entre ellas sin

tener que aguantar la cháchara absurda de los hombres sobre asuntos de negocios.

Cuando la hechicera suprema tomó asiento, las otras mujeres levantaron la vista y la

saludaron con un gesto respetuoso de la cabeza.

Sin embargo, aquel ambiente agradable se vio perturbado por los gritos

entrecortados de un hombre. Un joven bajito y de hombros anchos entró dando

traspiés en la sala, ayudando a otro. Las piernas del joven eran cortas, y su mata de

pelo rubio estaba desordenada.

—Necesita ayuda. Hombre enfermo.

Ticia frunció los labios en una mueca de desaprobación. Jimmak Tero era uno de

los Defectuosos, un bebé imperfecto que había sobrevivido. Tenía la cara ancha y

redonda, la frente abombada, y ojos azules e inocentes muy separados. Su carácter

dulce no compensaba su falta de inteligencia. A pesar de sus desprecios constantes,

Ticia no había logrado convencerle de que allí arriba, entre la gente normal, no le

querían. El seguía yendo.

—Hombre enfermo —repitió Jimmak—. Necesita ayuda.

Jimmak medio arrastró al hombre hasta una silla. El hombre se desplomó con el

rostro sobre la mesa. Llevaba un mono de trabajo de VenKee, con muchas

herramientas y bolsillos y bolsitas de muestras. Era uno de los buscadores que

vagaban por las selvas de Rossak recogiendo productos de uso farmacéutico. Jimmak,

que era un salvaje, ayudaba con frecuencia a aquella gente, guiándola por las zonas

más oscuras y laberínticas de la selva.

Ticia se acercó.

—¿Por qué le has traído aquí? ¿Qué ha pasado?

Karee Marques permaneció junto a Ticia, y Jimmak las ayudó a incorporar al

enfermo. Al verle la cara, Karee lanzó una exclamación. Ninguno de ellos había visto

aquellos síntomas desde hacía casi dos décadas, pero eran inconfundibles.

—¡La plaga!

Muchas de las mujeres que había en la sala se levantaron enseguida y se

apartaron. A Ticia se le aceleró la respiración, se le secó la boca y la garganta, pero se

obligó a hablar con voz tranquila y analítica. No podía permitir que las demás la

vieran dudar.

—Tal vez. Pero si es así, se trata de una cepa diferente. Tiene las mejillas

sofocadas y decoloración en los ojos. Pero esas manchas de la cara son distintas… — Muy adentro, con una certeza indefinible, intuyó algo que habría costado horas y más

horas de pruebas—. Aunque, sí, básicamente, creo que se trata del mismo virus.

Ticia sabía que la amenaza de las máquinas pensantes no había terminado.

Aunque Omnius les había atacado con las pirañas mecánicas, la premonición de

Norma era demasiado apremiante, y auguraba un desastre mucho mayor que el que

provocaron aquellos bichitos. Quizá aquellas cápsulas también contenían el

retrovirus… aunque lo más probable es que en Rossak la enfermedad hubiera estado

latente, que hubiera pasado años madurando en la selva, mutando, volviéndose más

mortífera.

—Va a morir —dijo Ticia mirando al buscador de hierbas. Y luego se volvió

hacia Jimmak con mirada severa—. ¿Por qué no te has encargado de él tú mismo?

Así a lo mejor habrías infectado a todos los Defectuosos y os habríais muerto de una

vez. —La energía chisporroteaba en sus cabellos rubio platino por la ira

descontrolada. Pero trató de concentrarse—. No tendrías que haberlo traído aquí,

Jimmak.

El joven la miró con sus ojos bovinos, con aire herido y decepcionado.

—¡Vete! —espetó ella—. Y si encuentras más víctimas, no las traigas.

Jimmak se escabulló, andando hacia atrás con torpeza. Cuando se dio la vuelta, lo

hizo con aire apocado, con la cabeza gacha, como si quisiera desaparecer.

Ticia lo siguió con la mirada y meneó la cabeza, sin hacer caso del enfermo que

tenía en la mesa. Detestaba a aquellos Defectuosos, que sobrevivían miserablemente

en la selva en lugar de morirse. Los habría despreciado a todos incluso si uno de ellos

no hubiera sido hijo suyo… Jimmak.